Salió adelante gracias a su familia y al amor por la música
Cuando la pasión por el chamamé se convierte en esencia
Francisco Eulalio Gauto (63) se hizo camino al andar. El encarnaceno por nacimiento pero misionero por adopción descubrió su amor por la música ya desde temprana edad, aunque tuvo que pasar el charco para llevarla a otro nivel.
Primero la guitarra, después la voz y al final ese amor inseparable: el bandoneón. ‘Francis’ tuvo la gracia de los grandes para integrar grupos respetados en el ambiente chamamecero y de paso conocer los grandes escenarios de la Argentina.
En paralelo se formó como peluquero con maestros de la tijera. Fue tanto su talento ‘a ojo’ que la facilidad por aprender resultó ser la aliada más importante.
Su peluquería es un lugar culto de Posadas no solo por la magia de la profesión sino porque también es el lugar elegido para los ensayos musicales.
En 2020 un ACV atentó con todo lo que más quería. Pero como bien saben sus más allegados, Francisco no se iba a rendir. Pasaron varios años de angustia con el apoyo de la familia hasta que Francis renació de entre las lágrimas.
Hoy el semblante de vitalidad está renovado y tiene montada la peluquería en su propia casa, con la esencia de siempre. Los clientes volvieron, saben que no hay manos más confiables que la de Gauto. Pero lo más gratificante es que encendió esa llama que lo caracteriza como músico.
Tiene la palabra un hombre con don de gentes. Un maestro del bandoneón, un humilde con alma de conquistador.
¿Cómo fue el primer contacto con la música?
A los ocho años aprendí a tocar la guitarra pero por arriba, con una criolla vieja. Papá no quería que sus hijos se dediquen a la música porque decía que los músicos eran todos borrachos (risas). Cuando se casó con mamá, él colgó la guitarra en la pared para dedicarse a la familia.
Papá tuvo mucha conexión con la música por lo que esa decisión me marcó. Además, antes la palabra de tu padre era ley, se respetaba…si tocábamos lo hacíamos de contrabando. Son recuerdos que me generan nostalgia, el querer demostrar lo que sos pero no poder.
Obviamente nunca tomé un trago en mi vida. Las veces que tocaba de grande nos ofrecían alcohol. Yo siempre agua o gaseosa.
Una vez en Posadas te liberaste de esa prohibición. ¿Qué pasos seguiste?
Para 1982, con 19 años, ya pude hacer lo que quería gracias al apoyo de mi hermano mayor Jorge que me regaló una guitarra de estudio. Después del colegio empecé a tocarla, todo orejeando en vivo con compinches que sabían hacerlo. Esos saberes los hice danzando de acá para allá, tenía mucho contacto con la gente. Los viernes a la noche, por ejemplo, me iba a practicar a la casa del señor Tito o de Julián. Estaba entusiasmado.
También estudié cuatro años de bandoneón con el profesor Ricardo Ojeda.
¿Y qué te movió a estudiar bandoneón?
Tenía un amigo de la adolescencia que era de Jardín América y trabajaba en Posadas. Con él íbamos juntos a todos lados, hasta que un día me cuenta que su papá fallecido tocaba muy bien el bandoneón y que el instrumento estaba en su casa, arriba del ropero.
Un día, en mi cumpleaños, llegó con el bandoneón y me lo regaló en nombre de su familia que me quería mucho. El compromiso era que estudie para tocarlo. Así fue que hablando con el maestro Ojeda -que era mi cliente- me dijo que me meta, que le haga caso a lo que decía.
No conocía nada del instrumento. De hecho me sorprendió porque parecía una máquina de escribir (risas). Había sido que tenía una teoría y la estudié. Me gustó porque podía leer música, comparar la lectura de la escritura con el instrumento. Así me largué.
¿Y el canto?
El canto también vino acompañado con el bandoneón. Lo hacía de forma natural…todo me salía a los tiros. Así que enseguida formé un grupo, ‘Las voces del Litoral’. Siendo el más chico de la banda tocaba la guitarra y hacía de segunda voz. Nos fue realmente muy bien. Nos hicimos conocidos en el ambiente.
En paralelo empezaste tu carrera de peluquero. ¿Por qué llegaste a la profesión?
Es un caso muy lindo. Decidí optar por la peluquería porque tenía que hacer música y necesitaba tener ingresos económicos. Me gustaba porque la profesión no me traía ningún compromiso, yo era libre.
Empecé a los 19 años con el señor Rolón que tenía su peluquería enfrente del hotel Savoy. Era un peluquero paraguayo muy respetado, siempre bien vestido que estaba acompañado por otros siete colegas.
Él se ofreció a ser mi maestro pero tenía que ir todos los días a las 7 de la mañana a barrer los pelos del piso, cebar mate y traerle café del mismo hotel. Ellos estaban siempre de corbata.
Fueron siete meses intensos donde Rolón me enseñó a cortar, a agarrar la tijera y el peine. Mirando aprendí hasta que me dio una oportunidad.
Saliste a cortar el pelo a domicilio. ¿Cómo fue eso?
Mi hermano era carpintero profesional y me armó un maletín con compartimentos de madera. Así fue que salí a cortar pelo a domicilio.
Me acuerdo perfecto que me cerraron las puertas por la cara en algunos casos y así estuve un año hasta que llegué a la peluquería de León (por Rademacher y Cabred).
Hablé con el dueño y le ofrecí mis servicios. Aceptó cuando le dije que me enseñó Rolón y ya al otro día me presenté de camisa y corbata para mis primeros clientes. Estuve cuatro años con él.
Un día decidí hablar con León para darle la noticia de que me iba. Yo tenía preparado mi local en la rotonda (por avenida Uruguay) porque don Pocho, el dueño del mismo, era mi cliente en León y en los meses previos me había ofrecido ir allá.
Ya a finales de 1983 abrí la peluquería ‘Francis’. Fue una inversión que venía planeando hace unos años porque compré espejos y hasta un juego de living. Don Pocho me dijo que el alquiler lo podía empezar a pagar al mes siguiente, si todo marchaba bien. Le debo mucho a toda su familia por este gesto.
Pasaron 20 años y el hijo de Pocho me dijo que tenía otros planes para el local, planes para una panadería. Me dio siete meses, el suficiente tiempo para pasarme a un local sobre la Uruguay -cerca de Monteagudo-.
Fueron otros 21 años en los que los clientes siempre respondieron.
¿Ser peluquero es un poco ser artista como el músico?
Hay que tener habilidad; la mano se maneja diferente, por ejemplo. A mí me salía muy bien todo. Se notaba que iba a ser mi oficio.
Empezaste tu incursión oficial en la música con el grupo ‘Las Voces del Litoral’. ¿Cómo siguió?
Fueron tres años intensos con personas que conocí de la vida misma como Nego Ramírez, un grupo que tocaba chamamé en el 622 y en todas partes. Pero me vino a buscar el popular Ricardo ‘Cacho’ Barchuk por intermedio de Adolfo Grimado; ellos necesitaban un guitarrista-cantante a dúo para grabar su primer CD en Buenos Aires.
Le dije a Nego que se haga cargo de ‘Las Voces del Litoral’ porque no podía desperdiciar la oportunidad que se presentó. Así ensayé con Cacho -que tocaba el acordeón- y Grimado -voz- los 14 temas y fuimos a Buenos Aires a grabar el primer CD.
Después de ese éxito grabamos otros tres. Participamos en varios recitales en el teatro Roma, Alvear y hasta en Canal 7. Fue una experiencia única de 13 años consecutivos con buena gente, sin vicios…recorriendo el país y los festivales populares como el del Litoral o del Inmigrante.
Pero yo quería grabar con el bandoneón por lo que me separé de Cacho. Así fue que formé el grupo Francisco Gauto y los Chamameceros, el último gran viaje musical.
Grabamos tres CDs con el instrumento que tanto me gustaba hasta que llegó el infortunio del ACV y me vi en la obligación de dejarlo. No pude tocar más el bandoneón desde entonces.
¿Te costó aceptar este impedimento?
Amo el bandoneón. A veces lo agarro y lo acaricio como para tocarlo pero mi nivel no está. Igualmente hoy me recuperé a tal punto que puedo guitarrear y cantar. Es por eso que estamos ensayando con José Feliciano Ríos -ex bandoneonista del Cuarteto de Santa Ana- para grabar otro CD. Estoy rejuveneciendo (risas).
¿Cuándo fue el episodio del ACV?
Me agarró el 14 de noviembre de 2020. Sinceramente tengo que agradecer a mi señora Stella Pedrozo y a mis hijos Diego, Ariel, Griselda, Richard y Nahuel que estuvieron al lado mío y me aguantaron hasta hoy. Sin ellos no llegaría a donde llegué.
La dificultad fue terrible. Tenía que andar en silla de ruedas para trasladarme. Primero no lo aceptaba pero después me dije que si no lo hacía nadie lo haría por mí. Había que salir adelante.
En cuatro meses dejé la silla, dejé el bastón. Fueron dos años y medio donde me iba a kinesiología de lunes a viernes. Hoy estoy mejor, me falta salir a tocar el bandoneón (risas). Todo está en la cabeza, en la voluntad de cada uno.
Siempre estuve en los momentos de alegría, nunca pasé por crisis de nervios y un día me agarró esto en la peluquería. Recuerdo que al comienzo me perdí de todos porque la salud no me permitía.
Abriste la peluquería en tu casa. ¿Cómo ocurrió?
Fuimos con mi señora a buscar un local para alquilar y así dimos con un amigo que nos ofreció su espacio por calle Monteagudo. Arreglé todo, llevé mis cosas y volví oficialmente por un año hasta que ese amigo falleció de un paro cardíaco.
Él iba a tomar mates todas las tardes, por lo que le dije a doña Celia -su pareja- que no tenía ganas de volver. Así fue que mis hijos Diego, que es albañil, y Ariel decidieron levantar la peluquería en casa después de una charla que tuvimos.
Hoy tengo esto para trabajar. De a poco voy recuperando los clientes. Abro solamente a la tarde porque antes tengo que dedicarle a mi salud.
Cuando grabaste tu primer CD con Barchuk volviste a tu casa de Encarnación para mostrarle a tu papá que lo lograste...¿fue así?
Él no quería que sea músico pero le demostré que la sangre tiraba. Me felicitó y me emocioné. Con mis padres siempre me llevé bien, los visitaba cuando se podía. Mi mamá murió a los 100 años.
Sos devoto de San Expedito, ¿la fe fue importante en tu vida?
Soy un tipo muy agradecido con la vida y muy devoto. Todo lo que logré pude hacerlo tranquilo, con humildad. Me recuperé de esto y seguí viviendo, eso le tengo que dar las gracias a Dios.
Hasta le hice un chamamé a San Expedito que se llama ‘En tu día un homenaje’. Con un amigo queremos grabar un disco e incluirlo. Para eso estamos ensayando.
¿Cuál es tu chamamé favorito?
Sin duda, ‘La Calandria’, de Isaco Abitbol. Tuve la fortuna de encontrarme con el Patriarca en un cumpleaños y me invitó a tocar la guitarra. Tocamos por 20 minutos, él por supuesto con el bandoneón. Un recuerdo imborrable que lo disfrutó la gente presente. Isaco fue un señor sencillo y humilde, un grande de la música.
Perfil
Francisco Gauto
Músico y peluquero
Francisco Eulalio Gauto nació el 12 de febrero de 1963. Hijo de Simeón Gauto y Margarita Fonseca, y hermanos de otros seis, llegó a Posadas a los 16 años.
Muy devoto de San Expedito tiene actualmente cinco hijos: Diego, Ariel, Griselda (es peluquera), Richard y Nahuel (músico).
Su discografía propia incluye un amplio repertorio con los siguientes conjuntos musicales:
-“Las Voces del Litoral” -iniciado en 1985 bajo la dirección de Francisco y conformado originalmente por Luis López, Ramón Tavares, Casimiro Ramírez y Eugenio Acuña. Aunque más tarde se incorporaron Víctor González y Santo Acosta.
-“Francisco Gauto y los chamameceros”: con Gauto como bandoneonista y dirección, Cacho Barreto como primera voz, Víctor Agüero como segunda voz y guitarra, y Ramón Rodríguez como bajista. Con este grupo grabó tres CDs: ‘Mi reencuentro con el chamamé’; ‘Misiones tierra bendita’ y ‘Salud pueblo chamamecero’.