2016-07-17

El Arlequín

Emilio Pettoruti abandona Europa en 1924: había compartido por más de 10 años las experiencias renovadoras del grupo futurista italiano en Florencia. Expone en Berlín y en París. Cuando regresa a Buenos Aires encuentra un gran desarrollo económico e industrial, pero lánguidas manifestaciones artísticas. Sólo aligeran esta situación los protagonistas del martinfierrismo (Borges y compañía) y un puñado de poetas y pintores. Pettoruti presenta una muestra en la Galería Witcomb y genera un revuelo histórico, mueve el avispero. De allí en más se vuelca a la experiencia cubista: renueva, junto con un reducido grupo de artistas el sentido del arte, e incorpora definitivamente el espíritu de la vanguardia plástica argentina desde su producción artística. El Arlequín es un trabajo ejemplar, reúne todos los arquetipos plásticos y simbólicos desarrollados por Pettoruti. Aparece en el cubismo en franca alusión a la Commedia dell Arte italiana (Pierrot, Colombina, Brighela, Arlequín). El acordeón alude no sólo a la musicalidad del personaje sino también al movimiento virtual que realiza mientras lo toca. La figura, estática y central, está plantada ante un fondo urbano reforzado por severas arquitecturas que recuerdan las construcciones de Giorgio De Chirico. El sombrero (bicornio), el antifaz, el acordeón, las manos y los puños alternan rítmicamente en claridades y oscuridades, una luz potente ilumina desde la derecha la obra y pone en penumbras el lado opuesto. Así, otorga vitalidad y dinamismo a la figura.
La gama cromática es de tintas ocres y verdes dominantes. Arlequín no es una pintura más, se trata de una unidad profunda de trabajo, construcción, ensamblado de planos, luces y colores, que subraya los contrastes vibrantes.
Es de 1928, mide 114 x70 (cm) y se exhibe en el Museo Nacional de Bellas Artes.