El crimen de Villa Gesell reaviva el debate sobre la violencia - El Territorio Misiones

El crimen de Villa Gesell reaviva el debate sobre la violencia

Domingo 26 de enero de 2020 | 06:30hs.
Griselda Acuña

Por Griselda Acuña Editora de Actualidad

El país lo llora. Pero las lágrimas no son suficientes. Nada lo hará regresar. Fernando Báez Sosa (18) jamás terminará sus estudios universitarios ni tendrá proyectos de fin de semana, ni planificará un viaje. No podrá volver a abrazar a sus padres, nunca más. Su muerte, repentina e injusta, somete a su familia a un duelo interminable. Sin embargo, también instala un debate. La sociedad debe mirarse a sí misma e interpelarse.  
Diez jóvenes rugbiers mataron a golpes a un pibe, a Fernando, fuera de un boliche en la ciudad balnearia de Villa Gesell. El crimen causó indignación y abrió la puerta a todo tipo de análisis. ¿Qué está en crisis? ¿La juventud? ¿Es el alcohol, la noche, el deporte supuestamente más violento? ¿Es el odio de clases sociales?
El Territorio busca aportar un granito de arena en medio de tanto dolor. El grito de justicia resuena con fuerza en las calles, en los hogares, en las redes sociales. Claro que el reclamo es válido y se espera sentencia.
No obstante, se necesita más, mucho más para evitar otro caso Fernando Báez Sosa.
Misiones tiene sus propios antecedentes trágicos. Los años pasan, la marca es indeleble. Las muertes de Pincha Centeno (2002) e Iván Mercol (2006) fueron disparadores del debate sobre los excesos, los límites, los valores.
“Hablamos de los adolescentes y los jóvenes y los problemas que tienen, consumo de alcohol, adicciones, grupos de pares violentos. Esto siempre pasó… pero lo que hay que trabajar es el adolescente, la familia y los límites”, señala en diálogo con este medio, Cecilia Castillo, licenciada en psicología, egresada de la Universidad de Córdoba.
Castillo trabajó en los hospitales Garrahan e Italiano de Buenos Aires, y en la actualidad se desempeña en el Hogar de Día de Posadas además de atender casos en su consultorio particular.
“Todos nos encontramos hoy como padres en un momento en el que debemos poner límites y mantenerlos. Porque muchas veces los límites no duran nada. Estamos en una sociedad que actúa sobre las consecuencias de las cosas, no en la prevención. En una esquina, por ejemplo, recién después de varios accidentes se decide poner un semáforo”, sostuvo al tiempo que añade “la violencia es una expresión conductual de un conflicto que no nace de un único sujeto, hay que verlo desde lo macro, la familia, la escuela, la comunidad”.
“La falta de límites es algo que lo vemos acá todos los días y debemos trabajar mucho con las madres”, agrega Cecilia Spontón, otra de las psicólogas que trabaja en el Hogar de Día y refuerza el concepto: “la puesta de límites desde la casa es primordial”.
El planteo del equipo obliga a una reflexión: imponer límites atraviesa todas las fronteras, todos los status. “No pasa por tener o no dinero, la falta de límites se ve en el Hogar cuando los chicos entran y los quieren transgredir como también lo vemos en consultorio, pasa en todos lados, no es una cuestión socioeconómica”, argumenta Castillo.
“En el consultorio privado la demanda es la misma. Los padres van en busca de una salvación y dicen ‘a mi hijo le pasa esto’. El chico manifiesta una disrupción pero nunca es sólo él la causa”, indica.
Spontón, por su parte, comenta “un niño o un adolescente sin límites es como dejarlo en una ruta sin señalización, a oscuras, no sabe si ir a la derecha o a la izquierda; encima es una etapa en la que van a empezar a probar cosas nuevas, a ver que está bien, que está mal y ven hasta dónde le permiten llegar”.

Cómo se expresan
“Los adolescentes tienden a no hablar de las cosas que les pasan, al encontrarse con la dificultad de usar el lenguaje, la conducta es el medio ideal para expresarse. La conducta es el medio de comunicación del adolescente”, explica Castillo.
“El típico de la adolescencia es el sentimiento de omnipotencia ‘yo puedo todo y contra todos’. Que no es real pero se dan cuenta cuando crecen… el sentimiento existe”, desliza.
“El deporte apunta a la integración, no se lo puede calificar de violento”, manifiesta Spontón haciendo referencia a que todas las miradas están puestas en el rugby.
Y es entonces cuando ambas psicólogas reconstruyen en palabras una historia que es la antítesis de la que dejaron los rugbiers de Zárate. Se trata de un muchacho de 15 años que ingresó al Hogar de Día de Posadas en enero del año pasado, envuelto en el drama de las adicciones y con el luto reciente de la pérdida de su madre.
“Desde acá se le hizo una conexión con el club Centro de Cazadores y él salió a flote gracias al rugby. Es un chico muy contenido por las mamás del club, por el grupo de pares”, cuenta Spontón.
En las páginas siguientes se abre el debate con más voces que ponen sobre la mesa los hechos pasados que dejaron huella, las problemáticas sociales actuales y la mirada hacia la posibilidad de un futuro mejor. 

“Por tantas situaciones en equipo, se sienten uno solo”

En la cancha animales, en la calle caballeros. La frase es supuestamente la insignia del deporte que hoy quedó en el epicentro de la escena: el rugby.
Mariher Sarcos, venezolana que llegó a Posadas hace dos años, es psicóloga y máster en psicología del deporte. Acompañó al luchador Eduardo Lovera en los Juegos Olímpicos de la Juventud que se realizaron en Buenos Aires en 2018, y en dos oportunidades viajó con la delegación misionera a los Juegos Evita. Radioactiva 100.7 también la invitó al análisis del caso Fernando Báez Sosa.

¿Hay deportes, podría decirse, más violentos que otros?
El deporte es una pasión, es una forma de expresar, de poder desarrollar ciertos dones que tenemos físicamente. Creo que cuando manejamos reglas, valores, el deporte que sea viene a hacernos crecer y a potenciar la sociedad, no deberíamos ponerle una etiqueta. 
Hay un concepto en este deporte, que es un concepto de la hermandad, que inclusive se habla de “manada”.

¿En qué medida lo colectivo influye o anula una decisión individual?
Son situaciones emocionales, de reacciones, de defender a esa persona con la que yo tengo una identidad, especialmente cuando nosotros jugamos; creo que pasan por tantas situaciones a nivel de equipo, de competencia, que pasan a ser uno solo.
Esta idea de que todos somos uno, en algún momento puede influir negativamente en el individuo...
Supongo que fue uno o dos que comenzaron y después me imagino que de alguna u otra manera participaron todos, pero vuelvo a hablar de que no debemos estigmatizar al deporte como violento, es más, hay una fundación ahora que va a las cárceles, que trabaja con rugby, que ha rescatado a muchas personas que por ahí eran muy violentas definitivamente y que han podido cambiar su vida a través de este deporte. 
Hay deportes como las artes marciales, que tienen un trabajo de conducta muy importante, pero no vemos que esto suceda en chicos que practiquen artes marciales, por ejemplo.
Las artes marciales vienen de un tema de estructuras, de valores, a ellos les enseñan a cuidar al otro, a no usar esa ira en defensa, de no ser extremadamente necesaria. Por ahí, el mismo tema de la explosividad de algunos deportes hace que no midamos en el día a día la fuerza o el destrozo que podemos hacer al usarla. Entonces el rugby es un deporte por ahí muy explosivo y eso en la cancha se ve. Es un deporte que realmente puede causar, si no se mide bien la fuerza, daño. Es lamentable que esta situación ya haya pasado en diferentes ocasiones, pero hay maneras a nivel de la psicología del deporte de poder manejar estas situaciones, por eso la importancia de poder tener en algunos momentos, cuando los entrenadores vean que ya por ahí el grupo esta manejando una tasa de ira o de violencia,  poder manejar estos conceptos a través de un psicólogo deportivo que pueda ayudar a canalizar esas emociones que vivimos en cancha y fuera de ella.

¿Un entrenador cuando identifica determinados indicadores debería consultar, tiene responsabilidades? 
Ahora se está trabajando mucho con psicólogos por el mismo tema de que a veces el entrenador tiene demasiadas responsabilidades y a veces tiene que asumir también responsabilidades emocionales, de los padres, del contexto social y definitivamente los entrenadores no pueden solos con toda esa responsabilidad. Por eso la necesidad de que cada especialista, de cada ciencia pueda trabajar desde su área con el atleta para poder potenciarlo. 

Si el entrenador o el club están al tanto de situaciones violentas qué se debería hacer ¿o sólo importa lo que suceda dentro de la cancha?
Si hay un miembro en nuestro grupo que comete agresión, que comete delitos fuera de cancha, esa identidad se está traspolando al equipo también. Entonces, el entrenador tiene que cuidar esos detalles, porque es la identidad que le está dando de una u otra forma, dejando que entre al equipo. Al ver esa violencia tiene que manejarla y lógicamente necesita un profesional que lo pueda ayudar. Poner amonestaciones, tener recursos para decir “esto no lo aceptamos porque no es el deporte”,  “no es lo que queremos que refleje el deporte”. 

Poner límites en el equipo como los padres en la casa...
Poner límites, como los padres, por ejemplo, hay muchos casos de chicos que les está yendo muy mal en el colegio y por ahí los papás le dicen “bueno, te voy a quitar el futbol, te voy a quitar esto”. El tema es eso: poder ver qué está pasando, poder darle una solución y que no sea sacarlos del deporte, poner la lupa. Algo está pasando, vamos a colaborarle y vamos con un profesional que lo pueda ayudar”. 

Los hechos más sangrientos que marcaron la noche en Posadas 

Este Año Nuevo hubo fuertes controles policiales en las calles de Posadas para evitar conflictos.
Jorge Posdeley

Por Jorge Posdeley fojacero@elterritorio.com.ar

En Misiones, y particularmente en Posadas, en los últimos años hubo varios hechos de violencia con jóvenes como protagonistas que marcaron a la sociedad, ya sea por las graves consecuencias que ocasionaron o por las modificaciones normativas que generaron. 
El último de ellos sigue latente en la retina de todos, por lo reciente que fue y porque lo ocurrido, en contrapartida a los hechos anteriores, quedó retratado en imágenes de video que en pocas horas se volvieron virales.
Fue durante los festejos de la Navidad en el histórico barrio de Villa Blosset. El primer foco violento se desató en plena madrugada y en medio de la multitud de personas que asistió al lugar. Una aparente discusión derivó en una secuencia de botellazos al aire que, prácticamente de milagro, no culminó con heridos de gravedad.
Pero lo peor vino después, ya en el amanecer y en medio de la desconcentración de personas, algunas de las cuales tomaron imágenes de lo sucedido con sus celulares. Fue en la esquina de la calle Benavídez y la avenida Roque Sáez Peña, donde un grupo de jóvenes se enfrentó a palazos, botellazos y piedras contra un remisero que acabó con su vehículo destrozado.
Las violentas imágenes no tardaron en circular por toda la provincia y la gravedad de lo sucedido derivó en la suspensión de los festejos para Año Nuevo, acabando así con una histórica tradición de los vecinos del barrio que año a año iba incluyendo a personas de toda la ciudad que aprovechaban el contexto para disfrutar de una noche de música y diversión al aire libre, sin cobro de entrada y de libre consumo.
Y lo sucedido en Villa Blosset de inmediato trajo al recuerdo lo sucedido en 2010, cuando otra Navidad culminó en violencia y medidas normativas drásticas. 
Para ese entonces el punto de encuentro para las fiestas era la Costanera, más puntualmente en inmediaciones al anfiteatro, pero ese año hubo una “guerra de botellazos” que provocó heridos e impulsó una Ley Seca para Año Nuevo que prohibió tanto el consumo como el ingreso de bebidas alcohólicas al famoso paseo posadeño. 
Pero, sin lugar a dudas, los antecedentes más graves son las muertes de Francisco Javier ‘Pincha’ Centeno (19) e Iván Mercol (22), ambas ocurridas en contextos de peleas y enfrentamientos en boliches.
Centeno falleció el 22 de septiembre de 2002. El muchacho había mantenido en encontronazo con dos jóvenes en un local bailable de la calle Córdoba, pero regresó a su casa y al mediodía empezó a sentirse descompuesto. Su familia lo llevó al hospital, pero ya era tarde.
Los médicos señalaron la causa de muerte como una hemorragia digestiva y no se le practicó un examen de autopsia, lo cual complicó esclarecer fehacientemente si el deceso tuvo relación con las lesiones sufridas durante el enfrentamiento con dos jóvenes.
Hubo una causa penal de por medio y los implicados incluso fueron imputados por el delito de “homicidio preterintencional”, es decir, fueron acusados de haber matado a Centeno sin intenciones de hacerlo, pero ante la falta de conclusiones de autopsia todo culminó en una falta de mérito para ambos.
A nivel normativo, el hecho marcó un antes y un después, al punto que a partir de ahí nació el Código de Nocturnidad, lo que implicó un mayor control sobre la presencia de menores en locales bailables y su cierre a las 6 de la mañana, entre otras cuestiones.
Pero lo peor de la noche posadeña volvió a evidenciarse el 19 de marzo de 2006, cuando Iván Mercol sufrió graves lesiones de parte de otros jóvenes durante una pelea dentro de un boliche de la avenida Corrientes y falleció poco después de arribar a un sanatorio privado.
Por el caso hubo un juicio que se desarrolló a fines de 2014 y culminó con una sentencia de cuatro años de prisión efectiva por homicidio en riña para los dos implicados, Sebastián Ruiz y Diego Cantallops, aunque en 2016 el Superior Tribunal de Justicia (STJ) revocó parcialmente la pena impuesta previamente y fijó para ambos una condena de tres años de prisión en suspenso, por lo que nunca fueron a la cárcel. 


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