El control del territorio

Domingo 10 de marzo de 2019
Gonzalo Peltzer

Por Gonzalo Peltzer gpeltzer@elterritorio.com.ar

Escribir sobre el territorio en El Territorio puede ser un galimatías… pero no, el territorio con minúsculas sigue siendo un pedazo de tierra más o menos limitado y organizado y El Territorio con mayúsculas es la empresa periodística de Misiones que tiene un diario, que también se llama El Territorio porque nació cuando la Provincia era Territorio Nacional. En la primera acepción del diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, territorio es la porción de la superficie terrestre perteneciente a una nación, región, provincia, etc., en la segunda manda a terreno, y en la tercera es el circuito o término que comprende una jurisdicción, un cometido oficial u otra función análoga.
El territorio que hoy nos ocupa es el que pertenece a una nación que se llama Venezuela y que desde anteayer está sin luz, por la tenaz incapacidad de su gobierno de administrar la energía. Funcionarios de Venezuela han denunciado un ataque al sistema de control automatizado, es decir que han confesado su incapacidad de evitar que unos saboteadores dejen sin energía eléctrica a todo el país: desde el viernes y hasta no se sabe cuándo solo funcionan en Venezuela las instalaciones capaces de darse energía a sí mismas.
El control del territorio es presupuesto básico para reconocer a un gobierno. Quiero decir que ninguna nación reconoce a un gobierno que no controla su territorio, sea del signo que sea. Así de pragmática es la política internacional, que no distingue, en este caso, ideologías ni sistemas de gobierno. ¿Quién tiene el control efectivo del territorio? se preguntan y si la respuesta es contundente a favor de uno, lo reconocen así fuera el mismísimo diablo. Por eso es tan importante para cualquier revolución controlar el territorio o por lo menos una parte suficiente para acceder desde allí al poder total, o dividir el país en dos, o aunque sea contar con un aeropuerto y un país amigo (o cómplice) que le suministre armamentos. Nada que no hayamos visto unas cuantas veces durante el siglo pasado y me parece que las seguiremos viendo en el XXI.
Venezuela se debate hoy en el control de su territorio entre los dos presidentes que la gobiernan. Nicolás Maduro, elegido en una elección fraudulenta (los candidatos opositores estaban presos); y Juan Guaidó, elegido por el Poder Legislativo –la Asamblea Nacional– que a causa de esa elección no reconoce al gobierno de Maduro desde que este asumiera el mandato que ellos consideran ilegítimo. Lo curioso es que más de 60 países del mundo han reconocido a Juan Guaidó y desconocido a Nicolás Maduro, a pesar de que quien todavía controla el territorio de Venezuela es Maduro, gracias a la lealtad de las fuerzas armadas y de seguridad. En las últimas semanas han desertado unos 120 militares en las fronteras con Colombia y Brasil, un número insignificante además de inorgánico, a pesar de la prensa que le han hecho los canales de televisión apostados a la espera de disturbios en la operación de la ayuda humanitaria, de la que Maduro zafó con fuego y cierre de fronteras.
La última maniobra de Maduro fue echar al embajador alemán, y conseguirlo realmente a pesar de que Alemania no reconoce al gobierno que lo declara no grato. La ficción de la diplomacia inventa salidas airosas: el gobierno alemán llama a consultas a su embajador en Caracas justo cuando el gobierno de Maduro lo expulsa, así que no se va por la expulsión de Maduro sino por el llamado urgente del ministro de asuntos exteriores de Alemania. Maduro también ha roto relaciones con Colombia y se aísla del mundo que lo rodea; pero Cuba ya demostró que la insularidad no es un inconveniente si se controla el territorio.
Por el principio del control territorial, las 60 naciones que desconocen a Maduro esperan cada vez más ansiosas que Guaidó se haga con el poder real en Venezuela, sencillamente porque no se puede reconocer por tanto tiempo a un poder que no controla el territorio. Sería como reconocer a un loco que se autoproclamara Rey de Misiones y decide instalar su corte en Dos de Mayo: por más divertido que parezca, él único que lo va a reconocer es el psiquiatra encargado de admisiones del manicomio.

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