Ave de presa

Domingo 26 de abril de 2020 | 01:30hs.

Por Carolina Repetto Escritora

La tarde en que vi entrar al nuevo investigador literario Aurelio Noronha en la oficina me pareció que desplegaba un aleteo desparejo y lleno de ángulos. No bien traspasó el umbral ensayó una explicación acerca de lo terriblemente ocupado que estaría en ese tiempo en que permanecería con nosotros. Con el fin de complacerlo le dimos un lugar cerca del pasillo, pero esgrimiendo un pavor a las corrientes de aire, y a fuerza de comentarios distraídos, desplazó casi de inmediato a mi amigo Roque de su silla junto a la ventana, para luego ocupar otro escritorio más soleado y por último volver al asiento original. Esos desplazamientos nos produjeron una ligera desazón, como si la disposición de todo se hubiera visto trastocada. Durante días pidió lápices, cuadernos, tinta, más lámparas, menos lámparas, un almohadón, un echarpe. Empecé a pensar, con un cierto humor irónico, que era como el famoso pozo de San Patricio, esa entrada del infierno que existe en alguna parte de Irlanda, donde todo desaparece sin dejar rastro. Pero sería un error pensar que las cosas desaparecían. En realidad los objetos que Noronha tocaba parecían volverse otra cosa. Cambiaban continuamente y sin embargo continuaban siendo los mismos triviales objetos de oficina universitaria que hasta el día anterior habíamos usado en un orden descuidado y despreocupado. No es que cambiaran, no es que el color fuera otro o se deformaran, sino que nuestra mirada sobre ellos era diferente, un eco visual que rememoraba un momento nuevo o muy antiguo, desconocido, que la mano de Noronha había introducido.
El primero que tuvo frío fue Roque. Un frío inmediato e irremediable, que atribuimos al principio a las calefacciones deficientes de una universidad de provincias, pero pronto y sin que mediara diálogo o reflexión de nuestra parte, descubrimos que el frío aparecía, de alguna manera, cada vez que entraba el recién llegado. Creo recordar ahora que eso fue una iluminación de Roque. Después de ese día ese Roque alegre, de bigotito fino y ojos certeros- que tenía el gesto ambiguo de acomodarse el pantalón en la cintura, en una lucha permanente contra la gravedad que se los bajaba- fue amarronándose y achicándose como una manzana al sol. Dejó de acomodarse el pantalón cada vez que quería decir algo gracioso, sobre todo porque dejó de reírse y, desde aquella tarde, empezó a resolver sudokus en vez de terminar sus ponencias y ese último capítulo de la tesis.
Sin embargo, sería injusto de mi parte decir que el frío le pertenecía a Noronha. Más bien, lo abrazaba como una criatura invisible y se parecía la niebla que rodeaba a un cierto personaje literario, Marlow, que navegando por el río Congo en busca de un tal Kurtz, se encontró con un mundo enloquecido. Solo que una cosa es leer acerca de esa niebla y otra, muy otra, sentirla calarse en tus huesos y sobre todo, observarla invadir el cuerpo ajeno. Por esos días, yo me fui arrinconando y como cerrando mamparas, empecé a comer solo, a desviar mi camino cotidiano por el pasillo o por el parque desierto del campus, cuando terminaban las clases. Huía de algo que a su vez huía de mí en su saña invasora. En vano en estos meses he tratado de darle un nombre a ese abrazo helado. Pero aquella tarde primera, Noronha era un pájaro gris y hambriento que pugnaba por ocupar los espacios que dejamos vacíos. Aunque, si me permiten y antes de que me olvide, era al contrario: apenas llegó, era como si él hubiera ocupado desde antes todos los espacios y nosotros, como en el mapa kafkiano de Carta al padre, hubiéramos debido plegarnos en múltiples dobleces para tener nuestro lugar en el mundo.
Hasta que un día, los objetos necesarios para nuestro trabajo empezaron a desaparecer en serio, no era ya un cambio de estado, un devenir en otra cosa, sino una verdadera desaparición. En los escritorios que antes estaban cubiertos de papeles, libros, galletitas, y toda suerte de objetos familiares, empezó a cundir el vacío. Nos dábamos vuelta y ya no estaba la agujereadora. Volvíamos del almuerzo y la tijera se había evaporado. Todos parecíamos comprender de qué se trataba pero no lográbamos decir nada. En mi caso, empecé a tener la sensación de que mis palabras irían a perderse para siempre en un abismo y que con esa partida jamás volvería a poder emitirlas. Un pozo silencioso del que no había retorno.
Lo curioso es que el hombre, de aspecto sencillo, casi anodino, no parecía una mala persona. Tenía una tendencia marcada, eso sí, a hablar mal de todo el mundo, pero en nuestro ambiente ya se sabe: es una jungla impiadosa y todos nos defendemos con las armas que mejor sabemos construir. El problema era la criatura que por momentos y a contraluz habíamos empezado a entrever abrazada a sus hombros y cintura como un mono de levedad infinita. Allí estaba la raíz de todo, como un apéndice perverso, ignorado por su dueño. Un buen día, Roque no pudo decir más la palabra “deconstrucción” y eso que la usaba continuamente en su trabajo diario. Lo recuerdo con claridad porque se acercó a mi escritorio con un paso ligeramente agazapado como si temiera un golpe sorpresivo y me dijo:
-no puedo decir… - y me mostró una página de un libro subrayado en varios colores.
Fue una especie de epifanía desgarradora. Allí empezamos a darnos cuenta de que en el pozo se habían extraviado las palabras que nos daban el pan cotidiano. Yo para ese momento apenas había perdido la posibilidad de nombrar conectores, pero lo más grave era la certidumbre de que, inexorablemente, terminaría por perder la palabra “margen” y lo que es peor, “parodia”, que estaban el en foco de mi trabajo.
Desde la oficina de Úrsula, la medievalista australiana, llegó dos días después un grito de horror y una frase continuamente partida en dos que con Roque escuchamos petrificados.
-No puedo decir… no puedo decir…
Corrimos por el pasillo y llegamos justo a tiempo para verla, recortada en la luminosidad de la tarde que entraba por la ventana, mirando hacia afuera fijamente con un antiguo libro en folio en la mano izquierda, que reconocimos de lejos. Apenas pudimos atajarla antes de que saltara. En medio de hipos y sollozos siguió repitiendo una y otra vez la misma frase. Dejé a Roque tratando de contenerla y sobre todo vigilando sus movimientos. Noronha estaba en su oficina, en nuestra oficina, ante una de esas pizarras que solíamos utilizar hace años para las presentaciones de una reunión de trabajo. Miraba fijamente sus propios garabatos y al darse vuelta con una mueca de consternación dictó al aire vacío frente a él, una por una y durante un espacio de tiempo que me pareció infinito, todas las palabras que habíamos perdido. Un recelo helado me asaltó como una mano deforme y me fui de allí.
Ahora, escondido en un hotelucho de esta pequeña ciudad medieval, apenas salgo a buscar comida con lo poco que me queda de dinero. Creo que me buscan. Ya no puedo decir mi nombre, aunque, con un gran esfuerzo, puedo recordar a Roque, que estará aun confortando a la australiana.
Poitiers, 2017. Carolina Repetto es Profesora de Introducción a la Literatura y Literaturas Europeas en la UNaM.

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