Duelo por el angelito

Domingo 10 de mayo de 2020 | 03:30hs.

Rosa Ema Peruzzo de Moreira
Escritor

El mitaí ya es un angelito...” dijeron. Y de a poco los vecinos se fueron acercando para ofrecer algo a esa madre desconsolada, cualquier ayuda. El esposo estaba tarefeando y el patrón  le había adelantado toda la plata que pidió para la enfermedad del chico. Ahora tenía que devolverla y no podía venir para estar con su familia en  este doloroso trance. 
 La situación era muy triste. ¿Quién no había visto a esa madre ir y venir del hospital tantas veces como la gravedad de su hijito lo requería? Nunca pudo quedar internado, porque no había lugar  -decían-  ni para poner un colchón en el suelo. Finalmente no se pudo hacer nada más y el angelito voló.
Doña Elena, una de las vecinas más conmovidas, se hizo cargo de los seis hermanitos, para bañarlos y ponerles ropita limpia... Quería que fueran  bien arregladitos al velorio.
 Don Ramón, otro vecino,  empleado de la Municipalidad, salió a buscar   el cajoncito. Quería traer el mejor,  pero  uno era peor que el otro, “bieeen pa pobre”, decía,  tan despojado que no se animó a poner el cuerpecito sobre las ásperas tablas . Su esposa le buscó un pedazo de sábana celeste y él con unos clavos, lo forró. Doña Elena que era modista, hizo los volados a la mortajita, con  retazos de tafeta celeste... Ahora sí, acostaron al angelito  y  lo rodearon de las flores amarillas que los hermanitos se habían encargado de juntar en el baldío, y se sentaron  junto a la mamá, que daba pena verla tan flaca y ojerosa.  
 Después de un rato, cerraron el cajoncito,  y otro  vecino, el  fletero,  sacó su camioncito  y llevó a  la familia y a los vecinos  que  quisieron,  al cementerio. Al atardecer  estaban  de vuelta y  cada uno volvió a sus quehaceres.
 Patricia, la pequeña nieta de doña Elena, había observado  calladamente todo lo acontecido, las idas y venidas, los comentarios, la tristeza  en las caras, el llanto  de la mamá y de los hermanitos. Estaba seria, muy seria. Apretaba fuertemente  a su muñeca entre sus bracitos y sin que nadie se diera cuenta comenzó a jugar: buscó la  manta rosada de la abuela, envolvió en ella  a su muñeca, la puso en  una caja de zapatos, la rodeó de flores y se sentó en una sillita. Con la carita entre sus manos le hablaba bajito, la acariciaba... y parecía que lloraba.
   Estuvo así un rato,  seria y triste. Después,  guardó  su muñeca, puso la caja de zapatos debajo de la cama, dobló  la manta rosada y colocó las flores en un florerito, sobre la mesa de la cocina.  Pidió una galleta a la abuela,  salió al patio... respiró hondo,  miró las flores en los canteros, sintió el viento que balanceaba los árboles y suavemente  se sentó en su sillita hasta terminar su pan. Luego juntó  piedritas de todos los colores y tamaños  y  empezó a jugar a otra cosa...

Relato inédito. La autora, que reside en Oberá, ha publicado los libros “Dolores, un pueblo. Historias como memorias” y “Cuentos para Joaquín y otros nietos”.

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