Egresados 82

Domingo 7 de junio de 2020 | 05:30hs.

Por Miguel Sedoff Escritor

“Diecisiete años en Nueva Delhi cambian a cualquiera”, dijo al aire Walter después de kilómetros de silencio y aturdimiento, mientras una Estación de Servicios desierta desaparecía a su derecha. Era la única respuesta que se le había ocurrido después de muchos kilómetros de meditar, a las muchas preguntas sobre su vida, pasada o actual, que pudieran hacerle sus antiguos compañeros de curso.
Le parecía inadecuado ilustrar su pasado con anécdotas porque podría parecer soberbio o mitómano, y lo que menos quería era introducir una interferencia de ese tipo en la posible química del encuentro. No iba a decirles que era amigo de Naomi Campbell, que durmió con el baterista de INXS en Turín o que había pasado cuatro días de fiesta en Berna con Rod Stewart y dos de sus novias. Tampoco que en Vietnam, en unos de sus períodos oscuros, había aceptado pagar mil dólares por ver como mataban a una mujer a golpes en un sótano junto a cuatro turistas dinamarqueses o que ese mismo día comió un menú hecho de carne humana como parte de una ceremonia que nunca entendió. Su vida estaba llena de episodios increíbles, oscuros y patéticos, muchos de los cuales ni recordaba ni se sentía orgulloso, y por eso nunca se los contó a nadie, aún en la más estrecha intimidad.
Viajaba hacia Oberá por la Ruta 14 en un Vectra alquilado en Hertz y mientras la música del unplugged de Nirvana se repetía en loop, formando una pared de sonido que se confundía con el zumbido del motor, él no podía dejar de imaginar, a veces ansioso, siempre a punto de arrepentirse, los posibles escenarios del reencuentro al cual se dirigía.
Había vuelto al país después de ocho años, por el cambio de gobierno y la costumbre de poner las renuncias a disposición del nuevo Ministro.
Como era costumbre también, su renuncia y la de todo el cuerpo diplomático en Asia, iba a ser rechazada y podría volver a su puesto de Director de Protocolo en Nueva Delhi, con responsabilidades sobre el resto de los países de Asia en los cuales el país tenía representación diplomática.
Mientras miraba los naranjos oscuros a los costados de la ruta, mientras recibía bocinazos y conducía con un extraño cuidado extranjero, el motivo de su viaje no terminaba de encajar en su cabeza.
El impulso inicial se había desvanecido, la curiosidad para ver cómo le iban las cosas a la gente con la que compartió la adolescencia, tenía algo de hipocresía y mucho de tristeza, porque él sabía que no tenía ningún interés genuino en la suerte de esas personas. Ignoraba si ellos lo recordaban de alguna manera también. Se preguntaba, entonces, si necesitaba ese reencuentro, si quería hacerlo, pero no encontraba la respuesta adecuada mientras seguía manejando por la extraña costumbre que tenía de no abandonar lo que había empezado.
Desde su llegada paraba en un hotel de Las Cañitas y se drogaba en un boliche de Palermo Soho que le había recomendado una amiga de la embajada. Estaba acostumbrado a la vida nocturna, y a hacer amistades de cualquier género, su forma de llenar el espacio de la pareja que nunca tuvo. Hablaba solamente en inglés para pasar por turista. Le gustaba ese trato distinto, casi preferencial, que obtenía de algunas personas, salvo de aquellos que buscaban sacar ventajas frente a un extranjero al cual caracterizaban al instante como ignorante o demasiado ingenuo.
Buenos Aires estaba carísima para sus habitantes, como siempre, pero era un destino barato para cualquier turista. De todos modos, no dejaba de ser la misma ciudad poco amigable habitada por estúpidos y ventajeros, acaso orgullosos de su triste y banal identidad porteña.
Las primeras horas estuvo inmerso en un incómodo jet lag, esa sensación que, le gustaba repetirlo porque lo había leído y le parecía poético, se producía porque su cuerpo había viajado más rápido que su alma. Se imaginaba entonces que su cuerpo estaba aquí, pero su alma todavía viajaba a diez mil metros de altura, planeando por el Océano Pacífico, fijada a su corazón por un hilo invisible que, lentamente, se estaba enrollando.
Había venido por unos días y la primera noche sorprendió a su madre con una llamada. Ella no podía creer que él le prometiera ir, por fin, a visitarla. Después de la sorpresa y las cordialidades y lugares comunes que parecían no haber cambiado nunca, le dijo que había estado Rosana la semana pasada por ahí y le había dejado una tarjeta para una cena de aniversario por los 25 años de egresados del San Pablo.
Él dijo ah, mirá vos, y se olvidó, porque las conversaciones con su madre tenían siempre la misma dinámica de una calesita, hablaban de los parientes vivos y muertos, los vecinos, la política municipal, los muertos y desastres y de vuelta a los parientes. A él le gustaba escucharla a la distancia, pero se sentía incapaz de actuar en su presencia. Le resultaba más fácil decirle te quiero y te extraño a una ventana con el teléfono en la oreja que a la cara de su madre. Por eso, si había alguna promesa que había cumplido en la vida era la de llamarla siempre. Creía que con eso mitigaba, al menos, su prolongada ausencia.
Rosana había sido su novia los últimos años de la secundaria; eran una de esas parejas que parecían destinadas a casarse y tener hijos. Los dos eran atractivos, con un estilo de belleza más cercano a la sanidad que a la lujuria y por eso parecían las dos partes de un mismo cuerpo. Sus familias eran amigas, iban de vacaciones juntos y todo parecía encaminarse hacia ese destino, pero cuando terminaron la secundaria ella se fue a estudiar Odontología a Corrientes, como lo había venido sosteniendo todo el tiempo y él, en lugar de cumplir con su parte y mudarse a estudiar Ingeniería Civil en Resistencia, decidió a último momento inscribirse en un Instituto terciario de Buenos Aires para cursar la carrera de Relaciones Exteriores.
Ella tardó unos meses en darse cuenta del daño que esa decisión había provocado a su relación y tal vez evaluando una futura vida juntos le pareció que no era adecuado comenzarlo de esa manera, para las vacaciones de invierno de ese año, cuando se volvieron a ver, decidió dejarlo. El sintió un alivio que no fue capaz de compartir con nadie, pero fue como si las puertas del destino por fin se hubieran abierto. No había descubierto el peso negativo que las relaciones absorbentes pueden producir a una edad tan temprana hasta que estuvo fuera de ella.
Esa fue la última vez que estuvo en Oberá. Se fue a Buenos Aires y comenzó otra vida. Estudió, se recibió y consiguió trabajo en la Cancillería. Comenzó a formar su personalidad, a tener gustos cosmopolitas y buscó prácticas y compañías que lo alejaran de su origen. No sintió culpa ni nostalgia. Lo destinaron a distintas representaciones diplomáticas y los siguientes veinte años se los pasó en el exterior.
Ahora, otra vez de vuelta, continuaba con su rutina de fiestas en embajadas, y visitas a despachos oficiales para justificar su trabajo. También era parte de su rutina llenar las noches con gente y sustancias de moda para consumir.
Pero hoy se le había ocurrido una idea nueva y, le pareció, fantástica. Después de haber despedido a la chica rubia amiga de un patovica dueño de un gimnasio en Palermo, después de un baño y dos pastillas, se había tumbado en el sofá blanco con el control remoto del televisor para ver si le venía sueño, pero era imposible, estaba pasado de vueltas y sentía una leve taquicardia que lo espoleaba a hacer algo.
Entonces llamó a la Conserjería y pidió que le alquilaran un coche. Había recordado la invitación a la cena de aniversario de egresados y le pareció buena idea, en ese momento, hacer algo inesperado e instintivo, algo a lo que no estuviera acostumbrado. Y el contacto social sano y desinteresado era algo a lo que no estaba acostumbrado.
Cargó ropa en una bolsa de residuos del hotel, porque la valija era demasiado incómoda, y la filmadora, Ipod y celular en la mochila. La fiesta era esa misma noche, así que iba a ir y tal vez volver al día siguiente o el otro, pero seguramente iba a ser poco tiempo. Iba a sorprender a todos, especialmente a su madre. Su promesa al fin se iba a cumplir.
Se dejó llevar por el impulso y comenzó el viaje a ese lugar donde había nacido y al cual no había regresado más. Ni la muerte de su padre había podido traerlo. Se había enterado en Hong Kong, pero estaba del otro lado del mundo y del otro lado de la vida, perdiendo los días entre coreanos desconocidos y el dinero fácil que salía de la valija diplomática. Llamó, sí, a su madre y escuchó su llanto, escuchó en silencio todo lo que pudo antes de cortar, porque en ese momento no estaba en condiciones de responder a ningún estímulo afectivo.
Era la época en la que ya estaba consiguiendo ser esa otra persona que había dejado atrás las costumbres provincianas como una maldición. Dejó atrás prejuicios y creencias y se convirtió en un vividor, una alimaña, un cínico resentido necesitado de novedades permanentes. Todo lo que no quería ser, todos los destinos prefijados, la vida comprada, las novias elegidas, los parientes omnipresentes, todo eso lo había dejado atrás, en ese pueblo perdido de Misiones al que no volvería más. No era resentimiento se decía, pero se parecía demasiado.
Salió de la ciudad escuchando radios con conductores haciéndose los cantantes, locutoras haciéndose las sensuales y oyentes despachando su odio en mensajes al aire. El acostumbrado conjunto urbano deprimente.
En la autopista, el sol del este era un puñal en sus ojos y le entró pánico a morir en una ruta, un accidente anónimo en una ruta de mierda por una romántica idea de mierda de ir a ver qué pasó con la vida de otra gente a la que ni recordaba y que había dejado veinticinco años atrás.
El impulso que lo había sacado de la inercia en el hotel se fue agotando y apenas logró llegar a Santo Tomé con la cabeza latiendo al compás de la música. Paró a cargar nafta bajo el sol de las cuatro de la tarde y se hidrató con un litro de agua mineral que tomó casi sin respirar. Escupió sangre y no supo porque, aunque no se preocupó porque estaba acostumbrado a las reacciones adversas de su cuerpo.
Fue al baño y miró en el espejo su cara demacrada. Su cráneo pelado, la piedra negra que brillaba en el lóbulo de su oreja izquierda, el marco de oro de sus anteojos mojados por la transpiración. Se preguntó otra vez que mierda hacía allí, en el baño mugriento de una estación de servicio en el medio de la ruta. Hubiera sido una buena escena para una road movie, pero esto no era una película, era su vida y él estaba solo con ella.
Se sintió como el protagonista de ese poema que había escrito Benicio: “A los amigos que se mueren en la infancia nunca los encontraremos en el cielo, barbudos o con ojeras./ Tampoco habrá lugar para ellos en el infierno, un calor sofocante que nunca tendrán que soportar/ Sospecho que los encontraremos, sí, en el patio de alguna escuela, con los dedos sucios de barro jugando algún juego cuyo nombre olvidamos hace mucho tiempo atrás.”, aunque sabía que no lo era, que el del poema era Pablo, el que se había muerto de sida a los 23, Pablo, una foto en su billetera, amigo y hermano, siempre joven, siempre feliz.
Salió y en el comedor compró pastillas DRF, otra botella de agua mineral y un cd de chamamé. Vio que había dos computadoras en un rincón y le preguntó a la chica que atendía si estaban conectadas. Le dijo que sí, entonces se sentó un rato a bajar mails y a googlear los nombres de algunos de los ex compañeros que recordaba, pero la vaguedad de su mente no le permitió ir más allá de las primeras páginas. Los datos eran miles, los nombres se repetían y no estaba seguro de recordarlos del todo, así que lo dejó y volvió al auto.
Sacó el CD de Nirvana del equipo y colocó el de chamamé. Comenzó con Kilómetro 11 y después siguió con otros que sabía de memoria, pero desconocía su nombre. Sacudió instintivamente la cabeza porque esa música lo trasladaba a indelebles recuerdos de su infancia, pero las radios se escuchaban peor y estaba demasiado cansado para mover el dial. El viaje se había transformado en una carga incómoda y el ansia por llegar le hicieron olvidar por una vez sus cuidados de conductor extranjero y apretó el acelerador hasta donde pudo.
En un momento, distraído por el reflejo del atardecer y por las derivas del acordeón no advirtió a dos camiones que se venían pasando y tuvo que tirarse a la banquina. Cuando por fin logró frenar, unos cincuenta metros más adelante, creyó morir. Se bajó del auto con el corazón a punto de explotar y vomitó todo lo que había comido en las últimas horas. El charco oscuro lo atraía como un remolino y el mareo no se iba. Se obligó a levantar la vista para salir de esa atracción que lo iba a paralizar. Una fila de pinos oscuros se recortaba sobre el horizonte como una embarcación a punto de partir. La hondonada en la que se encontraba refulgía de pequeñas piedras ocultas entre la tierra roja. No sabía bien en donde estaba, pero el color de la tierra le avisaba que estaba cerca de su destino.
Se sentó en la banquina, pero el silencio era demasiado profundo para hacerle bien. Los camiones pasaban levantando remolinos de polvo de la banquina y eso le hacía toser. Así no iba a resolver nada. Se subió al auto y siguió manejando hasta que se hizo de noche. Recorría con cuidado la ruta desconocida, llena de curvas y contracurvas y con pendientes pronunciadas que le hacían doler los oídos, hasta que en horizonte comenzó a ver el resplandor de las luces de la ciudad distante.
Recordaba apenas la disposición de la ruta para ingresar, y tuvo que adivinar las referencias porque era poco lo que estaba igual. El Club de Cazadores a la derecha, le informó un cartel, pero no se distinguía nada. Había casas y más casas alumbradas con el reflejo azul de los televisores a los dos lados de las polvorientas calles de tierra roja.
Sabía que la cena iba a ser en el Parque de las Naciones, en la parrilla “La Argentina”. Miró los números verdes del reloj del auto. Eran casi las nueve. Por fin estaba llegando.
La ruta pasaba prácticamente por el medio del Parque y por eso hizo un desvío en la rotonda para ingresar. Era un amplio predio arbolado, con calles internas y casas típicas de las distintas colectividades que conviven en la ciudad escondidas entre el verde oscuro de la vegetación.
Lo elevado del terreno le permitía ver al resto de la ciudad como una alfombra irregular que se desenrollaba hasta el horizonte esfumado por el calor.
Dio un par de vueltas hasta que encontró la parrilla. Pasó por el frente con temor, temor a que alguien lo reconociera y debiera bajarse de pronto, sin preparación, y ponerse a hablar, a saludar, a sonreír, pero nadie lo hizo.
Decidió esperar un poco, mirar el lugar, acostumbrarse a la situación y estacionó el auto a unos treinta metros bajo unos pinos. Parecía haber poco movimiento en general, solamente algunos autos dando vueltas y un grupo de chicas trotando detrás de una profesora de educación física. Entonces reparó que, al costado de la parrilla, en una amplia galería, había un grupo de gente sentada a una mesa larga y concluyó que debían ser ellos, sus ex compañeros, los egresados del San Pablo, Promoción ‘82.
Intentó reconocer caras, actitudes, posturas corporales, pero era inútil. La distancia, la noche, los años habían hecho desaparecer partes enteras de sus recuerdos. No podía siquiera recordar el nombre de todos o cuántos eran. No eran muchos y estaban, seguro, Rosana, y también Gladys, Rubén, Rodolfo, Héctor, Víctor. No se esforzó por el resto, no eran más que una mancha borrosa a toda velocidad en su memoria.
Ahora que estaba allí, no sabía qué hacer, qué decir. Ellos seguramente no lo esperaban, nadie lo esperaba, él era el dueño de uno de los lugares que siempre quedan vacíos en la foto, era el amigo que se fue al otro lado del mundo y nunca volvió. Sería una verdadera sorpresa que apareciera en el medio de la noche sin avisar a nadie, eso le aseguraría el papel estelar en el encuentro, pero no se sentía en condiciones de establecer conversaciones reales, de sacarse la costumbre del hipócrita profesional y abrir su alma para que en esta situación tan desacostumbrada y casi inverosímil pudiera ser por una vez, de vuelta, el tipo que alguna vez fue. Tampoco supo si quería intentarlo.
La casa de su madre estaba al otro lado del pueblo, podía dejarlo todo así, sacudírselo de la cabeza como un mal sueño y pasar a saludarla para volver mañana a su vida.
De pronto se vio atravesado, otra vez, por esa mirada que lo perseguía desde que se había ido. Esa mirada hacia atrás, esa constante mirada en busca de la persona que iba a ser, del hombre mejor que iba a tomar su lugar. Esa mirada que nunca terminaba de encontrar el foco ni el destino y menos aún, el sentido de sus desplazamientos, de su irritante complacencia, como si la autocompasión que sentía no fuera un elemento más de su carácter.
Encendió un porro aplastado que tenía guardado en la billetera y apagó la música que casi no escuchaba. Sus músculos parecieron caerse todos a la vez.
Dio una calada mientras escuchaba a los grillos y los modestos ruidos urbanos de la ciudad a lo lejos. Unas chicas cantaban a lo lejos, una madre llamaba a un tal Joaquín, las campanas de una iglesia anunciaban algo mientras que los camiones se desplazaban rítmicamente por la rotonda hacia el Brasil.
El cielo se había cubierto de estrellas, las mismas que recordaba de su infancia y una brisa leve hacía sonar las hojas duras de los eucaliptos. Estaba ahí pero no sabía qué hacer, solo sentía la tierra, la brisa, los sonidos. Sobre todo eso le llegaban, como fragancias, fragmentos de las conversaciones de los Egresados ’82, que lo arrullaban mientras se iba quedando lentamente dormido. El relato es parte del libro “Estuve” editado por la Editorial Homo Sapiens, año 2010.

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