2026-05-20

TekororIQ es un proyecto de extensión universitaria

Lombrices, reciclaje y una idea nacida en el campus para utilizar residuos

Desde Exactas-Unam desarrollan un sistema de vermicompostaje que transforma residuos de los propios alumnos y genera un abono natural para el Jardín Botánico

En la Facultad de Ciencias Exactas, Químicas y Naturales
de la Unam, donde el mate circula de aula en aula y acompaña largas jornadas de estudio, un grupo de estudiantes encontró la forma de convertir uno de los residuos más comunes en una herramienta concreta para el cuidado ambiental. Se trata de TekororIQ, un proyecto de extensión universitaria impulsado en la Fceqyn que desde hace años trabaja en la valorización de residuos orgánicos a través del vermicompostaje, un proceso biológico realizado por lombrices californianas que permite transformar desechos en compost rico en nutrientes.

Detrás de la iniciativa se encuentra un equipo integrado por estudiantes y docentes. Una de ellas es Giuliana Guelardi, de 22 años, quien actualmente cursa el quinto y último año de la carrera y forma parte activa del proyecto.

“Es un proyecto de extensión universitaria. Yo no estoy desde que inició porque surgió en 2019 con estudiantes que en ese momento estaban cursando quinto año”, explicó. Según relató, la propuesta comenzó como una experiencia impulsada por alumnos avanzados, pero con el tiempo se convirtió en un espacio sostenido por distintas generaciones de estudiantes que fueron tomando la posta para continuar el trabajo.

El producto final es un abono orgánico rico en humus.  

 

El avance del proyecto, sin embargo, tuvo una interrupción inevitable. “Después agarró la pandemia, entonces en 2020 y 2021 el proyecto paró. Pero en 2022 volvió de nuevo y desde ahí seguimos hasta hoy”, contó a El Territorio.

Una solución facu

La iniciativa se centra principalmente en el tratamiento de residuos compostables generados en el módulo del campus universitario de Exactas. Allí, el principal residuo que reciben es la yerba mate usada, aunque también incorporan cáscaras de frutas y verduras.

“El principal residuo que recibimos es la yerba porque justamente en la facultad se consume mucho mate”, señaló Guelardi.

Para organizar la separación de residuos, los estudiantes construyeron basureros diferenciados destinados exclusivamente a residuos orgánicos compostables. “Tenemos basureros especiales para que se tire solamente yerba y cáscaras de frutas y verduras”, explicó.

Una vez por semana, el grupo realiza la recolección de esos residuos y los traslada hasta el espacio donde funciona el proyecto. Allí comienza el proceso de transformación.

Cómo funciona

El trabajo se desarrolla en una oficina ubicada en la planta piloto del módulo del campus universitario. En ese lugar se encuentran instalados los compostadores, tambores de estabilización y cajones utilizados en la etapa final del proceso.

“Tenemos dos compostadores y ahora estamos agregando un tercero. También tenemos tambores de estabilización y cajones para la última etapa, que es el estacionamiento”, detalló la estudiante.

El método utilizado se denomina vermicompostaje o lombricompostaje y tiene como protagonistas a las lombrices californianas -también conocidas como lombrices rojas-, organismos capaces de degradar la materia orgánica y generar un compost rico en humus y minerales.

A diferencia de otros procesos industriales de tratamiento de residuos, este sistema prácticamente no requiere consumo energético.

“No requiere gasto energético. Lo único que utilizamos son las lombrices californianas, que además vamos reutilizando. Cada tanto sí se compran nuevas, pero el proceso en sí lo realizan las lombrices”, explicó.

El principal recurso necesario, remarcó, es el tiempo. El proceso biológico demanda paciencia, seguimiento y mantenimiento constante para asegurar las condiciones adecuadas de humedad, temperatura y estabilidad del material orgánico.

El resultado final es un compost enriquecido con humus de lombriz y nutrientes minerales que luego es distribuido gratuitamente.

“Nosotros no comercializamos. Donamos al Jardín Botánico y también damos presentaciones más chicas a la comunidad de la facultad”, comentó.

El material obtenido funciona como mejorador de suelos y fertilizante natural, contribuyendo tanto a la reducción de residuos como al fortalecimiento de prácticas sustentables.

Aunque pueda parecer una experiencia pequeña o experimental, los números muestran una dimensión mucho más amplia. Desde el inicio del proyecto ya se produjeron alrededor de 600 kilos de compost. “Hoy en día llevamos realizados 22 lotes”, indicó.

El equipo también realiza un seguimiento técnico detallado de cada etapa del proceso. Cada semana pesan la cantidad de residuos orgánicos recolectados y registran esos datos en planillas para evaluar el rendimiento de cada lote.

“Nosotros contabilizamos en fichas cuántos kilos de fracción orgánica agregamos por semana y después cuánto producto final obtenemos”, explicó.

Sostenido por estudiantes

Actualmente, unas 82 personas están vinculadas al proyecto entre estudiantes y docentes, aunque el núcleo activo está conformado por alumnos de quinto año de la orientación ambiental.

“Los que hoy estamos realizando el trabajo somos aproximadamente entre doce y trece estudiantes”, contó.

La continuidad generacional aparece como uno de los puntos más importantes de la propuesta. A pesar de que muchos de los impulsores originales ya se recibieron, el proyecto logró mantenerse gracias al interés de nuevos estudiantes que se incorporan año tras año.

Esa permanencia también permitió que la iniciativa adquiriera reconocimiento dentro del ámbito universitario y comenzara a trascender los límites de la facultad.

Asesoría técnica

En el último tiempo, el trabajo desarrollado por el equipo despertó interés en empresas privadas y otras instituciones educativas de la región.

“A partir del año pasado, empresas de Misiones y Corrientes comenzaron a contactarnos porque quieren que vayamos a contar cómo es nuestro modelo de gestión para replicarlo”, relató Giuliana.

Una de las experiencias más destacadas fue la realizada junto a la empresa Fresa, ubicada en Mirasol, donde ya comenzaron a implementar un sistema similar para tratar residuos orgánicos generados por sus trabajadores.

“Ellos están replicando nuestro modelo de gestión y haciendo también vermicompostaje”, explicó.

Además, otras universidades se acercaron para conocer de cerca el funcionamiento del proyecto y solicitar asesoramiento técnico y organizativo.

“La semana pasada vino gente de la Universidad Nacional del Alto Uruguay para charlar con nosotros y que les comentemos cómo funciona el proyecto”, señaló.

Más allá de la producción de compost, el proyecto se consolidó como una experiencia de educación ambiental aplicada, donde los estudiantes no solo desarrollan conocimientos técnicos, sino también herramientas de gestión, organización y trabajo comunitario.

En tiempos donde la problemática de los residuos urbanos y el impacto ambiental ocupan un lugar central en la agenda pública, la experiencia impulsada desde la Fceqyn demuestra cómo una iniciativa nacida entre estudiantes puede transformarse en un modelo sustentable capaz de expandirse a otras instituciones y organizaciones.

Lo que comenzó con algunos estudiantes, yerba usada y un par de compostadores, hoy se convirtió en un ejemplo concreto de economía circular dentro del ámbito universitario misionero. 

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