Enfermera pionera y madre del corazón de 25 hijos

Lunes 14 de enero de 2019 | 01:00hs.
Dora, hoy jubilada, rescató la vocación de los enfermeros. | Foto: Carina Martínez
Dora Ester Casales (69) fue enfermera pionera en el primer hospital de San Pedro. Con una trayectoria de 35 años dedicada a la atención de pacientes, hizo un repaso por gran parte de la historia de la salud pública en la Capital de la Araucaria.

En diálogo con El Territorio aseveró que hace más de 50 años, pese a la escasez de recursos, había una gran vocación que compartía con sus colegas y con médicos, y este empeño era el motor para superar cualquier obstáculo.

De esta manera, Casales puso en valor el grupo humano que trabajó en el primer hospital sampedrino, que funcionaba en el sector de barrio Centro hasta los años 90, cuando se trasladó sobre avenida Corrientes, y hace dos años se inauguró un nuevo edificio en la esquina de República Argentina y Almirante Brown.
Recordó que junto a su equipo tuvo que atender y enfrentar una dura lucha, un brote de fiebre amarilla. “Cada cosa que se hacía sentaba sus bases en la vocación de servicio, amor por la profesión y trato humano para con los pacientes”, indicó.

La unidad sanitaria funcionó por muchos años en un edificio que fue construido para servir de parador turístico, sin embargo ante la inactividad en este rubro en la zona, se supo aprovechar semejante obra para la atención de la salud.

“Por ese entonces se atendía todo tipo de enfermedades, se realizaban cirugías, partos, cesáreas, había pabellón para niños, sector de internación, enfermería y consultorios”. Actualmente, si bien la localidad cuenta con un moderno edificio, las prestaciones se limitan a consultorio, internación, vacunación y emergencias.
Entre esos primeros profesionales en dedicar gran parte de su vida al servicio de los enfermos, se encuentra Casales, cuya pasión por la profesión la heredó de su madre, tanto que cuando tenía 16 años pidió a un médico que la capacitara para que pudiera trabajar.

Así, una vez que realizó las prácticas, debió viajar a Posadas, para rendir los exámenes correspondientes. Su determinación hizo que apruebe todo y su encanto por el servicio aumentó día tras día.

“Yo siempre iba con mi mamá, en esa época eran sólo dos enfermeras y en ese ambiente decidí ser yo también enfermera, porque me encantaba verlas con la chaqueta blanca, me gustaba mucho tratar a la gente, principalmente a los más necesitados, y fue así que logré el apoyo de mi madre y del doctor Antonio Baldovino para ser enfermera y atender a quienes estaban decaídos, tristes, postrados. No era sólo cuidar la enfermedad física sino lo espiritual de forma especial”, indicó.

Comparó que el trabajo en enfermería era distinto al actual, los profesionales debían estar capacitados para actuar de enfermero, anestesista, mucama e inclusive cocinero, enumeró.

Las patologías más frecuentes tenían que ver con enfermedades respiratorias, digestivas, lesiones cortantes a razón de alguna pelea, quemaduras e intoxicaciones.
En ese momento -marcó- eran muy difíciles los casos que eran derivados a Eldorado, lo que para los días actuales es muy frecuente.

Uno de los momentos más duros, Dora los remite a la década del 60, cuando aparecieron casos de fiebre amarilla, “hubo muertos, pero también personas que se salvaron como por milagro”, expresó y continuó: “Antes la gente llegaba con muchas heridas, habían muchas peleas, con los órganos colgando llegaban, todos nos movíamos para salvarle la vida, enfermeros y médicos. Cuando llegó la fiebre amarilla fue muy difícil, una labor muy exigente, corríamos de un sector a otro las 24 horas, cada 10 minutos haciendo los controles, muchos se murieron y otros tanto, que ya agonizaban, se salvaron de milagro. Era ser fuerte, ayudar y seguir”.

Los enfermos en muchos casos asistían al hospital solos y permanecían tiempo sin recibir alguna visita. Esta situación inquietaba a Dora, que se ocupaba de estar al lado del paciente, para ella la contención era parte del proceso de curación.

“Yo siempre me ocupaba de estar cerca de esos pacientes abandonados. En las fiestas, me acuerdo, celebraba con ellos, los animaba porque me parece que para cumplir la función de enfermera lo primero es tener amor y te tiene que gustar, es algo que se lleva en el alma, para así ejercer con mucha voluntad. Hoy miro y veo que pese a las facilidades y las comodidades, es muy diferente a nuestra época”.

Maternidad y trabajo

Dora tiene siete hijos biológicos y además crió a 25 hijos del corazón, siempre supo hacerse tiempo entre el trabajo, de doble turno, y la atención de su gran familia.
Su gran amor y la solidaridad los demostró en su casa, en el trabajo y hacia toda la comunidad.

Estos niños que fueron recibidos con amor por su familia, por alguna razón eran abandonados y ella los acogió dando el mismo cariño a cada uno y se propuso que recibieran una educación ejemplar. Hasta la fecha, hoy ya adultos, todos sus hijos (biológicos o no) la rodean y mantienen vínculo de hermanos. Hace unos años, un grave accidente la dejó postrada por casi dos años. Los problemas de salud obligaron a alejarse de su trabajo.

Sin embargo, hasta su vivienda seguían llegando los pacientes que ella ayudó a curar, buscando el consejo de Dora o sosteniendo una charla amena. “Me llenaba el alma”, resaltó.

Y a su convalecencia también se repuso: “Después de meses de masajes logré caminar nuevamente, yo no podía estar más en mi casa, pero ya no podía estar mucho tiempo de pie trabajando, con mucho dolor me retiré”.

“En mi casa recibía a la gente, hacía inyecciones, curaciones y charlábamos, eso les hacía bien a ellos y a mí, muy feliz, ese contacto me fortalecía. Fui muy feliz en mi profesión porque realmente me encantaba”, concluyó.

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