2017-09-13
El cura-huesos
Y mientras recorre el hueserío oculto bajo el cuero, el cura-hueso rastrea, serio y concentrado, el oculto desacomodo de caracúes, el fatal pinzamiento lumbar, el nudo secreto o el golpe de aire resistente a la cataplasma.
Cuando los descubre, lo delata la sonrisa subida a sus ojos rasgados. (Quizá, me cuestionen, sus palmas que son ásperas por lo curtidas de sanaciones, no sean palmas de reiki…). Su masaje se vuelve escalonado: si el dolor se siente en A, él empezará por C, subirá a B, hasta llegar hasta A. Esto implica puntuales presiones de cortafrío en el flanco del costillar, mezcla de cosquilla y tortura punzante, después en la clavícula, y por último en la nuca, que en un bamboleo final como de tumbos, sonará, aparejando el alivio de la víctima occidental. El venturoso ¡crack! de las cervicales, cuando se libera el torniquete que nos aquejaba, suena a nuestros oídos como si proviniera del Steinway de Baremboim.
El humilde templo oriental de Tun se ubica en Zapiola y Martín Fierro (aunque él bautice, descoyunturándolo, "Martín Fielo" a nuestro gaucho).