“Es el tejido invisible que nos une”

Domingo 21 de abril de 2019
Ilga rescata el momento del juego como reunión social. | Foto: Julio César Vázquez
El pasado agosto, Ilga cumplió 80 años. Vive a orillas del río Uruguay en El Soberbio.
Encontrarse con ella es un cara a cara con una mujer optimista, llena de vigor, activa. Por ejemplo, al costado de su casa mantiene, en sociedad con su hijo Gilson, una tupida quinta de verduras, frutas, hortalizas, hierbas medicinales, cuya cosecha brinda provecho todo el año.
Su paz hogareña -enviudó hace nueve años de Gumersindo Tino Reinehr- la disfruta en soledad. Muy cerca, el hijo Zeka y nieto Marcos son sus protectores inmediatos.
“La soledad asumida como un estado consciente hace bien; una direcciona sus ratos, las salidas, los encuentros, el trabajo. Sin apuros, sin sobresaltos, midiendo todo a voluntad, es una bendición de Dios”, reconoció. También “hay tiempo para todo; vienen mis hijos y nietos y son un paréntesis de alegría tremenda. Cada tanto las amigas se arriman para jugar a las cartas. Eso viene de mi adolescencia, cuando aprendí de los tíos cómo jugar la canastra”.
La canastra (como se llama en Brasil) o canasta es un punto que importa al momento de abordar pormenores de Semana Santa. Hay gente que, después de cumplir rituales religiosos, se refugia en los juegos que heredaron de sus infancias. Cuando no pegados al televisor.
“La lotería, la loba, escoba de 15, casita robada, chinchón, son juegos de mesa que no exigen mucho ruido y la fecha exige un respeto. El truco, más de gritones, por eso queda a un lado”, contó.
Al ser consultada si la denominación es canasta o canastra, Ilga dijo: “No sé”, respondió sonriente, y agregó: “Tampoco averigüé demasiado. Más me importa jugarla con las amigas e hijas que saber de su historia. Y no es que yo sea una fanática de la canastra, sino más una aprendiz de otros beneficios”.
Ilustró: “Contar los puntos, calcular las jugadas del contrario, aviva la memoria. Se juega en equipos de dos o tres personas, “con las que una se acostumbra, sabe ordenarse, analizar”.
“Jugamos mientras comemos algún rico bocado dulce o salado; yo me recreo”. Dice más: “Es un juego aceptado, practicado en todos los sectores sociales, ricos y pobres, viejos y jóvenes, hombres y mujeres y en muchos casos también por niños, como yo que aprendí de mis tíos que jugaban en el patio en Semana Santa para matar el aburrimiento. Es un juego extendido en las chacras, por eso es un entretenimiento colectivo”.
Lo dicho, aprendió mirando, observando, imitando. Ilga, nacida en Alecrín -cerca de Porto Mauá-, apenas pudo terminar tercer grado, por eso la educación de los hijos -con su esposo Tino, quien llegó a viceintendente de El Soberbio- fue prioridad; varios son docentes.
Su historia familiar está ligada al desarrollo y colonización de Porto Soberbo y zonas aledañas en la costa brasileña. A los 18 años formó pareja con Reinehr y pasó a Barra Grande, la hermosa península que cobijó anchas planchadas donde se amontonaban rollizos gigantescos que, luego, se armaban en jangadas y cuyos destinos finales fueron Santo Tomé, Paso de los Libres o Uruguayana.
Vivió en carne propia los embates de las bravas crecidas del Uruguay, que pasa muy cerca de su casa. En esas ocasiones perdió viviendas, enseres familiares, casi todo. Y también -con su marido y sus hijos- resucitó de aquellos ahogos catastróficos. La escuela que el Estado levantó en el terreno donado por ellos se fue con la correntada y hubo que rehacerla en tierras más distantes y elevadas.
“Vengo de familia de fe. Papá nos obligaba a pedir la bendición de la mesa en cada comida; antes del Padre Nuestro no se podía tocar la cena; en Semana Santa supimos hacer los huevos de Pascua. Los chicos en los de gallina o de patos y gansos. Con el correr del tiempo, los hijos aplicaron sus ritos con menor rigor que nosotros. Vivimos lejos de la parroquia. Pero seguimos aferrados a la conciencia cristiana, porque es el tejido invisible que une a mi familia: seis hijos, 19 nietos y seis bisnietos. Los juegos de Semana Santa son pequeños recreos que acordamos con las amigas para entretenernos en silencio”, expresó.
“‘Perdiendo se aprende’, decía papá, en la canastra nunca se termina de aprender. Combinando gestos, palabras y silencios que satisfacen con plenitud esa necesidad de solaz que tenemos al llegar a cierta altura de la vida. Ejerzo mi retiro de meditación para reforzar mi fe, y me doy algunos minutos para esta ingenua diversión que ejercemos gratuitamente”.
Eso sí, sin apuestas de plata. Porque lo que importa en el juego es algo de viveza criolla, complicidad y amenidad y mucho, mucho de magia.

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