2013-03-03

La aventura al paso de tres hileras

Pinocho Silva tocó con Isaco Abitbol, Ernesto Montiel y Raúl Barboza padre. Compartió tragos con Leo Dan y viajó en tren con Julio Sosa. Cuando vivió en Buenos Aires fue carnicero de día y acordeonista de noche.
En pocos meses, Pinocho Silva cumplirá 80 años.Algunos pensaban que no tocaba más el acordeón. Porque en un accidente doméstico perdió una falange del dedo mayor de su mano derecha.
Ocurrió en agosto pasado y su dedo todavía está un poco hinchado, según se observa. Aún así puede tocar los botones de su acordeón, marca italiana y de tres hileras.
“Nunca me gustaron los acordeones a piano”, arguye al colgarse su acordeón. Así invoca el renacimiento de valses, tangos y chamamés.
Sus fuelles respiran Campamento la salada y La última copa, algunas de las canciones que interpretaba en Buenos Aires, donde acompañó con su acordeón a músicos como Isaco Abitbol, los Hermanos Sena, Ernesto Montiel y Raúl Barboza padre.
“Los conocí a ellos de muy joven”, recuerda Pinocho, dueño de una sonrisa bien contorneada y que habla con tono amigable.
Los rayos del sol calientan a a las cinco de la tarde cuando son los últimos días de febrero. El barrio San Lucas tiene calles de tierra. Allí se pregunta por Pinocho Silva y todos lo conocen. Vive a cinco manzanas del Club de Cazadores.
En el frente de su casa, se encuentra el desarmadero de coches. Unos metros más lejos está su casa. El patio del acordeonista está colmado de flores y plantas bien cuidadas.
Una ermita de la Virgen de Itatí se yergue a pocos metros de su casa construida en madera. El recinto de la Virgen tiene tres décadas, el mismo tiempo en el que Pinocho reside en el barrio.
Pinocho atiende descamisado, en pantalones cortos y lentes de sol. Abre el portón y se introduce en su casa. Regresa vestido con camisa y pantalón de vestir. Su esposa, veinte años menor que él, trae unos mates.
A media cuadra de la capilla San Lucas se encuentra el desarmadero de Pinocho Silva.
 En medio de la entrevista llegan clientes preguntando por algunas piezas automotrices y sus costos.
El negocio no se concreta pero quedan las esperanzas latentes. Tal como como guarda sus recuerdos, sus anécdotas.
En pocos meses cumplirá ocho décadas de vida. Pero su memoria está fresca. 
Pinocho sonríe y recuerda sus historias con picardía: cuando tomaba el mismo tren que el tanguero Julio Sosa camino al laburo; las horas en las que degustaba vino tinto con Leo Dan; cuando él y los demás músicos eran ignorados por Palito Ortega, porque “era un engrupido”, sentencia.
Es que Pinocho vivió quince años en Buenos Aires en una época en la que conoció de cerca los rostros famosos del arte y la farándula. En esos tiempos de musiquero en la gran ciudad, Pinocho era de día carnicero; de noche artista. Era una época dorada para la música en vivo.
Cada noche y en los espacios bailables tocaba una orquesta típica, de jazz, folclore (de la zona centro) y otra de música regional, o del Litoral. Pinocho tocaba polca, chamamé, rasguido doble o valseado. “Iba de traje y corbatita”, recuerda.
Pinocho tocó el acordeón en bailes que se hacían en espacios bailables, como La Enramada, que cerró en 1955, cuando derrocaron a Juan Domingo Perón, “porque era como un quilombo, viste”, apunta el acordeonista.
Pinocho también se rodeó de ilustres de la época cuando tocó en la célebre confitería Olmos, frente a Plaza Once de Capital Federal. Allí y por 80 pesos (valor de la época) hacía un espectáculo de malabarista: tocaba el instrumento sosteniéndolo en la espalda, luego entre las piernas.
“Hacía tres piezas y una exhibición”, define Pinocho. En la confitería Olmos “bailaban malambo, milonga. Venía Tita Merello. Así conocí a Hugo del Carril. Conocí a muchísimos”, afirma Pinocho.
En la confitería Olmos “ estaban Chúcaro Ayala, Norma Viola. Eran mis amigos. Yo dormía en la casa de ellos. Era su carnicero. Como era joven y hubo esos tiempos que en la carnicería uno anda mal, trabaja mal, me iba a dormir a la casa de ellos. Me querían demasiado, como yo era solo. Me decían ‘qué vas a ir a tu casa, quedate’. El Chucaro le daba con todo. Ahí la conocí también a Azucena Maizani, la Nieta Gaucha. Ella me quería muchísimo”.
El acordonista del barrio San Lucas regresó a Posadas en 1967, luego de abrir una pista “de morondanga” en Burzaco, define Pinocho. 

“Mentiroso no”
Pinocho se llama Luis Rey. Recibió su apodo cuando era niño. “Por mentiroso no. Era honesto”, advierte.
Pero el Pinocho acordeonista como el personaje literario de Carlos Collodi tuvieron padres carpinteros. Ramón Silva se llamaba el padre de Pinocho y además de su oficio de carpintero afinaba acordeones y también era intérprete. Con él, Pinocho escuchó las primeras melodías del fuelle.
“Tocaba polcas paraguayas, fox trot, paso doble, milonga, corrido. Eran típicos. Mi viejo tocaba una tres hileras que se hizo él. Ricardo Ojeda fue discípulo de mi viejo. Mi padre le enseñó a afinar”, cuenta Pinocho. Ojeda que “es un maestro, un orgullo nuestro”.
Ramón Silva nunca permitió que su hijo tocara chamamé. Por eso aprendió a las escondidas, a los doce años. La misma edad en la que huyó de su casa en Posadas.
“Mi papá decía que el chamamé era música de indios”, recordó Pinocho. “Nuestros viejos no nos dejaba, no querían. Andá a discutir con los viejos de esa época, que no podías ni levantar la vista, ¡qué miércoles!. Imaginate que yo me escapé a pie a Corrientes Capital. Me escapé de noche. Allá empecé a trabajar. Una vuelta andaba con hambre. Me largué a pie. ¿Vos sabés lo que es? Yo era más ligero que la miércoles. Lo que uno no tiene que ser es ratero. Antes había mucha honestidad. Pero no tanto. Porque comí muchas frutas ajenas. Es el hambre, qué le va hacer”.
Dos años duraron las peripecias por Corrientes para Pinocho. Aprendió a trabajar oficios del campo ganando tres pesos al mes y bebiendo leche recién ordeñada, gratis para todos los días.
Hasta que se cansó del capataz y regresó a Posadas. Sus padres habían radicado una denuncia por su desaparición. Entonces debieron pasar por las comisarías a anunciar el regreso del niño.
Pinocho había traído consigo regalos para sus padres. Dinero y tela muy fina, “un corte de vestido para mi vieja”, explicó. “Llegué con filo (dinero). Si no gastaba. ¿En qué iba a gastar allá?. De tomar no tomaba. Iba al cine”.
Porque su padre contrajo dos nupcias, Pinocho tuvo un total de veinte hermanos. “Seis que estamos vivos”, enumera. Tiene dos hijos y nueve nietos. Nació en Bompland pero desde los cinco años creció en la capital posadeña.
Solo hizo hasta el cuarto grado de la escuela primaria. El resto de su vida fueron aventuras, desde los doce años. Pinocho tiene una nariz pronunciada. Quizás por eso recibió su apodo pero lo niega.
Tiene ojos celestes y del lado izquierdo ve poco, por cataratas. Aún así se lo ve pleno de salud, sonriente, de muy buen humor. Asegura que tiene un hermano de 84 años, muy parecido a él, porque es músico.
“Toca el bandoneón, tiene desarmadero como yo. Fue zapatero, guarda de Singer también. Es idéntico. Somos como mellizos. Somos muy parecidos”, apuntó Pinocho.
Por su forma de tocar, critica a Moni Encina, quizás el chamamesero posadeño más célebre en la actualidad. Pinocho acusa que los chamameseros actuales “son todos tarragoseros. Ya te dan asco”, dispara.
Sin dudarlo, rescata la música que hace el acordeonista Chango Spasiuk. “A lo mejor no nos gusta como ejecuta los temas, los chamamés, porque hace lo que tiene digitaciones y estudia, leen música; como Raúl Barboza. Raulito Barboza es un eximio en el acordeón”. 
Pinocho Silva no será el mismo de Carlo Collodi. Pero nació entre las maderas de la carpintería de su padre. Y como la marioneta de la historia, Pinocho Silva se convirtió en un niño de piel y huesos mientras comenzaba a vivir sus aventuras.


Por Ricardo Javier Vera
sociedad@elterritorio.com.ar