Mbororé, según el relato de un jesuita

Viernes 4 de octubre de 2019
Por Alfredo Poenitz

Por Alfredo Poenitz Historiador

En enero de 1641, ante claras evidencias que una nueva bandeira, de dimensiones mucho mayores que las anteriores, el Padre Ruyer, Superior de las Misiones Jesuíticas del Paraguay, ordenó el envío de una misión exploradora al Acaraguá al mando de los PP.  Cristóbal Altamirano, Domingo de Salazar, Antonio de Alarcón y al Hermano Pedro de Sardoni, junto a un buen número de guaraníes (...) 
Esta misión -en el relato dejado por el P. Ruyer- permitió conocer importantes aspectos como el número, posición e intenciones del enemigo, que les permitieron preparar mejor la defensa del territorio misionero.
A fines de febrero, 2.000 guaraníes esperaban sobre el arroyo Mbororé a los invasores. El día 25, el P. Altamirano, uno de los más eficientes estrategas y combatientes en esta batalla, ordenó que partieran ocho canoas desde el Acaraguá, río arriba, en reconocimiento. A pocas horas de navegar, esas ocho canoas se encuentran frente a frente con la bandeira que silenciosamente venía bajando con la corriente del río con sus 300 canoas y balsas pertrechadas. Los guaraníes rápidamente comenzaron a replegarse hacia el Acaraguá, perseguidos por varias canoas bandeirantes que fueron recibidas a cañonazos al aproximarse al puesto de avanzada de los misioneros. Según narra el P. Ruyer, en ese momento un gran aguacero se desplomó sobre el río y la selva, obligando a ambos grupos a buscar resguardo. Mientras un grupo de guaraníes permaneció en el cuartel del Acaraguá, el P. Altamirano con otros indios descendió hasta el cuartel de Mbororé para alertar sobre la presencia inmediata del enemigo.
Durante la noche, momento en que el temporal se detuvo, los bandeirantes prepararon el asalto al puesto del Acaraguá. Al amanecer, cuando pretendieron ejecutarlo, fueron sorprendidos por los guaraníes bajo la dirección de Ignacio Abiarú. Doscientos cincuenta misioneros distribuidos en 30 canoas, enfrentaron en aguas del río Uruguay a más de 100 canoas tripuladas por bandeirantes, frente al puesto del Acaraguá. Cuando la batalla naval llevaba ya más de dos horas, “... llegó el P. Altamirano –dice el P. Ruyer- animando de nuevo a los indios que alentándose de nuevo dieron sobre el enemigo y le hicieron huir infamemente más de ocho cuadras, y saltaron a tierra no queriendo pelear más, aunque le desafiaron e incitaron muchísimo los nuestros.” Los misioneros buscaban una batalla total, en un sitio elegido inteligentemente. Ese sitio era Mbororé, una zona muy favorable para los misioneros, por estar establecido allí el cuartel y porque desde el lugar era posible una rápida comunicación con los pueblos, en caso de necesidad de suministros o de una eventual retirada. La vuelta de Mbororé es un recodo del río Uruguay, con sus orillas  cubiertas por una espesa selva en galería. 
Ante la retirada de las tropas misioneras hacia Mbororé, los bandeirantes se establecieron el 9 de marzo en el puesto del Acaraguá con la finalidad de abastecerse de comida y organizarse para el ataque a los pueblos (...) 
El 11 de marzo, en plena Semana Santa del año 1641, los bandeirantes decidieron abandonar el Acaraguá y bajar hacia Mbororé. Sesenta canoas con cincuenta y siete arcabuces y mosquetes, comandadas por el capitán Ignacio Abiarú, los esperaban. En tierra miles de indios se habían apostado con arcabuces, arcos y flechas.  A las 2 de la tarde, narra el P. Ruyer, “... comenzó a descubrirse por una punta del río la armada enemiga, que venía ostentando su poder y arrogancia ...”. Inmediatamente las canoas guaraníes se pusieron en formación de guerra. En medio del río Uruguay chocaron violentamente canoas y balsas, en medio de una lluvia de flechas, piedras y tiros de arcabuces y mosquetes. Desde las empalizadas ubicadas en la orilla se disparaba también sobre el enemigo, en un juego de doble ataque, fluvial y terrestre. El resultado de la batalla prontamente fue favoreciendo a los guaraníes (...)
(Los portugueses) decididos a huir por tierra, desde una loma, durante toda la noche se dedicaron a levantar empalizadas. Hacia allí se dirigieron los guaraníes que, ante una carta de rendición la destruyeron y asaltaron la empalizada bandeirante. Durante los días 12, 13, 14 y 15 de marzo los misioneros bombardearon continuamente la fortificación con cañones, arcabuces y mosquetes, tanto desde posiciones terrestres como fluviales, sin arriesgar un ataque directo. 
El 16, a las once de la mañana, los portugueses mandaron en un pequeño bote con una banderita blanca otra carta pidiendo el cese del fuego y ofreciendo una rendición. Esta también fue rota por los guaraníes. En un acto de desesperación los bandeirantes se lanzaron en sus canoas y balsas al río bajo una lluvia de municiones, flechas y piedras.  Río arriba, en la desembocadura del Tabay, 2.000 guaraníes los esperaban fortificados para impedirles la fuga. Sin posibilidades de organizarse para presentar batalla, optaron por retroceder hasta el Acaraguá, e internarse en el monte. Comenzó allí una cruel persecución por la selva. 
La victoria había sido absoluta y aplastante (...) 

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