Blanca - El Territorio Misiones

Blanca

Domingo 30 de agosto de 2020 | 01:30hs.

Carlos Manuel Freaza

El estudiante de Agronomía Eligio Mendíaz acomodó la mochila, observando la planicie interminable, ese mar verde que lo empequeñecía. Hacía calor y transpiraba, quería llegar para darse un baño. El arenal se le había metido en el cuerpo, venciendo la resistencia de ropa, medias y calzado. Los siete kilómetros desde la ruta donde lo dejó el colectivo parecían veinte. Se arrepentía por la elección de esa estancia, enclavada en el corazón del humedal, para hacer la pasantía. Al conversar con lugareños requiriendo orientación, tuvo la sensación de entrar a una cápsula del tiempo; percibió que se encontraban lejos del mundo moderno, viviendo épocas y modos de pensar que la civilización superó, tal era el aislamiento en el que se desenvolvían. La caminata hizo que advirtiera la necesidad de cambiar sentimientos negativos, no serían más de tres meses de estadía. Se trataba de la primera etapa de preparación de su tesis, relativa al rendimiento de pastos cultivados para engorde de ganado.

Lo recibió el capataz, Silverio, morocho de mediana edad y finos bigotes, parco, de expresión hosca, aunque no agresiva, quien lo invitó a acompañarlo hasta una vivienda de material, de paredes revocadas pintadas a la cal y techo de chapa; contaba con una pieza de regular tamaño, de piso alisado y un baño provisto de ducha, lavatorio e inodoro. La ilusión de Eligio de habitar la casa principal, de estilo español y amplias galerías perimetrales, se desvaneció. Sin embargo, no estaba demasiado mal el lugar que le daban. Desayunaría al amanecer en el galpón con los peones, para luego almorzar y cenar en la cercana casa de Silverio.


Después del baño, salió a echar un vistazo a los alrededores. Sus ojos se detuvieron en los reflejos dorados del sol vespertino en la laguna, a unos cien metros del casco de la estancia. Se deleitaba en la calidad pictórica de la escena, cuando el ruido de los pasos de un caballo hizo que se volviera; una joven de larga cabellera negra partida al medio, montando un elegante roano, se detuvo en la casa del capataz. Bajó de la cabalgadura con soltura y ató el equino a un árbol de paraíso. Eligio observó a la alta muchacha, que vestía un conjunto de short y remera amarilla. Resaltaban en la esbelta figura los turgentes pechos y largas piernas, bien torneadas. Las delicadas orejas lucían dos aros redondos grandes, revestidos de falso nácar blanco; servían de marco al rostro ovalado, de bellas facciones y ojos algo rasgados, indicando la mezcla del aborigen con el español, típica de la zona. Eligio concluyó que era muy joven y linda. Pensó que, en la ciudad, podría dedicarse al modelaje con suceso.

Durante la cena no hubo presentaciones formales, se saludaron con naturalidad los comensales. Eligio comprobó que la joven era hija del capataz. La familia de Silverio se completaba con la esposa y una chiquilla de ocho años. Supo también que el patrón, viudo de poco más de 50 años, moraba en otra estancia; solía venir de tanto en tanto. La radio servía de único medio de comunicación en la zona, sin antenas de celular.

Según pasaban los días, Eligio fue haciendo su rutina. Aprovechaba las horas frescas de la primera mañana para hacer sus recorridas y anotaciones; alrededor de las 10 se volvía a reunir con los peones en el galpón donde comían un buen churrasco, imprescindible para reponer energías luego de hacer las labores más duras de la jornada. Comenzó a esperar los momentos de almuerzo y cena con ansiedad, no por hambre, deseaba ver a Blanca, así se llamaba la hija del capataz. Notó el joven que la muchacha también le lanzaba miradas furtivas; al sorprenderla en esta actitud, el precioso rostro se sonrojaba y la sombra de una sonrisa pícara se esbozaba en los sensuales labios.

Cierta mañana, Eligio cortó muestras de plantas y hierbas cultivadas y naturales de la zona para su herbario. Antes de la refacción matutina en el galpón, decidió dejarlas en la casa. Encontró a Blanca asentando ropa con la plancha de hierro a brasas, a esa hora los generadores de electricidad no funcionaban. Ella faltó a la escuela, estaban solos. El estudiante de Agronomía no desaprovechó la ocasión, expresó a la muchacha su admiración por la belleza externa y la interna que emanaba de su ser. En largo discurso, que Blanca escuchó con interés, terminó diciendo que, si aceptaba tener algo con él, pediría su mano a Silverio. La joven lo miró turbada y confusa; explicó que también gustaba de él, pero no era momento para hablar con su progenitor. Aceptó que se vieran a escondidas, sin levantar sospechas. Sus padres no se molestarían por circunstanciales conversaciones. La relación se certificó con un cálido beso, del que se apartó de improviso la muchacha, su madre regresaría pronto.

Blanca y Eligio dialogaban en las sobremesas; ella preguntaba, ávida, detalles de la vida en la ciudad y él se complacía en comentarle. En circunstancias propicias, se arriesgaban a rápidos besos y caricias, que quedaban ahí. Eligio percibía que caía bien a la bella campesina, pero notaba a la vez cierta actitud defensiva, alguna desconfianza hacia él, que atribuía a su crianza y modo de ser. Ya vencería esa resistencia.

Un atardecer, en el que se creían a salvo de miradas inconvenientes, se besaron cerca de la laguna. Blas, el peón de más edad de la estancia, los vio. Al otro día, después del desayuno, pasó al lado de Eligio como de casualidad, diciendo que tuviera cuidado, Blanca tenía compromiso. El estudiante pidió que se explicara, pero el viejo se negó, “ya lo sabrá Ud. si sigue con ella, pero de mí no tema, soy una sepultura”. Quedó intrigado, encaró a Blanca sobre la afirmación de Blas. La muchacha bajó la mirada, no contestó de inmediato, puso una mano sobre el hombro de Eligio, diciendo: “No estaría con vos si hubiera otro…de verdad”; este “de verdad” sonó raro, pero el joven no insistió.

En las siguientes dos semanas hubo tres momentos en los que Blanca y Eligio quedaron a solas en la casa, con la certeza de que los moradores no volverían al menos en una hora. La pasión se apoderaba de los cuerpos briosos, pura juventud haciendo eclosión, pero en el último instante la muchacha se bloqueaba, como si se metiera dentro de una barra de hielo. Se alejaba, casi gritando, “!basta¡”, para inmensa frustración del joven, que no dejaba de admirar el autocontrol de ella. Parecía que se entregaba de lleno, que la tenía en sus manos para hacerla suya y justo venía esa ola de frialdad de último instante. Eligio estaba seguro que influía la formación conservadora de ella, propia de esa área rural. Entonces no entendía porqué no quería que hablara con el padre, si él deseaba formalizar la relación.

Al mediodía Blanca no se presentó al almuerzo, Eligio se inquietó, pero no preguntó. Tal vez se retrasó en la escuela, pero tampoco estuvo en la cena. Aprovechó que la hermana menor leía un libro, para inquirir sobre su paradero; la nena no lo sabía. Reiterada la desaparición al día siguiente, en plena comida, Eligio preguntó por Blanca; “ella está trabajando” respondió seco y autoritario Silverio. El tono sorprendió a Eligio, el hombre siempre se había mostrado amable y respetuoso; habló como capataz y él no era su peón. El almuerzo continuó en silenciosa tensión. “El viejo Blas le habrá contado a Silverio, pobre Blanca” se angustió Eligio. Si no tenía noticias pronto, enfrentaría al padre. Durante la cena, el capataz fue el de siempre, dijo que el patrón lo invitaba a almorzar al otro día. Eligio ni siquiera sabía que había llegado el propietario del campo, notó que había una camioneta guardada en uno de los galpones desde hacía dos o tres días, pero no era raro que llegaran cazadores y pescadores allegados al estanciero, que paraban en la casa principal.

A las once y media el patrón lo hizo llamar. Esperaba en la galería con una picada de queso, salamín, bondiola, aceituna y vasos de vermut. A Eligio le pareció cordial y bien dispuesto. Luego pasaron al comedor, donde ante grandes ventanales estaba la mesa servida para dos. Platos de jamón crudo y ananá se mostraban como apetitosa entrada. Conversaron sobre vacas, campos, aguadas, pastos, precios de la hacienda, conocidos comunes de la ciudad. A la hora del plato principal, el estanciero tocó una campanilla y ante la mirada estupefacta del joven, se presentó Blanca, trayendo tallarines con estofado. Colocó la comida ante los comensales sin decir palabra, pero no dejó de guiñar el ojo a Eligio. Apenas se fue la muchacha, el propietario comentó al futuro agrónomo que, para felicidad, en esos desolados parajes se respetaban antiguas tradiciones, como la de que el señor de la tierra fuera quien hiciera mujer a las hijas vírgenes de empleados y peones. No siempre se hacía uso de ese derecho, pero ante una belleza como Blanca, se trataba de una “obligación ineludible”, señaló riendo. Ejerció la costumbre la noche previa, “con mucho éxito”, agregó, cerrando el tema. El joven no cabía en su asombro, ¡derecho de pernada en el siglo XXI… ¡Estaba allí la razón de los misterios y actitudes previas, la niña fue reservada para el patrón! El vermut y el vino consumidos hicieron pasar desapercibido, para el anfitrión, el cambio de humor de su invitado, caído en brusco mutismo. Blanca apareció otra vez para los postres, lucía hermosa y serena, no había atisbo de aflicción en su expresión.

Al despedirse, Eligio atinó a agradecer al estanciero -que se marcharía después de la siesta- por la hospitalidad del día y de las pasadas semanas. El estudiante tenía la sensación de flotar en la irrealidad. También dormiría un rato…

A la tardecita encontró a Blanca, que venía de dar agua a su caballo. Se hallaba contenta, dijo a Eligio que había cumplido con su familia y con el patrón, ahora podía hablar con su padre, si quería. El joven comprendió la diferencia de pautas culturales, era inútil explicar y pedir explicaciones. Contestó que ahora, para él, no era el momento, asuntos imprevistos y urgentes lo requerían en la ciudad, mintió; viajaba a la mañana siguiente. Ella lloró desconsolada sobre su hombro.

Eligio llegó a la ruta cansado, la mochila pesaba bastante más con las muestras que recolectó. Contempló la llanura inmensa. El sol hacía espejismos de agua sobre el asfalto. Quizás el tiempo se encargaría de armonizar sus sentimientos con la racional explicación cultural, respecto a la conducta de la muchacha. Quizás pudiera asimilar el golpe, fusionando razón con pasión, entonces volvería por Blanca. Quizás.

El cuento fue publicado en el libro “Rotación de Vientos”. Freaza publicó además la novela “El amigo jesuita”, seleccionada para representar a Misiones en la Feria Internacional del libro del año 2018.

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