2014-04-03

“Nosotros levantamos el avispero”

Fue vocalista y guitarrista de Los Rocky Boys, banda que dio recitales y animó bailes a fines de la década del 50. Tocaban sin bajo y tenían unos parlantes tipo bocina como sonido. El sábado volverá a cantar en el Celebrarock
“Yo tengo mis 70 años pero tengo 15 adentro. Vivo emocionado”, confiesa. Oscar Morales hace ademanes marcados para retratar esas emociones que todavía siente al recordar cómo atravesó su tiempo siendo el cantante de, quizás, la primera banda de rock posadeña.
Dentro de Morales está aquel joven que cantaba Zapatos de gamuza azul, El rock de la cárcel, Presumida y tantas otras canciones que estaban de moda en la época, cuando Elvis Presley conquistaba el mundo.
Morales tenía 15 años cuando cantaba y tocaba la guitarra para Los Rocky Boys, un cuarteto que únicamente hacía rock. Eran tiemos de Panchito y su Montecarlo. Pero su repertorio era más bien bailable, con alguna que otra canción rockera, aunque con festivaleros arreglos de vientos.
Un recital de Los Rocky Boys era un espectáculo de puro rock, con músicos que dejaban paroxismo sobre el escenario. “Fue la movida de la locura”, define Morales. “Nosotros levantamos el avispero”, afirma.
La mirada de Morales brilla tras un par de anteojos sin montura. Su ánimo es inquieto y es notable a través de sus acciones. Es indudablemente motivo de tanta jovialidad, a pesar de las siete décadas que lleva de vida.
Una pulsera con cuentas de madera es el único accesorio que contrasta con su edad, más allá de que usa jean holgado y anteojos modernos.
Morales movía la pelvis en su época y se tiraba de rodillas, tocando la guitarra de manera pasional.
Más de cinco décadas después, toma la guitarra criolla y canta para su entrevistador.
Entonces repite aquel acto y deja fotografiarse, abrazado al instrumento de seis cuerdas. Ese muchacho adolescente, que lleva Morales en el alma, se rebela contra el mundo. “Me pongo eufórico cuando me hacen hablar”, anuncia.
El sábado a las 22, Morales será uno de los homenajeados en el Celebrarock, ceremonia que se realizará en el Centro del Conocimiento. Se presentará junto a otras glorias del rock autóctono, como Polo Peralta, Gary Anadón, y Pomelo Mottola.
Este hombre, que vive en Villa Cabello y creció cerca de la Bajada Vieja, nunca fue distinguido ni recordado como parte elemental de la historia de la música. Hasta que una investigación de Marcelo Luketti, para la muestra Argentina 200 años logró dar con él. Previamente, a Morales, pocos lo reconocían. Salvo en la memoria de los amigos y a veces en la cola, para cobrar su jubilación. “Vos eras de Los Rocky Boys”, le han dicho.
Morales camina raudo hasta los muebles de su hogar. Muestra un cuadro que está pintando, inspirado en Profundidad y Dos Hermanas. De un álbum extrae una serie de fotografías, en blanco y negro.
Son de 1956. Se lo ve con su guitarra a cuestas, junto a sus compañeros de Los Rocky Boys: Pedro Andrade (guitarra), Chito Bulotta (piano), Miguel Sugasto y Morales (segunda guitarra), “el que gritaba”, afirma.
 “No teníamos bajo eléctrico. Nos invitaron un 21 de septiembre al Teatro Español. Vinieron de Buenos Aires, Entre Ríos, Corrientes, Santiago del Estero. Y nos miraban a nosotros, con un piano grandísimo que teníamos. Necesitaban cuatro o cinco personas para moverlo. Los que estaban ahí pensaban ‘esos de corbatita, ¿qué será que van a hacer?’”.
De esa manera debutaron los Rocky Boys. Meneando el cuerpo, afirmando las notas salvajes de un nuevo sonido que ponía locos a los jóvenes. Era un tiempo donde además se bailaba con distinto frenesí.
“Había concursos de baile y se tiraban hacia arriba”, cuenta Morales, como para graficar cómo hacían los hombres con sus parejas femeninas. “Quería mirar pero uno tenía que estar concentrado”. Décadas después, Morales puede observar sin condiciones todo lo que ha sucedido en más de medio siglo. “Me sorprende el instrumento que hay. Lo que es el movimiento de tecnología”, reflexiona. “¡Los equipos que hay ahora!”, aclama el cantante de Rocky Boys. “Antes, los que teníamos nosotros. Mirá. acá está”, apunta Morales y de entre la decena de fotos muestra una, donde Rocky Boys toca en el club Mitre.
El parlante de la época, donde estaban conectadas ambas guitarras, era del tipo bocina, el mismo que hasta hoy usan camionetas que venden frutas y verduras por los barrios.
“El Club Mitre, Villa Urquiza, el club Sarmiento, el Teatro Español e infinidades de casas, caserones, el Club Social, en el Progreso, que estaba arriba LT4. Donde nadie entraba. Solo la ‘crema’. Había que tener su posición”, evoca Morales, para nombrar lugares donde tocaba con su “conjunto de rock”, el que también tenía su estética particular.  “Vestíamos chaqueta colorada, pantalón oscuro, el moñito de los mexicanos, que es una tirita. No es corbata, que también usaba Elvis. No es copiar. Les dijimos a la modista que nos hiciera así”.
La vida rocker para Morales culminó cuando dio el sí en el altar. Tenía solo 19 años. “Yo viví muy rápido”, resigna Morales. Se casó un 14 de febrero, cuando nadie celebraba el Día de San Valentín. Este año cumplió 50 años de matrimonio. “Estoy muy feliz. Tengo una chica y dos varones. Me dieron un montón de nietos”.
Curiosamente, Morales conquistó primero el corazón de quien sería su suegro, a través de las canciones. “Betancour era un uruguayo. Son famosos los Betancour acá en Posadas y Corrientes. ‘Llamale al muchachito’, decía. Le gustaba la guitarra a mi suegro. Yo tenía muchos temas. Boleros, chamamés sigo con un rock, polquitas paraguayas. Cuando toco la guitarra me transformo. Tocaba todo junto. Una batería me sale. Raro que toque una canción y deje. Gracias a eso tuve muchas fiestas”.
En dos años, los Rocky Boys cumplirán seis décadas de su fundación. Para entonces, Morales tendrá 72 años y es muy probable que posea el brío que hoy ostenta, el que lució en escenarios posadeños y todavía evoca tanto en asados como en encuentros con amigos.
Muy pocas veces fue a otros conciertos de rock, admite Morales. “Me quedo mal, porque quiero subir”, lamenta el cantante de Rocky Boys.
Su revancha será el sábado, para el Celebrarock. Por estos días está ensayando su repertorio. El que volverá a intepretar. Quizás se contonee como las grandes estrellas y puede que renazca el arrebato que sentía tras su piel por entonces. En su alma, el joven de 15 años, permanece fresco, listo para volver a rockear.


Como testigo de un atentado aéreo
Oscar Morales fue chofer de la Dirección Provincial de Aeronática. Fue el tercero en arribar al lugar donde se había estrellado el avión que trasladaba al gobernador Juan Manuel Irrazábal y al vicegobernador César Napoleón Ayrault, el 30 de noviembre de 1973. Para Morales no quedan dudas que se trató de un atentado. Aunque no sabe si fue la Triple A, como se ha estimado según investigaciones. Su teoría de conspiración se basa en la experiencia que tenía Jorge Antonio Pirovani, el piloto del avión. “Viajé varias veces con él. Era el único que tenía muchas más horas de vuelo que todos los pilotos. Con el único que yo no sentía cuando bajábamos a Aeroparque. Los otros daban unos toquecitos” sobre la pista, hasta que finalmente aterrizaban. Según Morales se enteró ese día, el avión que pedía pista en Puerto Iguazú, descendió misteriosamente 26 metros más de los que debía. Según las pruebas, las últimas palabras de Pirovani fueron “¡tengo fuego en la cabina!”. Morales hace memoria de lo que le tocó ver ese día. “Lo que yo ví era de terror”. Junto a los demás testigos observó los cadáveres de los tripulantes y pasajeros. “El vicegobernador estaba con el cinturón. Irrazábal estaba arriba de un tronco. Un motor estaba a tres cuadras. Lo vivo como si fuera ayer”, afirma Morales.

Por Ricardo Vera