Día del Maestro con cariño

Miércoles 11 de septiembre de 2019

Por Rubén Emilio Tito García rubengarcia1976@live.com.ar

Ya en el primer día de clases se sintió perdido como si fuera sapo de otro pozo entre sus nuevos compañeritos, que diligentes ya estaban formando fila alrededor del mástil con los demás alumnos de la Escuela Superior N° 1. Junto a él, los que hicieron el jardín de infantes el año pasado, cantaron la canción Aurora al izar la enseña patria y se sorprendió cuando a la salida entonaban la marcha de San Lorenzo con gran unción, mientras los díscolos de siempre aprovechaban para empujarse y darse carterazos.
Luego de cantar Aurora, un señor de elegante traje, más bien alto, algo robusto y de incipiente calvicie envió el saludo matinal:
-¡Buenos días alumnos!
Y el coro de voces disonantes contestó:
-¡Buenos días señor director!
El chico se estremeció al escuchar la contestación “director” que le hizo abrir grandes los ojos y fijar la mirada en aquel hombre de aspecto no tan severo que su imaginación lo hizo ogro, y hasta lo vio conversar animadamente y sonreír con las maestras a su lado. Supo después que una de ellas era su hija y aun así conservó cierto prurito de temor. Pero también sintió alivio cuando los grandotes del barrio antes de entrar a clase lo saludaron de lejos. Los quería y a su modo eran compinches, aunque no olvidaba que fueron ellos que con sus cuentos de duendes malos le inculcaron la aprensión a la escuela, al director que semejaban a un ogro, al barrio Tajamar, la penitencia en el cuarto oscuro y principalmente a la oscuridad, obsesión esta última que no la podía superar.  
Un amiguito del barrio fue su compañero de banco y en él encontró la buena compañía y seguridad que necesitaba en su nuevo ambiente. Después la frecuencia del mutuo compañerismo generó una amistad que maduraría con el tiempo. 
Pasaron los días de clases y ya más entrado en confianza se abocó al aprendizaje y también a participar en las travesuras propias de los chicos. Así fue que en un momento dado en que la maestra tuvo que ausentarse del aula, los alumnos comenzaron a tirarse tizas con tal mala suerte para él que justo cuando regresaba la titular de la clase lo sorprendió cuando le arrojaba a un compañerito.
-Alumno, ¿qué estás haciendo?- fue el reproche en tono severo de la maestra.
-Ahora mismo irás a la Dirección. 
Tragame tierra, pensó y rogó:
-No, señorita, por favor, se lo ruego no me mande, le juro que no lo volveré hacer- volvió a rogar.
Y pese a los ruegos y promesas que de aquí en más se portaría bien, su destino inexorable fue la Dirección. Se comprende: en la época lo usual era mandar al alumno a ese ámbito ante una falta considerada no menor, para que comprenda sus límites y aprenda a respetar, y si se trataba de algo más grave se llamaban a los padres. Esto era de terror para los chicos por las penitencias severas que recibían, y también porque las más de las veces recibían cintarazos de sus padres sin que jamás perturbara la psiquis del castigado. 
La cuestión fue que el chico estaba frente a frente al director, el personaje tan temido por él, el ogro en su imaginación. 
El director, Don Aníbal Lesner, sentado frente al escritorio repasaba unos apuntes con los anteojos puestos. Lo miró por encima de las gafas y le preguntó.
-¿Alumno, cómo es tu nombre?
Juntando fuerza balbuceó Daniel, y comenzó a transpirar.
-¿Tú apellido?
-Me Me Medina, señor, contestó tartamudeando.
-¿Qué hiciste, Daniel?-  preguntó el director de manera calma.
-Le le tiré tizas a unos compañeros, señor. 
-Pues verás, hijo- y se levantó del asiento.
El chico bajó la cabeza y cerró los ojos. Ahora viene lo peor y me mandará al cuarto oscuro, pensó. Quiso correr, volar, no estar allí. En ese instante quería verse al lado de su mamá, imaginó a su padre que no conoció, que falta le hacía. Y de tanto elucubrar su cabecita no aguantó más la tensión del momento y se largó a llorar. Profundas lágrimas surcaban su carita. El director, comprensivo y acostumbrado a observar tantas situaciones similares, le dijo;
-Los hombres fuertes también lloran- acariciándole la cabeza, y continuó:
 -Daniel, sabrás que la tiza no es un proyectil, tampoco la humanidad de tus compañeros son blancos a quienes apuntar. Ahora razonemos– prosiguió. 
El niño, ya más calmo por palabras tan tranquilizadoras, cesó de llorar y con la manga del guardapolvo comenzó a restregarse los ojos humedecidos por el llanto.
-Razonemos- repitió el director–. La tiza es un bastoncito blanco que te acompañará durante toda tu época de escolar, de estudiante secundario y tal vez en la universidad. En todo ese tiempo la utilizarás para mejorar la caligrafía, para realizar las cuatro operaciones fundamentales de la aritmética, aprenderás con ella a dibujar, a corregir el lenguaje y por sobre todo a expresarte  correctamente y aprender nuevas palabras, como por ejemplo hermosura: podrás decir la vida es hermosa, una madre es hermosa y la naturaleza con sus misterios. Otra palabra hermosa es amor. No hay nada más sublime que el amor. El amor a los padres, a la esposa, a Dios, a tus congéneres. Si todas las cosas se hicieran con amor, la vida sería más hermosa, más sencilla y más digna. Y debes recordar muy bien y aprender con el tiempo el significado de estas dos palabras: ética y moral. No se puede andar por el mundo sin estas dos virtudes, la vida del hombre carecería de valor. Repite conmigo: ¿cuáles son esas dos virtudes?
-Ética y moral- coreó Danielito como un loro. 
 -Muy bien niño, ahora puedes irte- conminó el director.
El chico comenzó a retirarse y pensó que si su padre viviera hubiera querido que fuera como él.
-Ah, una última pregunta Daniel: ¿hincha de qué cuadro eres?
-De “Aclético” Posadas, señor -como los del barrio Tajamar-, contestó.
-Como yo- agregó don Aníbal y sonrió.
Nadie de sus conocidos que escuchara este último diálogo sabría si su sonrisa fue por lo de “Aclético”, o porque Miguel Orfila, su yerno, jugaba al fútbol en ese club con más arrebato que dominio técnico de la pelota.

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