Acordeones que vuelven a la vida

Domingo 26 de mayo de 2019
Agustina Rella

Por Agustina Rella sociedad@elterritorio.com.ar

Paciencia, concentración y perseverancia son algunos de los condimentos que lleva la receta para preparar un buen instrumento musical, en este caso, un acordeón.
“Luthier es la persona que con su genialidad fabrica estas cosas”, define Tadeo ‘Chiqui’ Raczkowski, el ingenio detrás de los acordeones de Rulo Grabovieski, Chango Spasiuk, Oscar Playuky, los recordados Nono Grabovieski y Luis Ángel Monzón, entre otros. 
El desafío del luthier cambia minuto a minuto y trata de encontrarle la solución a distintos males que puedan aquejar un aparato. Las herramientas son las que elige, que encuentra o también fabrica. Cada cual tiene su técnica.
 En general, tal como él mismo explica, uno no puede hacer todo y en este caso, Chiqui se especializa en afinaciones, reparaciones mecánicas y fabricación de fuelles de acordeones. Sin embargo, ha obrado algunos milagros increíbles a simple vista. Revivió algunos acordeones que parecían haber culminado su misión sonora en este mundo y planea darle vida a muchos más. “Esto no es un oficio que aprendes de un día para otro, lleva muchos años”, arranca diciendo Chiqui, que lo abrazó por la necesidad de arreglar su propio instrumento. “Yo sigo aprendiendo, de mis errores y de mis aciertos, nunca se termina de aprender”, entendió el también músico.
Representando a la tierra colorada en el Festival Nacional de Luthería de 2017, Raczkowski recordó: “Al lado mío estaba el luthier que le fabrica instrumentos a Les Luthiers, un genio total, y él venía y me decía: ‘¿Cómo hacés para fabricar esto?’ y yo le decía ‘¿como hacés para fabricar lo que fabricás?’. Eso es lo que tienen los luthiers, cada uno tiene un mundo en la cabeza, una locura importante que hace que se haga esto”.
Codeándose con grandes artesanos colegas y grandes músicos, Chiqui hoy vive del ser luthier, tiene clientes de todo el país, pasó de tener el taller en la cocina de su casa a un espacio propio, planea sumarle un pequeño museo histórico y además transmite su saber a las nuevas generaciones. Encola, dobla, arma,  desarma, fabrica piezas (como los esquineros de acero inoxidable para el fuelle), crea soluciones, de manera minuciosa como todo artesano.
“Yo no tengo paciencia para nada, el que me ve acá no lo puede creer, para lo único que tengo paciencia es para esto”, explicó al relatar que pueden pasar horas y horas en las que no hace nada más que trabajar. 
“Normalmente estoy solo todo el día”, contó a pesar de que el taller es un lugar de paso para muchos músicos de la zona. Rulo, Jorge Ratoski y otros llegan a lo de Chiqui a hacer una afinación, a buscar algo o simplemente compartir un mate. Solía haber unas guitarras, pero para evitar largas distracciones musicales, ya no están ahí. “Son todos músicos los que vienen, acá no se habla de política, de fútbol, sólo de música”, aclaró Raczkowski.
Además, el que acude a menudo al taller es Santiago (12), el hijo de Chiqui, que no sólo continúa la tradición como acordeonista (destacado en festivales y conciertos), sino que también está heredando el oficio de luthier. “Santi lustra los acordeones y sabe el oficio, es muy hábil y le encanta. Creo que va a seguir porque le gusta mucho, le gusta la afinación más que nada y tiene un oído excelente”, contó el orgulloso papá.

Mecánicos y cucarachas
Así como Chiqui arrancó a los 8 años a tocar el acordeón y desde su natal Azara era muy difícil reparar o afinar su instrumento, muchos músicos improvisan soluciones momentáneas que el luthier recolecta como anécdotas.
“Encontré tornillos, alambres, clavos de lo que vos quieras, pegamento de lo que se te ocurra... pegamento hecho a base de dulce de leche con harina, brea, plástico derretido, cemento para juntas; el clásico: la cinta adhesiva de todo tipo color y marca”, detalló Chiqui. Y profundizando en lo que más deteriora un aparato, menciona a las odiadas cucarachas, “es lo peor, muy dañina. A veces vienen unas que parecen alpargatas de grandes; es más, en un acordeón encontré una ratita muerta, acá hay de todo”, deslizó el que le devolvió la magia al primer acordeón del Chango Spasiuk.
A pesar de acotarse a una labor determinada, Chiqui improvisa exitosamente y cuando puede reparar alguna guitarra, violín o bandoneón, colabora por más que no sea su área. Además, los casos perdidos también son su afición. Ha restaurado un acordeón único, de 90 años, fabricación alemana que le mandaron de Brasil y lo terminó comprando, uno que consistía en pedazos desarmados en una bolsa de arroz, pero tenía una historia que lo motivó y hasta uno de 12 hileras que descubrió tirado en un gallinero y que luego le sirvió nada más ni nada menos que al Chango para tocar en el Teatro Colón. 
Esa es la cuasi magia que destilan las manos de un luthier, esa que  encuentra la manera de hacer que lo inerte vuelva a la vida, que lo oxidado vuelva a sonar armoniosamente. 

Alma e ingenio

"Esto es todo ingenio propio, no hay a quien preguntarle", argumentó Chiqui Raczkowski sobre esta noble labor. "En la luthería no tenés herramientas fabricadas. Somos pocos los que nos dedicamos a esto, va de la creatividad y cada uno tiene su forma de trabajar", agregó.Así, el tiempo y la experiencia son los mejores maestros y actualmente los medios de transporte y la comunicación han acercado a los luthiers. "El taller de Anconetani (hoy museo) que le fabricó acordeones al Chango, a Barboza, a Rulo, no existe más y me pasan los clientes a mí. Llegan acordeones de Viedma, de Río Negro, de Gualeguaychú, de otros luthiers que me piden fabrique el fuelle u otro arreglo", aclaró Chiqui. "Vino un músico que en dos viajes a una fábrica de Brasil no pudo solucionar su problema y acá en dos mates yo le solucioné el problema, como también otros no pude solucionar", ejemplificó.


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