2026-09-09

Leyenda del caá (yerba mate)

El Padre Juan fue el depositario del cuaderno de apuntes y memorias del Padre Andrés, fallecido en la refriega contra la marabunta bandeirante en busca de presas humanas. Le fue entregado en propias manos por el indio Ñaroí. ¿Quién otro podría recibir el legado escrito que no fuera él? Si en vida fue su entrañable amigo, su hermano en el afecto y su confesor. Juan lo recibió con emoción y se dijo a sí mismo: −Lo leeré y luego entregaré a los superiores.

En sí, el cuaderno era un compendio que trataba día a día de situaciones, anécdotas, tareas realizadas, organizaciones varias, puntos de vistas religiosos, filosóficos y técnicas de manejo de animales y prácticas agrícolas. Por ejemplo, en este ítem leyó sorprendido el detalle descriptivo del cultivo de la yerba mate. Pasaje que le hizo recordar aquella vez que Andrés lo llevó con orgullo y pena a recorrer el parque de árboles frutales que serían destruidos ante el avance bandeirante y la novedosa plantación de yerba cultivada. Con ojos incrédulos observó la extensión en líneos del verde arbusto con el follaje regularmente recortado y, antes de que atinara a realizar pregunta alguna, Andrés se adelantó diciéndole:

–Después te explicaré la manera en que lo obtuvimos. Lo penoso de todo esto –continuó compungido− es que obligadamente tendremos que destruirla junto a las demás plantaciones.

No hubo tiempo de explicaciones, los acontecimientos se precipitaban y la organización de la huida del bandeirante resultaba abrumadoramente urgente. En consecuencia, el relato pasó a un segundo plano. Recién ahora, en forma escrita tenía en sus manos la instrucción adeudada del amigo. En el apunte también leyó: “Una vez por semana visitaba la choza de Aguaraí, hermano que jamás habló. Se alegraba al verme sin emitir gesto alguno, pues bastaba una leve sonrisa para aprobar mi presencia. Si bien nunca di importancia a los dibujos que trazaba en el suelo, me interesaban sobremanera los remedios que preparaba según las propiedades medicamentosas de los vegetales. Resultaban tan positivas que cuando entregaba al Chamán algunas de sus pócimas, o elixires para tal o cual dolencia, las mismas tenían respuestas efectivas. Poderosamente llamaron mi atención las anotaciones de sus preparaciones en perfecto castellano cuando nunca había asistido a las aulas. Supuse que habría encontrado la forma de aprender debido a su capacidad e inteligencia, dejando a un lado las murmuraciones que daban a entender que sus conocimientos se debían por ser Marangatú, Santo Caminante. En una de las visitas me mostró unos dibujos; se trataba de tucanes comiendo semillas, tucanes defecando y plantitas dentro de calabacitas. Miré sin entender e interpretando mi ignorancia me llevó hasta el patio donde exhibía sobre una mesa varias calabazas con plantines. Acto seguido señaló a los tucanes y al árbol de las semillas: ¡Se trataba del Caá!, ¡la planta de la yerba! El muchacho había logrado germinarla milagrosamente en forma empírica lo que siempre resultó imposible, pues el árbol crece desparramado sin orden establecido haciendo difícil su cosecha y sin que la semilla sembrada se reproduzca. El milagro consistía en que germinaba previo pasaje por el tubo digestivo del tucán. ¡Aguaraí lo descubrió! Después, tratamos las mil maneras de hacerlas crecer hasta que logramos implantarlas en tierras previamente preparadas y fertilizadas. Fueron veinte hectáreas. Veinte hectáreas cultivadas con tesón y que obligadamente destruiríamos ante la llegada del invasor que obligaba al éxodo en masa. No obstante, sé que esta forma de cultivarla se extenderá en el futuro a los pueblos de las Misiones.

Hermanos, siempre debéis recordar que el Caá es el árbol más valorado por el pueblo guaraní. Acordaos de que cuando llegamos a estas tierras lo utilizaban como alimento bebible, o mascaban para darse energía, o sorbiendo en poronguitos por medio de canutos huecos hechos de caña. Hermanos, nunca olvidéis que siguen rindiéndole culto con devoción, porque siguen creyendo que en el Caá reside el alma de Dios. Y nuestro deber es respetar esa creencia.

Bonpland

En el año 1816 llega al país el doctor Amado Bonpland con su familia invitado por el gobierno de Buenos Aires. Trae consigo lo necesario para fundar un jardín botánico y un museo de ciencias naturales. Sin embargo, las necesidades de la guerra de la independencia impidieron que este proyecto se concretara. No obstante, ejerció su profesión de médico y profesor de medicina, mientras en su interior crecía la incógnita del porqué la planta de la yerba mate no se podía cultivar como en la época de los jesuitas. Enterado de que en la isla Martín García existían ejemplares de esa especie, hasta allá se fue. En su recorrida observó que la materia fecal de los zorzales contenía las semillas de la planta. Las juntó, envolvió cuidadosamente y vuelto a Buenos Aires experimentó cultivarlas en almácigos abonados. Albricias, tiempo después obtuvo las plantas y el secreto de la germinación de los jesuitas.

En 1821 Bonpland se radica en Corrientes y año más tarde, en el cerro Santa Ana actual provincia de Misiones, funda una colonia para poner en práctica el cultivo de la yerba por considerar a la zona ecológicamente favorable. Desgraciadamente, toda esa franja costera fue usurpada por el dictador del Paraguay Gaspar Rodríguez de Francia, después de la captura de Andrés Guacurarí por los brasileros en 1819. Considerándose dueño del lugar mandó a sus esbirros a arrestar al científico por intromisión y lo mantiene cautivo por diez largos años para que atienda como médico a la gente del lugar. Desesperada su esposa Adeline tocó cielo y tierra para obtener su liberación, inclusive habló con el amigo del matrimonio, Simón Bolívar, quien hasta amenazó con invadir Paraguay.

Adeline cansada y sin esperanza después de trajinar por largos años se volvió con sus hijos a Francia. En tanto Bonpland en su destierro formó pareja con María una joven india hija de un cacique con quien tuvo dos hijos paraguayos. Liberto diez años después, corría el año 1831, se radicó en el poblado correntino de Santa Ana (hoy Bonpland) para proseguir sus estudios del Ilex paraguariensis, pero sin dedicarse a expandir el cultivo como en la época de los jesuitas. Por tal motivo dedicó mayor tiempo al estudio de la botánica, la flora local, la medicina práctica, atender a los vecinos y con mayor unción en ordenar la sintaxis de sus profusos estudios inéditos.

Jamás regresó a Francia tras recuperar su libertad y se asentó definitivamente en la provincia de Corrientes, En 1842 contrajo matrimonio con Victoriana Cristaldo con quien formó un nuevo hogar en Paso de los Libres y tuvo tres hijos argentinos.

Murió en 1858 a los 85 años de edad y sus restos descansan en el Cementerio de la Santa Cruz en Paso de los libres, declarándose al sepulcro Monumento Histórico Nacional. Por otra parte, su ex mujer Adelina permaneció viviendo en Francia y jamás se volvió a casar. 

En cuanto a los extensos informes y recomendaciones de Amado Bonpland a los gobiernos de Corrientes, desgraciadamente no tuvieron éxito práctico debido a la inestabilidad política de la época. Sus técnicas de germinación quedaron en el olvido hasta que el paisajista Carlos Thays las retomó con éxito a fines de 1890. Pero esto es otra historia.

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