2022-10-09

Falleció la gran Elisabeth Checa, la poeta del vino

Periodista, estudiosa y crítica del vino, en sus 40 años de carrera hizo de esta bebida nacional un tema de conversación y lo llevó de la órbita de los expertos a las mesas de amigos. “Los argentinos somos de vino”, decía

Ayer se conoció la triste noticia del fallecimiento de Elisabeth Checa, la periodista y enóloga que cautivó a todos desde una experiencia cercana: volvió al vino un tema de conversación fraterna en mesas y reuniones y rompió con el mito de que saber sobre el prodigioso producto de las vides era sólo cosa de hombres.

Checa era la argentina que más sabía de vinos, la experta que, cuando daba una charla en una feria, la gente hacía cola para pedirle autógrafos. Ella era quien, luego de sus míticas catas en el Club del Buen Beber, animó a muchos a ingresar en un mundo que antes era solo de especialistas y sólo de hombres -claro-, incluso alentó a crear sus propias botellas. Inteligente, viajera y de espíritu vivaz, captaba la atención de todos.

Para conocer más de su historia, transcribimos una de sus últimas entrevistas en agosto de este año, por Sabrina Cuculiansky para La Nación.

La primera y única mujer crítica de vinos de la Argentina, comenzó hace 40 años en la actividad Para Checa, el vino que le gusta es aquel que puede contarle un viaje. Viajar y escribir son sus otras dos pasiones.

Escribís de vinos, estudiaste Filosofía y viajaste por el mundo.
Estudiaba Filosofía en la calle Viamonte y trabajaba en un juzgado de menores en Tribunales, pero siempre me gustó la literatura. Íbamos a unos bolichones del Bajo donde se tomaba vinos tinto. Ni idea qué era. Después, empecé a entender de vinos en los bohemios viajes que hacía con mi marido Bengt Oldenburg, el famoso crítico de arte sueco, que es el padre de mis hijos, Federico y Ernesto. Viajé por el mundo, viví en Francia, un año en la India. Alemania, las Canarias y hasta en Finlandia cuando nadie de acá lo conocía. También, viví en Argelia y estuve exiliada en Perú, de donde es mi padre. En los viajes empezamos a descubrir las particularidades de cada vino o las regiones, pero todavía no trabajaba de esto. Y también conocí a muchos escritores, filósofos e intelectuales famosos. Por eso, a Brascó no lo conocí por la gastronomía, sino que éramos parte de un grupo de poetas intelectuales. En Cuisine había inventado, la sección Menú Literario, que después continuó Rodrigo Fresán cuando pasó por la revista. Eran textos de literatura asociados con la gastronomía.

¿Tuviste que ser hombre para que se te escuchara? Fuiste la mujer del vino, pero con un alias masculino
Era una época en que el vino era solo un tema de hombres, había mucho machismo. Entonces, mientras aún escribía de productos en Cuisine, con unos abogados conocidos compramos un espacio en Ámbito Financiero y empecé a escribir sobre vinos. La página se llamaba Hominis, que significa para los hombres, en latín. Empezó a funcionar muy bien y la firmaba con seudónimo; yo era Manuel Lasalle. Le puse ese nombre por mi padre, Manuel Checa, y el apellido de mi bisabuelo. El gran revuelo se armó cuando Manuel Lasalle empezó a escribir una columna de vinos en La Nación al mismo tiempo que se empezaba a conocer mi nombre, porque ya firmaba en otro lugares. Un día, los Orfila me invitaron a una cena y en el plato de al lado, veo una tarjetita que dice Manuel Lasalle. No lo podía creer. Ellos decían “te sentamos al lado de Manuel Lasalle, que es un tipo increíble”, y después, cuando nunca llegaba, decían: “Qué raro, me dijo que iba a venir”. Cuando iba a visitar una bodega de parte de Miguel Brascó, se morían por atenderme; y en alguna me decían: “Sabés que ayer estuvo Manuel Lasalle y le encantaron los vinos”. Y cuando llamaban a La Nación para hablar con Lasalle, Alicia de Arteaga, la editora, los atendía y les decía que él no estaba, porque vivía lejos, que estaba en el campo leyendo, escribiendo, y que tenía su propia cava. Era genial. Duró hasta que un día mi amigo Alberto Arizu, dueño de Luigi Bosca, me deschavó.

¿El vino era un tema de conversación en la mesa de un restaurante?
No, solo lo probabas y comentabas algo o comentabas algún viaje, pero con mis amigos después hablábamos de otra cosa. Cuando se hacía una degustación profesional, claro que se hablaba de eso, pero en cualquier comida no, cuando empecé se hablaba de política, de literatura, de pilchas, pero no de vino.

¿Cómo era el mundo del vino cuando empezaste?
Soy una testigo privilegiada, porque asistí al crecimiento del vino en la Argentina, siempre fuimos vineros, toda la vida. En el contexto del vino mundial, se nos llamaba el nuevo mundo, pero tenemos quinientos años de hacer vino. Los argentinos somos de vino, tenemos una cultura histórica y popular con el vino, no como los chilenos, que producen, pero exportan casi todo. Ahí los que toman vinos son los paquetes. Desde que empecé hasta ahora pasaron muchos años y muchas cosas. El vino cambió y hoy conviven varios estilos, varios terruños. Se hacen vinos en las zonas más extremas, al norte y al sur del país. Vinos en la altura máxima y a orillas del mar. Hoy, hay todo tipo de productores, bodegas tradicionales, grandes, medianas, pequeñas. Hay unos vinos fantásticos y muchísimos, que casi es inabarcable. Fue un gran trabajo elegirlos para la guía.

¿Hay un estilo Checa para comunicar el vino?
Soy periodista de vinos, pre sommelier, porque cuando empecé a escribir sobre vinos no existían los sommeliers en el país. Con Brascó, cuando aparecieron los sommeliers, decíamos que había mucho macaneo glorioso. Hoy pienso que hay algunos que son buenísimos y otros que son guitarreo puro. Es muy difícil describir aromas en un texto sin poner obviedades. Yo no te voy a hablar de aromas ni de los descriptores y nunca agrego adjetivos incomprensibles, es muy aburrido. El vino es un misterio de seis mil años, así que no hay por qué esnobiar a la gente con palabras que no entiende. Cuando algún sommelier describe de una manera que la gente no entiende, le hace mal al vino. Yo trato de comunicar el vino del modo más atractivo posible; nunca les doy puntaje y trato de hablar lo menos técnico posible, no meter palabras como terpénico porque la gente se asusta. Sí uso metáforas que no usan los sommeliers, porque además estudié Filosofía, soy escritora y tengo otra mirada sobre el vino. No me parece ni mejor ni peor, es otra manera de comunicar. Tengo una mirada más existencial, poética, menos técnica. Además, como siempre escribí poesía, en la guía de este año hay varios poemas dedicados a las variedades de uvas y al vino.

¿Qué es lo que más te gusta del vino?
Beberlo, por supuesto, explorarlo, conocer su historia, su lugar, su hacedor, eso es muy interesante. Me gusta escribir sobre el vino, dar catas, recorrer bodegas, lugares y viajar por y con el vino. Cuando comencé, me encantaba ver todas las tareas que se requieren para hacer el vino. Como cuando fui a un seminario de poda en Nieto Senetiner y entendí cómo con la poda se diseña un vino. Porque el vino lo hace el terruño, por supuesto, la tierra; el vino nace en la vid. Y hoy, con las investigaciones, poder conocer los tipos de suelos que les dan ciertos atributos a las uvas, y entender cómo en doscientos metros de distancia puede cambiar absolutamente todo. En cada hilera de viñedos hay características diferentes, a las que se les da un tratamiento distinto.

Estás decidida a que nunca vas a poner puntajes a los vinos...
Es porque el vino es más existencial que esencial. Por supuesto que la calidad incide, pero no es tan objetivo. Cuando cato, me imagino cómo sería ese vino si en lugar de catarlo, lo bebo. De eso no hay duda: es mucho más divertido beber que catar.

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