Domingo 31 de Julio de 2011

La Herencia Misionera

La libertad y futura dicha de 
estos Pueblos fue siempre el objeto de mis insesantes desvelos, esta es la unica remuneracion que profeso por los grandes sacrificios hechos en favor de estos desgraciados havitantes...” 
Proclama de Rivera, desde Itaquí, 7 de agosto de 1828

Gaspar Tacuabé, El Último Caudillo Guaraní
Había nacido en 1804 en La Cruz, pueblo que desde los tiempos jesuíticos había cobrado fama de contar con los hombres más aguerridos de Misiones. Fue 2° jefe, después de Agustín Cumandiyú, de las milicias guaraníes que, atraídas por Rivera fundaron Santa Rosa de la Bella Unión. En 1832, solicitó junto con varios centenares de exiliados de aquella colonia, autorización para vivir con sus hermanos de sangre de Mandisoví. Fue incorporado al Ejército Entrerriano donde comandó el “Escuadrón de Naturales Restauradores”. Después de Pago Largo, en 1839, ocupó temporariamente el norte del Aguapey, conquistado por el Paraguay, repitiendo la historia de Andresito en 1815. Será el último caudillo guaraní-misionero, aunque actuando bajo bandera entrerriana. Tuvo destacada actuación en el ejército de Urquiza en varias batallas trascendentes, como Pago Largo, Arroyo Grande, Caá Guazú. Falleció probablemente en 1850. A pesar de su destacada actuación, muy poco se ha interesado la historiografía regional en valorar el desempeño de este valiente oficial guaraní-misionero.

Don “Frutos”
Uno de los militares más multifacéticos de la historia rioplatense. Don Fructuoso Rivera nació en Montevideo en 1788. Se inició en las armas en 1811, bajo las órdenes de José Artigas, en el sitio de Montevideo. Acompañó al Protector durante la mayoría de sus campañas en la Banda Oriental, hasta 1820. Contradictoriamente, en 1821 se pronunció en favor de la incorporación del Estado Oriental al Reino Unido del Brasil, a cuyo servicio intervino militarmente hasta 1825. Ese año se incorporó como 2° Jefe del Ejército Oriental, en las luchas contra el Brasil, obteniendo victorias importantes. En 1828 el gobierno federal de Dorrego le encomendó la campaña de reconquista de las Misiones Orientales. En 1830, producida la Independencia del Uruguay, Rivera es nombrado Presidente Constitucional de la República. Militar de mil guerras, muró el 13 de enero de 1854, después de haber participado en trascendentes batallas como India Muerta, Arroyo Grande, Rincón de Gallinas, entre otras.

El vacío Demográfico de los 7 Pueblos
Producido el éxodo de los misioneros orientales hacia la Banda Oriental, el vaciamiento de los 7 pueblos fue casi total. Un informe oficial brasileño de 1830 expresaba que: “Los pueblos están casi extinguidos. San Angel, San Juan, San Luis y San Nicolás no tienen un solo indio. San Borja, San Lorenzo y San Miguel, apenas tienen 38”.


La Fundación de San Borja del Yí
La colonia de Bella Unión, creada por Fructuoso Rivera con las familias traídas desde los Siete Pueblos Orientales, tuvo una efímera duración. En 1832, después de ordenado el incendio del pueblo por el líder colorado, un millar de guaraní-misioneros fundaron una aldea a orillas del río Yí. Con el tiempo el poblado concentró unos 3.500 naturales emigrados de diferentes pueblos de Misiones. En 1843, consecuencia de las guerras civiles, la población fue dispersada, hasta 1854, época en que retornan, debiendo litigar sus tierras con hacendados particulares que allí se habían asentado. En la década de 1860 se pierde su rastro.

Cada reducción o tribu marchaba como en procesión, presidida de los ancianos que llevaban a los santos principales. El pueblo conducía 
multitud de santitos. A la cabeza de aquella iba la música. Cada tribu tenía la suya compuesta de violines. Los músicos son también los cantores...”
Manuel A. Pueyrredón, testigo del éxodo de los pueblos guaraníes orientales, noviembre de 1828

Convención Preliminar de Paz de 1828
La asombrosa reconquista de Rivera de los pueblos de las Misiones Orientales, en poder lusitano desde 1801, duró menos de un año. Las mezquindades políticas y las indecisiones militares la hicieron fracasar. Con gran habilidad diplomática, el embajador inglés en Brasil, Lord Ponsomby permitió que ese Imperio rescatara una victoria en el tratado de paz, de que había sido una derrota en el campo militar. Con la firma de la Convención Preliminar de Paz en Rio de Janeiro, el 27 de octubre de 1828, se acordó la independencia de la Banda Oriental, principal razón del conflicto y la disolución de las Misiones Orientales. Con ello, dos joyas de la herencia hispánica de las Provincias Unidas del Rio de la Plata fueron definitivamente perdidas.


Planta del pueblo misionero de Santa Rosa de la Bella Unión. Copia de un original de Bernabé Magariños, que fuera comandante general de dicha colonia.

Alvear, el Héroe Misionero de Ituzaingó
Entre los oficiales argentinos triunfantes en la decisiva batalla de Ituzaingó se destacó sobremanera el General en Jefe del Ejército Republicano, don Carlos María de Alvear. Había nacido en San Miguel, Misiones Orientales, donde su padre, Diego de Alvear cumplió funciones de Administrador, el 25 de octubre de 1789. Desde muy pequeño se radicó en España, donde comenzó su carrera militar. De notable similitud biográfica con José de San Martín, el destino los unió en la formación del Regimiento de Granaderos a Caballo en 1812, cuando ambos regresan a su patria de nacimiento. Un año después Alvear era designado Presidente de la Asamblea General Constituyente. En enero de 1815 fue nombrado Director Supremo de las Provincias Unidas del Plata. La gloria lo envolvió en las luchas con el Brasil por la Banda Oriental. Falleció en 1852, en Estados Unidos donde residía como ministro plenipotenciario.

El “Paisano”
El proceso de mestización que provocó el encuentro entre los guaraníes y criollos en los ámbitos rurales de la Banda Oriental, dio lugar a la formación de un nuevo tipo de hombre, el “paisano”, que se conchababa en las estancias, con gran aceptación por parte de los hacendados, por su idoneidad en los trabajos rurales. Se los llamaba “paisanos” para diferenciarlos de los indios y los criollos. Todavía conservan ese apelativo y constituyen un importante elemento de la herencia misionera en el Uruguay.


Pueblos Fundados por Familias Guaraníes en la Banda Oriental

- Un millar de guaraníes construyeron los principales edificios públicos de Montevideo, en la época de su creación. Esas familias quedaron residiendo allí definitivamente, desde donde partieron para fundar nuevos pueblos.

- Para la fundación de Maldonado, en 1757 fueron traídas siete familias de San Lorenzo y San Miguel.

- El pueblo de Minas fue construído por indios misioneros en 1783. Fueron 150 guaraníes y se destacó fundamentalmente la Compañía de Naturales de Santo Tomé.

- Para la fundación de San José, en 1783 fueron llevadas 29 carretas con 204 indios misioneros.

- Salto fue un fuerte construído en épocas de la Guerra Guaranítica. Finalizada la misma, sus estructuras fueron aprovechadas por guaraní-misioneros para utilizarlo como punto de recalada de navíos que trasladaban mercaderías desde las Misiones a Buenos Aires.

- Durazno, vio notablemente incrementada su población, con el aporte de guaraníes que emigraron de la colonia de Bella Unión en 1832.

- Del mismo modo, Florida, Melo, Mercedes. Todos ellos son ejemplos de la influencia notable de los guaraníes, como fundadores de pueblos en la Banda Oriental.

La dispersión final

En 1801, un grupo de milicias irregulares luso-brasileñas habían ocupado en una audaz acción los Siete Pueblos Orientales, que medio siglo atrás provocaran la dramática Guerra Guaranítica. Infructuosamente, Andresito Artigas luchó varios años entre 1816 y 1819 por la recuperación de ese territorio, lo que resultó en graves pérdidas humanas y la ruina total de la mayoría de los pueblos. Hacia fines de la década de 1820, esa disputada región fue fácilmente conquistada por Fructuoso Rivera, caudillo oriental, del partido colorado, guerrero de muchas batallas y protagonista fundamental de la historia uruguaya.
Entender esta etapa de la historia misionera es tan difícil como comprender el rápido éxito de la acción de las milicias de Borges do Canto en 1801 que culminaron con la definitiva presencia brasileña en la zona.
Lo que sí queda claro es que, a pesar de ser arrastrados durante tantos años en luchas fratricidas, los guaraní-misioneros orientales no perdieron la identidad con sus hermanos “del otro lado del Uruguay” y, al ser alentados por Rivera, no dudaron en volver a reunirse con sus consanguíneos donde ellos estuviesen. 
La breve irrupción de Rivera en los Siete Pueblos, provocó la última etapa de dispersión de la población guaraní de sus pueblos, los que, a partir de allí comenzaron a ser habitados por gentes de otras razas. Esta corriente migratoria, en tanto, posibilitó la fundación de nuevos pueblos en la Banda Oriental y aumentó el número de los ya existentes en el nordeste entrerriano.
Los guaraníes, ancestrales migrantes, en un nuevo éxodo abandonaron así, definitivamente, los pueblos fundados a instancias de los Padres de la Compañía de Jesús.

La Expedición de Rivera a los “Sete Povos”
El triunfo de las armas rioplatenses sobre las brasileñas en Ituzaingó, en febrero de 1827 significó el fin de la Guerra con el Brasil, por la Banda Oriental. Pero el gobierno bonaerense pretendió mejor botín y arriesgó la Campaña de recuperación de las Misiones Orientales, aprovechando el entusiasmo del triunfo aludido. Esta tendría además el objetivo de forzar un pedido de paz por parte del Brasil.
El gobierno de Dorrego encomendó para tal fin al caudillo santafesino Estanislao López, quien a su vez delegó la jefatura del Ejército en Fructuoso Rivera, quien tenía ya en mente un viejo proyecto de reconquista de aquel territorio. Así, “don Frutos”, como se lo conocía personalmente, se internó en territorio riograndense, con fuerzas combinadas correntinas, orientales y misioneras, vadeando el Quareim a principios de 1828.
Bastaron sólo diez días para la reconquista del territorio. Marchando a San Borja, primer pueblo ocupado, Rivera envió una Proclama donde instaba a que: “si vosotros os presentarais a engrosar las filas de los Independientes, tendréis buena acogida entre mis Tropas (...) Seamos todos libres y vamos a ponernos en estado de que no venga alguna Nacion Europea a hacernos Esclavos para siempre (...) juntáos conmigo y estad seguros que seré un eterno defensor de vuestra libertad”. La prédica riverista tuvo inmediato eco entre la población –mayormente guaraní–, que se fue incorporando a su ejército.
Fue tan sorpresiva la acción de Rivera, que el comandante de las Misiones Orientales, Joaquín de Alencastre no tuvo capacidad de respuesta militar. El Comandante General de la Frontera, en tanto, el Vizconde de Castro, imposibilitado de una eficaz defensa del territorio, exhortaba a los habitantes de Misiones a “salir del letargo en que ignominiosamente yacéis. El pérfido Rivera, abusando de vuestra credulidad, os ha burlado”. No obstante, centenares de pobladores se iban uniendo a su nuevo jefe, don Frutos Rivera, desconociendo las autoridades brasileñas.
La indefensión de esa región y el carisma que despertó Rivera entre sus habitantes, pudieron haber sido decisivos para la recuperación de ese territorio. Pero las mezquindades y personalismos fueron más que aquella trascendente cuestión. Cuestiones de política interna entre Rivera y sus adversarios, Lavalleja, Oribe, Ferré y otros, y el recelo de los porteños hacia el caudillo oriental, impidieron un plan de fortalecimiento del territorio que durante nueve meses estuvo ocupado por las fuerzas de Rivera. Así se llegó al 27 de octubre de 1828, cuando se firmó la Convención Preliminar de Paz, en Rio de Janeiro, bajo la influencia del embajador inglés Lord Ponsomby. Allí se acordó la independencia de la Banda Oriental y la devolución del territorio de las Misiones Orientales al Brasil.
La reacción de Rivera ante la firma de la paz, fue violenta e impulsiva. Ordenó el vaciamiento de los pueblos guaraníes, el arreo de la gente y su traslado a la nueva frontera del Quareim. Se inició así la migración de los guaraníes de los pueblos orientales hacia el sur del territorio. Muchas descripciones de testigos presenciales de este nuevo éxodo detallan la resignación y la pasividad demostrada por las familias “arreadas” por Rivera. Las largas caravanas eran comandadas por imágenes religiosas, mientras casi constantemente los viajeros entonaban canciones religiosas, bajo las melodías de grupos de músicos. Manuel Antonio Pueyrredón, un testigo de este hecho, confesaba su emoción ante tal espectáculo.
Cerca de 4.000 guaraníes acompañaron la retirada de Rivera con su Ejército del Norte. Fue el más grande movimiento migratorio conocido en territorio oriental, superando incluso al conocido Éxodo de Artigas.

Fundación de Santa Rosa de la Bella Unión
En enero de 1829, la caravana llegó a la rinconada que forma el Quareim en su desembocadura con el Uruguay. Rivera fundó allí con las familias migrantes, la colonia de Santa Rosa de la Bella Unión del Quareim. Los principales caudillos de aquella multitud eran jefes de larga trayectoria entre los guaraníes: Francisco Javier Sití, Evaristo Carriego, Vicente y Francisco Tiraparé, Gaspar y Manuel Tacuabé, Agustín Cumandiyú. Por lo menos medio millar de los emigrados eran soldados de las milicias guaraníes.
El pueblo de Bella Unión fue fundado de acuerdo a las normas urbanas típicas de los pueblos guaraníes, con una plaza central, alrededor de la cual se fueron construyendo hileras de precarias viviendas. En muy poco tiempo comenzaron a afincarse allí, comerciantes extranjeros, venidos de Buenos Aires, como el francés Isidore Auboin, quien dejó interesantes relatos sobre esta colonia, lo que permite una descripción de su corta vida.
Con la fundación de Bella Unión, los misioneros recuperaban su autodeterminación, después de largos años de dependencia. Pero la colonia no prosperó. El abandono de su nuevo tutor, Rivera, más preocupado por el ascenso político que por sus protegidos y las graves consecuencias que provocó la anarquía de la Banda Oriental en el pueblo recién fundado, hicieron que pronto su población nuevamente se dispersara.

El abandono de Rivera
La falta de recursos de los pobladores de Bella Unión y las denuncias de estancieros cercanos al pueblo, sobre robos de animales, provocaron la impaciencia de don Frutos quien decidió el incendio del pueblo en abril de 1830, apenas un año después de su fundación. En aquella decisión, Rivera dejaba librado a la decisión de sus habitantes, “el destino que mejor les parezca”.
La ubicación estratégica del pueblo, en una zona tripartita, sumado a las sensibilidades políticas del Litoral argentino-oriental, constituían a Bella Unión en un problema para muchos. Corrientes, por ejemplo, en pleno proceso de incorporación de Misiones a su territorio, temía una alianza de los caudillos de ese poblado con los guaraní-misioneros de Mandisoví, tenazmente opuestos a aquella política correntina. Entre Ríos, por su parte, con una gran porción guaraní en el nordeste de su territorio miraba con recelos la actitud de Corrientes, a pesar de los pactos de unión que ambas provincias habían formalizado. La futura migración de una gran porción de los misioneros de Bella Unión a Mandisoví, pondría a ambos estados en pie de guerra en la frontera de ambos.


 Éxodo de los guaraní-misioneros de los Siete Pueblos tras la figura
 de Don Frutos Rivera. A orillas del río Uruguay, en la frontera del
 Quareim, esta multitud de 6.000 migrantes fundó la colonia de Santa
 Rosa de la Bella Unión.

La migración misionera al nordeste entrerriano
Abandonados por Rivera, los desamparados misioneros orientales buscaron nueva protección. Esta vez fue el gobierno entrerriano quien debió atender el pedido de incorporación de los naturales de Bella Unión a su territorio. En nombre de 500 “hombres de armas”, y de unas 5000 almas, un selecto grupo de 87 firmantes, con aclaración de sus cargos (corregidores, teniente corregidores, alcaldes, caciques, capitanes, tenientes y alféreces), firmó la solicitud, desde Belén, el 6 de mayo de 1830. Los términos del documento revelan con claridad el estado de miseria y desesperación en que se hallaban los hijos de las Misiones Orientales. Dicen allí: “cansados de sufrir una peregrinación sin termino y toda clase de privaciones (...) [y viendo] qe. se apresuran los momentos del completo exterminio y desolacion de este desgraciado Pueblo (...) han resuelto unanimemente separarse de este Estado y ocupar sus territorios en la Banda Occidental del Uruguay (...) piden (...) la protección de la Heroica Prova. de E.R. como una de las qe. mas singularmente le han favorecido en la conservacion de sus derechos...para recuperar sus terrenos usurpados de la manera mas violenta”.
El Comandante entrerriano Taborda, a la postre radicado en Mandisoví, debido a las circunstancias expuestas, fue el encargado de la recepción de las familias guaraníes, quienes debían “deponer las armas al ingresar a Mandisoví”. 
Corrientes, en tanto, tejía todo tipo de estrategias frente a la situación. Al igual que los entrerrianos de Mandisoví, desde Curuzú Cuatiá se autorizó –con la provisión inmediata de todos los auxilios que necesitasen– el cruce por Paso de Higos a un grupo de familias que prefirieron unirse a sus hermanos de La Cruz en su etapa de reconstrucción, bajo administración correntina.

Las milicias guaraníes enfrentan a Rivera
Mientras familias enteras vadeaban el Uruguay por el paso del Salto Chico, o por el Paso de Higos (frente a la actual ciudad de Monte Caseros), el incendio de Bella Unión, ordenado por Rivera no había sido formalizado aún. Allí quedaron los hombres de armas durante un año y medio más, participando activamente en la guerra civil oriental en favor de Manuel A. Lavalleja, enemigo de Rivera.
Para evitar la oposición de las milicias guaraníes, Rivera intentó convencer a aquellos de trasladarlos al “interior del estado” oriental. Si bien esto inicialmente no se concretó por el gran resentimiento de los jefes guaraníes ante el abandono de Rivera, algunos meses después, muchas familias se internarían a la Banda Oriental, proveyendo a la fundación de algunos pueblos, como Durazno o San Borja del Yí.
En febrero de 1831, aún permanecían en Bella Unión los principales jefes guaraníes con medio millar de soldados. Se abastecían del ganado de las estancias cercanas, lo que llevaba a los hacendados a quejarse de los desmanes. Esto llevó a Rivera a tomar personalmente cartas en el asunto.
En febrero don Frutos tomó Bella Unión, la que encontró desolada pues sus habitantes, comandados por Agustín Cumandiyú, Francisco Javier Sití y Gaspar Tacuabé, se replegaron a Belén para organizar la defensa de su territorio. Allí en un par de meses consiguieron prepararse para enfrentar a las fuerzas riveristas al mando del hermano de don Frutos, Bernabé Rivera, el 11 de abril de 1831 a orillas del arroyo Salsipuedes. Aurelio Porto indica que, a pesar de la tenacidad y heroísmo de las fuerzas guaraníes, éstas fueron vencidas, muriendo 40 de sus hombres y siendo prisioneros 300 de ellos. Porto agrega que éstos fueron “distribuidos por todo el territorio oriental”.

Derrota y dispersión hacia el interior uruguayo
Desde la derrota misionera en Salsipuedes hasta mediados de 1832, los jefes guaraníes, con 400 soldados se entrenaron a las órdenes de Lavalleja en Paysandú, en momentos de mayor tensión en las relaciones de este caudillo del partido blanco, contra el colorado Rivera. La misión del ejército guaraní sería la de contener el avance de las tropas brasileñas de Bentos Manuel, aliadas al líder colorado.
Mientras ello ocurría, un grupo de familias guaraníes, provenientes de Mandisoví se reconcentraron en Bella Unión desde fines de 1831, motivados por la coyuntura de aparente paz que reinaba, probablemente con la ilusión de residir allí de manera definitiva. Pero nuevos infortunios esperaban a este sacrificado pueblo.
A partir de 1832, una vez más las milicias guaraníes fueron utilizadas en pro de intereses políticos extraños. Envueltos en las luchas entre blancos y colorados, de pronto se encontraron luchando contra las fuerzas brasileñas de Bentos Manuel. Aquellas, muy superiores en preparación y en cantidad de efectivos, hicieron presa fácil de los tenaces soldados guaraníes.
El 6 de junio, después de una muy frágil defensa del pueblo, Bella Unión fue sitiada y saqueada por las fuerzas brasileñas. Las familias residentes huyeron despavoridas en diferentes direcciones. Tres días después, con las fuerzas aún desorganizadas, Gaspar Tacuabé y Agustín Cumandiyú fueron derrotados en Belén por fuerzas combinadas brasileñas y orientales al mando de Bernabé Rivera. Cumandiyú fue hecho prisionero y Tacuabé, con una casi irracional tenacidad se dispuso a reclutar gente en el Paso de Itacumbú, con el objeto de seguir dando batalla. En octubre nuevamente las fuerzas riveristas vencieron a Tacuabé en Belén, pocos días después de la derrota definitiva de Lavalleja frente a Rivera. 
Con las fuerzas totalmente dispersas, su caudillo de turno vencido y en fuga hacia el Brasil, y con el territorio ocupado por las fuerzas riveristas, uno de los últimos caudillos combativos guaraníes, don Gaspar Tacuabé decidió abandonar la lucha y reunirse con sus hermanos de sangre en Mandisoví. Allí formó, con la esperanza de restaurar la provincia guaranítica de Misiones, un cuerpo de soldados denominado “Escuadrón de Naturales Restauradores”.

El incendio de Bella Unión
Mientras se libraron las batallas entre riveristas y lavallejistas (con sus aliados guaraníes), las tropas coloradas utilizaron Bella Unión como centro de operaciones. Al retirarse, decidieron incendiar y destruir totalmente el pueblo fundado por guaraníes orientales. Con el objeto de evitar nuevas reocupaciones los riveristas cargaron en lanchones “las puertas de la Iglesia, campanas, y hasta los Santos que se llevaron por el Rio”. Otro despojo mas de la herencia artística religiosa de los tiempos jesuíticos.
Con la vandálica acción final en Bella Unión, Rivera se encargó de destruir lo que él mismo había creado. Su desmedida ambición política llevó a un trágico final a la población de las Misiones Orientales que, por seguirlo vieron desintegrarse en sólo un lustro su sociedad, sus bienes, sus tierras. De aquellas 5.000 almas que participaron de la migración riverista, algunos pasaron a residir en La Cruz, otros en Mandisoví y un tercer grupo se internó por las campañas de la Banda Oriental incorporándose a algunos pueblos ya existentes, o fundando otros.
La suerte corrida por los guaraní-misioneros de los Siete Pueblos, en definitiva, fue la misma de la de sus hermanos de las misiones argentinas: la dispersión general y el abandono de sus ambiciosos protectores.

La base de la sociedad rural uruguaya
La contribución de los guaraní-misioneros a la formación de la sociedad uruguaya fue fundamental. Al contrario de la tradición “charrúa” que la historia ha inculcado para la Banda Oriental, ha sido mucho más importante el aporte de pobladores guaraníes de las Misiones. Desde mediados del siglo XVIII, fundamentalmente a partir de la Guerra Guaranítica y hasta fines del siglo XIX, la población rural uruguaya estuvo constituída por familias emigradas de las Misiones de guaraníes. Dice Rodolfo González Rissotto, estudioso uruguayo de este tema, que a su arribo a la Banda Oriental, los guaraníes adoptaron dos actitudes de vida. Algunos se quedaron al margen de las sociedades ya establecidas, mezclándose con los “gauchos”, desertores de ejércitos, fugitivos de la ley, que erraban por la campiña oriental. Pero la mayoría se integró a los pueblos, constituyéndose en principal elemento de desarrollo de los mismos. Otros fueron fundadores de nuevos poblados. Se ubicaron preferentemente en las zonas norte y litoral del país.
Pueblos como Maldonado, fundado en 1757, Minas en 1783, San José en el mismo año, Santa Lucía, un año después, Paysandú, Salto, Mercedes, Florida, en la última década del siglo XVIII, fueron construídos y habitados por familias misioneras. La mayoría de ellas ya residía en Montevideo, y desde allí eran destinadas a la construcción de las nuevas aldeas. Hoy perviven la mayoría de aquellos centros urbanos.
Respecto a los emigrados de Bella Unión, después de las desavenencias con Rivera, se dispersaron a orillas del río Yí, donde fundaron un nuevo pueblo: San Borja del Yí. El mismo se constituyó con 860 pobladores. 139 de ellos eran nativos de San Borja, 47 de San Miguel, 46 de San Juan, 29 de Santo Angelo, 41 de San Lorenzo, 101 de San Luis Gonzaga, 86 de San Nicolás, 111 de Yapeyú, 159 de La Cruz, 66 de Santo Tomé y 35 de Corpus. Fundado el pueblo, en 1832, se fueron incorporando nuevas familias alcanzando la suma de 3500 habitantes. Vivían en la mayor indigencia, manteniendo sus costumbres ancestrales, como lo narran viajeros que allí estuvieron, Martín de Moussy o Arsenio Isabelle.
Lejos de su patria, abandonados por quienes hicieron uso de su valentía como soldados y en la peor miseria, los guaraníes de las misiones orientales terminaron en las fértiles praderas uruguayas contribuyendo a formar un nuevo tipo de hombre, el “paisano”, característico del ámbito rural oriental. El mestizaje producido en su contacto con el gaucho y la sociedad criolla de la región, impuso pautas culturales muy fuertes, que se arraigaron en el típico hombre rural y que aún hoy se mantienen. Fue el mismo proceso acontecido en el Paraguay, Rio Grande do Sul, Corrientes y Entre Ríos, la “región guaranítica”.

La independencia del Estado Oriental.
En la Convención Preliminar de Paz, de 1828, que puso fin a la guerra entre Argentina y Brasil por la Provincia Cisplatina, se estipuló la independencia de la Banda Oriental. En este mismo territorio, la noticia produjo más desorientación que regocijo. El concepto de independencia absoluta no había existido nunca en ese país hasta este convenio. Los caudillos orientales siempre bregaron por la autonomía provincial. Desde 1810, los orientales consideraron su territorio como integrante de las Provincias Unidas del Plata. “La palabra patria, –dice el historiador uruguayo Alberto Felde–, no figura en ningún escrito ni discurso de los orientales desde 1810 (...) ¿Cómo habría de existir el concepto de nacionalidad cuando, desde los orígenes coloniales formaron parte de las Provincias Unidas, y son comunes la raza, la lengua, las costumbres, los caracteres...?” 
La República Oriental del Uruguay inició su vida institucional independiente con la Constitución de 1830.

El hombre primitivo misionero
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América en la visión de los europeos
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Hacia las fronteras
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Gobierno y administración de los pueblos jesuíticos
Vivir en una reducción
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La rebelión guaraní
La expresión de la cultura en las reducciones
El urbanismo jesuítico-guaraní
La edificación de una reducción
Los caminos recorridos por el guaraní
El fin de la obra misional: la expulsión
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José Artigas –Teniente Gobernador-
Andrés Artigas, Comandante General de Misiones
Andrés Guaucurí, Artigas, y el intento de recuperación de los siete pueblos
Andrés Artigas, sus últimas campañas
Los sucesores de Andresito en Misiones
Misiones bajo el dominio paraguayo
Misiones, la ruta comercial del Paraguay
La dispersión final
Corrientes ocupa los territorios de las misiones meridionales
Los guaraníes misioneros, un destino de integración social
La herencia secular
Bibliografía
Fuentes documentales

Los Autores
Agradecimientos
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