2026-07-22

Adiós a César “Pomelo” Móttola,nuestro guitar hero

El músico misionero falleció el pasado 15 de julio a los 67 años. Fue parte de un movimiento contracultural que halló en el rock su canal de expresión en los 70, una época en que se gestaba la dictadura y en una provincia de la periferia, su talento, creatividad y sensibilidad hicieron historia

Por Francisco Ali-Brouchoud
Periodista, músico

La partida, a los 67 años, de César “Pomelo” Móttola, guitarrista excepcional, compositor luminoso y original, llenó de tristeza y golpeó de manera profunda a quienes fuimos sus amigos, sus contemporáneos.

Alguien dijo en una red social que Pomelo era ya un vecino ilustre de Posadas. Sin duda, y quizás en ese carácter, no recibió en vida todo el reconocimiento que merecía. Pero también es cierto que ni la música ni el arte, tampoco los artistas, requieren de certificados oficiales para hacerse un lugar en la memoria colectiva: suele alcanzar con el compromiso inmanente que asumen de ser la música en el instante en que la tocan, y arrastrar a otros en su viaje.

Las líneas que siguen son un intento personal de recordar ese momento de umbral, en el que Pomelo empezó a hacerse escuchar, casi cincuenta años atrás, los caminos que abrió para muchos de nosotros, y por qué es un ícono para la música y la cultura de Misiones.

A mediados de los 70, cuando el golpe se gestaba de manera decidida aunque imperceptible para muchos en la Argentina, a los jóvenes de Posadas, como en otras capitales provinciales, se les presentaban como opciones urgentes de la época para canalizar sus energías de cambio, la militancia política pero también el rock que en ese entonces no se adjetivaba “nacional”, y se hacía principalmente en Buenos Aires, desde donde llegaban ecos a otros centros urbanos del país.

La información sobre esos mundos -nunca está de más recordarlo- no tenía la actual disponibilidad inmediata, y acceder a ellos requería un compromiso personal de curiosidad y búsqueda en canales relativamente escasos: revistas especializadas y radios, y principalmente, en los productos centrales de la industria musical de aquel momento: los discos. Pero, sobre todo, la conversación con pares, los encuentros: la pertenencia a una microcomunidad basada en el entusiasmo, en la circulación de saberes y objetos culturales, y en la escucha compartida, que consolidaba vínculos hechos de afectos y perceptos.

Podría decirse, corriendo conscientemente el riesgo de simplificación excesiva, que escuchar rock, en aquel momento era un pequeño acto subversivo, eminentemente contracultural. Así nos lo hacían sentir. Y mucho más en una provincia periférica, en la que una envoltura semiótica de frontera tensionaba con la búsqueda de un imaginario metropolitano que nuestro entorno desmentía.

Aquellos recitales

La población de Posadas en ese entonces era de poco más de 100 mil habitantes. Resulta casi imposible saber cuántos de esos posadeños escuchaban o se interesaban seriamente por el rock al punto de dedicarle horas de escucha, o estaban movidos por el deseo de tocarlo. Pero a juzgar por los asistentes a los recitales de la época, verdaderos acontecimientos culturales, ese número era pequeño. Escuché tocar por primera vez a Pomelo en uno de esos conciertos, en 1978, con el grupo Púrpura en la sala Maruja Ledesma (hoy La Querencia), y el impacto que me produjeron sus fraseos poderosos, implacablemente precisos, fue inmediato. Empecé a frecuentarlo un año después, en 1979.

Con Claudio y Gustavo Díaz y Jorge Falcón teníamos una banda de folk-rock, que luego formaría parte de Clave de Hoy (una especie de “súpergrupo” que incluía también al trío Siembra del guitarrista Carlos “Charly” Godoy, con el también siempre recordado Johnny Behr en batería y Ángel “Pocho” Agüero en bajo; y al cuarteto formado por el propio Pomelo en guitarra, Pocho en bajo, Marcelo Larricq en piano y Cacho Bernal en batería). Pomelo vino a un ensayo para ser nuestra primera guitarra, todo un honor para nosotros.

No teníamos equipos ni instrumentos eléctricos, sólo ganas, guitarras criollas, flautas y un mini set de batería. Pomelo llegó y Gustavo comenzó a pasarle los temas. En eso, alguien movió una silla de madera sobre un piso de mosaicos y se produjo un sonido espontáneo: Pomelo nos miró y dictaminó al instante: “fa sostenido”. Nunca supimos si tenía oído absoluto, pero nuestra admiración sí lo fue.

Pomelo era esencialmente un autodidacta. Había músicos en su familia, y su padre le regaló en la adolescencia una guitarra eléctrica Faim modelo Les Paul, que pronto resultó limitada para su talento.Tomó algunas clases con Hugo Latti, maestro de varios guitarristas de la ciudad. Pero fueron su oído, sensibilidad y disciplina descomunales los que lo convirtieron rápidamente en el extraordinario músico que fue.

La guitarra, extensión de su cuerpo

Todos recordamos su característica manera de rasgueo rítmico, derivada de la altura a la que se colgaba el instrumento: muy arriba, a la altura del pecho. Se agazapaba ligeramente, acompañando el ritmo en esa posición, y en los solos, su figura delgada se balanceaba hacia adelante y hacia atrás sin moverse de lugar, o avanzaba un paso decidido al frente para marcar un pulso, mientras hacía sus legendarias “caras”, en las que, con los ojos cerrados en éxtasis, todos los músculos de su rostro acompañaban la velocidad de sus dedos sobre el puente.

Para el primer recital de Clave de Hoy, realizado el 18 de mayo de 1979, había un objetivo central: que Pomelo pudiera acceder a la única Gibson Les Paul original que había en Posadas, prestada por su dueño para la ocasión. Queríamos que el mejor de nosotros sonara “en serio”. La guitarra llegó a sus manos prácticamente el día del recital, y lo que hizo esa noche con ella fue increíble.

Pomelo siempre estaba a la búsqueda de un sonido, de su sonido. Con el tiempo, se convirtió en un luthier amateur: comenzó a intervenir sus instrumentos, no importa lo buenos que fueran, para ponerles otros micrófonos o cualquier mejora que los hiciera sonar como él quería.

En 1980 se construyó su propia guitarra con un puente de calidad, unos micrófonos Di Marzio que trajo de su estadía en Los Ángeles, y un cuerpo cuadrado y sin curvas, a la que apodamos cariñosamente “la tabla de picar carne”, y que sonaba muy bien, a pesar de su aspecto inusual.

En aquellos días, todos participábamos además de una “batalla cultural” incipiente, la de la música progresiva contra lo que denominábamos “música complaciente” o comercial, y Pomelo, que más adelante se volvería maestro de muchos a través de sus clases de guitarra, ya mostraba entonces su vocación pedagógica y era uno de nuestros teóricos principales. Pronto, muchos de nosotros, junto con él, pasamos de escuchar el prog británico al jazz-rock representado por grupos como Return to Forever, Weather Report y tantos otros, y en particular la Mahavishnu Orchestra de John McLaughlin, un modelo de guitarrista para Pomelo durante toda su vida. Y de allí, hacia el jazz de John Coltrane y Miles Davis.

Experimentador nato

Pero Pomelo era, por sobre todo, un experimentador nato: con su fantástica capacidad de improvisar, su temprano interés por las afinaciones raras y abiertas y las escalas modales más sofisticadas, transmitía un modo de escuchar, de enfocar la atención en el sonido y su estructura que trascendía los géneros, y entendía la música como arte antes que como entretenimiento.

Fue único y original, en el sentido en que él mismo definió la improvisación en una entrevista: “Se busca la originalidad, y no de algo distinto a todos, para ser diferente, importante, sino ser el presente, ser ese momento. Eso es ser original.” Adiós, querido Pome, tu música sigue sonando en nuestra memoria. 

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