Neurociencias y toma de decisiones humanas

Jueves 10 de octubre de 2019
Jorge R. Ferrari

Por Jorge Ferrari jyferrari39@gmail.com

Acabo de leer un interesante artículo sobre cómo funciona nuestro cerebro en el momento en que tomamos decisiones, desde las más simples (como mirar antes de cruzar una calle de poco tránsito) o más complejas (decidir si tener otro hijo o cambiar de trabajo). Este artículo analiza que pasa cuando erramos en la decisión y qué hace el cerebro ante una falla en la decisión. Sagazmente, el autor –doctor Rubén Bote– se pregunta si será posible establecer un decálogo de acciones o pensamientos para tomar sólo buenas acciones.
Creo que todos ya sabemos que nuestro cerebro tiene distintas “regiones” neurológicas; la memoria, la vista, el oído musical, el tacto, las funciones vitales (ritmo cardíaco, temperatura corporal, nivel de oxígeno de la sangre, etcétera), pero para adoptar decisiones complejas o importantes interactúan varias regiones al mismo tiempo.
Los neurólogos han descubierto que en muchísimas decisiones ponemos en juego la memoria; por ejemplo, cuando elegimos un sabor de helado recordamos el agrado (o el desagrado) de ciertos sabores, pero integramos esa información de nuestra memoria con otras sensaciones que aparecen en el momento: color del helado que compró un cliente antes que nosotros o tamaño de vasito que pidió, e integramos lo memorioso con lo perceptual. Y también han descubierto que toda esa información es procesada por una pequeña pero vital área cerebral: la ubicada entre nuestros arcos oculares, en la zona prefrontal de la corteza cerebral, cuyas neuronas, antes que seamos conscientes de qué sabor pediremos el helado y abramos la boca para pedirlo, un medio segundo antes, ya decidió el sabor –chocolate o frutilla– que pediré.
Un prestigioso neurólogo opinó que el córtex prefrontal es, con respecto a nuestro cerebro, lo mismo que el director frente a una orquesta sinfónica. Su tamaño es singular: mide unos cuatro centímetros de diámetro; es impresionante la potencia neurológica y conductal de esta región y su minúsculo tamaño.
Encima, en cada decisión que tomamos todos nosotros a lo largo del día juegan, mentalmente, dos sensaciones: la urgencia y la confianza, rasgos que han sido investigados en la variedad de monos Rhesus europeo, que es la neurológicamente más próxima al ser humano. Tienen la visión semejante a la nuestra e interpretan gestos faciales. Se han investigado sus procesos neurológicos al adoptar decisiones en ejercicios clínicamente controlados.
El descubrimiento de que nuestro córtex prefrontal, integrando lo perceptual con lo guardado en la memoria, tome sus propias decisiones, ha hecho surgir la teoría de que el “libre albedrío” no es tal. No tomamos “nuestra propia decisión” sino lo que nuestro cerebro dispuso antes. En países con serios desarrollos en neurociencias, se están planteando análisis jurídicos de delitos que pudieron no ser generados “conscientemente” –según argumentan los acusados– sino por su córtex prefrontal.
Otro grupo de neurólogos se ha dedicado a investigar el funcionamiento neuronal de personas ante los juegos de azar (en los cuales la decisión es: ¿juego o no? O bien ¿me arriesgo a entrar al casino o no? El investigador W. Schultz descubrió que frente a decisiones con incertidumbre, ciertas neuronas (llamadas “dopaminérgicas”) liberan dopamina, una hormona que activa los ganglios basales y la corteza prefrontal –cuya ausencia produce la enfermedad de Parkinson– y que frente a cierta posibilidad de éxito o recompensa, excitan a ciertas personas que terminan siendo ludópatas y optando por jugar asiduamente (aunque a largo plazo resulte ser oneroso).
Finalmente, debemos señalar que se están desarrollando modelos de neurociencias computacionales para toma de decisiones. El doctor Xiao Wang, usando herramientas matemáticas y simulaciones por PC, ya que nuestra elección de helado de chocolate respondería a un conjunto A de miles de neuronas con sus sinapsis y el helado de frutilla también lo hace por otro conjunto B de miles de otras neuronas, con sus especificas sinapsis, que Wang pretende estudiarlas estadísticamente. Como este proceso también ha estado asociado a nuestra propia evolución antropológica (gracias a que sucesivas –y acertadas– millones de decisiones hoy llegamos a ser humanos), todo este proceso es objeto de interés de científicos y neurólogos de los principales países del mundo.
Por lo tanto, la cuestión de la toma de decisiones humanas es sumamente compleja (psicológica, neurológica, química, política y económicamente), su comprensión neuronal está en pañales y en muchos cursos de toma de decisiones se siguen basando en cuestiones culturales, emocionales o simplemente empíricas.
Como la sociedad, la economía y la tecnología están cambiando cada vez más rápidamente, lo que decidamos cada uno de nosotros sobre qué comer, dónde y con quién vivir, y en qué trabajar, determinará cómo seremos felices dentro de diez años (o por el resto de nuestra vida). Nuestro cerebro, poniendo en juego su potencia computacional, utiliza intuiciones, sensaciones y simulaciones mentales de futuro aquello que es más difícil decidir: qué queremos ser en el futuro. Todos estos procesos están bajo intensa investigación.

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