2026-08-30

El guaraní y la city XIII: el bueno, el malo y el pichado

Por Estefanía Baranger Doctora en Lingüística, licenciada en Letras. Docente (UBA)

Mis amigos porteños se sorprenden cuando, en una conversación en guaraní entre albañiles paraguayos, logran pescar palabras del español como foco y cable. Mi explicación, por supuesto, el tumulto de lectores de esta columna ya la conoce: las lenguas se las ingenian para nombrar lo que precisan nombrar. Pero, ¿a nuevos objetos, nuevas palabras? Bueno, los estudiosos y amantes del guaraní llevan tiempo proponiendo neologismos para ciertos términos tecnológicos. Algunos son pequeñas maravillas de la composición —como papapykuaaryru ‘aquello que contiene el saber sobre los números’ para decir ‘computadora’— y otros son tan poéticos que logran enaltecer nuestros más mundanos objetos —como ñandutí, el delicado tejido tradicional, para ‘internet’. Pero estas joyitas léxicas siguen siendo más populares en los diccionarios que entre los hablantes: ya lo decía Saussure; las lenguas cambian, solo que no necesariamente a nuestro gusto y piacere.

Ahora bien, puede que ponerles nombre a focos y cables tome trabajo, pero nunca será más tedioso que intentar traducir pichado cuando se nos escapa ante algún forastero. El escenario por excelencia que seguimos evocando para explicar este término al extranjero incauto es el siguiente: si ganás un juego haciendo trampa, sos un pichado, pero también podés picharte porque perdiste. Un ejemplo tan bueno como malo: ¿cómo podrían tanto el ganador como el perdedor ser dignos de este participio? Entre los varios diccionarios de americanismos que circulan en la ñandutí, esta palabra parece comprender diversos significados —‘enojo’, ‘frustración’, ‘embole’, ‘tedioso’ o ‘malhumorado’. Ninguno, claro, acaba de capturar su esencia con éxito; no por nada nos vimos obligados a tomarla prestada. ¿Acaso podemos siquiera hablar de equivalentes exactos para las emociones en las distintas lenguas?

Está claro que tenemos conceptos culturalmente dependientes —no solo el foco y el cable, también la burocracia y la independencia—; pero además contamos con algo que los lingüistas denominamos primitivos semánticos, nociones tan fundamentales para nuestra experiencia humana que aparecen, de una forma u otra, en todas las lenguas. ¿Un ejemplo fácil? Lo bueno y lo malo. No todas las culturas y lenguas coinciden en qué está bien y qué está mal —Andresito es héroe en Misiones y villano en Corrientes— y, sin embargo, más o menos todos organizamos el espectro moral en torno a estos dos grandes polos: buenos y malos; héroes y villanos. Pues bien, según el psicólogo Paul Ekman, el —en apariencia— infinito abanico de emociones humanas podría sintetizarse en tan solo... ¡seis!: felicidad, tristeza, enojo, miedo, disgusto y sorpresa. Pero ya soy bastante pichada traduciéndolas al español, porque claramente el artículo está en inglés y, desde el vamos, happiness y felicidad no describen exactamente lo mismo. Esto no lo noto sólo yo: estoy parafraseando a Anna Wierzbicka, una de mis semantistas preferidas, a la que le molesta este imperialismo encubierto de que, cuando hablamos de universales, el punto de partida siempre sea el inglés. El caso es que no hacen falta muchos datos para darse cuenta de que es bastante más fácil ser happy que feliz: en inglés te puede poner happy un trabajo de plomería bien hecho o que te atiendan el teléfono en el equivalente británico de EMSA durante un corte de luz; en español, la felicidad, como tal, la nombramos mucho menos. Etimológicamente también son disímiles: happiness pertenece a la familia de hap, ‘suerte, azar’, es más bien algo que te sucede; mientras que nuestra felicidad encuentra su origen en el latín felix, ‘fértil, fecundo, productivo’ —nos tocó una lengua en la que la felicidad, como la tierra, parece que solo ha de ser de quien la trabaja.

Y con la tristeza no es mucho más fácil: la saudade de los brasileños, por ejemplo, tiene una dulzura de la que nuestra nostalgia carece. Entre el enojo y el disgusto encontramos el song de los ifaluk en Micronesia: una ira justificada ante una transgresión moral; o el liget, entre los ilongot de las Filipinas, que combina ira, energía, pasión y vitalidad. Spoiler: ninguno es necesariamente percibido como negativo en estas culturas —a diferencia de nuestra ira, que tanta pésima fama tiene por estar incluida en eso de los pecados capitales.

Ahora, si retomamos la palabra que nos convoca, en el guaraní registrado por Montoya en el siglo XVII encontramos el verbo apixa, ‘herir, cortar’, que bien podría ser la fuente del actual picha, ‘fastidiar’, en guaraní moderno. Una hipótesis plausible es que así como cae la primera vocal, la palabra también pierde el componente concreto de su significado: nos desplazamos de una herida más palpable y observable hacia una interna y mental, más abstracta —y no deja de maravillarme esto de que, si un pedacito de sentido se pierde, un pedacito de palabra también; como si la sustancia estuviera constantemente queriendo ponerse a tiro con los cambios en la esencia.

Pero el premio a la mejor definición de este término lo gana no un misionero (jesuítico) sino una misionera (de Misiones): Liliana Daviña, profesora de la UNaM, que lo describe como el ‘estado de ánimo momentáneo en el que se mezclan enojo, frustración y disgusto porque aconteció algo no deseado o resultó de modo adverso’. Y es en estas últimas líneas donde creo que radica la clave: no hace falta ser tan precisos en la emoción que denota pichado sino en la causa; hay una expectativa, un orden de cosas esperado, que se quiebra, y es eso lo que nos picha. Puedo andar medio pichada porque me fue mal en un examen, porque no me volvió a escribir mi interés amoroso de turno, porque no salimos campeones del mundo: son todos contextos en los que una expectativa se frustra. Me hacen una broma de mal gusto —esperablemente—, me ofendo y me dicen ‘no seas pichada’, cuando el acuerdo social de la broma es reírnos todos. En el contexto del juego, que tanto nos gusta citar, todos jugamos para ganar; si no, nos pichamos. Y si hacemos trampa es porque, en un punto específico, lo esperable empezó a ser perder y no nos quedó otra que meter mano.

¿No podríamos simplemente decir frustrado? Claro, pero esa proliferación de grupos consonánticos no le haría justicia a la ternura que nos provoca a los misioneros un gurisito pichado porque perdió a la escondida.

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