Martes 23 de enero de 2018
Cada paranoico arrastra su cruz. Le pregunto a un solitario, en apariencia normal, que disfruta de su helado en la mesita de la vereda al lado mío: -Me dicen que a usted le encanta el ajedrez ¿le gustan las Staunton?
(Nota: son las piezas que se usan en los torneos internacionales desde mediados del siglo XIX, fueron diseñadas por Nathaniel Cook y cada juego fue rubricado, respaldado y promocionado por el campeón inglés de la época: Howard Staunton. De allí su fama y su nombre).
Efectivamente aquel solitario las conocía.
-Yo aprendí a jugar al ajedrez a los cuatro años, me enseñó mi padre. Desde entonces lo jugué en la vereda de mi casa con mi hermano o en la mesa de un club con un amigo, contra un rival desconocido o solo (llegué a enfrentarme a mí mismo frente a un espejo), reproduje partidas magistrales de libros viejos o inventé problemas del tipo “mate en dos”. Participé de torneos y simultáneas, y con los años, aun siendo un pibe jugué con Bolbochan, Panno, Najdorf... Como ve, yo era una promesa en el juego ciencia, como Fisher. Pero ocurrió lo impensado, la maldita jugada secreta del Destino: mi padre murió a mis trece y mi hermano a mis 15. Semejantes golpes, a esa edad, además de jaquearme el alma -y para siempre- influenciaron en mi psiquis. Soñaba, en aquellos días, terribles pesadillas ajedrecísticas: yo quedaba atrapado en tableros infinitos como un Peón venido de otra dimensión, animado pero indefenso, resistiendo los embates sanguinarios de los Caballeros mercenarios que cumplían Cédulas Reales... como quien sueña con lugares exóticos, con vuelos etéreos. Me despertaba sudando y a los gritos. Mi madre ¡dios la tenga en la gloria! me llevó al sicólogo, que le recomendó que abandonase el ajedrez. ¿Abandonar yo? ¡Jamás! Retomé mentalmente el juego, en las sombras, trenzándome esporádicamente con mis dos fantasmas juveniles, como Hamlet. Últimamente me bajé una aplicación al celular para jugar de día. Por las noches vengo zafando de los Cruzados”. 

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