El fuego y la unión americana

Domingo 8 de septiembre de 2019
Gonzalo Peltzer

Por Gonzalo Peltzer gpeltzer@elterritorio.com.ar

No alcanzó la columna del domingo pasado para expresar toda la idea contenida en el título de la de hoy. Apenas fue el final, que quedaba esbozado para la próxima; y la próxima es hoy.
Decía entonces que si hay algo urgente en estos tiempos que corren es unir a los argentinos, y estoy seguro de que nadie se va a poner en contra. El actual presidente lo tenía entre sus prioridades, pero un mal día se le ocurrió que para ganar las elecciones, en lugar de cerrarla tenía que ensanchar la grieta que divide a los argentinos… y le salió el tiro por la culata. También lo repite el candidato más votado en las Paso, aunque va más allá cuando pretende, además, la unión de los americanos: buena idea y necesaria desde los tiempos de don Cristóbal Colón. Alberto Fernández no está haciendo otra cosa que seguir el mandato de Juan Pablo II, que el 12 de octubre de 1992, el día que se cumplían 500 años del descubrimiento de América, nos dijo a los latinoamericanos desde Santo Domingo que es grave responsabilidad favorecer el ya iniciado proceso de integración de unos pueblos a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura, han unido definitivamente en el camino de la historia.
En todas nuestras naciones está patente la unidad como una necesidad urgente, mucho antes que la economía o las ideologías. Los argentinos decidimos convencidos desde nuestra independencia que viviríamos en unión y libertad y lo imprimimos en nuestra moneda para que no se nos olvide. Para unirnos no tenemos que ceder nuestros ideales para que entren los ajenos: lo que tenemos que ceder son los caprichos, la susceptibilidad, la rabieta adolescente, el rencor… No hay ninguna razón para que no podamos convivir pacíficamente los que pensamos distinto, unidos en un destino común. Eso es la democracia.
Fue en tiempos de Néstor Kirchner y Hugo Chávez que ambos impulsaron una idea casi tan loca como la de la nave espacial de Carlos Menem. Pretendían construir un oleoducto que comunicara Venezuela con Argentina, cosiendo todo el continente por la Amazonia, con la idea de repartir el petróleo venezolano por nuestra América. A la vuelta, el oleoducto se convertiría en gasoducto y lo que repartiría es el gas que hoy se ventea en la Patagonia. Ya sabe que una cosa es el río de las Amazonas y otra la cuenca y la selva del Amazonas, que pertenece a una sociedad de nueve países (entre ellos Francia), aunque Brasil sea el accionista mayoritario. Aquel oleoducto era irrealizable, pero la idea servía para lo mismo que sirve ahora el cuidado de ese pulmón del planeta: la unión de los americanos del sur.
Y decía hace dos domingos que mientras se quema parte de la Amazonia, los misioneros tenemos que pensar qué vamos a hacer para evitar un hipotético, pero bastante posible, incendio a gran escala de nuestra selva o de nuestras explotaciones forestales. Ahora lo extiendo a nuestra América, que ha dado al mundo un espectáculo grandioso de ineficacia para combatir los incendios en la Amazonia. Cuando se quema un bosque en cualquier lugar del continente le rezamos al buen Dios para que mande lluvia, pero no nos acordamos de que Dios solo actúa si nosotros ponemos nuestra parte.
Los incendios en la Amazonia están reclamando con urgencia la unión de los americanos para prevenir nuevos posibles desastres naturales en todo el continente. En lugar de reunirnos para insultarnos y decidir si somos o no democracias, deberíamos pensar en un plan común de prevención y manejo de catástrofes naturales. Si los europeos se creen con derecho a proteger el oxígeno de nuestras selvas es porque respiran ese aire, pero sobre todo porque son ellos los que tienen los recursos para protegerlas.
Esa unidad debería ser un proyecto latinoamericano o por lo menos sudamericano. Y Misiones está en un lugar privilegiado de Sudamérica, también como base de operaciones para la lucha contra el fuego en nuestras selvas continentales.

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