2019-04-22

Cervantes argelado

Argel, esa palabra que para los misioneros da cuenta de un estado de ánimo, no estaría quizás muy lejos de la forma en que se sintió Miguel de Cervantes al perder el preciado don de la libertad para recalar en una prisión de la ciudad homónima al estado de ánimo.
La historia previa al Cervantes como hombre de letras nos ubica en el 26 de septiembre de 1575. Tres días antes de su cumpleaños número 28, el célebre escritor -que todavía no era ni escritor ni célebre- viajaba de Nápoles a España junto a su hermano Rodrigo, en lo que hubiera sido la ansiada vuelta a su patria después de su importante carrera militar. Pero el destino tenía reservada otra cosa.
Durante la travesía, la galera Sol en la que los hermanos surcaban el Mediterráneo fue asaltada por un grupo de corsarios frente a las costas catalanas. Entre las pertenencias de Cervantes, los captores encontraron las cartas de recomendación que llevaba de parte de don Juan de Austria y del duque de Sessa, por lo que pensaron que se trataba de una persona muy importante y por quien podrían conseguir un buen rescate.
“Cuando llegué cautivo y vi esta tierra tan nombrada en el mundo, que en su seno tantos piratas cubre, acoge y cierra, no pude al llanto detener el freno”, escribió en su arribo a Argel.
Han pasado cuatro siglos desde aquel fatídico día en que la vida de Miguel de Cervantes Saavedra cambió para siempre; desde una fecha tan trágica para aquel desconocido soldado con la mano izquierda tullida en la batalla de Lepanto, en 1571, a ser una pluma trascendental para la historia de la literatura. Su destino estaba escrito.
El manco de Lepanto desembarcó preso en Argel con 28 años y fue liberado cinco años después, en 1580. En ese período, Miguel de Cervantes intentó fugarse hasta en cuatro ocasiones de una ciudad que ya era el mayor nido de piratas en el Mediterráneo, con más de 25.000 cristianos presos. Se tienen detalles de su cautiverio gracias a la información oficial y a ‘Topografía e historia general de Argel’, libro de 1612 de Antonio de Sosa, compañero de cautiverio. Tales notas se complementan con las comedias cervantinas ‘Los tratos de Argel’ y ‘Los baños de Argel’ y el relato conocido como ‘Historia del cautivo’, inserto en la primera parte del Quijote.
Luego de un primer intento frustrado, la madre de Cervantes había conseguido reunir un poco de dinero con la esperanza de poder rescatar a sus dos hijos. En 1577 se llegó a un trato, pero la cantidad no era suficiente para rescatar a ambos. Entonces Miguel prefirió que fuera puesto en libertad su hermano Rodrigo, quien regresó a España.
Fue así que, en su segundo intento, ese mismo año, acordó con su hermano que una fragata lo viniera a buscar. Miguel esperaría el barco junto a otros cautivos en una gruta situada en las afueras de Argel desde donde se divisaba el mar. Allí se reunió con otros presos en una cueva oculta, en espera de una galera española que vendría a recogerlos.
La embarcación, efectivamente, llegó e intentó acercarse dos veces a la playa, pero finalmente fue apresada. Los cristianos escondidos en la cueva también fueron descubiertos, debido a la delación de un cómplice traidor. No obstante, Cervantes asumió toda la culpa y fue encerrado por cinco meses en soledad.
Esa cueva persiste hasta hoy y se ha transformado en un hito turístico. Allí hay colocada una placa con un parágrafo de la ‘Historia del cautivo’, el cual retrata la riqueza lingüística de aquel Argel: “Me dijo en lengua que en toda la Berbería y aun en Constantinopla, se habla entre cautivos y moros, que ni es morisca, ni castellana, ni de otra nación alguna, sino una mezcla de todas las lenguas, en la cual todos nos entendíamos”.
El tercer intento lo ideó Cervantes con la finalidad de llegar por tierra hasta Orán. Envió allí a un moro que le era fiel con unas cartas para Martín de Córdoba, general español de ese lugar, explicándole el plan y pidiéndole guías. Sin embargo, el mensajero fue preso y las cartas descubiertas.
El último ensayo escapatorio se produjo gracias a una importante suma de dinero que le entregó un mercader valenciano que estaba de paso por Argel. Con ello, Cervantes adquirió una fragata capaz de transportar a 60 cautivos cristianos.
Cuando todo estaba a punto de solucionarse, uno de los que debían ser liberados, el ex dominico Juan Blanco de Paz, reveló todo el plan. Dice la crónica que, como recompensa, el traidor recibió un escudo y una jarra de manteca. Se trasladó a Cervantes a una prisión más segura y después se decidió llevarlo a Constantinopla, donde la fuga resultaría imposible. De nuevo, Cervantes asumió toda la responsabilidad, en un gesto de honor quijotesco, por lo sincero y hasta risueño en algún aspecto.
En mayo de 1580, llegaron a Argel los frailes Antonio de la Bella y Juan Gil, padres trinitarios que se ocupaban de tratar de liberar cautivos, incluso hasta se cambiaban por ellos. Fray Antonio partió con una expedición de rescatados, mientras que Juan Gil, que únicamente disponía de 300 escudos, trató de salvar a Cervantes, por el cual se exigían 500.
El fraile se ocupó de recolectar entre los mercaderes cristianos la cantidad que faltaba. La reunió cuando Cervantes estaba ya en una de las galeras en que zarparía rumbo a Constantinopla, atado con “dos cadenas y un grillo”. Gracias a los 500 escudos tan arduamente reunidos, fue liberado el 19 de septiembre de 1580, a poco más de una semana de cumplir sus 33 años. El 24 de octubre finalmente regresó a España con otros cautivos también liberados. Llegó a Denia, desde donde se trasladó a Valencia y hacia fines de ese año regresó con su familia a Madrid.
Luego de su vuelta, Miguel de Cervantes Saavedra toma la pluma para volcar al papel en forma de ficción literaria todo aquello que había vivido. Su trascendencia como escritor llegaría en su etapa de madurez, así como a Alonso Quijano (o Quejano o Quesada) se le enciende el espíritu soñador caballeresco ya de viejo. A partir de 1585 verían la luz ‘La Galatea’, ‘Novelas ejemplares’, de 1613, y ‘Los trabajos de Persiles y Sigismunda’, en 1617, entre otras obras perdidas o atribuidas.
En el prólogo de ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’, de 1605, Cervantes dice: “¿Qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados por otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel?”, por lo que muchos estudiosos aseguran que el famoso libro fue ideado por Cervantes en su cautiverio. La segunda parte saldría a la calle en 1615 y la obra entera representaría un legado incuestionable en el mundo de la literatura.
Cervantes, el caballero de la triste figura, falleció el 22 de abril del año siguiente en Madrid. Tenía 68 años y probablemente ya no estuviera argelado.