Areu Crespo: pintura y letras cautivadas por Misiones

Lunes 4 de febrero de 2019 | 02:00hs.
La recreación que dos artistas realizarán de una obra del recordado escritor y pintor español funciona de disparador para traer a la memoria su legado regado a lo largo de un cuarto de siglo en la tierra colorada. Así, reproducimos a continuación el artículo que Areu Crespo escribió para El Territorio, en ocasión de la celebración del 40° aniversario del decano de la provincia.

Mis 25 años de vida en Misiones
Por Juan Mariano Areu Crespo
A mediados del año 1933 sufrí el choque y el deslumbramiento de mi primer contacto con Misiones, viniendo a Posadas, donde viví más de 25 años y donde formé mi familia. En tan largo tiempo he conocido muchos hombres de valía, sujetos pintorescos y muchos queridos amigos que se mezclan en los recuerdos. Se podría escribir largo y tendido sobre ello, pero me parece imposible en el corto espacio de este artículo, pedido por el director de El Territorio, cuya vieja amistad solicita mi presencia.
A tal gentileza creo que sólo puedo responder con algunas anécdotas amables, de personas del lugar, donde muchas de ellas ocuparon situaciones destacadas...

La clarividad del curandero
Corría el año 1933 o tal vez 34 y la población de Posadas se hacía lenguas de las virtudes y de los éxitos de un curandero indio que apareciera en uno de sus barrios. Como tal interés llegara hasta la posibilidad de un secuestro, mi buen amigo el doctor R.P.F. lo tomó bajo su protección y en su estudio atendía, de forma gratuita desde luego, consultas que evacuaba en guaraní. Presencié varias y, en cierta oportunidad, una joven señora llevó al indio unas ropas, explicando que eran de su madre, mientras le detallaba los síntomas de la enfermedad...
-¡La enfermedad se debe a los numerosos partos... que tome...!
Todos quedamos patidifusos. La enferma, madre adoptiva de la señora, era soltera y las palabras del indio eran también las primeras noticias de su maternidad... El abogado, perplejo, se rascó la calva con un lápiz, pronunciando unas frases imposibles de reproducir en esta crónica.

Estilo jurídico
El doctor R.M., hombre apasionado y vehemente, se había enfrascado en un pleito en lucha con otro profesional y de los argumentos jurídicos habían pasado insensiblemente a las invectivas personales, que la Diosa de la Justicia oía, porque si bien es ciega, nadie dijo que es sorda.
Cierto día en que llegaba hasta el Juzgado N° 1, encontré a mi amigo, que me mostró el escrito que momentos después presentaría rebatiendo los argumentos de la contraria y me solicitó mi modesto parecer. Después del encabezamiento de práctica, se expresaba, si la memoria no me falla: “La contraria, a falta de argumentos jurídicos, pega coces como una mula. ¡Por la c... se conoce al pájaro! Pido a V.S. que se texten todos los disparates escritos por la contraparte. Será justicia”.
Naturalmente, expresé mi opinión favorable.

De la milonga
Don R.C.P. era un distinguido pintor argentino que llegó a Posadas alrededor de 1940, donde permaneció hasta su muerte y donde realizó una importante obra de indudable valor artístico y documental.
Hombre de fina sensibilidad, don Raúl enmascaraba la delicadeza de su espíritu con faz huraña y con protestas de las gentes, de la política, etcétera, un tanto pintorescas.
En cierta oportunidad en que lo visitaba, me hablaba con disgusto de la gente del barrio en que vivía, sobre todo de los hombres... De pronto me dijo: “¿Se ha dado usted cuenta de que todos estos tipos están torcidos? ¿Sabe a qué lo atribuyo?”
-No-, contesté perplejo -¿Y cuál es la causa?-, pregunté a mi vez-
-¡La milonga! Se pasan la vida en l milonga. ¡Qué otra cosa podría ser!
Desde entonces siento temor respetuoso al baile y admiración por el balor de los bailarines.

Pintura acrobática judicial
El doctor R.C.O., distinguido juez nacional de Posadas durante varios años, era a su vez -y continúa siendo- un entusiasta y sensible pintor. En cierta oportunidad salimos juntos dispuestos a trasportar a la tela a uno de los tantos bellos lugares de los alrededores de Posadas. El juez instaló un caballete sobre una pequeña loma al lado del camino y, como por arte de magia, sobre su cartón empezaron a aparecer el camino, los árboles, el Alto Paraná y los cerros paraguayos, todo lo cual miraba asombrado un morocho gurí que se había acomodado, sentándose a las espaldas del magistrado.
En cierto momento, levanté la vista de mi trabajo y no di crédito a lo que veía... El juez, que había retrocedido para apreciar su obra, tropezó con el muchacho y, limpiamente, ejecutó un salto mortal hacia atrás. Cuando tocó el suelo quedó de rodillas (posiblemente agradeciendo al Altísimo esta habilidad instantáneamente otorgada), mientras sus ojos nos miraban en una cara de verde brillante, por el barníz coloreado que se le había derramado.
Se veía claramente que frenaba un incontenible deseo de pronunciar las rotundas frases que el lenguaje popular usa en la contrariedad.
Mientras en un acto de compañerismo limpiaba la cara del representante de la Justicia con aguarrás, el paraguayito, con los ojos muy abiertos, miraba al juez y musitaba:
-La gran flauta... ¡qué vira cambota!
Descendencia
Era un modelo de cierto tipo de español. Pequeño, vivaz, hablador impenitente, enjuto de carnes y decidido. Era difícil contener su conversación en la tertulia del Tokio, que literalmente nos arrollaba, muchas veces con pintorescas salidas...
La reunión, como la mayoría de las veces, se había desbarrancado en una discusión, en que ninguno de los asistentes, podía afirmar que estaba seguro de lo que decía. Se trataba del origen de los turcos, pueblo este que se habría sentido asombrado con las diversas opiniones que, como francotiradores, disparábamos.
Don Mauricio nos miraba mientras sonreía con cierta conmiseración. De pronto levantó la mano, nos impuso silencio y sentenció, dando por terminado el asunto:
-Los turcos, señores, no son árabes. Los turcos descienden de... ¡los eunucos!
A pesar de su seguridad, siempre nos quedó una duda.
Podría seguramente entresacar, de los recuerdos que se amontonan en mi mente, muchos y variados de las gentes que he conocido en mi larga vida en Misiones y en las diferentes funciones que me tocó desempeñar, pero creo que muchos amigos, al leerme, irán desenredando esa madeja de recuerdos donde luciera el ingenio y la gracia. Si mi pequeño artículo tiene esa virtud, creo que justificará su inclusión en este número extraordinario del diario amigo.

Al rescate del carnaval

Las últimas noticias que nos traen nuevamente el nombre de Areu Crespo a la memoria cuentan que la artista Sandra Gularte, con la colaboración de Sofía D’ Amoriza, realizará una recreación de la obra El ensayo de la comparsa Los Tenorios del Chaquito, en una pared al lado del Museo Lucas Braulio Areco, en el paseo Bosetti, y será una réplica de aquella que emprendió el artista español entre 1944 y 1947 en el Palacio del Mate de la capital provincial. 



Sobre el autor y la presente nota

El 2 de junio de 1965, El Territorio cumplía 40 años de vida, para lo cual editó, bajo la dirección de Humberto Pérez, un número especial. En ese marco, fue solicitada la nota a Juan Mariano Areu Crespo, quien por entonces se hallaba radicado en Buenos Aires, donde falleció en 1989. En el escrito, Areu relata anécdotas del viejo café Tokyo, frete a la plaza 9 de Julio, entre recuerdos de otras personalidades destacadas de la sociedad posadeña. Areu Crespo fue pintor, grabador, escritor y escribano nacido el 20 de mayo de 1909 en Totana, Murcia, España. Se radicó en la Argentina a partir de 1927 y llegó a Misiones alrededor de 1933. Afincado en Posadas, impartió enseñanza artística en el Colegio Nacional, en la Escuela Normal y dirigió la Escuela Provincial de Bellas Artes. Figuró en el Salón Nacional en 1952 y en el Salón Nacional de Dibujo y Grabado en los años 1951 y 1952. Formado como autodidacta en pintura, actuó como jurado en muestras de arte y realizó numerosas exposiciones en distintas ciudades del país y en Buenos Aires, en el Palais de Glace y en el Museo Eduardo Sívori. Se ocupó de lo que subyace al paisaje y realizó una trama entre lo pictórico y lo literario, en relación con lo social, a mediados del siglo XX. Cultivó un género pictórico telúrico que nadie hacía en ese entonces en Misiones, según el ‘Diccionario de Artistas Plásticos de Argentina’, de Adrián Merlino. Se desempeñó como secretario judicial en lo criminal y de ese ámbito extraería temas y personajes para sus novelas de trama policial como ‘El nombre en la carátula’ (1985) y ‘El crimen del pozo’, ‘La sota de bastos’ y ‘Crimen de Olivos’ (inéditas). Dejó como legado la renombrada novela ‘Bajada Vieja’ (1959) y ‘Tierra caliente’, en las que documentó con simbología particular los avatares de la creciente ciudad de Posadas y la dura lucha por la vida en las colonias de Misiones.


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