2026-08-30

Dos de cada diez jóvenes no estudia ni trabaja, según la UBA Dos

La compleja transición de salir de la escuela al mundo laboral

El sociológo Daniel Re plantea que “se trata de un proceso social donde distintas desigualdades se acumulan”. La UCA indica cuánto influye la estructura socioeconómica.

La juventud debería afrontar una etapa de construcción de proyectos, formación y búsqueda de la independencia, sin embargo, no todos los jóvenes llegan a ese momento de la vida con las mismas herramientas y oportunidades. El lugar donde nacen, el nivel educativo de sus padres y los suyos, las condiciones laborales del hogar y las redes de apoyo disponibles pueden marcar diferencias profundas en las posibilidades de estudiar, conseguir un empleo formal y proyectar un futuro.

En este sentido, dos informes elaborados por universidades argentinas ponen cifras a esa desigualdad. Por un lado, una investigación del Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires (UBA) estableció que el 48,9% de los jóvenes de entre 18 y 29 años se encuentra en condiciones de vulnerabilidad social. Por otro, un nuevo trabajo del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA), centrado en jóvenes de 18 a 25 años, advierte que las desigualdades se reproducen en las trayectorias educativas y laborales y también alcanzan el bienestar psicológico, los vínculos y las redes de apoyo. “Hay que preguntarse qué sociedad y qué mercado laboral les ofrecemos a estos jóvenes”, planteó el sociólogo Daniel Re tras analizar los informes.

Jóvenes vulnerables

El estudio de la UBA, titulado ‘Jóvenes vulnerables en la Argentina: condiciones de vida, creencias y expectativas sobre el futuro’, fue realizado en el marco del Proyecto de Investigación y Desarrollo en Áreas Estratégicas (Pidae-UBA). El relevamiento incluyó 1.002 entrevistas presenciales realizadas entre diciembre de 2025 y enero de 2026 en los principales aglomerados urbanos del país.

El dato central es contundente, sostiene que el 48,9% de los jóvenes argentinos de entre 18 y 29 años vive en condiciones de vulnerabilidad social. En términos absolutos, el estudio estima que son más de cuatro millones de personas sobre una población juvenil de aproximadamente 8,5 millones.

La vulnerabilidad, además, no está concentrada exclusivamente en el Área Metropolitana de Buenos Aires. El 73% de los jóvenes vulnerables reside en el resto del país, mientras que el 27% se encuentra en el Capital Federal y Gran Buenos Aires. Esto permite advertir que se trata de una problemática extendida territorialmente y no de una situación circunscripta al principal centro urbano del país.

Educación

Entre los jóvenes alcanzados por el estudio, seis de cada diez no completaron el nivel secundario. El 60,5% tiene como máximo el secundario incompleto, mientras que apenas el 6,7% llegó a completar estudios terciarios o universitarios.

La relación entre educación y trabajo aparece como uno de los principales puntos de preocupación. Según la investigación, el 69,4% de los jóvenes vulnerables declaró estar trabajando, pero un 30,6% no lo hacía al momento del relevamiento. Dentro de ese universo aparece uno de los datos más significativos: casi dos de cada diez jóvenes no trabajan ni estudian. Pero el fenómeno va incluso más allá de los denominados “Ni-Ni”. La investigación detectó un grupo que puede ser definido como “Triple Ni”. Se trata de jóvenes que no estudian, no trabajan y tampoco buscan empleo. Se trata de una porción particularmente crítica porque expresa no sólo una situación de exclusión laboral y educativa, sino también un debilitamiento de las expectativas de inserción al mercado laboral.

Análisis social

El dato puede funcionar como una fotografía, pero detrás de esa imagen existe una historia. Para Re, sociólogo y docente de la Universidad Nacional de Misiones (Unam) y de la Universidad de Buenos Aires (UBA), el 48,9% de esos jóvenes “no representa solamente a una generación atravesada por las dificultades económicas del presente, sino que expone un proceso social en el que distintas desigualdades se acumulan a lo largo del tiempo”.

“No estamos hablando simplemente de jóvenes que la están pasando mal en un momento. Hay condiciones sociales que se vienen produciendo y reproduciendo, que generan esa desigualdad”, señaló en diálogo con El Territorio. En esa línea, consideró que el dato del 48,9% debe ser leído como un indicador de un problema estructural. Entre los datos que, a su criterio, permiten comprender esa dimensión aparece uno particularmente significativo, “seis de cada diez jóvenes vulnerables no terminan el nivel secundario”. Para el sociólogo, esa situación permite observar cómo diferentes dificultades pueden encadenarse a lo largo de las trayectorias personales. Las condiciones económicas de origen pueden dificultar la continuidad educativa; una trayectoria educativa incompleta puede reducir las oportunidades de acceder a determinados empleos y, posteriormente, las condiciones laborales pueden volver a impactar sobre la calidad de vida.

“Hay que mirar ese 48,9% no solamente como una fotografía, hay que pensarlo también como un problema de trayectoria social, donde distintas desigualdades se van acumulando”, explicó.

Un mercado laboral precario

La transición entre la educación secundaria y el mundo laboral aparece como uno de los momentos críticos para muchos jóvenes. Terminar la escuela no garantiza necesariamente una inserción laboral estable y, a medida que pasan los años, las dificultades para conseguir un empleo pueden generar nuevas situaciones de vulnerabilidad.

“Una persona que está desempleada busca trabajo y no lo consigue. En cambio, cuando una persona deja de buscar trabajo, aparecen otras situaciones que tienen que ver con que se va perdiendo la expectativa de buscar trabajo”, explicó y desde esa perspectiva, planteó que el abandono de la búsqueda laboral no debería interpretarse automáticamente como falta de voluntad, desinterés o ausencia de iniciativa individual.

Re señaló que detrás de esa decisión pueden existir experiencias reiteradas de frustración, empleos precarios, bajos salarios o la percepción de que las oportunidades disponibles no permiten modificar sustancialmente las condiciones de vida. “Me parece que no deberíamos etiquetar rápidamente a estos jóvenes como desinteresados o que no quieren trabajar. En muchos casos la problemática va más allá”, sostuvo.

La pregunta, según el sociólogo, debería trasladarse de las características individuales de esos jóvenes hacia las condiciones que ofrece la sociedad. “Hay que preguntarse qué sociedad y qué mercado de trabajo les estamos ofreciendo a estos jóvenes”, remarcó.

La precarización laboral constituye otro de los aspectos que, según Re, obliga a ampliar la mirada sobre la vulnerabilidad. “No se trata solamente de cuánto dinero recibe una persona por su trabajo. La informalidad también implica menor acceso a derechos y protecciones vinculadas con la actividad laboral”. Y en este marco, destacó que el informe detalla un dato muy relevante que “está relacionado con la educación, es decir que la mayoría de estos jóvenes pese a las condiciones vulnerables tienen la esperanza de terminar una carrera y consideran que es importante tener un título para acceder a un mejor trabajo”. Sostuvo que este informe también se da en un marco de políticas de ajustes donde se ven afectadas las universidades públicas. “Como docentes y funcionario de la universidad pública debo destacar el rol social que tienen para el acceso al estudio de manera gratuita y de calidad. Es una posibilidad sumamente importante para estos jóvenes”, indicó.

La UCA pone el foco en el origen social

El trabajo ‘Juventudes desiguales: entre la promesa y la exclusión’, elaborado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA a partir de datos de la Encuesta de la Deuda Social Argentina correspondientes al período 2021-2025, analiza las trayectorias de jóvenes de entre 18 y 25 años.

La principal conclusión es que no existe una única experiencia de juventud. Las posibilidades de terminar la escuela, acceder a estudios superiores, conseguir un empleo formal y construir autonomía están fuertemente condicionadas por el origen social.

El estudio una diferencia significativa entre los extremos de la estructura socioeconómica. Mientras el 69% de los jóvenes del estrato medio alto inició o completó estudios superiores, el 64,7% de quienes pertenecen al estrato muy bajo no terminó siquiera la escolaridad obligatoria. La brecha también se observa en la relación entre estudio y trabajo. Uno de cada cinco jóvenes no estudia ni trabaja, pero el promedio nacional oculta diferencias profundas. La proporción asciende al 34,2% entre los jóvenes del estrato muy bajo y desciende al 8,3% en el medio alto. El informe también detalla la diferencia en la posibilidad de dedicarse exclusivamente a estudiar. En los sectores de mayores ingresos, el 41,2% de los jóvenes se encuentra abocado al estudio. Los jóvenes del estrato muy bajo, esa proporción cae al 15,6%. “Cuando cae la cantidad de jovenes que no estudian ni trabajan significa mayor precariedad laboral”

Te puede interesar