2017-09-13

El cura-huesos

Cuando se agotan las reservas de las ventosas, ungüentos y barritas de azufre, y aún persisten la tortícolis y el dolor de espalda, sepa, lector alelado, que aún le queda una carta por jugar. Un as en la manga, creer o reventar. Si bien las manos regordetas y marrones del masajista laosiano no son las largas y anémicas manos de un pianista, hay que decirlo, que como estas, se mueven afinadamente por las vértebras del espinazo y las paletas, con la misma soltura con que Beethoven borroneaba la Novena en las teclas de su piano. (Manos de cura-huesos, especies de arañas no catalogadas por Plinio el Viejo ni Linneo, censistas de todas las criaturas). Las yemas de sus dedos, de innata sensibilidad táctil, tienen el don de interpretar, casi intuitivamente, lo que van rozando; "leen" las coyunturas como si tuvieran ojos de mosca y cámaras de rayos X.
Y mientras recorre el hueserío oculto bajo el cuero, el cura-hueso rastrea, serio y concentrado, el oculto desacomodo de caracúes, el fatal pinzamiento lumbar, el nudo secreto o el golpe de aire resistente a la cataplasma.
Cuando los descubre, lo delata la sonrisa subida a sus ojos rasgados. (Quizá, me cuestionen, sus palmas que son ásperas por lo curtidas de sanaciones, no sean palmas de reiki…). Su masaje se vuelve escalonado: si el dolor se siente en A, él empezará por C, subirá a B, hasta llegar hasta A. Esto implica puntuales presiones de cortafrío en el flanco del costillar, mezcla de cosquilla y tortura punzante, después en la clavícula, y por último en la nuca, que en un bamboleo final como de tumbos, sonará, aparejando el alivio de la víctima occidental. El venturoso ¡crack! de las cervicales, cuando se libera el torniquete que nos aquejaba, suena a nuestros oídos como si proviniera del Steinway de Baremboim.
El humilde templo oriental de Tun se ubica en Zapiola y Martín Fierro (aunque él bautice, descoyunturándolo, "Martín Fielo" a nuestro gaucho).