Miércoles 20 de septiembre de 2017

Pasará, pasará pero el último quedará

Domingo 9 de agosto de 2015 | 21:00hs.

Los docentes de Nivel Inicial predican con énfasis que se aprende jugando. | Foto: Facundo Correa

Martín, Martín, Martín Pescador, ¿me deja pasar? Pasará, pasará, pero el último quedará.
Martín Pescador es, seguramente, uno de los juegos más tradicionales del folclore argentino. Pero su popularidad, ciertamente, se ve acechada por las consolas. Las nuevas tecnologías restaron protagonismo a los juegos clásicos para niños, en tanto continúan siendo un elemento esencial en el desarrollo infantil.
Jugar es una actividad que libera y permite aprender. Jugar supone un reto y una satisfacción. Jugar es un derecho.
El artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño expresa que “los estados partes reconocen el derecho del niño al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes”.
No en vano los docentes de Nivel Inicial predican con énfasis que se aprende jugando.
En el Mes del Niño, cuando toda la parentela se alborota por comprar el mejor juguete, El Territorio propone debatir y reflexionar respecto de la importancia del juego en los hoy llamados nativos digitales. Y cómo ante esta nueva generación de chicos, los adultos se adaptan a sus demandas.
Para ello consultó a todos los miembros que de una u otra manera influyen en la infancia: padres, maestros, psicopedagogas, animadores de fiestas. Por supuesto que sería una mirada incompleta sin la voz de los protagonistas. También hablan los niños. “A mí me encanta jugar al fútbol, ir a la cancha y obviamente la compu. Cuando sea más grande quiero ser un youtuber, como mi amigo Bruno”, cuenta Santiago (8) con la espontaneidad y frescura propia de su edad.
“El juego te conecta con vos mismo y con los otros, regula tus fantasías, te ayuda a explorar el mundo. El juego es el modo propio en los niños”, argumenta la docente, piscopedagoga y directora de teatro Carolina Gularte.
En ese sentido, Alexis Rasftópolo, egresado de la Universidad Nacional de Misiones que cursa un doctorado en Comunicación en la Universidad Nacional de Córdoba, comparó el juego con el teatro. Los jugadores experimentan una mutación de sus identidades (Ver: A propósito del juego).
Rasftópolo abordó la dimensión lúdica del teatro comunitario en su trabajo titulado El teatro comunitario y sus posibilidades.

La mirada psicopedagógica
Carolina Gularte entiende que en la actualidad los niños se aburren más rápido, sin embargo insiste en ser más perseverantes en el juego en la escuela primaria como estrategia pedagógica.
“En una mayoría sí, se aburren más rápido. Y en general -los juegos- han cambiado, ahora hay muchos más jueguitos virtuales, comunicación cibernética, y menos pelotas o muñecas, aunque siguen vigentes. Sin embargo, además de las generaciones hay muchas diferencias en los niños hoy, según distintos factores: el barrio (¿se puede salir a jugar?, ¿hay plazas?, ¿canchita?), el espacio de la casa (¿tienen una habitación para ellos mismos?, ¿patio?), el tiempo disponible para jugar (¿hacen muchas actividades extraescolares?).
“Se puede y se debería utilizar más el juego para educar, tanto en la escuela como estrategia pedagógica principal en los niveles iniciales y demasiado abandonada para mi gusto en la escuela primaria, como en clubes, talleres. Juegos dinámicos, divertidos, que favorezcan no sólo los conocimientos intelectuales sino también sociales, afectivos, de la imaginación, etcétera”, argumenta Gularte.
Ahora bien, ¿qué consecuencias trae que la diversión esté alejada de los clásicos juegos como la escondida, la mancha, la bolita? “En mi opinión, un ‘hambre insaciable’ por tener, comprar, acumular objetos varios que suele ir acompañada por un precoz y hasta insalubre uso y manejo desajustado del dinero, que debiera estar reservado al ámbito adulto en pos del cuidado y preservación de la infancia”, sostiene María Gabriela Escalada, licenciada en Psicopedagogía y maestra Waldorf.
La pedagogía Waldorf no usa libros de texto ni exámenes y los niños aprenden a leer y a escribir a partir de los 6-7 años porque antes de esa edad se les deja que jueguen, ya que no están lo suficientemente maduros.
Escalada asegura: “Lo ideal sería que un niño ingresara al primer grado con 7 años cumplidos, para que así toda su necesidad de juego, movimiento e imitación ya cubierta y satisfecha, deje paso naturalmente a las exigencias y requerimientos de la nueva etapa. Un paso pequeño antes de otro paso mayor, un equilibrio primero que lleva a otro más complejo y posterior, como es la dinámica natural de cualquier proceso de crecimiento y evolución, una espiral ascendente de logros y adquisiciones”.
¿Qué le sucedería a un niño que crece sin jugar? “Probablemente, un estancamiento en etapas anteriores en las cuales las necesidades (ya mencionadas) no hayan sido satisfechas, lo que comúnmente llamamos inmadurez, o sea, cuando no hay una sana coincidencia o sincronía entre su edad cronológica y su posibilidad o capacidad para enfrentar y resolver ciertas situaciones de la vida cotidiana, que no sólo son estrictamente del ámbito escolar, pero que seguramente se manifiestan claramente allí”, define la maestra Waldorf.
Independientemente de la corriente teórica, la ronda de San Miguel es fundamental en el paso de la infancia.


Consejos para jugar A continuación se mencionan sólo algunos de los juegos tradicionales populares que gustaban practicar las generaciones pasadas de niños y niñas y que ahora se pueden seguir realizando, en familia o bien en canchas, parques, jardines o plazas.

Martín Pescador. Este juego forma parte del folclore argentino, influido en gran parte por las tradiciones españolas. Un pasatiempo que ha ido quedando en desuso, pero que todavía hay niños que juegan, sobre todo, en el recreo escolar.

La gallinita ciega. Raro es el sitio en el que no se juega a la gallinita ciega, y es que este tipo de pasatiempo tiene una gran popularidad en diferentes partes del mundo, aunque en algunas cambie de nombre.

Las escondidas. Las escondidas es un juego casi universal con el que han pasado ratos emocionantes niños y niñas de todas las generaciones y en casi todo el mundo. Hay que recordar aquí que un menor no disfrutará jugando al escondite si no tiene la certeza de que encontrará a la persona que busca. Esto ocurre hasta los 3 o 4 años, por lo que jugarlo antes de esta edad al infante le puede causar angustia y ansiedad. El escondite es un juego que se puede realizar en familia o con amigos.

El embolsado. La carrera de sacos se trata de un juego muy sencillo en el que sólo se requiere una bolsa y bastante habilidad y equilibrio de quienes los juegan. Es ideal en fiestas de cumpleaños, reuniones familiares, días de campo o simplemente para pasar un día divertido al aire libre.

Saltar la cuerda. Saltar la cuerda es uno de los juegos más populares y divertidos y un estupendo ejercicio físico, ideal para la salud y los momentos de diversión en familia. Sin saberlo, este juego que se realizaba comúnmente décadas atrás afuera de casa o en los patios de las escuelas, con una sencilla cuerda, es uno de los ejercicios físicos más completos.


Opinión
Por Alexis Rasftopolo
Licenciado en Comunicación Social


A propósito del juego El juego es una manifestación que trasciende las edades, más allá de que se lo suele vincular directamente al período de la infancia. Incluso es un fenómeno que no solamente se manifiesta en la especie humana. En su memorable “Homo ludens” (1938), el historiador y filósofo holandés Johan Huizinga sostuvo que el juego precede a la cultura –dimensión intrínseca del mundo social y humano-, ya que los otros parientes nuestros del reino animal no aguardaron a nuestra llegada de manera que les impartiéramos enseñanzas sobre como jugar.
A través de su obra Huizinga puso de manifiesto el carácter lúdico del desarrollo de la cultura.
Tiempo después, la investigadora argentina Graciela Scheines abordó el tema en un ensayo premiado por el Fondo Nacional de las Artes “Juegos inocentes juegos terribles” (1998). Dice la autora:
“El juego no es una actividad como cualquier otra. Es tan mágica como un ritual, ata y desata energías, oculta y revela identidades, teje una trama misteriosa donde entes y fragmentos de entes, hilachas de universos contiguos y distantes, el pasado y el futuro, cosas muertas y otras aún no nacidas se entrelazan armónicamente en un bello y terrible dibujo. Jugar es abrir la puerta prohibida, pasar al otro lado del espejo. Adentro, el sentido común, el buen sentido, la vida ‘real’, no funcionan. La identidad se quiebra, aparece en fragmentos reiterados de uno mismo”. En efecto, Scheines nos enseñó que en el tiempo del juego –diferente de la temporalidad que rige en la vida corriente-, podemos descubrir los diversos mundos del mundo, donde las cosas, los objetos, aparecen en todas sus posibilidades, no reducidos solamente a los usos y significaciones que les solemos dar en la cotidianeidad (pensemos en un escurridor o en un plato que dejan de ser “eso” para poder ser una espada, o un disco, o lo que la imaginación nos dicte); y también los jugadores experimentan, en ese orden distinto, una mutación de sus identidades. El teatro sería un buen ejemplo de esto último.
Siendo el juego una actividad tan potente vendría bien preguntarnos ¿por qué se concibe al juego solamente como una cosa de niños? ¿A qué edad dejamos de jugar y por qué?
Probablemente, al llevar dinámicas de vida tan estructuradas, con parámetros fuertemente establecidos en torno a los comportamientos, lo socialmente correcto e incorrecto, tanto a jóvenes y a adultos les cueste salirse del orden habitual de las cosas para “fundar el orden lúdico” y entregarse a él.
Por otro lado, Scheines también denunció los abusos que se hacen de esta actividad al proponerla como condición indispensable en talleres educativos y en distintas instancias de socialización, lo que en algunos casos lleva a tergiversar su verdadero sentido:
“…Cada vez que jugamos estamos repitiendo la gesta fundacional del Dios mítico, somos otra vez Dios, el Dios de la Biblia…o la divinidad pagana cuya acción creadora despejó las tinieblas, ordenó el caos y dio un sentido a las vidas futuras. Yo creo que por eso el juego es tan importante…Más que para la educación o para curar enfermos mentales, para mí el juego nos permite, fundamentalmente, repetir la gesta fundacional”

Por Griselda Acuña
sociedad@elterritorio.com.ar

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Fuente:www.TerritorioDigital.com

 
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