Poda y ambientalismo

Jueves 21 de mayo de 2020
La tarde del martes 12 de mayo estacionó frente a mi domicilio –vivienda Iprodha, barrio 60 Viviendas, manzana E, casa 6- un móvil de la Cooperativa de Electricidad Cainguás, proveedora de principales servicios públicos –energía, agua, gas, otros- en Aristóbulo del Valle. Dos operarios equipados con herramientas y mecanismos de poda, bajaron escaleras, machetes y velozmente cortaron ramas de tres árboles que pueblan la vereda de mi sector. Dos son frutales –araticú e ingá- y uno de sombra. Llevan más de ocho años de cuidados, mimos y riegos. En abrasadores veranos ellos forman la única isla de sombra de la cuadra, que los vecinos con vehículos aprovechan para refrescar sus móviles. 
Salí a conversar para plantearles un pedido: que la poda no se transforme en maltrato. Dijeron “creímos que no había nadie en la casa”. Infantil excusa: a esa hora me encontraba con luces prendidas, trabajando sobre la ventana del frente, obligado por mi compromiso laboral y el aislamiento. Además estaban albañiles trabajando a golpes dentro de la vivienda. Intenté pedirles un recorte adecuado de los árboles, aunque ello requiriera algún pago. No escucharon –lo mismo que el año pasado-, dejaron en la vereda el ramaje, abandonando a medio hacer su tala. 
Es difícil entender cómo municipio y cooperativa coinciden con tanta irresponsabilidad en el destrato del patrimonio forestal vecinal. El año pasado la cooperativa dictó una capacitación no práctica a cargo de una especialista de la Facultad de Ciencias Forestales de Eldorado, pero no se ven resultados. 
El municipio carece de política de arbolado urbano; años atrás, la comuna contaba con dos chipeadoras para procesar y dar utilidad a los cortes. Una la compró la comuna, la otra la donó la empresa Yerbatera Nordeste, para producir abono orgánico o entregar a los secaderos. El intendente Eldor Hut pronto cumplirá nueve años de gestión, y siendo propietario de un vivero forestal demuestra poco interés por el ambientalismo, pese a que una de las chipeadoras se encuentra en su vivero. 
Lejos en el tiempo, esta localidad mostraba orgullosa una planta modelo de tratamiento de residuos; técnicos locales viajaban a Apóstoles a asesorar sobre su experiencia. Hace poco, la Capital de la Yerba Mate ganó una distinción por la experiencia. Hut regaló a los jiperos las ocho hectáreas que ocupaba la planta procesadora local. 
El barrio en que vivo está a poca distancia del Parque Provincial Cuñá Pirú. No podemos desentendernos de la cuestión ecológica en estos tiempos climáticos desafiantes y críticos. Si los dirigentes actúan caprichosamente y a espaldas de organismos reguladores –Concejo Deliberante- o de la Carta Orgánica, el destino socioturístico aristobuleño perderá futuro y personalidad.

Por Julio César Vázquez
Aristóbulo del Valle

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