Como un sueño o un tumor - El Territorio Misiones

Como un sueño o un tumor

Domingo 22 de diciembre de 2019
La novela ‘Kitschfilm’, de Carlos Piégari, se erige como ejemplo de texto inorgánico en el que las analogías y alegorías se montan en un collage

Por Osvaldo Mazal Para El Territorio

En la casa de mi infancia había un par de cuadros pintados por Adolf Neunteufel, el alemán de las botas. Uno de ellos lo recuerdo claramente: la imagen, valga la redundancia, intentaba representar la claridad de una noche de luna llena en la selva. Mis padres le habían comprado a Neunteufel dos de esos cuadritos que él andaba vendiendo por las calles de Posadas. El tipo bajaba caminando con sus eternas y gastadas botas de cuero de caña alta, pipa en boca y cuadro bajo el sobaco por la calle San Martín, y siempre se detenía en el negocio de mi padre a conversar. Acabo de leer Kitschfilm, de Carlos Piégari, cuyo personaje central es Neunteufel, y ese alemán de las botas va creciendo en mí como un sueño o un tumor.
Kitschfilm se presenta como una novela. ¿Es una novela? Theodor Adorno, teórico de las vanguardias artísticas, decía que las únicas obras que valían la pena, no eran obras. Tradúzcase a nuestro caso: quizá las únicas novelas que hoy valdrían la pena no son novelas en un sentido orgánico; sus partes no tienen entre sí y con el todo de la obra una relación funcional, como los órganos de un cuerpo. Todo lo contrario: en estas llamémoslas antinovelas, las partes que las integran vienen de diferentes lugares y son montadas a la manera de un collage. Otra manera de contar una historia la de estas novelas “inorgánicas”.
¿Qué historia narra esta novela/collage de Piégari? Ricardo Piglia afirmó alguna vez que cualquier relato narra una investigación o un viaje. Kitschfilm decidió narrar las dos cosas. Si bien uno podría considerarla una biografía, en realidad se centra en un viaje que Neunteufel (en alemán significa “nueve diablos”) realizó a través de las selvas paraguayas en la década del 30, cazando animales para enviarlos a museos y zoológicos alemanes, y en su regreso a Europa donde integró el ejército alemán durante la Segunda Guerra. Y la investigación que se despliega en Kitschfilm desmonta ambos recorridos, para construir el personaje de Adolf Nuevediablos.
Que era nazi. Y quizá por eso ahora crece en mí como un sueño o un tumor. Parece haber sido un nazi de baja intensidad. Un perejil, digamos. Aunque aparentemente durante la guerra habría oficiado de traductor en sesiones de tortura de las SS. Digo “aparentemente” porque la mitad de esta novela, la que trata de una investigación, es ficcional. En esa investigación se cruzan los comentarios del narrador/investigador, con los de la traductora de un libro de Neunteufel escrito en alemán, y los de dos colaboradores. Y se suman tres personajes ficcionales o, mejor, un personaje triple que también sigue la pista de Neunteufel.
Los personajes dobles son un recurso habitual en las narraciones, no así los triples. Difícil dilucidar si estos tres personajes Florian Antúnez / Florian Magnus/Florian Brozek son contemporáneos o sucesivos. O ambas cosas a la vez. Porque habitan momentos históricos diferentes, pero a la vez se reúnen en anacrónicas y fantasmales sesiones de una “Conferencia Secreta” con el filósofo judío Baruch Spinoza, que habla de cadáveres amontonados. Tema que frente a un universo nazi como el que aquí se despliega, siempre es pertinente.
En Kitschfilm se insertan traducciones de fragmentos del libro Yasí-yateré. Acht Jahre Tierfang und Jagd im Urwald von Paraguay (‘Yasí-yateré. Ocho años de captura y caza de animales en la selva de Paraguay’), escrito por Adolf Nuevediablos para narrar su aventura en Paraguay. Es que Kitschfilm, más que la investigación de un viaje como hito de una biografía, es la historia de otro libro, que también habla de un viaje.
En esa sucesión de cajas chinas, nuestra novela/collage avanza con leit motiv y repeticiones (duplicaciones, triplicaciones). Ejemplo: así como hay tres Florianes, hay un trío de nazis-ornitólogos relacionados entre sí, que es descubierto por el “Cerebro Mágico de la Kassel Konection”: nuestro Adolf Nuevediablos, más Joachim Steinbacher, más Gunther Niethamer. El segundo de ellos guardián del campo de concentración de Auschwitz, el tercero editor de una revista de ornitología. Adorno decía que después de Auschwitz no podía haber poesía; durante Auschwitz, agreguemos, sí hubo ornitología: uno de los guardias de ese infierno investigaba los pájaros de la región en simultáneo con la masacre. Delicias de la barbarie.
Y no solo proliferan las analogías en Kitschfilm, también alegorías como la de la “Gran Rueda del Destino”, o la de una piedra de molino con la que se martirizó a Florian, un soldado romano. No hay entonces solo tres Florianes aquí, con San Florian hay al menos cuatro. Y en el jardín de Arthur, cliente de Adolf Nuevediablos en la ciudad de Posadas de los años 50… también hay una piedra de molino tirada entre las plantas.
“Proyecto Neunteufel”, se denomina por ahí a este alegórico y analógico collage… ¿Proyecto de investigación? ¿Proyecto de narración? ¿Proyecto de Obra de Arte Conceptual? No en vano nació esta idea al calor de la exposición internacional de arte contemporáneo documenta de Kassel, cuando el autor y su mujer descubrieron el libro de Adolf Nuevediablos. Y lo que vale en el arte conceptual es la Idea, que siempre somete a sus materiales, rompe sus conexiones “originales” con el mundo y engendra otras. En varios pasajes del texto, aparece el mencionado “Cerebro mágico de la Kassel Konnection”, que se enciende y echa chispas por las ideas que le aparecen frente a cada hallazgo histórico o biográfico; o sea, frente a cada material apto para ser torsionado y puesto en contacto con otros.
Kitschfilm se cierra con un dossier de imágenes que también consiste en una serie de collages: las imágenes seleccionadas sufren una intervención similar a la de los datos y acontecimientos incluidos en la narración de la novela, y se insertan así en la tradición de los emblemas barrocos o los collages dadaístas. Otra vez la mano del artista (en este caso Sonia Abián, mujer de Carlos Piégari, con la colaboración de Grzegorz Baczak) selecciona imágenes y documentos asociados a Neunteufel pero venidos de diferentes contextos, y monta con ellos cada collage. Esta variedad de perspectivas, al agregar más información, no reduce la ambigüedad creciente sino que la aumenta, prolifera como esas cañas tropicales que una vez enraizadas no dejan de tramar bajo tierra un rizoma indestructible. Y que hace que yo, lector, intuya que el universo de Adolf Nuevediablos, el nazi de las botas que hace 50 años conversaba amablemente y vendía sus cuadros a mi viejo, comerciante judío de la calle Buenos Aires de Posadas, Misiones, Argentina, está creciendo por dentro. Como un sueño, o un tumor.

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