Católicos de Brasil: ¡reaccionen!

Lunes 15 de abril de 2019
En el mundo, Brasil es el país que tiene un mayor número de católicos, 172,2 millones según los números del Vaticano, seguido por México (110,9), Filipinas (83,6), Estados Unidos (72,3), Italia (58), Francia (48,3), Colombia (45,3), España (43,3), República Democrática del Congo(43,2) y Argentina (40,8). Son los diez países con mayor número de católicos.
En el continente americano, en total, el catolicismo ha perdido 13 puntos porcentuales en cuanto a creyentes en todo el continente, pasando del 80% de la población en 1995 a 67% en el 2013. En Brasil, la campaña de los evangélicos apoyaron a Bolsonaro para que ganara las elecciones.
Un mastodonte de 56 metros de altura, 105 de ancho y 121 de profundidad, en un área de 100.000 metros cuadrados, se levanta en el barrio de Brás, una de las zonas populares de San Pablo. Se dice que su inspirador, el magnate de la comunicación y fundador de la evangélica Iglesia Universal del Reino de Dios, Edir Macedo, trajo piedra de Jerusalén para construir esta réplica del templo de Salomón, con capacidad para 10.000 fieles. Para esta inauguración, bajo una amenaza de lluvia en la tarde paulista, apenas 1.000 acudieron al culto.
Los evangélicos, una masa de 42,3 millones de personas -22,2% de la población- son uno de los sectores determinantes de las elecciones brasileñas, con un poder inusual en comparación con otros países de América Latina, donde también han crecido con los años. Junto a los partidarios de las armas y los ruralistas forman en el Congreso lo que se conoce como la bancada BBB: Bala, Buey y Biblia.
En la elección se sumó una cuarta B, la de Jair Bolsonaro, que ha logrado aglutinar el respaldo de todos ellos. En el caso de los evangélicos, recibió el espaldarazo en TV Record, la segunda televisión del país, propiedad de Edir Macedo, donde el ultraderechista aprovechó los 30 minutos que le brindó Record para tratar de humanizar su retrógrada figura. El apoyo de Macedo es de suma importancia para Bolsonaro. Creador hace 40 años de la Iglesia Universal del Reino de Dios, hoy imperio religioso con más de nueve millones de seguidores en todo el mundo que frecuentan cerca de 10.000 templos. Lo dio a conocer en su página de Facebook, cuando se le preguntó por quién votaría. De ese pequeño gesto, pasó a ofrecer al militar retirado la mayor plataforma de la que pudo disponer para justificar, paliar o argumentar sus peroratas en un país donde el 44,8% decide su voto influenciado por la televisión. La comparación con Trump vuelve a ser inevitable. Si aquel tiene Fox News, Bolsonaro cuenta con TV Record.
El respaldo de Macedo se suma al de otros  líderes evangélicos, como el pastor José Wellington Becerra da Costa, presidente emérito de la Asamblea de Dios, la mayor fuerza evangélica con 22,5 millones de fieles en Brasil, cerca del 10% de la población. “De todos los candidatos, el único que habla el idioma del evangélico es Bolsonaro. No podemos dejar a la izquierda volver al poder”, aseguró el pastor después de mostrar un video de Bolsonaro en la fiesta aniversario de la iglesia. En agosto de 2014, era Dilma Rousseff, en plena campaña para la reelección, quien aparecía en el púlpito de la iglesia de Becerra da Costa.
El abandono paulatino comenzó con el impeachment a Rousseff donde en las elecciones han puesto fin a la alianza evangélica con el PT. En la última década, los principales líderes apoyaron al partido, un respaldo pragmático por el que se obtenían, por ejemplo, beneficios fiscales. Por su parte el apoyo evangélico resultaba incómodo para el partido de Lula, pues sus reclamos no terminaban de encajar con las defensas más progresistas de la formación.
“Desde septiembre se ha producido una migración considerable de la intención del voto evangélico hacia Bolsonaro”, explica Ronaldo Almeida, profesor de Antropología de la Universidad de Campinas (Unicamp) y miembro del Centro Brasileño de Análisis y Planeamiento. “Bolsonaro representa esa sensación de orden y autoridad que cala en esa parte de la población, aún más en un contexto de retroceso económico y moral”, manifestó Dilma, pero sobre todo Lula había logrado el respaldo de los sectores más pobres, mayoría dentro de los evangélicos. Todo eso fue difuminando con el paso del tiempo, la llegada de la crisis económica y crecimiento del antipetismo (contarios al partido de los Trabajadores). La puntilla supuso la aparición de un candidato que defendía los valores más tradicionales.
“Bolsonaro  es un candidato que tiene la agenda que nosotros defendemos, tiene una vida limpia y patriota. ¿Por qué no apoyarlo?”, se pregunta retórico el pastor Silas Malafaia, de la Victoria en Cristo, una vertiente de la Asamblea de Dios. Cuando se le pregunta por las actitudes racistas, machistas y homófobas de Bolsonaro, el pastor responde que son acusaciones “de lo más ridículas”. “Fue la izquierda brasileña quien apoyó con fuerza esa basura moral, como la ideología de género o el beso gay en la novela de las seis de la tarde”.
“Desafiaba responder a las calamidades, la élite elige el tiro, el porrazo y la bomba”. Quien ha titulado así un artículo en el diario Folha de Sao Paulo no es ningún furioso izquierdista, sino Reinaldo Azevedo, una de las firmas más aceradas de la derecha liberal brasileña. Para atestiguar sus conclusiones ahí está la Bolsa, descorchando champán, tras cada encuesta que confirmaba el triunfo de Bolsonaro.
Nadie gana unas elecciones sin penetrar en todas las capas sociales, es obvio, pero las cifras del instituto de opinión de Datafolha resultan inequívocas. Entre los brasileños con estudios superiores los apoyos a Bolsonaro superaron el 40%, frente al 20% entre los que no pasaron de primaria; su intención de voto entre los pobres -los que viven con una renta familiar de dos salarios mínimos al mes o menos: 1.908 reales, unos 480 euros- es también del 20%, mientras se disparaba al 50% entre las clases media y alta; le respaldaban el 42% de los hombres y el 28% de la mujeres; arrasa en el sur del país, la zona más rica, pero pierde con claridad en el Nordeste subdesarrollado ante Fernando Haddad, el heredero de Lula .
Hasta hace unos meses, el mundo del dinero aún veía con desconfianza a Bolsonaro. No tanto porque dijese que los derechos humanos son “estiércol”, porque mandase a los indios a “comer hierba” en sus tribus o porque negase condenar el asesinato de la concejal izquierdista de Río de Janeiro Marielle Franco. La discrepancia de fondo era la concepción estatista de la economía que Bolsonaro heredó de su admirada dictadura militar (1964-1985). En vista que esos principios no gustaban, el candidato se sacó otros: contrató como gurú económico a un ultraliberal y todos los recelos desaparecieron. No hay más que ver el goteo de pronunciamientos en su favor de grandes empresas, entregadas ya sin disimulo al macho alfa que promete limpiar Brasil de asesinos y ladrones. En esto, ha acabado con revueltas en las calles, protagonizadas por los sectores sociales acomodados, y la posterior maniobra parlamentaria que en 2016 lograron sacar del gobierno, después de 14 años, a un PT asediado por crisis económicas y escándalos.
Aquellas protestas despertaron a un movimiento derechista que aprovechó a fondo la pasión nacional por las redes sociales. De repente, los objetivos ya fueron más allá de la corrupción y el desastre económico de la presidente Dilma Rousseff. Ahora atacaban las cuotas raciales en la universidad, las ayudas públicas a “los que no quieren trabajar”, las restricciones al uso de armas y la inmoralidad de las costumbres. En ese pozo negro creció la figura de Bolsonaro, que también recibió el apoyo de las más influyentes iglesias evangélicas del país. Y así, poco a poco, la élite brasileña asumió que el verdadero peligro no es el líder ultraderechista sino el PT.
Mientras tanto, los únicos bolivarianos que se escuchan, en versión extrema derecha, provienen del vicepresidente de Bolsonaro. Tan macho o más que su jefe, el general de reserva Antonio Hamilton Mourao especula abiertamente con el escenario de un autogolpe presidencial y lanza la idea de una nueva Constitución  redactada por una “comisión de notables” sin representantes populares. Los entregados a la causa minimizan todo esto como si fuera cháchara electoral sin mucha importancia. Para ellos la auténtica amenaza la encarna el PT. Y hay que frenarla a toda costa, aunque sea a porrazos.
Con un país irremediablemente dividido en dos, ¿piensa Bolsonaro que puede llevar a la práctica el “Orden y Progreso” que flamea en la enseña patria?
¡Que ingratitud de una clase dirigente que mediante la política de Lula que puso recursos del Bandes al servicio de la clase empresarial brasileña, expandieron sus actividades en Latinoamérica y África donde competían de igual a igual con las grandes multinacionales!

Miguel Schmalko
Consejero y ex presidente de Febap y Cacexmi
(Federación Económica Brasil, Argentina, Paraguay y Cámara de Comercio Exterior de Misiones)

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