Descripciones desde el alma
Paisajes de hojas amarillas en el tercer milenio
Por Mercedes Griselda Romero Docente, licenciada en Inglés
¡Y sí…! Después de alrededor de cuatro años de andar, sábados y/o domingos buscando un lugarcito cálido y pertinente a nuestros afanes e intereses álmicos, un lugareño en intercambio casual nos alertó acerca de una capilla local de nuestra muy querida Colonia Liebig (Ituzaingó, Corrientes), donde, creo, la búsqueda terminó, al menos, por ahora.
Consciente, firmemente, de que llevamos a Dios dentro nuestro de manera permanente, ese templo simple, minimalista y rústico me captó.
Sería muy difícil brindar una descripción rigurosa del recinto. Me atrevo a arriesgar una sola palabra que pincela su imagen: “Mansedumbre”.
Me conmovió sobremanera la devoción y aplicación de tantos colaboradores en la ceremonia dominical, bajo el liderazgo de su párroco junto al diácono, quienes incansablemente trabajan con una entrega sin tiempos ni condicionamientos (mi sentir, mi percepción) y también la asistencia perfecta de dos perros que, cual therians, aportan sus actitudes humanas a la reunión como rigurosos conocedores de los varios estadíos de la celebración desde el principio hasta el final…
Cuando ya empezaba a “hallarme”, dijera el correntino, el cura párroco dio cátedra de inocente humildad en su primera prédica post Navidad y en las sucesivas.
No salía yo de mi atónito asombro ante la escucha de sus relatos simples, realistas, pero a la vez tan profundos, de esos que como por arte de magia nos conmueven rozando las entrañas.
Todo en un marco ordinario de sencillez y genuinidad transparentes, sin ruidos ni artilugios, vacíos de sofisticación mundana: Amor en su estado más puro, al unísono con generosidad, y esa fe que trasciende.
Entonces, la paradoja, la inquietud esperada surge: ¿cómo explicar el misterio de dar en demasía con ingredientes esenciales cuya presencia, en ocasiones, ni siquiera notamos?