Esperanza, esperar confiadamente

Sábado 9 de noviembre de 2019
José Miérez

Por José Miérez Gerontólogo

Comunidad misionera: esperanza es la segunda virtud teologal sustentada por la fe y la caridad. Para los creyentes cristianos es un estado de ánimo que se nos presenta como posible lo que deseamos. Por lo que el género humano (mujeres y varones), espera de Dios con firmeza que le dará los bienes que le tiene prometidos.
La esperanza sobrenatural se apoya en la palabra de Dios y se encarna en el Antiguo Testamento y se vincula con Abraham por medio de una promesa y adquiere sus rasgos definitivos en el nuevo testamento. Como inseparable de la fe, solo es auténtica cuando va acompañada de un sentimiento de confianza y abandono en Dios.
Señor, todas las personas de buena voluntad al comenzar un nuevo día sabemos que esperamos confiadamente las esperanzas que nos has prometido y estas con nosotros y que nuestra vida está en tus manos; queremos entrar en el trajín diario de tu mano en esta época, danos calma, suaviza los latidos  del corazón, apacigua nuestra mente, pues tú eres el camino que andaremos paseando, reafirmando nuestra amistad. Enséñanos a ser ancianos
La familia es el puente entre lo humano y lo divino. El gozo y la esperanza, las lágrimas y angustias del ser humano de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, lágrimas y angustias de los discípulos de Cristo, y nada hay de verdaderamente humano que ya tenga resonancia en su razón.
La comunidad que ellos forman está compuesta por seres humanos que reunidos por Cristo, son orientados por el Espíritu Santo en su peregrinación hacia el Reino del Padre y han recibido el mensaje de la salvación para proponerlo a todos. 
Hoy ese género humano, aunque engreído como está por la euforia y admiración de sus propias conquistas y del propio poder, se plantea sin embargo, con frecuencia, los angustiosos problemas de la evolución del mundo, de su propio papel y sometido en el universo, del sentido de su esfuerzo individual y colectivo,  del último fin del hombre y de las cosas.
Señor, concreta las esperanzas para que ese pueblo encuentre la manera que se respete y se ame y cultive las virtudes morales y sociales y las difunda para que forme y produzca hombres nuevos, artífices de una nueva humanidad.
Jesús no nos ha de fallar. Era la expresión favorita de Pablo; no seré confundido, manipulado, no quedaré avergonzado. Los que esperamos de ti no quedaremos  defraudados.
Pablo acometió trabajos difíciles, encontró oposición, hizo frente a peligros de muerte, pero podía con todo, porque sabía y creía con toda el alma que Jesús no le fallaría.
A través de los Evangelios corre un hilo de ideas y hechos que revelan la abundancia, la liberalidad, la exuberancia con que Dios distribuye sus gracias entre las personas, siempre más allá de lo que esperan o imaginan.
Un texto soberbio de Pablo: “Que el Padre de la gloria os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo perfectamente, iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cual es la esperanza a que habéis sido llamados por Él; cual la riqueza de la gloria otorgada por el en herencia a los santos y cual la soberana grandeza de su poder para con nosotros los creyente, conforme a la eficacia de su fuerza que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos, sentándolo a su derecha”.
Cuando me presento por primera vez a un público, o cuando me pongo a escribir cono aquí, me pregunto, ¿qué busco yo con esta intervención? ¿Qué es lo que más me importa de entrada? ¿Qué deseo yo? Que quien me escuche o quien me lea reciba como primera impresión y vea en mí como base de todo lo demás que pueda conseguirse. Busco credibilidad, que la gente crea lo que yo digo, y que vean que yo creo en lo que digo. Esa credibilidad viene de la transparencia. Cuando soy transparente, soy yo. Y cuando soy yo, soy creíble. Busco estas dos posturas porque creo que es necesario, y a mi modo de ver personal, esta es la gran necesidad de la Iglesia de hoy. Yo creo que la Iglesia está perdiendo credibilidad a grandes pasos y eso me entristece.  Aumenta la distancia entre lo que se predica y lo que se practica, entre ceremonias oficiales y vida diaria, entre Evangelio y burocracia. Se debilita el contacto vital entre fieles y pastores. 
Hay cristianos que, en número creciente, no toman en serio a la Iglesia y dejan aflojarse en negligencia sus lazos con ella. Los jóvenes de hoy piden credibilidad antes de entregarse a nada ni a nadie, y al encontrarla disminuida en la Iglesia, se  apartan  de ella. Ese es el gran peligro. 
De esa  consideración impuesta por los hechos nace la urgencia personal de vivirla en mi vida. Busco la credibilidad para acortar distancias cristianas. A todos nos importa. 
Reitero una vez más que venimos de una biogénesis, nacimiento de la vida, continuamos con una filogénesis, que es el crecimiento y desarrollo, para concluir en una embriogénesis, a partir donde se pone en evidencia que tanto el varón como la mujer son personas que a través de la sexualidad hacen la vida más linda para ser vivida, y que es distinta a lo que es la genitalidad. La Iglesia, que procede del amor del Padre eterno, ha sido fundada en el tiempo por Jesucristo Redentor y congregada en el Espíritu Santo. Cada uno de nosotros, al llegar la época de la cosecha, recoge lo que ha sembrado. La fe, la esperanza y la caridad deben ser nuestra brújula para gozar la vida; siempre hay personas que nos necesitan. Hasta la próxima.

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