Fantasías

Sábado 13 de octubre de 2018

Por Juan José Millás Para El País de España

Un perro normal, no importa ahora dónde, mató hace poco a mordiscos a un bebé. Decimos que el perro era normal porque no se trataba de un rottweiler, ni de un dóberman, ni de un bull terrier o cualquiera otra de las llamadas “razas asesinas”. Significa que los perros normales hacen cosas malas también, igual que las personas normales. En realidad, lo anormal es una extensión de lo normal. No están claras las fronteras entre uno y otro territorio; no hay carteles que indiquen cuándo se sale de este y se entra en aquel, como sucede, por ejemplo, en los museos, donde la sala de los pintores del XIX aparece claramente diferenciada de la de los del XX.
Tampoco es habitual que la gente ponga en la puerta de su casa un anuncio que diga “Aquí vive una familia normal”. Quizá las haya, pero no se atreven a proclamarlo porque el hecho mismo de hacerlo constituiría una rareza que las excluiría de la sensatez. Suele ponerse, en cambio, “Perro peligroso”, aunque no siempre es verdad. En todo caso, se puede ser un perro peligroso sin necesidad de pertenecer a una raza loca. Hay perros equilibrados que matan, del mismo modo que hay individuos anormales que alcanzan puestos tan homologados como la presidencia de los Estados Unidos. He aquí un caso, el de Donald Trump, donde lo extravagante y lo convencional conviven con una naturalidad atroz. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido colocar a la entrada de la Casa Blanca el siguiente aviso: “Cuidado con el presidente”.
Y no porque Trump no sea peligroso, pues muerde a diestro y siniestro, sino porque el peligro se encuentra en todas partes. Eso sí, nos tranquiliza mucho que existan perros oficialmente asesinos, pues ello nos permite fantasear con la idea de que la mayoría no lo son.

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