“Lo que está por debajo de la tartamudez es inmensamente más grande, produce miedos, angustia y temores”
En el marco del Día de la Tartamudez, que se conmemora cada 22 de octubre, profesionales destacan que esta condición del habla no debe considerarse una enfermedad ni un impedimento para comunicarse, sino una particularidad con base genética que puede verse influida por factores emocionales o ambientales. El acompañamiento familiar y la intervención temprana resultan claves para favorecer una comunicación cómoda y libre de presiones.
“La tartamudez no se debe a una imposibilidad de pronunciar o de decir alguna palabra. Es una falla motora, no puedo motrizmente elaborar o producir la palabra que quiero decir”, explicó la fonoaudióloga Sylvia Graciela Barberis.
A su vez, aclaró que esta condición no inhabilita en ningún aspecto de la vida y que lo fundamental es aprender a convivir con ella. En lugar de buscar que desaparezca, consideró necesario ayudar a que cada persona pueda comunicarse cómodamente y sin miedo.
“Por lo general, los papás concurren al consultorio diciendo que quieren que su hijo deje de tartamudear. Primero hay que informar que la tartamudez tiene una base genética, que puede o no dispararse”, remarcó la profesional.
Según precisó, los factores que la desencadenan son múltiples y abarcan aspectos emocionales, afectivos, familiares y ambientales. Entre ellos mencionó las presiones lingüísticas que los niños pequeños enfrentan cuando se les exige hablar más de lo que pueden, algo que incrementa la tensión y el bloqueo del habla.
“Si el niño tiene predisposición para la tartamudez, no va a poder contar todo lo que hizo. Por eso debemos enseñar a los padres a no presionar con demandas lingüísticas imposibles, sino a formular preguntas que admitan respuestas cortas”.
En sintonía, la especialista subrayó que lo emocional juega un papel muy importante en la tartamudez y puede compararse con un iceberg. Lo visible es el habla entrecortada, pero debajo hay sentimientos de miedo, angustia y frustración que condicionan la comunicación.
“Lo que está por debajo de la tartamudez es inmensamente más grande, produce miedos, angustia y temores. El niño que no levanta la mano en clase o teme hacer una exposición oral necesita que lo ayudemos a desensibilizar esos temores”, expresó.
En su opinión, el trabajo más importante es el de desarmar los prejuicios y acompañar tanto a las personas que tartamudean como a su entorno. Consideró fundamental que los adultos dejen atrás la idea de que tartamudear está mal o limita las posibilidades personales.
“Ya no es como antes, que tartamudear estaba mal. No es un trastorno ni una enfermedad, no inhabilita absolutamente para nada”, destacó Barberis.
En el mismo marco, agregó que la aceptación es el punto de partida para alcanzar un habla cómoda. Primero deben aceptarla los padres, sobre todo cuando se trata de niños pequeños, porque su reacción influye directamente en la seguridad del hijo.
“Uno aprende a hablar de una manera cómoda. No se trata de dejar de tartamudear, sino de aceptar la tartamudez y hablar sin miedo. Eso permite lograr una comunicación natural”.
En su trayectoria profesional acompañó a pacientes que lograron transformar su vínculo con la palabra y desenvolverse con soltura en distintos ámbitos. En ese contexto, mencionó el caso de una ex paciente que hoy puede expresarse con naturalidad gracias al trabajo sostenido.
“Ella no podía hablar cuando llegó al consultorio. Hoy se comunica cómodamente, logró manejar su tartamudez y nadie nota sus bloqueos”, contó.
También puntualizó que los tratamientos deben comenzar lo antes posible, especialmente en la infancia. La detección temprana permite revertir la dificultad antes de los seis años, cuando el lenguaje aún se está consolidando.
“Lo más importante es hacer una consulta con un fonoaudiólogo especializado ni bien aparece el síntoma, porque la tartamudez puede remitir con una intervención adecuada y trabajo familiar”, afirmó.
Al referirse a las etapas posteriores, mencionó que en niños mayores o adultos el acompañamiento sigue siendo esencial, aunque los avances suelen requerir más tiempo. En todos los casos, insistió en que la familia debe aprender a escuchar sin interrumpir y respetar los tiempos de cada persona.
“La familia tiene que aprender muchas cosas: darle tiempo a hablar, no completarle las frases ni interrumpirlo. Con un entorno contenedor, la comunicación mejora y los miedos disminuyen”, concluyó.