El egreso de primaria: lo que queda después del acto
Hay una escena que se repite cada diciembre, casi idéntica en cualquier punto del país: el acto de egreso de la primaria. La despedida de los guardapolvos, el imaginario juvenil en torno al traspaso a un universo que genera tanta intriga como fascinación, el discurso de la directora, las canciones emotivas de un compilado de fotos. Es un rito de pasaje que todos reconocemos y que marca, a la vez, el cierre de una etapa y el comienzo de otra.
Desde la política educativa, toca en ocasiones hacerse las preguntas incómodas en torno a cómo recorren los estudiantes la primaria y adentrarnos en cuán preparados están para dar el paso siguiente. Resulta entonces vital saber si, a esa edad, los niños y niñas alcanzaron los aprendizajes esperados, si pueden analizar y poner en juego los conocimientos troncales que fueron construyendo de a poco, desde el primer día de clases hasta el último.
La realidad nos muestra dos caras de una misma moneda. Por un lado, cada vez más estudiantes llegan al último año de primaria en el tiempo teórico esperado. Por el otro, no todos llegan con los conocimientos que ese tramo supone.
Argentina exhibe un crecimiento sostenido, no sólo en términos de inclusión -con una cobertura prácticamente universal- , sino también en cuanto a terminalidad. Se trata de dos dimensiones en las que el país no es ajeno a una tendencia regional: la mayoría de los países han diseñado políticas educativas orientadas a lograr que la mayor cantidad posible de chicos esté en la escuela y que lo haga sin abandonar ni repetir.
Los datos reflejan este enfoque de política educativa y el último informe de Argentinos por la Educación muestra que 94 de cada 100 alumnos llegan al final de la primaria en el tiempo teórico esperado.
Argentina fue muy exitosa en su mirada inclusiva en torno a la educación. Sin embargo, dejó de lado la calidad de los aprendizajes y hoy lo paga con una escuela que no logra asegurar los saberes mínimos, con datos que acompañan y evidencian este deterioro. Solo 50 de cada 100 estudiantes llegan en tiempo y forma. Hablar de “forma” es hablar de aquello que no se ve en el acto de egreso: si esos chicos y chicas alcanzaron los niveles de conocimiento que se esperan para esa etapa.
Ahí aparecen dos materias centrales que atraviesan toda la enseñanza obligatoria y que son troncales para entender dónde estamos parados en términos de conocimiento: Lengua y Matemática. En Lengua, el 79% de esos alumnos y alumnas termina la primaria con un desempeño satisfactorio o avanzado. En Matemática, en cambio, el desafío sigue abierto: sólo el 58% alcanza esos niveles.
La diferencia merece atención. Aprender Matemática no supone solamente sumar, restar o resolver una cuenta. También implica desarrollar herramientas para razonar, interpretar información, analizar situaciones y encontrar diferentes caminos frente a un problema. Son capacidades que pueden acompañar a una persona mucho más allá de la escuela.
Que exista un problema en los aprendizajes no significa que haya que darse por vencido, ni que no sea posible dar una respuesta sistémica a este problema. Lo importante es mirar, desde la evidencia, cómo se puede fortalecer ese nivel de conocimiento; cómo se puede recuperar esa senda que permite construir una manera crítica de pensar y de enfrentarse a nuevos desafíos.
Una política educativa orientada a subsanar esa falencia no sólo permitiría fortalecer la dimensión de los aprendizajes, que hoy presenta mayores dificultades, sino también acompañar mejor a los estudiantes en cada una de las instancias que atraviesan, tanto en lo académico como en lo cotidiano.
Entonces, el acto de cierre de la primaria es mucho más que la conclusión de una etapa. Detrás de la alegría y el orgullo familiar, las fotos y los diplomas, aparece una pregunta concreta que vale la pena hacernos: ¿con qué herramientas llega cada chico a la puerta de la secundaria?
Lucía Vallejo: Economista y Analista de Datos en Argentinos por la Educación