2014-09-22

Mucho más que El Principito

sA mediados de 1944, en plena guerra, el piloto francés Antoine de Saint Exupery alza vuelo una vez más para cumplir una misión de reconocimiento en su Lightning P38, y al poco rato se pierde todo contacto con el avión. Se lo supone extraviado en un nuevo desperfecto aventuresco no fatal que pudiera inspirarle nuevos relatos, como las noches patagónicas le inspiraron Vuelo nocturno (1931) o el percance en el Sahara que fue la base de El Principito (1943). Pero el silencio de radio se alarga y finalmente se lo da por desaparecido en el mar, cerca de Córcega. Medio siglo después, un veterano de la Segunda Guerra, piloto de un caza alemán, confiesa haberlo abatido, y al tiempo un pescador alzó en su red en cercanías de las nefastas coordenadas la pulsera grabada con su nombre.
A 70 años del "último vuelo", Antoine de Saint Exupery fue homenajeado en el mundo entero, que lo conoce por ser esencialmente el autor de El Principito. Pero en 1939 había escrito Tierra de hombres, del que se transcriben fragmentos, cuya sustancia nada debe envidiarle a la famosa novela.

En el desierto
(Antoine se ha quedado varado en medio del desierto de Libia, ninguno tan seco y caluroso, y tan lejos están de toda tierra habitada. Caminan hasta que un par de días después un beduino los encuentra desfallecientes y le ofrece su agua. Las palabras que Saint Exupery le dedica a este salvador son una declaración de humanismo existencialista).
"En cuanto a ti que nos salvas, beduino de Libia, te borrarás, sin embargo, para siempre de mi memoria. No me acordaré nunca de tu rostro. Tú eres el Hombre y te me apareces con la cara de todos los hombres a la vez. Nunca fijaste la mirada para examinarnos, y nos has reconocido. Eres el hermano bien amado. Y, a mi vez, yo te reconoceré en todos los hombres. Te me apareces bañado de nobleza y benevolencia, gran señor que tienes el poder de dar de beber. Todos mis amigos, todos mis enemigos, en ti marchan hacia mí, y no tengo ya un solo enemigo en el mundo".

En el tren
(Antoine viaja en un tren repleto de obreros polacos deportados de Francia)
"Me senté frente a una pareja. Entre el hombre y la mujer, el niño bien o mal había hecho un hueco y dormía. Pero se dio vuelta en sueños y su cara se mostró bajo la lamparilla. ¡Ah, qué niño adorable! Había nacido de esa pareja una especie de fruto dorado. Había nacido de esa tosca manada este logro de encanto y de gracia. Me incliné sobre esta frente lisa, sobre este dulce ademán de los labios y me dije: he aquí un rostro de músico, he aquí a Mozart niño, he aquí una hermosa promesa de vida. Los principitos de leyenda no eran diferentes a él: protegido, rodeado, cultivado. ¡Qué no llegaría a ser! Cuando por mutación nace en los jardines una nueva rosa, todos los jardineros se conmueven. Se aísla la rosa, se la cultiva, se la favorece. Pero no hay jardinero para los hombres. Mozart niño será marcado como los otros en la máquina de troquelar. Mozart hará sus más altas alegrías de la música podrida en la fetidez de los cafés cantantes. Mozart está condenado. Y regresé a mi vagón. Me decía: esa gente apenas sufre de su suerte. No es la caridad la que me atormenta. No se trata de enternecerse sobre una llaga eternamente reabierta. Los que la llevan no la sienten. Es algo como la especie humana y no el individuo lo que es herido aquí, el que es lesionado. Apenas creo en la piedad. Lo que me atormenta es el punto de vista del jardinero. Lo que me atormenta no es esta miseria en la cual, después de todo, uno se instala tan bien como en la pereza. Generaciones de orientales viven en la mugre y se complacen en ella. Lo que atormenta no lo  curan las sopas populares. Lo que me atormenta no son esos huecos, ni esos bultos, ni esa fealdad. Es, en estos hombres, un poco, Mozart asesinado".

La muerte
"Cierta vez he estado junto a tres campesinos, ante el lecho de muerte de su madre. Y en verdad que era doloroso. Por segunda vez se cortaba el cordón umbilical. Por segunda vez se deshacía el nudo: el que liga una generación con la otra. Estos tres hijos se hallaban, de pronto, solos, teniendo que aprenderlo todo, privados de una mesa familiar donde reunirse los días de fiesta, privados del polo donde se encontraban todos. Pero descubrí, también, en esa ruptura, que la vida puede ser dada por segunda vez. Esos hijos, también ellos, a su vez, se harían cabezas de fila, puntos de reunión y patriarcas, hasta el momento en que les llegase el turno de transmitir el mando a la camada de pequeños que jugaban en el patio. Miraba a la madre, a esa vieja campesina de apacible y duro rostro, de labios apretados, su rostro convertido en máscara de piedra. Y reconocía en ella el rostro de sus hijos. Esa máscara había servido para imprimir la de ellos. Aquel cuerpo había servido para imprimir estos cuerpos, estos hermosos ejemplares de hombres. Ella reposaba rota, pero como una ganga de la que se ha sacado el fruto. A su vez, hijos e hijas de su carne, imprimirían pequeños hombres. No se muere en la granja.
La madre ha muerto, ¡viva la madre! Dolorosa, sí, pero tan simple esta imagen del linaje, abandonando uno tras otro, sobre su camino, los hermosos despojos de cabellos blancos, marchando hacia vaya a saber uno qué verdad, a través de su metamorfosis. Por ello, esa misma noche, la campana de los muertos de la aldea me pareció cargada, no de desesperación, sino de una alegría discreta y tierna. Ella que celebraba con la misma voz los entierros y los bautismos, anunciaba una vez más el paso de una generación a otra. Y solo se experimentaba una gran paz al oír cantar los esponsales de una pobre vieja con la tierra. Lo que se transmitía así, de generación en generación, con el lento progreso de un crecimiento de árbol, era la vida, pero era también la conciencia. ¡Qué misteriosa ascensión! De una lava en fusión, de una pasta de estrella, de una célula viva germinada por milagro hemos brotado, y, poco a poco, nos hemos elevado hasta escribir cantatas y pesar vías lácteas.
La madre no había transmitido solo la vida: ella había enseñado un lenguaje. Había confiado a sus hijos el caudal tan lentamente acumulado en el curso de los siglos, el patrimonio espiritual que ella misma había recibido en depósito, ese pequeño lote de tradiciones, de conceptos y de mitos que constituye toda la diferencia que separa a Newton o Shakespeare del bruto de la cavernas. Lo que sentimos cuando tenemos hambre, esa hambre que impulsaba a los soldados de España bajo los disparos hacia la lección de botánica, que impulsó a Mermoz hacia el Atlántico Sur, que impulsaba a alguien hacia su poema, es que el Génesis no está acabado y que necesitamos alcanzar conciencia de nosotros mismos y del universo. Tenemos que tender pasarelas en la noche. Esto lo ignoran sólo aquellos que forman su sabiduría en una indiferencia que creen egoísta. ¡Pero todo desmiente a esa sabiduría! Camaradas, camaradas míos, yo os tomo por testigos: ¿Cuándo nos hemos sentido felices?".

Por Javier Arguindegui