El avión amarillo

Domingo 12 de julio de 2020 | 00:30hs.

Raúl Novau
Escritor

ememoraba Tadeo Broz sus vicisitudes en la lejana Polonia. Fue licenciado del ejército polaco por su carácter contestatario y su verba inflamada y levantisca. Sin miramientos fue dado de baja. Se embarcó en el primer barco carguero que partía a la América en el puerto de Gdansk. Atrás quedaba el infortunio de un sublime amor y un aire de hogar perdido.

Recalar en el puerto encarnaceno tuvo mucho de aventura sin destinos ni objetivos fijos. Observaba el Paraná y deseaba partir ¿río arriba con los vapores llevando conchabados a los obrajes? ¿río abajo con los yerbateros? Quedarse era situarse en el lugar considerado de paso, vendiendo lociones y chucherías en la calle, actividad que no le resultaba agradable.  Algo lo retenía en la apacible ciudad costera recostada en el río. El ambiente era de quietud y cautela. Tadeo conocía esos síntomas previos a las hecatombes en esa apariencia de vida bucólica pues en la adolescencia perdió a sus padres en la guerra. 

Sus socios en el contrabando hormiga le anunciaron el temido presagio: la guerra. Y la patria los llamaba a filas, invitándole a sumarse a la noble misión. Sin dudar, Tadeo se alistó en la brigada de reservistas, viajando en tren con sus dicharacheros cuates que se sorprendían que el extranjero vendedor ambulante estuviera uniformado de verde olivo, birrete y las tiras de jerarquía. Tadeo mostró la ajada papeleta con el águila blanca polaca donde se certificaba su grado de capitán de caballería. Combatiría bajo la bandera tricolor pues habían reconocido su real valía militar, consigna que creía perdida. Resurgían sus ansias guerreras que él detectaba renovadas en la sangre en aquel alegre tumulto mientras el tren rodaba con estrépito. En las estaciones las madres y novias despedían a los soldados, abarrotando los vagones. En cada una se sucedían escenas de rostros adustos y compungidos. Sorprendíase Tadeo de que, en los atestados andenes, hubiera tanta batahola y vocerío pregonando alojas, mostos, naranjas peladas, butifarras y chipas. También estampitas y rosarios bendecidos mientras mugían las vacas al apretarse en los últimos vagones jaulas. 

En los preparativos de alistamiento, lo echaron dos o tres veces del “Ancla de Oro”, un barcito del puerto asunceno y a duras penas lo aceptaron en la cañonera con advertencias de calabozos en ciernes ante la repetición de actos bochornosos.

Zarpó el “Humaitá” remontando el plácido río en aquel agosto del treinta y dos, el viento norte rezumando las resacas y catingas de las márgenes y allá en lontananza los palmerales chaqueños. 

Tadeo fue destinado como instructor en la retaguardia con asiento en Concepción. Una semana estuvo soportando una disentería que licuó sus vísceras, dejándole el pellejo adherido a los huesos. Se recuperó a base de pulpas de cardos, zarzaparrillas y salvias. Tadeo se prodigaba en las enseñanzas básicas del arte militar, balbuceando el aprendizaje del guaraní para acompañar las praxis castrenses. Ya el tronar de la guerra estaba en sus inicios. 

Tadeo llegó a su nuevo destino en Puerto Casado. Había enflaquecido, sumidas las sienes y la piel un estrellato de ronchas por los zancudos. Derrochaba iniciativas en cuanto menester se le encomendaba. Tenía a su cargo el mantenimiento de las vías férreas de trocha angosta que se internaba en quebrachales y espartillos en una torridez que calentaba las espoletas a la sombra. Arrastraba la máquina vagones con pertrechos, vehículos, provisiones y toneles de agua hacia los fortines del frente. Regresaba con enseres para reparaciones y heridos, atendidos de urgencias en improvisados toldos y en el kilómetro once, una casona familiar transformada en hospital de campaña. 

Supervisaba Tadeo la presión del vapor de las máquinas, el almacenaje de carbón, las fisuras de tanques de agua, el reemplazo de cabezales en las vías, en una febril y fragorosa tarea en los talleres sin dejar detalle librado al azar.

Hasta que las bombas cayeron sobre las vías y un convoy retrocedió. Un avión enemigo resistió el antiaéreo desde la plataforma volante del tren y las bombas volaron un trecho de vías. Tadeo comandó la reparación, auscultando cada día la despiadada claridad del caldeado horizonte sabiendo que volvería. A la semana regresó el avión amarillo para martillar sobre el mismo trayecto reparado en las terminales férreas. No avanzaba más quizás resguardando el combustible. Se suspendió el transporte mientras se esperaban órdenes.

Una noche Tadeo no se reportó a sus superiores. Colocó en una mochila, charque, bananas de oro, dulce de maní con leche, caramayola con agua y una lata de pintura y colgando del hombro el rifle. Abandonó el campamento en una zorra manual.

Recorrió el conocido trayecto por kilómetros en la primera noche y continuó racionando esfuerzos y agua durante el día hasta llegar al socavón de rieles retorcidas y durmientes quemados. Se apostó debajo de un quebracho, único ejemplar erguido en la planicie de raleadas matas. Buscó piedras y las fue pintando de rojo escarlata. Agobiado por el calor y los jejenes se detuvo a mediodía, escudriñando la lava del cielo. Determinó el sitio despejado, polvoriento y plano donde fue depositando las piedras contiguas cuyo ensamble formaba un gigantesco corazón en el silencioso páramo. Esperó paciente siguiendo los centímetros de sombras del árbol a medida que el sol declinaba, asomándose una iguana verde eléctrica siguiendo sus movimientos. Un punto negro revoloteó en círculos y se posó en las alturas del árbol. El carancho balanceaba la cabeza en la noche fría de encendida luna. Al amanecer la familia de caranchos amagaban vuelos de descensos y sus aleteos sonoros lo mantenían en guardia. Con los catalejos divisó un aguará-guazú husmear bajo el manchón ceniciento de guayacanes lejanos. 

Se avecinaba un día aciago donde el azogue ahogaba la vida. Resistiría la sed que comenzaba a reptarle por la garganta. Acariciaba el relicario con la foto de sus padres. Aguantaría con el orgullo a cuestas hasta la agonía de morirse en medio de un corazón expandido en piedras rojizas. 

Súbitamente sus acompañantes volaron en distintas direcciones. Fue el aviso, suficiente para desenfundar el Máuser al unísono de un ronroneo de motor en los cielos. Se escondió entre el ramaje que disimulaba la zorra y el ruido era patente en las alturas. El avión sobrevolaba alejándose, sin desaparecer el zumbido amortiguado en la lejanía. No había vientos y a través de las hojas resecas que crepitaban a cada leve inclinación Tadeo divisaba el bólido emergente desde el este. Regresaba constatando quizás el feroz agujero de la última bomba y el ovalado corazón interrogando la yerma tierra codiciada, algo inusitado en la soledad del desierto boreal. 

Percibió de pronto el reluciente armazón amarillo a baja altura, las infernales explosiones del motor, el hocico en hélice volandera dirigiéndose directamente a él. Entonces se irguió de golpe apoyando el fusil perpendicular al cuerpo y la mira justo en la unión de las alas siguiendo el recorrido y disparar en el segundo preciso antes que saliera de encuadre cuando la cápsula escapó y la culata golpeaba el hombro sin ver al piloto en un relumbrón de estruendo que trataba de remontar al cénit dejando tras de sí una estela oscura en lenta caída en retumbos finales. 

Como un autómata recargó el fusil, sorbió las últimas gotas de agua, acarició algunas piedras del corazón, se sacó el sombrero y lloró besando el relicario.

Fue sumariado con quince días de arresto por indisciplina y después condecorado por mérito en combate.

Sus conocidos cuates cayeron en Nanawa. 

Cada año Tadeo desfila con los excombatientes por las calles céntricas de Asunción.

Publicado en “Brumas del Cántaro” (Cuentos), Pax Editorial, Posadas, Misiones, 2017.

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