La inteligencia debe mandar a los sentimientos

Domingo 6 de octubre de 2019
 Gonzalo Peltzer

Por Gonzalo Peltzer gpeltzer@elterritorio.com.ar

La cultura efímera de este nuevo milenio nos ha instalado en una era en la que los sentimientos mandan sobre el pensamiento. No interesa ahora saber cómo fue que llegamos hasta aquí, pero sí puedo relatarle algunos hechos que lo certifican.
Primero. Los terraplanistas, que son esos locos que creen que la tierra es plana cuando desde la época de Ptolomeo los sabios sabían que no lo es, y desde la época de Colón y Magallanes está probado empíricamente que la Tierra es una pelota de fútbol que flota en el universo dando vueltas alrededor del sol. Pero resulta que ahora han aparecido unos señores que dicen que la tierra es plana porque si no el agua de los océanos se escurriría por la ley de la gravedad.
Segundo. Los antivacunas, que son otros locos, más locos que los de la tierra plana, que sienten que las vacunas son peligrosas para la salud después de por lo menos 400 años de vacunarnos para curarnos de la viruela, la varicela, la poliomielitis, el tétanos, la gripe, la fiebre amarilla y ocho mil virus que nos mataban como moscas hace nada. Fue así como este año se multiplicaron los casos de sarampión en la Argentina y esta semana la Dirección de Control de Enfermedades Inmunoprevenibles de la Secretaría de Salud de la Nación, confirmó el contagio de los cinco hijos de un matrimonio antivacunas, que decidió no inmunizarlos a pesar de que la madre había contraído el virus del sarampión y a pesar también de que la ley 27.941 obliga a vacunar a todos los menores con la vacuna triple viral, que previene de rubéola, paperas y sarampión y que se aplica gratuitamente.
Tercero. Los coneros, que son esos que no se cansan de poner conos en las rutas, en las calles, en las veredas y donde sienten que hay que ponerlos, aunque las leyes de tránsito digan lo contrario o las jurisdicciones se opongan a semejante pretensión. Hoy los concejales de cada pueblo deciden poner semáforos, lomos de burro, conos colorados, o lo que se les ocurra, en las rutas nacionales, haciendo así cada día más complicado el tránsito de personas y mercancías y sobre todo haciendo inútil una inversión vial de miles de millones.
Cuarto. Los autopercibidos, que son esos que siempre tienen una excusa porque se sienten distintos a lo que tienen que ser; esos que hace 50 años solíamos imaginar en un manicomio disfrazados de Napoleón. Pero ahora no es esquizofrenia sino el omnipresente mundo de las sensaciones que Sandro prometía regalar. Un día pueden sentirse árbol y al día siguiente luna; la semana que viene delfín y en noviembre bomba atómica… Pero muchísimo más grave es que los tomemos en serio como para registrar el cambio de sexo a los varones que se quieren jubilar a los 60 como las mujeres o inscribir el matrimonio de un mono carayá con un lapacho rosado.
Hay muchos más casos, pero esta columna no da para contarlos a todos. Lo que les importa es lo que sienten ahora y está por encima de la inteligencia, pero también de la historia, de la ciencia, de la justicia, de las leyes, del sentido común y de cualquier otro factor que incida en su cerebro. Y si lo que sienten no está de acuerdo con lo que piensan, con la historia, con la ciencia, con la justicia, con las leyes o con el sentido común, que se frieguen la inteligencia, la historia, la ciencia, la justicia, las leyes y el sentido común… No es de extrañar, ya que el ego es la marca de nuestra época, pero pueden ser tremendas las consecuencias de que los sentimientos estén por encima de la inteligencia y sean determinantes en el proceso de toma de decisiones individuales y colectivas.
Ya volverá el péndulo de la historia para el lado del pensamiento, pero más nos vale empezar a hacerle caso a la inteligencia, aunque sea para que no nos resulte tan duro el golpe cuando vuelva para el otro lado.

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