Muestra en el Museo Yaparí de Posadas, se inaugura este viernes a las 19
Epidermis: mapas para perderse en el cuerpo y en la ciudad
Abrir una ventana. Dejar entrar el aire. Calentar agua. Preparar el desayuno. Ordenar. Cumplir con esa pequeña maquinaria de gestos que llamamos rutina. Construir. Repetir.
Un cuerpo ubicándose en un tiempo y en un espacio.
Después, salir. La ciudad. Las calles. Los otros cuerpos. Las paredes.Los mapas.
Todo parece estar en su sitio hasta que alguien se detiene a mirar.
Entonces aparece la sospecha: quizá nada está exactamente donde creemos.
Quizá debajo de la piel hay otra piel. Y debajo de esa, otra. Una memoria. Un mandato. Una fotografía. Una madre. Una ciudad. Una historia que alguien contó antes y que nosotros repetimos sin saber por qué.
¿Cuántas historias caben en una pequeña porción de piel? ¿Cuántas capas hacen falta para construir una persona?
Epidermis.
La palabra parece suficiente para empezar.
Sandra Bonetti habla del cuerpo como quien habla de una casa en la que todavía quedan habitaciones sin abrir.
Profesora de Dibujo y Pintura, licenciada en Artes Visuales y magíster en Tecnología Educativa, trabaja en ese territorio incómodo donde el cuerpo deja de ser una evidencia y se convierte en una pregunta.
“Todo lo que nosotros somos, todo lo que nos armamos como persona en el transitar de la vida, tiene que ver con todo nuestro contexto”.
No hay cuerpo inocente.
Eso parece decir.
Hay mandatos. Hay patrones culturales. Hay reglas aprendidas antes de que pudiéramos discutirlas. Hay cosas de las que intentamos escapar y otras a las que terminamos adhiriendo después de haber jurado que nunca lo haríamos.
“Eso es vivir en sociedad”
La frase podría cerrar una conversación. Pero Sandra la abre. Porque si vivimos atravesados por esos mandatos, ¿dónde termina lo que somos y dónde empieza lo que hicieron de nosotros?
Ahí aparece su propio cuerpo. No como modelo. No como objeto. Como territorio.“Trabajo con mi propio cuerpo como territorio”. Y entonces el mapa deja de estar sobre una mesa. Está ahí. En la piel. En una cicatriz. En una postura. En una zona que se muestra y otra que se oculta. En lo erótico, también. En aquello que durante tanto tiempo fue mirado desde afuera y que ahora intenta hablar desde adentro. Sandra dice que hay algo de poder en ese gesto. “Poder decir: esto me pasa. Esto es lo que me constituye. Todo esto soy yo y quiero que me veas así como soy”. Hay una pequeña rebelión en esa frase. No demasiado estridente. Más bien íntima. Como si alguien encendiera una luz en una habitación que durante años permaneció a oscuras.
El territorio, para Sandra, no termina en el cuerpo. Se expande. Está en la relación con los demás, en la mirada del otro, en el modo en que construimos nuestra propia imagen. “Todo el tiempo estamos estableciendo un mapeo, una cartografía”. Y cada parte del cuerpo puede convertirse en un territorio distinto. Una frontera. Una memoria. Una zona de conflicto. Una zona de deseo. La obra aparece allí, en ese lugar donde lo privado empieza a volverse visible. “Para mí, en cada obra es como mostrar un poquito de mi alma y compartir un poquito de mi alma y de lo que soy con el otro”. Después, el otro hará lo que quiera con eso. Podrá entender. Podrá equivocarse. Podrá mirar y no ver nada. También podrá verse a sí mismo. Porque una obra, quizá, empieza a funcionar verdaderamente cuando deja de pertenecerle por completo a quien la hizo.
Sylvina Goerling llega al territorio desde otro lugar.
Arquitecta. Docente de Historia de la Arquitectura y el Urbanismo en la Universidad Católica de Santa Fe.
Durante años aprendió a mirar ciudades. A leerlas. A entender cómo se construyen.Pero quizás también aprendió a sospechar de ellas. Porque una ciudad no es solamente aquello que aparece en un plano. Hay otra ciudad debajo. Una hecha de gestos. De costumbres.De personas que llegaron y se fueron. De cosas que se repiten. De historias que nadie escribió.Su investigación comenzó con algo aparentemente insignificante: la ropa tendida. Una mujer cuelga una prenda. El sol la seca. El viento la mueve. Puede ocurrir en una chacra, sobre un alambrado, o en una calle de Barcelona o Italia. Cambian las ciudades. Cambian los edificios. Pero el gesto permanece. Y casi siempre son mujeres las que lo hacen. Sylvina se detiene ahí. Donde otros pasan. Y descubre una ciudad. “Siempre me llamaron mucho la atención las cosas cotidianas que se repiten en todos los lugares del mundo de la misma manera”. La ropa termina llevando a la arquitectura. La arquitectura lleva a la historia. La historia lleva a la memoria. Y la memoria empieza a acumularse. Como polvo. Como pintura sobre pintura. Como una ciudad que nunca termina de construirse porque cada generación llega con sus propios ladrillos. “Desde el origen, van superponiéndose construcciones, calles, costumbres, gente, gente que viene, gente que se fue”. Las ciudades, entonces, son capas. Y quizás las personas también.
Por eso Sylvina trabaja con tela. El lienzo crudo. La superficie inicial. Después, una capa. Y otra. Mapas. Fotografías. Transferencias. Bordados. Fragmentos. Huellas. El procedimiento tiene algo de arqueología, aunque nadie esté excavando. Se trata de mirar qué quedó debajo. Encontrar las marcas de aquello que ya no está. “Que el espectador pueda encontrar esas huellas, esas atmósferas, esas cositas que van dejando los años en una ciudad”. Una palabra se repite: huella. Otra: memoria. Y otra, inevitablemente, territorio. Porque cada espectador llega con su propio archivo. Una ciudad puede ser Candelaria para uno y una infancia para otro. Loreto puede ser una ruina histórica o una historia familiar. Eldorado puede aparecer como una colonia, como un mapa antiguo o como una palabra que alguna vez escuchamos en boca de nuestros padres. “Cada uno lo va a ver de una manera distinta”. Ahí la obra se completa. O empieza a desarmarse.
Sandra y Sylvina trabajan juntas desde dos extremos. Una comienza en el cuerpo. La otra, en la ciudad. Una mira hacia adentro. La otra hacia afuera. Pero las dos terminan llegando al mismo sitio. Cartografías sensibles. Sandra trabaja el territorio corporal. Sylvina, el espacio social que habitamos. “Ella lo trabaja en el cuerpo y yo como que trabajo ese territorio en la sociedad que habita un determinado lugar”, explica Sylvina. El cuerpo. La ciudad. El espacio. La piel. La arquitectura. No parecen cosas tan distintas después de todo. Ambas contienen memoria. Ambas acumulan capas. Ambas pueden ser recorridas. Ambas pueden ser heridas. Ambas pueden cambiar.
También las técnicas cuentan una historia. Sandra parte de su propio cuerpo y lo registra mediante la fotografía. Después entra en el espacio digital, lo transforma, lo manipula, lo lleva hacia otro lugar. Ella lo llama migración analógica digital. Pero la imagen no termina ahí. Vuelve. Regresa al mundo físico. Y cuando vuelve, lo hace a través del tejido y el bordado. Tecnología y memoria. Pixel y puntada. Presente y herencia. Las manos de las abuelas aparecen como una especie de fantasma amable. Sylvina recorre el camino inverso. Su mundo profesional está atravesado por lo digital, por la arquitectura, los planos, el AutoCAD, las herramientas que permiten proyectar una ciudad antes de construirla. Pero en su obra termina regresando a la tela. Al bordado. A la materia. Al hacer. “Todas las mujeres desde la edad antigua hacían las prendas”. Y entonces coser deja de ser solamente coser. Es unir. Reparar. Construir. Agregar una capa sobre otra. “Para mí tiene que ver con ese ir cosiendo estas capas nuevas que van apareciendo a lo largo del tiempo”. Quizá no haya mejor definición para una ciudad. Quizá tampoco para una vida.
Detrás de las obras
Detrás de las obras hay investigación. Mapas antiguos. Historias de arquitectura. Urbanismo. Las ruinas jesuíticas. Candelaria. Loreto. Eldorado. Pero también Nietzsche, Bergson, los japamala, la duración, la corporeidad. La bibliografía no aparece para demostrar cuánto se sabe. Aparece como otra capa. Otra textura. Otro mapa. Porque las dos artistas parecen entender que una obra contemporánea no tiene por qué entregar respuestas. Puede hacer algo mucho más interesante. Dejar una pregunta abierta. “Consideramos que la obra tiene que poder movilizar, tiene que poder hacer preguntas”, dice Sandra. Y ahí quizás esté el verdadero territorio de estas obras. No en el cuerpo. No en la ciudad. No en el mapa. Sino en la pregunta que queda después.
Hay algo extraño en los mapas. Prometen que todo puede ser ubicado. Una línea. Un nombre. Una coordenada. Aquí estamos. Allá está el otro. Pero el cuerpo se rebela contra esa precisión. La memoria también. Una ciudad tampoco cabe del todo en un plano. Siempre queda algo afuera.
Una conversación en una vereda. Una mujer tendiendo una sábana. Una casa que ya no existe. Un cuerpo que alguna vez fuimos. Una madre que dejó unos patrones de costura. Una fotografía. Un bordado. Una marca. Algo que no sabemos nombrar. Sandra y Sylvina trabajan justamente ahí.
En lo que no entra del todo en los mapas. Construyen cartografías para perderse. Para mirar otra vez. Para reconocer aquello que estaba delante de nuestros ojos y que, sin embargo, no habíamos visto. El cuerpo como territorio. La ciudad como cuerpo. Las capas como memoria. La memoria como una forma de resistencia. Y el arte, finalmente, como ese pequeño acto de detenerse frente a la superficie y rascarla un poco. Hasta encontrar algo. Aunque sea una pregunta. Aunque sea una herida. Aunque sea la certeza incómoda de que debajo de nuestra propia piel todavía queda mucho por descubrir.
Para agendar
“Cartografías sensibles”, muestra de Sandra Bonetti y Sylvina Goerling, se inaugura el 11 de septiembre, a las 19, en el Museo Provincial de Bellas Artes Juan Yaparí, ubicado en Sarmiento 1885, Posadas.
El encuentro propone recorrer dos maneras de mirar el territorio: desde el cuerpo y desde el espacio que habitamos. Dos cartografías que, en lugar de marcar fronteras definitivas, abren preguntas sobre la memoria, la identidad, las huellas y las capas que construyen aquello que llamamos lugar.