Estoy enamorado de agosto

Domingo 2 de agosto de 2020 | 06:30hs.

Por Luis Ángel Larraburu

Yo estoy enamorado del mes de agosto; siempre fui su enamorado. Tal vez porque me gusta el frío, porque los lapachos ya están florecidos, porque la primavera ya se anuncia para un futuro cercano o, tal vez, por un acto de egoísmo confeso, ya que yo nací en agosto.

La gente le tiene miedo “al agosto”, dicen que es un mes “aflojador”; dicen que julio los prepara y agosto se los lleva.


Pero yo, que no le tengo miedo a la cosa, digo que es lo mismo morirse en agosto que en diciembre; que lo que importa no es cuándo morimos sino cómo hemos vivido.

Agosto es un mes “borracho”, ya que empieza con la ingesta premeditada de “caña con ruda”.

Decía mi madre cuando nos veía mezclar vino con soda, que de dos productos buenos estábamos haciendo uno malo.

En el caso de la caña con ruda, al mezclar dos productos buenos, se logra otro producto superior. O sea que el subproducto supera a sus componentes.

Y en eso de hablar de la ruda, debemos destacar que se trata de una planta que, de acuerdo a las creencias, sabe cabalgar entre la medicina científica y la farmacopea campesina; entre la superstición y la magia. Ya los médicos antiguos prohibían su ingesta por considerarla “abortiva”.

Yo quiero destacar, a modo totalmente personal, que tanto la medicina científica como la popular, requieren de una gran dosis de fe por parte del paciente para que el tratamiento y la cura sean efectivos.

Y es aquí donde resalto que esa fe, necesaria ante todos los actos de la vida, es la que también vuelve positivas las creencias de toda índole, aún las de carácter supersticioso.

Nosotros debemos saber que tanto las supersticiones, las creencias y la duendología de una región en particular, obedecen a la necesidad de establecer normas de conductas acordes con el bien común, o sea con el bien social, a falta de otras normas o leyes que se encarguen de regular la convivencia de los hombres entre sí, o de los hombres y la naturaleza.

Y allí, siempre la fe juega su papel preponderante.

Y para dar mayor énfasis a esto de la fe, quiero recrear aquel pasaje de los Evangelios, cuando ante una multitud que rodeaba a Jesús, un enfermo, tal vez por humildad o vergüenza, no se atrevió a interponerse ante el paso del Señor, por lo que, esperanzado en la cura de su mal, optó por tocar, desde atrás, la túnica del Cristo.

En ese momento, el Hijo de Dios, quien evidentemente poseía una fuerza energética sobrenatural, sintió como una gran descarga que se producía desde su cuerpo. Dándose vuelta enfrentó al suplicante y, mirándole a los ojos le dijo:

- “Tu Fe te ha salvado...”.

El corolario es el siguiente: “A los que andamos en la mala, como a los que no tienen fe, ni la ruda nos salva”.

Y para ejemplo literario de lo que digo, sirve recordar al Martín Fierro cuando nos dice:



... a la viuda en cuanto pude

un trapo le manotié

busqué la ruda y al pie,

puesto en cruz hice mi rezo,

pero, amigos, ni por eso

de mis males me curé.



Es que al Martín Fierro, Hernández, y al gaucho la sociedad y sus gobernantes, ya les habían condenado de antemano. Y en ese caso sí que ni la fe sirve para nada.

Es por eso que pienso, que si lo de la ruda es ciencia, populismo, superstición o magia, mientras sea acompañada de una buena dosis de fe y sirva como bálsamo de esperanza a la gente de nuestro pueblo, “bienvenida sea la ruda” y si es con caña... mejor.

El material es parte del libro Historias sin tiempo. Larraburu es autor además de “El Monje Negro”, “En los pagos del Oro verde”, “Sobre duendes, mitos y leyendas”.

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