Domingo 31 de Julio de 2011

La Herencia Misionera

"...Vengo a restituiros vuestros derechos de libertad, propiedad y seguridad de que habéis estado privados por tantas generaciones, sirviendo como esclavos a los que han tratado únicamente de enriquecerse a costa de vuestros sudores...”

Proclama de Manuel
Belgrano a los naturales misioneros desde
Campichuelo, el 19
de diciembre de 1810.

Deserciones de los Soldados Guaraníes por la Ausencia de sus Mujeres En su incursión al Paraguay, Belgrano no pudo contar con el ejército misionero de Rocamora, que tardó en arribar a Candelaria. Aparte de ello, Belgrano se quejaba a la Junta que muchos misioneros habían desertado “...porque los indios no pueden andar sin su mujer...”. El prócer había prohibido la presencia de mujeres, aún casadas, por significar un estorbo para la marcha y para un mejor aprovisionamiento de la tropa. Fue éste uno de los tantos problemas con los que debió lidiar Belgrano en tierras desconocidas y con culturas tan diferentes a su pensamiento ilustrado.

El Sarandí de Belgrano En su campaña al Paraguay, Belgrano instaló su cuartel general en Candelaria. Al pie de un hermoso sarandí plantó su tienda de campaña para preservarse de los rigores del clima. Allí acampó durante 15 días. Ese árbol, que aún se conserva es hoy reliquia histórica y orgullo de los habitantes de la antigua capital de Misiones.

Glosario

Curuzú Cuatiá: es generalizada la traducción de “cruz de papel” al nombre de esta ciudad. Sin embargo, por las características de su ubicación geográfica es mas acertado significarlo como “cruce de caminos”, pues el pueblo fue fundado en el cruce de las rutas que se dirigían de oeste a este a las Misiones y de norte a sur, de Corrientes a Mandisoví.

Mandisoví: el pueblo tomó el nombre del arroyo homónimo.Este topónimo significa para algunos “bagre azul”, aunque su traducción mas acertada sería “planta de flor azul”, que coincide con la presencia fitogeográfica en las costas de este arroyo de algarrobos, espinillos, sarandíes, curupíes. Charque: (o tasajo) carne salada y secada al sol.


Belgrano, ¿Fundador de Curuzú Cuatiá y Mandisoví? Es muy común en las historias locales de estos pueblos mesopotámicos la afirmación orgullosa de haber sido fundados por don Manuel Belgrano en su paso al Paraguay en 1810. Sin embargo, el prócer sólo legalizó y dio un carácter urbano, con planificación de ejidos, a estos pueblos ya existentes. Con el derecho que le otorgaba su autoridad como vocal de la Primera Junta, solucionó, asimismo, antiguos pleitos jurisdiccionales existentes entre correntinos y misioneros por la soberanía de la región sudeste de la actual provincia de Corrientes. A Yapeyú le dejó su partido original hasta el Miriñay y el pago de la capilla de La Merced (actual Monte Caseros), donde la población indígena era dominante. Al nuevo pueblo de Curuzú Cuatiá le asignó el resto del sudeste de la provincia, con la excepción del distrito de La Merced. Fijó, en tanto, el Mocoretá como límite con Mandisoví, al que independizó de Yapeyú.

La Incorporación de Misiones a Corrientes Hacia 1814, cuando la crisis posrevolucionaria se hacía sentir en todos los ámbitos, el Director Supremo Gervasio Antonio de Posadas, promulgó, el 10 de septiembre, un decreto que se hizo famoso por la arbitraria incorporación del territorio misionero a Corrientes, provincia creada por ese documento. En el art. 2° se ordenaba que: “La ciudad de Corrientes y los pueblos de Misiones con sus jurisdicciones respectivas, formarán desde hoy en adelante una Provincia del Estado, con la denominación de Provincia de Corrientes. Sus límites serán al norte y oeste, el río Paraná hasta la línea divisoria de los dominios portugueses, al este el río Uruguay y al sud la misma línea que se ha designado como límite (...) con la provincia de Entre Ríos”. Este absurdo decreto desconocía la autonomía de los pueblos misioneros, que intentaban organizarse bajo el liderazgo de Artigas, como así los pretendidos derechos paraguayos en Candelaria. Si bien fue notificado al gobierno de Corrientes, el 24 de septiembre de 1814, nunca fue puesto en práctica.

La realidad que encontró Belgrano en las misiones durante su trayecto al Paraguay lo conmovió al punto de buscar soluciones legales a la decadencia de estos pueblos. De allí la confección de un Reglamento para los pueblos misioneros, escrito en pleno fragor de las batallas con los paraguayos. Constituye un documento jurídico de indudable valor, que si bien no produjo los resultados esperados en Misiones, fue el fundamento de organización de otros pueblos indígenas como Itatí, Garzas y Santa Lucía, en Corrientes.

El reglamento de Belgrano

La expedición de Belgrano al Paraguay, como miembro de la Primera Junta tuvo un importante carácter político, además del específicamente militar. Así, por ejemplo, solucionó en su paso por Curuzú Cuatiá, un viejo pleito jurisdiccional entre correntinos y misioneros en la región sur del río Miriñay, que había sido efectivamente ocupada por guaraníes de Yapeyú en la época de Juan de San Martín. Asimismo legalizó la existencia de aquella localidad, fundada en 1789 y también del pueblo de Mandisoví. En ambas partes nombró autoridades oficiales. El contacto con los pueblos misioneros provocó desazón en Belgrano por el estado paupérrimo de los mismos. Por esa causa, y actuando con el derecho que lo facultaba como autoridad de la Junta, redactó desde el Campamento de Tacuarí el Reglamento para los Naturales de Misiones. En éste, consistente de treinta artículos, se refleja el espíritu ilustrado de Belgrano al insistir, por ejemplo en la libertad total de los naturales. Fue éste el último intento de las autoridades porteñas para recuperar el progreso de los pueblos misioneros convirtiéndose en un nuevo fracaso por desconocimiento de la cultura guaranítica. Ninguno de los gobernantes que se sucedieron después de la expulsión de los jesuitas percibieron que el régimen de comunidad estaba en la base ancestral de la estructura de la vida del pueblo guaraní. La liberación no produciría resultados positivos sin un cambio de mentalidad. Belgrano entendió que ya iniciado desde varios años atrás el proceso de liberación había que continuarlo. Por ello, a la continuidad de la libertad de los naturales le sumó la absoluta disponibilidad de sus bienes. “Todos los naturales de Misiones son libres, gozarán de sus propiedades y podrán disponer de ellas como mejor les acomode...”, indicaba en este sentido. El Reglamento proveía medidas para realizar el reparto de tierras en propiedad, la libertad plena para el comercio e impulsaba el afincamiento de población blanca en los pueblos. Suprimió el pago de tributos, eximiendo por diez años todo impuesto a los habitantes de Misiones. Preocupado por la educación, ordenó que cada pueblo debería contar con escuela. Respecto a la lengua, consideraba que “...no está en mi ánimo desterrar el idioma nativo de estos pueblos, pero como es preciso que sea fácil nuestra comunicación...” estimulaba el aprendizaje del español, promoviendo un bilingüismo. También tomó Belgrano medidas de tipo sanitarias, como la sugerencia de que las familias viviesen en solares separados, evitando las hileras de casas. Partidario de aumentar las poblaciones, limitaba a no más de 14 manzanas la capacidad de los pueblos. Dedicó a la organización militar, por el carácter fronterizo de la región, especial interés, fomentando la formación de milicias, para la seguridad exterior y para el mantenimiento del orden interno en los pueblos. Belgrano estaba convencido de que los guaraníes habían sido despojados de sus derechos individuales por los jesuitas que los habían educado en un régimen socio-comunitario. La decadencia y el pauperismo reinante en los pueblos no fueron suficiente ejemplo para convencer a Belgrano de su error respecto al planteo de sus estrategias para el adelanto de esa región. Por ello el prócer entendía que, ya iniciado el proceso de liberación no se podía volver atrás, sino al contrario, había que fortalecer y estimular un nuevo estilo de vida, donde reinase la individualidad. Belgrano partía del principio de “hoy todos somos uno”, propio de la mentalidad ilustrada de la época. Con ello pretendía que conviviesen guaraníes y blancos en un marco de franca igualdad. Así, ordenó la supresión del tributo al que estaban obligados los naturales y se designaron diputados indígenas para el futuro Congreso que decidiría la independencia del país. El Reglamento proveía medidas para realizar ordenadamente el reparto de los bienes comunitarios, la plena libertad de comercio y la distribución de empleos del gobierno tanto a blancos como naturales, sin discriminaciones. Respecto a las tierras señalaba que “... al estar entre ellas intercaladas, se hará una masa común de ellas y se repartirán a prorrata entre todos los pueblos para que unos y otros puedan darse la mano y formar una provincia respetable de las del Río de la Plata...”. Al no tener los naturales medios para explotar esas tierras, Belgrano decidió eximir por diez años de todo impuesto a los naturales, para que pudiesen iniciar sus empresas con un pequeño capital. Tal era la utopía del prócer, deslumbrado por las luces del racionalismo, pero desconocedor de la cultura a la que iba dirigido su Reglamento. A pesar del pragmatismo y la claridad con que fue redactado el reglamento, los hechos ocurridos en Misiones al poco tiempo, hicieron que este nuevo orden pretendido no pasara de buenas intenciones. No obstante, algunos puntos se concretaron. El proceso de liberación, planificado desde los principios del siglo, finalmente se efectivizó, aunque no se produjo una sistemática repartición de las tierras. Las milicias guaraníes se organizaron y fueron el principal soporte del poderío artiguista en la región. Para el resto de la normativa no hubo tiempo de aplicación por los sucesos acontecidos a partir de 1813. Pero una pauta de la eficiencia de este Reglamento lo brinda la puesta en práctica del mismo en pueblos como Itatí, Garzas y Santa Lucía, en Corrientes, que estuvieron alejados de las guerras de Andresito y que prosperaron sobre la base de los enunciados belgranianos.

El organizador de los pueblos mesopotámicos
La realidad del escenario natural que encontraría Belgrano en su Expedición al Norte contrastaba con la del resto del antiguo virreinato. Las Misiones sufrían una larga agonía desde la expulsión de los jesuitas. Entre Ríos, Corrientes y la Banda Oriental eran regiones en formación. Existían infinidad de problemas territoriales por resolver. Hacía falta deslindar jurisdicciones, crear organismos administrativos y policiales, instalar nuevos núcleos urbanos, asegurar la educación de niños y jóvenes. Belgrano en su esporádico paso por tierras mesopotámicas atendió y resolvió muchos de esos problemas. Respecto al pleito que desde mucho tiempo atrás sostenían Curuzú Cuatiá y Yapeyú por el área sudeste de la actual provincia de Corrientes, que don Juan de San Martín había poblado para la jurisdicción misionera, Belgrano decretó su solución. Mientras las Misiones caían en un irremediable proceso de decadencia y sus tierras lentamente se iban deshabitando, Corrientes expandía sus fronteras interiores, alentado por el valor que los productos ganaderos iban adquiriendo por la demanda de charque y cueros tanto en regiones aledañas al Plata como el norte del Brasil y el Caribe. En ese proceso expansivo el gobierno fue otorgando tierras a ganaderos que ocuparon entre 1770 y 1800 casi todo el sur de la actual provincia correntina. Como consecuencia de esa ocupación espacial, se erigió el pequeño poblado de Nuestra Señora del Pilar de Curuzú Cuatiá en 1797, bajo la acción de dos vecinos del lugar, don José Zambrana y Tomás del Castillo. Avalada esa fundación por el gobierno de Corrientes, no fue autorizada por el virrey Avilés quien, en 1800 consideró que esa región pertenecía a Misiones, ordenando que esa aldea formara parte del partido de Yapeyú. Así quedaba ese pago (que hoy corresponde a los departamentos de Mercedes y Curuzú Cuatiá) y la pequeña aldea bajo jurisdicción misionera, pero con población enteramente correntina. La solución salomónica brindada por Belgrano fue la de fijar una línea entre Curuzú Cuatiá y Yapeyú. A ésta última le otorgó el territorio tradicional hasta el Miriñay y el pago de la Capilla de la Merced, donde el elemento indígena era dominante. Al nuevo pueblo de Curuzú Cuatiá le asignó una jurisdicción que llegaba hasta el arroyo Mocoretá. Es decir que otorgó para Corrientes, gran parte de la región que fuera ocupada por los guaraní-misioneros en las épocas de San Martín. A Mandisoví le dió también una amplia jurisdicción desde el Mocoretá al sur, hasta la actual ciudad de Concordia, pero dependiente del cabildo de Yapeyú. La Providencia con que Belgrano legalizó la existencia de Curuzú Cuatiá y Mandisoví como pueblos es elocuente. Dice allí: “He venido en quitar todos los obstáculos que se oponían a la formación, adelantamiento y progreso de estos pueblos (...) y en particular decidir la question de que estos terrenos por corresponder a los indios de Yapeyú no debían poblarse respecto a que hoy todos somos uno (...) pero por otra parte los insinuados indios, ni estan en estado ni pueden poblarlos, siendo a la verdad un punto que merece toda la atención para el comercio, por ser el centro de los terrenos que median desde Corrientes en el Paraná hasta el Uruguay...”. No caben dudas, finalmente, que el prócer concretó una fundación formal y brindó jurisdicciones a dos pueblos que ya existian previamente. A partir de entonces terminaron los conflictos jurisdiccionales entre Misiones y Corrientes por la región sudeste de esa actual provincia. Con el tiempo el gobierno correntino, ante el caos reinante en Misiones ampliará esa jurisdicción hasta concretar los actuales límites.

La incorporación de Candelaria al Paraguay
Por la decisión del Triunvirato, de septiembre de 1810, la nueva provincia de Misiones jurídicamente nacía con todo el territorio que hasta entonces integraba el Gobierno político y militar de Misiones, o sea que la conformaban los cuatro departamentos al oeste del río Uruguay: Yapeyú, Concepción, Candelaria y Santiago. A pesar de ello, la Junta revolucionaria del Paraguay que había expulsado a Velazco del gobierno, entendiendo que el departamento de Santiago formaba parte de su territorio, resolvió nombrar al Comandante Blás José Rojas como Subdelegado en ese distrito, con jurisdicción sobre el pueblo de su nombre, y los de Itapúa, Jesús y Trinidad. Al mismo momento, se designó un funcionario de igual jerarquía para el departamento de Candelaria, don Bartolomé Coronil. Paraguay, al momento de independizarse consideraba como límites a los que habían sido acordados en la Real Cédula de 1805, es decir el divorcio de las aguas en la actual provincia de Misiones, y no el Paraná, como pretendía el gobierno rioplatense. Quedaba por lo tanto el departamento Candelaria como área de conflicto jurisdiccional por definir entre las administraciones de Asunción y Buenos Aires. La necesidad de coordinar su acción pública con prontitud llevó a ambos gobiernos a pactar inmediatamente los límites entre uno y otro estado. Para ello nuevamente fue designado Manuel Belgrano en misión diplomática al Paraguay. Como resultado de la reunión, se firmó el ya relatado acuerdo del 12 de octubre de 1811, de Amistad y Límites entre Buenos Aires y Asunción, documento que, como comenta Cambas, “señaló el primer acto de disolución política del antiguo Virreinato que hasta entonces formaba una comunidad”. La convención significaba para el Paraguay la consagración de su anhelo de independencia económica, territorial y política de Buenos Aires, pues los tres puntos capitales del tratado fueron: descentralización de la renta; demarcación de límites; establecimiento de una federación. El artículo 4º del tratado, referido a los límites entre ambos estados, en su última parte consideraba que, “...deben quedar también por ahora los límites de esta Provincia del Paraguay en la forma en que actualmente se hallan, encargándose consiguientemente su Govierno de custodiar el Departamento de Candelaria...” Si bien el término custodia utilizado en el resultado final del tratado envolvía subrepticiamente el de dominio, “...hasta que un futuro congreso decida sobre el particular...”, la decisión de Belgrano no fue más que un reconocimiento tácito de los verdaderos límites de la Intendencia del Paraguay. Pero por otra parte significó el punto de partida de un pleito jurisdiccional entre ambos estados que duró hasta la Guerra de la Triple Alianza, en la cual la Argentina concretó su soberanía. A partir de 1811, el gobierno paraguayo impuso un dominio militar en Candelaria que lo amplió hasta las márgenes del Uruguay, el departamento de Concepción. Pero no formalizó, por lo menos durante dos décadas, ningún plan de ocupación efectiva de ese espacio. Además, al no poseer límites efectivos el territorio dominado, los graves problemas que se suscitará con posterioridad a 1820 van a plantearse dentro de un área que abarcaba desde el río Aguapey al norte. Es decir, una región bastante más amplia que la que en realidad poseía el distrito Candelaria en la época colonial. En síntesis, con el tratado suscripto por Belgrano, Paraguay se adjudicaba –en forma interina– la propiedad de los pueblos de la zona Paraná-Tebicuarí y la posesión para su custodia del departamento Candelaria, donde se levantaban además de aquel, los pueblos de Santa Ana, Loreto, San Ignacio Miní, Corpus, Jesús y Trinidad, que habían concurrido con sus representantes al Congreso del 8 de julio de 1810 prestando adhesión a la causa de Buenos Aires. En la práctica, el dominio territorial fue ejercido también sobre el departamento de Concepción, del que no se había hecho mención en el acuerdo. Ni la objeción del Triunvirato al acuerdo suscripto en el aspecto territorial, ni el envío del diplomático Nicolás de Herrera en 1812 lograron cambiar la postura paraguaya. El gobierno de Corrientes intentó en noviembre de 1813 poblar “...con hombres honestos y trabajadores el departamento de Candelaria...”, sobre la base de un decreto del Director Supremo Gervasio Antonio de Posadas que incorporaba el territorio misionero a esa provincia. Pero, tanto el decreto de Posadas, como el proyecto correntino, no pasaron de meras intenciones. Andrés Artigas, pocos meses después, en septiembre de 1815 recuperaría militarmente el disputado territorio.

Las misiones paraguayas y portuguesas
Las medidas belgranianas de liberación del régimen de comunidad afectó sólo a los pueblos integrados en el territorio argentino, debido al fraccionamiento territorial con el Paraguay y, anteriormente, con Rio Grande do Sul. Los pueblos que permanecieron bajo dominio paraguayo y portugués continuaron con la vieja estructura comunitaria, tutelados por administradores y mayordomos blancos. Las comunidades guaraníes del Paraguay dejaron de perder población por la estricta restricción a la libertad de radicación, impuesta por Francia para todos los pueblos paraguayos. Dejaron de ser comunes, a partir de entonces, las deserciones propias del período previo a 1810. Los mayordomos que quedaron a cargo de los pueblos fueron muy controlados por el dictador, evitándose irregularidades en sus desempeños. Recién en 1848, bajo la dictadura de Carlos Antonio López se estatizaron todos los bienes comunitarios, muebles, inmuebles y semovientes. Un sistema de arrendamiento permitió trabajar tierras particulares a guaraníes y blancos. Los naturales fueron despojados de sus bienes comunitarios sin indemnización alguna. Se los autorizó en 1848 a adoptar nombres y apellidos españoles. La mayoría de ellos hicieron uso de esta autorización, desapareciendo a partir de allí la onomástica tribal. Con ello también se perdió el rastro de la población guaraní que se mestizara desde entonces con el elemento criollo. Previo al decreto de López de 1848, de liberación del régimen comunitario, el Dr. Francia intentó repetidas veces pactar con los numerosos grupos indígenas que habitaban el país. Intentaba convertirlos en ciudadanos útiles para la República y frenar sus permanentes rebeldías, sobre todo de los grupos del norte del país. Una serie de tratados con los principales caciques, se fueron sucediendo durante su gobierno. Pero estos convenios se realizaron con grupos como los mbayás o guayaquíes, los más rebeldes. La situación de los guaraníes de las misiones del Paraguay era diferente. Concentrados en la region sudeste del país, siguieron viviendo en forma paupérrima bajo la atenta mirada de mayordomos en los pueblos, pero casi descuidados desde el gobierno central. Hasta hubo ciertas medidas discriminatorias hacia ellos. Itapúa, por ejemplo, punto principal del comercio exterior paraguayo en la época en que Buenos Aires vedó a este país la utilización del Paraná, fue ocupada desde la década de 1820 por población blanca, compuesta principalmente por comerciantes. La población aborigen, arbitrariamente fue obligada a trasladarse a una nueva población que el gobierno fundó para albergarlos: Carmen del Paraná. Los pueblos de las misiones orientales, bajo dominio portugués, en tanto, corrieron la misma suerte que sus hermanos de sangre del lado argentino. Por las guerras entre Andresito y Chagas Santos se destruyeron los pueblos y se llegó casi al exterminio total de sus habitantes. Un informe del comandante de aquellos pueblos en 1822, Antonio José da Silva Paulet es elocuente al respecto. Indica allí que las localidades “se hallan compuestas de unos pocos viejos, algunas mujeres y bastantes niños (...) estos desgraciados entes no pueden bastarse por sí mismos para su sustento y vestuario (...) viven incomodando con robos a los particulares y a sus estancias, o mueren de necesidad... cuando están al servicio de algún particular (...) muy raras veces reciben competentes salarios”. En cuanto al estado edilicio, el mencionado informe relata que “...se hallan en el mas lastimoso estado de ruina...” El único pueblo que se conservaba era el de San Miguel, cuya Iglesia, de las más hermosas de todo el conjunto de los pueblos se hallaba casi intacta. Al proceso de disolución de las comunidades guaraníticas le sucedió un ciclo de ocupación espacial del área con elementos criollos y mestizos. En este sentido fueron paralelas las historias de las misiones orientales con sus pares del otro lado del Uruguay.

El hombre primitivo misionero
Los Avá y su modo de vida
América en la visión de los europeos
La ocupación de la región misionera
Hacia las fronteras
Mbororé, gloria de los misioneros y escarmiento de los bandeirantes
Sociedad, producción y consumo en las reducciones
El amabmaé y el tupambaé, dos modos de trabajar y producir
Gobierno y administración de los pueblos jesuíticos
Vivir en una reducción
La Guerra guaranítica
La rebelión guaraní
La expresión de la cultura en las reducciones
El urbanismo jesuítico-guaraní
La edificación de una reducción
Los caminos recorridos por el guaraní
El fin de la obra misional: la expulsión
La decadencia de los pueblos guaraníes posjesuíticos
El Yapeyú de Don Juan de San Martín
De los pueblos misioneros a centros productivos
Se quiebra la unidad
La revolución en las misiones
El reglamento de Belgrano
La revolución se internacionaliza –El avance e luso-brasileño sobre las misiones occidenales-
José Artigas –Teniente Gobernador-
Andrés Artigas, Comandante General de Misiones
Andrés Guaucurí, Artigas, y el intento de recuperación de los siete pueblos
Andrés Artigas, sus últimas campañas
Los sucesores de Andresito en Misiones
Misiones bajo el dominio paraguayo
Misiones, la ruta comercial del Paraguay
La dispersión final
Corrientes ocupa los territorios de las misiones meridionales
Los guaraníes misioneros, un destino de integración social
La herencia secular
Bibliografía
Fuentes documentales

Los Autores
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