2009-05-14

Padre Taekwondo

Giberto Salares es el cura de la parroquia San Luis Gonzaga de Capioví, y su cable a tierra es practicar el arte marcial con sus alumnos. Una historia que pasa entre Dios y el tatami.
No fue fácil para algunos habitantes de esta pequeña localidad, apegados a los esquemas conservadores y ortodoxos, comprender lo que de un día para el otro comenzaron a observar como una parte del estilo de vida del cura del pueblo: además de predicar la palabra de Dios, practica y enseña taekwondo, estilo ITF, una de la ramas de las artes marciales.
Este es el caso del padre Giberto Salares (44 años), un religioso de la Congregación del Verbo Divino, oriundo de las islas Filipinas y que desde hace poco más de un año trabaja como cura párroco de la parroquia San Luis Gonzaga de esta localidad.
“Cuando era chico ya sentía el llamado de ser sacerdote y se prestaba servicio como monaguillo en la parroquia María Reina”, recuerda como parte de su anecdotario personal de infancia, etapa en la que sus padres lo llevaban a misa casi todos los días.
“Así aprendí a amar y gustar a la Eucaristía, además de imitar en casa al sacerdote celebrando la misa. Agarraba unas galletitas y un vaso de jugo, luego repetía: “Cuerpo y sangre de Cristo”. Después saciaba mi apetito, ya que eso –el vaso de jugo y las galletitas-, era parte de mi merienda.
Tras terminar la secundaria, quiso entrar al seminario para realizar su sueño sacerdotal, pero hubo resistencia de sus hermanos, quienes lo convencieron de estudiar otra carrera en la Universidad San José Recoletos, ciudad de Cebu, en donde obtuvo el título de ingeniero civil.
“Fue en esta etapa de mi vida que también empecé a practicar artes marciales como deporte preferido. Llegué a cinturón negro en karate full contact”, señala desde la Casa Parroquial.  Apenas terminó su carrera de ingeniería, Giberto Salares ingresó al seminario de la Congregación del Verbo Divino para satisfacer la verdadera pasión de su vida: la vocación sacerdotal. Pero allí dejó de practicar artes marciales, al menos hasta que se ordenó sacerdote, el 13 de diciembre de 1994.
El padre Giberto nunca pensó lo que le depararía el destino que le asignaron, en relación con su amor por las artes marciales. “Mi Superior General de Roma me envió a Misiones, Argentina, adonde llegué el 10 de enero de 1996, sin saber el idioma castellano”, repasa.

Peregrino
Una vez en Misiones, el religioso filipino anduvo por varios lugares, hasta que en el 2002 fue designado por su superior provincial como Ecónomo Provincial de la Congregación y se radicó en el Colegio Roque González de Posadas como Rector de la comunidad y colaborar con el padre Juan Rajimón.
“El trabajo sedentario y estresante me obligó a buscar un pasatiempo sano. Y allí fue que no dudé en elegir al deporte como salvoconducto, como tampoco dudé en elegir mi deporte preferido, las artes marciales, como camino, sólo que esta vez comencé a practicar taekwondo ITF.
Salares agradece siempre a sus excelentes instructores que lo ayudaron “un montón” para mejorar sus técnicas en esta disciplina. Y nombra al sabum nim Delio Domínguez, Lorena Cerdan y Roque Melgarejo. Tampoco se olvida de quienes actualmente lo ayudan a seguir practicando, la sabum nim Alicia Zalezak (IV dan) y el sabum nim Carlos Méndez (VI dan). 

La enseñanza
Desde que vino a Capioví a cumplir con su misión de cura párroco, el padre Giberto acumuló mucho trabajo y múltiples compromisos como pastor, coordinador, animador de la parroquia y, a la vez, representante legal del colegio Nuestra Señora de Itatí (INSI).
Si embargo, también se hizo tiempo para enseñar con mucha pasión al taekwondo, tanto en Capioví como en Puerto Rico. En ese ámbito le dedica más tiempo a estar con los niños y jóvenes, enseñando el deporte que les fascina.
Para él, el taekwondo es un “hobby” o “pasatiempo” extra curricular, pero también implica compromiso personal con una disciplina intensa que los alumnos aprenderán en el transcurso del tiempo. Su estilo de enseñanza es único, porque él no adiestra a sus alumnos solamente en la parte física (saber patear y golpear con puños), sino también la parte espiritual, saber usar el cuerpo físico, para estar en armonía con los demás: “convivencia en la sociedad”.
Les enseña a sus propios alumnos como hacer la meditación (estilo propio oriental con técnicas de respiración) antes de finalizar las clases, para que ellos se liberen de las energías negativas, angustias, temores, inseguridades y el stress, entre otros.  
El preámbulo del taekwondo escrito por él se recita antes y después de las clases a fondo. “Es una oración ecuménica que respeta la religión o creencia de cada alumno, sin discriminación”, destaca el cura, quien pone sobre relieve los principios de la disciplina: integridad, perseverancia, espíritu de sacrifico, cortesía, autocontrol, a los que define como “claves de enseñanza que puedan ayudar a los practicantes para que, en el futuro, sean buenos ciudadanos.
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