El secreto de Dora

Domingo 7 de junio de 2020 | 03:30hs.

Por Sara I. Deym Escritora

El bebé enganchaba los dedos cortos en los rulos, reía por los gestos de Dora que payaseaba alrededor de la cuna, fue la última imagen en su mente antes de despertarse en posición fetal sobre el parqué en la sala de estar. Se limpió la cara y escupió sangre, el dolor punzante en el rostro la hizo permanecer inmóvil antes de incorporarse. Recordaba las máculas secas en su pulóver rojo y antes de llamar por teléfono pudo percatarse de que todos fueron al funeral de la tía. Buscó al bebé y aseguró que lo llevaron con ellos, salió.

Vanesa
Había llamado por teléfono a Juliana varias veces y no contestaba, ¿cómo podía no asistir al funeral de la tía Olinda?, se preguntó. Era como una madre para ellas. Vanesa volvió a la casa agitada, el llanto desconsolado de un bebé la desesperó, provenía del auto viejo estacionado enfrente. Abrió la puerta y lo acogió en sus brazos dándole palmaditas en la espalda, Rodolfo hervía y los mocos formaban un bigote húmedo dificultando su respiración. En la sala no encontró a su hermana ni a su amiga, que se había ganado el puesto de niñera en los últimos meses. Dejó a Rodolfo en el carrito más calmado y caminó hasta cocina, Juliana, sentada, le daba la espalda. Vanesa le preguntó cómo estaba tocándole el hombro y ella se desplomó en el suelo, temblando hizo intentos de reanimación. Escuchó el timbre y por el visor percibió la angustia de Dora.

Dora
Vanesa tenía que creerme, sería mi protectora ante las acusaciones de los demás como lo hizo desde jardín de infantes. Esperé a que me abra la puerta ignorando el escalofrío.
Me agarró del brazo empujándome hacia adentro y señaló a Juliana pálida en el suelo.
—Primero decime ¡¿Fuiste vos?!
—¿Qué paso?—Corrí para despertarla, no tenía pulso. Vanesa sollozó — ¡Como se te ocurre tal cosa! No mataría a tu hermana ¿No ves mi cara? Vane ¡No tengo idea de lo que pasó! Me desperté con un dolor fuerte en la cabeza.
Vi que Rodolfo protestó arrugando su mentón, tenía que consolarlo, abrí mis brazos y Vanesa alejó al bebé con la excusa de darle mamadera con leche tibia.
—Llamé a la policía, vienen en camino con una ambulancia, Juliana no está despertando, dudo mucho que se salve de esta vez.
Juliana tenía vicios que no podía domar y era injusto que yo pague por eso.

II
Los primos retuvieron con dulces a la abuela en el velatorio, para que no se descompusiera por enterarse que su nieta era puesta en una camilla de ambulancia, a solo diez cuadras. Dora se fue a la comisaría y Vanesa no se animó a denunciarla. Sus primos, en cambio, no se quedaron atrás y le dijeron a la policía que ella era sospechosa, que les dolía porque era parte de la familia hace muchos años y a pesar de eso, pudo matar a Juliana y ahora no tenía puesto el pulóver rojo con el que la vieron temprano antes de salir para el salón velatorio.

Vanesa
Según la policía se formaría un expediente, el médico dijo que Juliana murió por intoxicación. No pude salvarla, ¿cómo iba a saber?, tan corajuda era, jamás me pidió ayuda porque sabía que la regañaría por ser una irresponsable ¿Qué voy a hacer con Dora? Era la única en el lugar. Si era ella ¿Por qué no se escapó?, jamás dejaría sólo a Rodolfo en un auto. Es verdad que Dora y Juliana no se llevaban bien, mi hermana era soberbia, impulsiva y sus amigos no eran de fiar, los traía a casa, una vez le advertí que su cuerpo era un templo y no lo podía ofrecer a cualquiera, se burló de mí; Juliana era un imán de problemas, lo que quería lograr siendo así es un misterio.
— ¿Dónde tendría que estar Juliana ahora?
—En el funeral.
—Tenía enemigos ¿Alguien que la odiara?—pensé en Dora. —No sé, tenía muchos conocidos, amigo real ninguno.
—¿Y su teléfono? ¿Su computadora?
—La computadora está en el cuarto. El teléfono no lo encontré por ningún lado y me pareció raro porque estaba pegada a esa cosa todo el día —contesté sonándome la nariz ante el agente de la policía científica que tomaba nota.

Dora
Si sabía que Juliana iba a aparecer muerta en la casa jamás hubiera tomado el trabajo ¡Qué bronca! Esperaba el momento de encontrarme sola con el nene para humillarme, y cuando fui a quejarme con Vanesa sabía que sería inútil, Juliana era incontrolable por su familia con especial talento en sacar de quicio a todos. Sus amigos eran un asco de persona ¡Igual que ella! Dios sabe que tenía ganas de darle un tortazo para ponerla en su lugar.

III
En la reconstrucción del hecho y mientras dibujaba el croquis de la escena del crimen, el policía vio la ventana abierta del vecino, con la idea de conseguir un testigo fue a comprobar la identidad cruzando la calle. Aplaudió en la vereda para ver si salía alguien, un hombre moreno y alto asomó sacudiéndose el cabello con los dedos. El policía vio una valija cerrada sobre la cama desde afuera.
—Si —dijo con una mano en su bolsillo, otro oficial vino corriendo y apuntó con su arma.
—¡Arriba las manos! —su compañero asombrado apoyó la decisión desenfundando también la suya.
—¡No hice nada, qué les pasa!

Juliana
Esta Dora es tan ordinaria. Todo el día sonriendo como si una abeja de la felicidad le hubiera picado el culo. Ahora está hipnotizada con la casa del vecino como si no tuviera nada que hacer.
— ¿Qué estás haciendo? —Voy hacia ella y vuelve a sus tareas habituales sin dirigirme la palabra. Encima de pobre, maleducada, desaparece con Rodolfo en el cuarto y mis dedos acarician las grietas en la madera blanca del marco de la ventana. Resulta que el vecino de enfrente se está sacando la bata, qué atrevida esta Dora, no es ninguna tonta y yo preocupándome por sus malos modales.
Uno más a la lista, recibo sonriente el mate con marcelita y contemplo sus fotos deportivas colgadas en la pared: básquet, vóley, golf, natación ¡Qué lomo! No iba a poder resistirse a mí, lástima tenía el funeral de la tía Olinda en un par de horas Intercambiamos números de teléfono, nombres, un abrazo lento y desinteresado. Camino hasta la puerta para llegar a tiempo al funeral, no siento mis pies, golpeo mi cara contra el piso, mis fosas nasales laten a reventar. Veo la puerta de casa cruzando la calle.

IV
El oficial Rodríguez detectó la ubicación del celular de Juliana en la casa frente a la escena del crimen. Descerrajó un tiro en la rodilla al enfermero cuando éste intentó inyectarse una aguja guardada en su bolsillo, Rodríguez dedujo que estaba todo planeado, el mate contaminado de cicuta, el celular prendido y el suicidio como punto final.

Dora
A Juliana le encantaba romper sueños ajenos, y si yo deseaba un hombre ella lo querría también, antes de ir al funeral, golpeó la puerta del vecino como supuse y se le insinuó como lo que era, una puta con plata para conseguir lo que quería. Yo me perdí, a mitad de camino no sabía quién envidiaba a quién, si yo a ella o ella a mí. Necesitábamos trasladar el cuerpo a la cocina o generaría más dudas a la policía, después lo despedí con un beso, y una piña bienintencionada de mi amor bastó para un moretón y sangre en los labios, y fingí en el suelo, eso acordamos. Él no contaba con que volvería antes de su fuga simulando una despedida y guardaría discreta el teléfono debajo de su cama ¿Me culparían a mí ahora? Difícil que funcione, él tiene el arma homicida y es un autor del crimen especializado en base a sus conocimientos científicos previos, es enfermero. Tenía opción, no lo niego, volver a la cárcel de donde salí o hacer que alguien haga eso por mí.

Oficial Rodríguez
—Si bueno, supongamos que fue Dora, contésteme esto, ¿cómo trasladaron el cuerpo de una casa a otra sin ser vistos?—preguntó a su compañero apuntando el control al televisor desde el escritorio.
—Bueno, pudieron haber usado el contenedor de basura que estaba en la calle.
—¡Ni ahí! Primero, es muy pesado, y segundo cómo llevan el cuerpo hasta el contenedor, imposible— afirmó Rodríguez levantando una ceja. Su compañero dio vueltas en círculos e hizo un chasquido con el pulgar. Colocó las manos en los bolsillos, sonrió y tiró hacia atrás la cabeza diciendo:
—Fue el bebé.
—¿Eh? Muy gracioso Castello, me estaría preocupando el motivo de su ascenso.
—No, no jefe, Vanesa nos contó que su hijo estaba en el auto, Dora lo habrá puesto ahí para que creamos que fue por su seguridad, ante el potencial asesino. Pero no, usaron ese carrito, que parece la nave de volver al futuro para trasladar el cuerpo de Juliana. Supongamos que fue solo ella, simuló buscar algo dentro del auto y a la ida dejó al bebé durmiendo, paseó con el carrito hasta la casa del enfermero y a la vuelta trajeron el cuerpo de Juliana a la casa y la acomodaron en la cocina. Piense, el carro es negro, grande y puede taparse. Nadie sospecharía.
—No tenemos pruebas de eso—suspiró Rodríguez, —y la posible confesión del enfermero suicida no basta, sigue siendo un secreto que estoy seguro Dora se llevará a la tumba. Este relato fue publicado en el blog de la autora: https://itatilescribe.blogspot.com/ de cuentos, novelas y microrrelatos de ficción.

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