Domingo 31 de Julio de 2011

La Herencia Misionera

Los Sucesores, sin instruccion, sin experiencia, y sin conocimientos, governaron con las mismas y aun mayores facultades que sus antecesores, sin embargo de que sus miras, fines e intereses no eran ni podian ser los mismos....el interes general que havia sostenido la prosperidad de los pueblos se trocó en otro particular que los deboró...” 

Informe del Tte. de Gobernador del departamento de Santiago al Intendente del Paraguay Lazaro de Ribera, Asunción, 
18 de octubre de 1798

Segundo premio del concurso organizado en 1796 para incentivar la asistencia de los niños guaraníes a las escuelas. Nótese que, a pesar del caos reinante entonces en los pueblos, los dones naturales de los escolares permanecían intactos. (Documento obrante en el Archivo General de la Nación, en Bs. As.)

"... no puedo menos que decir a V.S. que el Sr. Gobernador y Capitán General Dn. Francisco de Bucarelli ha sido el instrumento principal para la total decadencia habiendo hecho publicar en todos los pueblos que ya eran libres, que hiciesen lo que quisiesen de todos los bienes que poseían, que eran dueños absolutos, que hiciesen tratos y convenios estos indios, siendo incapaces de semejante acción como lo verá V.S....."

Juan Valiente, Tte. de Gobernador de Concepción al virrey Vértiz, julio de 1775.

Glosario

Onomástico: día del santo de una persona. El onomástico del rey era muy celebrado en los pueblos.

Tierras realengas: áreas baldías pertenecientes al rey. Fue el caso de todas las tierras denunciadas en compra o arriendo por particulares antes de la independencia de los estados. A partir de 1810, en el área argentina del litoral, se las comenzó a denominar “patriolengas”, es decir, pertenecientes a la patria.

Auto: resolución real, generalmente de tipo judicial, que decide cuestiones incidentales.

Cédula real: despacho o comunicación oficial del rey a las autoridades de su dominio para su ejecución.


La Deserción
La evidente declinación demográfica que testimonian los censos existentes entre 1768 y 1810, no obedeció exclusivamente a las graves epidemias y la falta de una eficaz política sanitaria, sino también a las masivas deserciones hacia los diferentes puntos de la cuenca platina. El proceso de mestización que estas emigraciones produjo, resulta quizás la más importante herencia de la presencia guaraní en las Misiones.


La Incorporación de Misiones a Corrientes Hacia 1814, cuando la crisis posrevolucionaria se hacía sentir en todos los ámbitos, el Director Supremo Gervasio Antonio de Posadas, promulgó, el 10 de septiembre, un decreto que se hizo famoso por la arbitraria incorporación del territorio misionero a Corrientes, provincia creada por ese documento. En el art. 2° se ordenaba que: “La ciudad de Corrientes y los pueblos de Misiones con sus jurisdicciones respectivas, formarán desde hoy en adelante una Provincia del Estado, con la denominación de Provincia de Corrientes. Sus límites serán al norte y oeste, el río Paraná hasta la línea divisoria de los dominios portugueses, al este el río Uruguay y al sud la misma línea que se ha designado como límite (...) con la provincia de Entre Ríos”. Este absurdo decreto desconocía la autonomía de los pueblos misioneros, que intentaban organizarse bajo el liderazgo de Artigas, como así los pretendidos derechos paraguayos en Candelaria. Si bien fue notificado al gobierno de Corrientes, el 24 de septiembre de 1814, nunca fue puesto en práctica.

Por Qué Desertaban
La holganza y abandono de actividades productivas básicas serían principal causal de las deserciones, ya que la improductividad traía hambre a las comunidades. Pero además del hambre y del desorden existente, es evidente que el éxodo no se hubiera producido en medida tan alta si no hubiese existido una alta oferta de trabajo en las regiones aledañas a las Misiones. Los guaraníes siempre fueron valorados por su docilidad y sus aptitudes laborales. Por ello fueron atraídos por los estancieros cercanos, incentivándolos por la abundancia de carne, principal alimento de los guaraníes, que se constituía también en única paga de sus servicios.


El Onomástico
del Rey

Las nuevas autoridades de las Misiones se preocuparon por resaltar la figura del rey de España, a quien se le debía guardar fidelidad máxima. Así, el onomástico de los monarcas era celebrado en los pueblos con grandes pompas. El retrato del rey se iluminaba en la plaza central para presidir las ceremonias en su honor. El mayor cuidado se debía tener de los retratos expuestos, para producir gran respeto entre los naturales. Generalmente estas fiestas terminaban con grandes abusos en el consumo de alcohol y falta de composturas entre los naturales. Pero, servían para mitigar la difícil vida cotidiana de los guaraníes en la época de decadencia.


La Vacuna Antivariólica
Hasta el descubrimiento de la vacuna antivariólica por Edward Jenner (1749-1823), en 1798, durante todo el siglo XVIII, en Europa se utilizó la técnica de la variolización, que consistía en la introducción subcutánea de serosidad procedente de las heridas que deja la viruela. Se producía así una mayor resistencia a la enfermedad, pero comportaba otros peligros, por lo que su práctica fue prohibida. En 1798, Jenner demostró los beneficios que reportaba la introducción directa del fluido vacuno (de allí la palabra “vacuna”). La vacunación no entrañaba los peligros de la variolización. A partir de 1805 se empezó con la vacunación en el territorio rioplatense. Desde 1806, esa tarea fue llevada a cabo con gran celo durante 27 años por el deán Saturnino Segurola.


Escultura en bronce 
del artista Giulio Monteverde que representa al médico Edward Jenner inoculando a su propio hijo la vacuna antivariólica por él descubierta. 

De los pueblos misioneros a centros productivos

A pesar de que las ideologías imperantes en el siglo XVIII poseían un carácter marcadamente anticlerical, y la Iglesia quedaba sometida al poder del rey en calidad de cultos nacionales, la política ilustrada en la región del Plata en el aspecto religioso no llegó a esos extremos. Un análisis de las normas ordenadas por Bucarelli para la organización de los pueblos misioneros permite apreciar una sincera preocupación por la continuidad de la atención religiosa de los guaraníes. Tanto que en sus Ordenanzas plantea que “debemos radicar en estos indios el verdadero conocimiento de los adorables misterios de Nuestra Santa Fe”. Por supuesto que, como buen ilustrado, separa claramente la atención espiritual de la atención política de las poblaciones de guaraníes, como se ha visto en anteriores temas.
Ernesto Maeder en Misiones del Paraguay (Mapfre, 1992) analiza el proceso de los pueblos en el período postjesuítico como una evolución de centros misionales en centros productivos. Durante la administración de los Padres de la Compañía, éstos habían tenido un carácter prioritariamente religioso donde la vida cotidiana giraba en torno a un proyecto catequizador. Los ilustrados que planificaron la vida del conjunto de los pueblos después del extrañamiento mezclaron lo religioso, con lo fiscal y lo productivo. Esto pudo constituirse en un buen proyecto para el resto de las sociedades españolas del Plata, pero en el caso de las antiguas reducciones de guaraníes, el nuevo orden impuesto no sólo fracasó en su implementación, sino que fue la fundamental causa de su ruina. El resultado de este nuevo rol de centros productivos de los pueblos misioneros fue la competencia y entrecruzamiento de órdenes de los administradores de las poblaciones, la falta de coherencia en las medidas que se establecían y el establecimiento de prioridades de acuerdo con las conveniencias personales de las nuevas autoridades. Así, el caos y la confusión empezaron a reinar a muy poco tiempo del reemplazo de los jesuitas.
En el aspecto religioso, la labor de mercedarios, franciscanos y dominicos se limitó a continuar las rutinas pastorales de los jesuitas: enseñanza del catecismo, la atención confesional, el conferir sacramentos, la celebración eucarística. Pero con la gran diferencia de que dejaron de existir, por ejemplo, las Misas generales, pues paralelamente a sus celebraciones se desarrollaban labores productivas que mantenían ocupados a muchos de los naturales. Por ello, los curas casi nunca contaban con el total de la población para las celebraciones comunes. Salvo en casos muy excepcionales, como los días de Semana Santa u otros importantes del calendario litúrgico. Esta situación ocasionaba enojosos conflictos de los nuevos curas con las autoridades civiles de los pueblos, en perjuicio de los propios naturales.
La reforma de Bucarelli también promovía la enseñanza y generalización del castellano con el propósito de desterrar el idioma guaraní. Para ello se ordenaba la fundación de escuelas y se dilataba la designación de maestros para futuros tiempos. Mientras, se encargaba a los curas la enseñanza del castellano. Pero, al igual que en el aspecto de la atención espiritual, muchos sacerdotes chocaban con el problema del desconocimiento del idioma guaraní. En algunos pueblos, en tanto, se designaron maestros pero también se encontraron con el mismo problema. Al final, indios idóneos que dominaban ambos idiomas fueron habilitados para el ejercicio de la docencia, mientras que los maestros designados desatendían sus actividades, no aprendían el guaraní y vivían a expensas del pueblo. Todo esto hacía que el sistema escolar propuesto por las reformas fracasara desde un comienzo. Maeder indica que, mientras funcionó la tarea docente se llevaba a cabo en una pieza del colegio. Mañana y tarde concurrían al aprendizaje de Lectura, Escritura y Doctrina Cristiana. Otro problema existente era la falta de elementos para la enseñanza. Escaseaban el papel y la tinta, con lo que la práctica del aprendizaje estaba muy limitado. La tinta se empezó a fabricar en los mismos pueblos con el carbón del carozo del durazno. En este sentido no se continuó con la forma de obtención de la tinta experimentada por los jesuitas, que se extraía de la yerba mate, cocida y exprimida.
La falta de incentivos promovida por la escasez de maestros idóneos, la superposición del horario escolar con las labores productivas y la poquedad de elementos produjo, inevitablemente, una mínima presencia de niños y jóvenes en las aulas. En Santa María, por ejemplo, apenas asistían 23 niños en 1778, según un documento de la época, cuando la población aún no estaba tan diezmada. Probablemente la misma situación se experimentaba en el resto de los pueblos. 
Para solucionar ese inconveniente, en 1796 se implementó un sistema de premios para los chicos que asistieran a clases y obtuvieran buenos resultados. Las recompensas consistían en calzones, camisas, chaquetas y ponchos, para los más destacados. Al resto se los incentivaba con regalos como peines, cucharas, vasos, agujas y sal. Esto demuestra la gravedad de las necesidades básicas de los habitantes de los pueblos misioneros ya en épocas de plena decadencia. No obstante, llama la atención la prolija caligrafía de los alumnos destacados en estas competencias, lo que confiere virtudes naturales a los guaraníes en las letras, como la consabida aptitud para la escultura, música, pintura. El gusto y la capacidad por la música siguió en vigencia, a pesar del caos reinante. Maestros guaraníes siguieron enseñando la práctica de instrumentos que se conservaron de la época jesuítica, a pesar del permanente saqueo al que eran sometidos. En tiempos de la Compañía los músicos tenían como única función la práctica de sus instrumentos. En los nuevos tiempos, debieron compartir esa actividad con las propiamente productivas para las que eran designados. Pero, sin dudas, este don natural propio de los indios continuó vigente por mucho tiempo. Generaciones futuras, a pesar del mestizaje, continuarían expandiendo su música, aunque muchas veces sin el carácter religioso particular de los tiempos misionales.

Falta de higiene, mala alimentación y epidemias
En fascículos previos hemos analizado las causales de la decadencia demográfica de los pueblos. Una de las principales fueron las mortandades producidas por las graves epidemias, muchas de ellas surgidas como consecuencia del contacto con el elemento criollo. Sin duda, la más grave de ellas fue la viruela. Para combatir este flagelo, se dictaron normas muy claras respecto del mantenimiento de la higiene en los pueblos. El virrey Pedro de Melo de Portugal y Villena (1795-1797) ordenaba a los tenientes de gobernador de los pueblos misioneros que “...no vivan juntas dos o tres familias en una misma casa... que las calles y plazas estén bien aseadas... que las basuras se echen lejos del pueblo....” Pero estas normas no pasaban de ser buenas intenciones. La falta de orden jerárquico y el consecuente entrecruzamiento de órdenes hizo imposible un plan sanitario para los pueblos. Como resultado de la orden de creación de hospitales, entre 1787 y 1800 se fundaron centros asistenciales en Santiago, Mártires, Santo Tomé y Apóstoles. Éstos debían estar en lugares altos, con suficiente ventilación y un poco alejados del centro urbano. Pero, a pesar de estas medidas, concretadas o no, la viruela produjo desastres en los pueblos. A pesar de algunas vacunas experimentadas en situaciones desesperantes, la antivariólica, descubierta en 1798, fue conocida en el Plata entre 1803 y 1808, cuando los pueblos estaban prácticamente disueltos.
La falta de higiene, desnutrición, enfermedades venéreas y epidemias, se constituyeron así en razón fundamental de la decadencia de los antiguos pueblos jesuíticos.

Indios Fugados del Departamento de Santiago entre 1772 y 1776

Pueblos

Años

Total
Quinquenio 

 

1772 

1773

1774

1775

1776

 

Santiago

194

193

135

108

120

750

Santa Rosa

58

48

31

68

124

329

San Cosme

46

102

47

44

42

281

N. Sra. de Fe

69

180

160

172

102

683

S. Ignacio Guazú

137

108

77

21

25

368

Total pueblos

504

631

450

413

413

2411

Fuente: Ernesto Maeder, Misiones del Paraguay, Mapfre, 1992, p. 63.

 


 Bruno de Zabala. Primer gobernador general de todos los pueblos
 misioneros post-jesuíticos. Nombrado por Francisco de Bucarelli el
 15 de enero de 1770. A partir de allí, Misiones dejó de ser provincia
 autónoma pasando a constituirse en un distrito subordinado a la
 gobernación de Buenos Aires. Tuvo una agitada administración, con
 permanentes desacuerdos con los tenientes de gobernador de los
 departamentos, e incluso con el virrey Vértiz. Con algunos intervalos,
 su actuación en Misiones se prolongó hasta 1790.

 

La Evolución de los 7 Pueblos

 Censo S.

1801

1810

1814

 1822

1827

 Borja S.

1300

 

1424

400

404

 Nicolás S.

3940

 

1545

250

404

 Luis S.

2350

 

1412

200

446

 Lorenzo S.

960

 

434

250

258

 Miguel S.

1900

 

706

600

271

 Juan S.

1600

 

554

300

212

 Ángel

1960

 

320

350

103

 Total

14010

7951

6395

2350

1874

Fuente: Ernesto Maeder, Misiones del Paraguay, Mapfre, 1992, p. 63.

La desnutrición fue consecuencia de la falta de alimentos que produjo la retracción de las actividades económicas de los pueblos como resultado de la pérdida del sentido comunitario y de solidaridad en las labores cotidianas. Al igual que en la época jesuítica, la alimentación dependía del reparto de carne y yerba. La distribución diaria mantenida mientras estuvieron los Padres, se redujo a sólo dos o tres veces por semana. En ese reparto se beneficiaban los pueblos ganaderos del sur de la región. Hasta 1790, por lo menos, se continuaba con la ración diaria en Yapeyú. Pero a partir de la liquidación del ganado cimarrón de las vaquerías, la carne empezó a escasear.
Las vestimentas de los naturales eran proporcionadas por los administradores. Consistían en lienzos y en algunos casos ponchos, que se repartían por lo general dos veces al año. Hacia 1796 era tal el caos y la ruina de los pueblos que los informes revelan el otorgamiento de un reparto anual que, en algunos casos sólo vestía a la tercera parte de la población. 
Es imaginable entonces, el estado de desnudez, desnutrición y desgano de los guaraníes que por voluntad o por fuerza, aún permanecían en los pueblos organizados por los ilustrados del siglo XVIII.


 El gusto por la música continuó manifestándose en la vida cotidiana
 de los pueblos misioneros post-jesuíticos. Maestros guaraníes
 continuaron enseñanado la práctica de instrumentos musicales, a
 pesar de la decadencia que experimentaban.

La rigidez de las medidas disciplinarias
“Es necesaria la reimplantación de los azotes, con moderación, ya que es lo único que temen, pues de lo contrario se entorpece el cumplimiento de las órdenes... llegando a la insolencia y la desobediencia...” (Pablo Thompson, subdelegado de Concepción, 1808).
Son innumerables los documentos que revelan la brutalidad empleada por los administradores de los pueblos para que sus órdenes se cumpliesen. El desconocimiento de la cultura de los naturales y la imposición de tareas por la fuerza creaban un clima de tirantez que generaba resentimientos entre la población guaraní. Lejos estaba el clima de orden, paz y armonía que reinaba en la época jesuítica. La cultura del azote reemplazaba a la de la solidaridad para las tareas comunitarias.
El gobernador Francisco Bruno de Zabala, en su visita a Mártires y Apóstoles, en 1787, verificaba horrorizado la muerte de algunas mujeres como consecuencia de los azotes recibidos por desobediencia. Ante ello tomó la drástica medida de suspender al administrador responsable de esos actos y dictó normas disciplinarias generales para los pueblos. Ellas consistían en reducir a sólo 25 azotes a los hombres y 18 a las mujeres cuando se ausentaban de sus trabajos o cuando no concurrían a los oficios religiosos. En caso de faltas mayores podían emplearse 50 azotes. Pero estas normas disciplinarias no fueron atendidas por los gobernantes de los pueblos. En épocas cercanas al año liminar de 1810 aún se verifica el uso de estas medidas disciplinarias.
Pero no todo era tristeza y azotes en los pueblos. En festividades tales como la Semana Santa, el onomástico del Rey o Corpus Christi se celebraban fiestas donde se hacían representaciones teatrales, carreras de caballos y se repartían regalos. La devoción religiosa de los guaraníes en las celebraciones de Semana Santa seguía siendo tan intensa como en la época jesuítica. Desde el Miércoles Santo era tal el recogimiento que los visitantes circunstanciales de los pueblos quedaban absortos frente a esas manifestaciones, como lo documentan tantos informes de viajeros de la época.


 La Construcción de Hospitales y el Envío de Sangradores a los
 Pueblos.
 La viruela se constituyó en uno de los principales flagelos de los
 pueblos guaraní-misioneros. Para atenuar el mal, el gobernador
 Zabala nombró cirujanos y sangradores para los pueblos más
 afectados. El 17 de septiembre de 1787 ordenó la formación de un
 hospital en Apóstoles “... para que en el se recojan los enfermos,
 pues de otro modo no pueden ser atendidos ni asistidos...”. Sugería
 para ello la remodelación de “... dos Galpones cubiertos de teja,
 (existentes) en la orilla de esta Poblacion, en uno de los quales con
 facilidad reparando los Techos y poniendoles Paredes... se pueden
 disponer con desaogo para uno y otro sexo, y havitaciones para
 Cosina, y assistentes... Los dos Galpones se construiran fuera de la
 traza de esta Población para ospitales de los apestados de viruelas
 que havian recojido dentro del Pueblo...”(Informe de Zabala en su visita
 a Apóstoles y Mártires en 1787). Un relevamiento realizado por los
 autores de este trabajo, permite inferir que el sitio que muestra la
 fotografía pudo haber sido el elegido para la construcción del hospital.
 Nuestra hipótesis se fundamenta en la ubicación en una de las
 principales alturas de la ciudad de Apóstoles, fuera de la traza del
 pueblo y la inmensa cantidad de restos de tejas obrantes en el lugar,
 todo esto comparado con un plano del pueblo de fines del siglo XVIII.

El despojo de los campos misioneros
El aprovisionamiento de carne de los pueblos durante la época jesuítica se originaba casi exclusivamente en el arreo de animales desde las vaquerías existentes en la gran pradera de la Banda Oriental. Eran estancias legítimas de la comunidad de Yapeyú, otorgadas por el Rey en el siglo XVII. De igual manera eran muy prolíficas en ganados las tierras cercanas al Río de la Plata y al bajo Uruguay, consideradas realengas. Con una autorización especial, se podía “vaquear” allí, abasteciéndose de carne a Buenos Aires, Colonia y Montevideo. Desde mediados del siglo XVIII, importantes personajes relacionados con el cabildo montevideano comenzaron a solicitar –y obtener– mercedes reales gratuitas para fundar estancias de 4 ó 5 leguas en esas fértiles regiones. Así, hacia fines del siglo, las tierras al sur del río Negro se hallaban pobladas con estancias de hacendados montevideanos y bonaerenses. Agotada esta tierra comenzaron a ocupar las pertenecientes a Yapeyú, aprovechando el estado caótico de los pueblos misioneros. Esta comunidad ni siquiera fue indemnizada por tamaño despojo, situación a la que salvo el virrey Vértiz, ninguna autoridad puso coto.
Así, la comunidad de Yapeyú y el resto de los pueblos misioneros fueron privados del ganado de aquellas, sus tierras, principal sustento alimenticio de los guaraníes. Fue por esta razón que la carne comenzó a escasear a partir de fines del siglo XIX, aumentando el hambre en los pueblos.
Las estancias fundadas por Juan de San Martín, mientras tanto, fueron poblándose por particulares, en su mayoría, y algunas familias de guaraníes, que conservaban su abambaé y se beneficiaron con la liberación del régimen de comunidad, implementado gradualmente a partir de 1801 y de manera total desde 1803.
La emigración de los guaraníes de sus pueblos de origen produjo un contacto más directo entre criollos (originariamente mestizos de español y guaraní) y los indios de raza pura. Esto puso en evidencia un marcado menosprecio hacia la población guaraní. Esta actitud fue más evidente en correntinos, riograndenses y paraguayos cuando tuvieron oportunidad de tenerlos bajo su autoridad como empleados y peones, a quienes trataron de manera servil. De la documentación existente sobre el tema se deduce que lo que más molestaba a los criollos era la conservación de ciertos hábitos ancestrales, como la imprevisión o la dificultad de la práctica del abambaé. Les costó entender las ventajas del ahorro y nunca superaron su tendencia de vivir al día.
El destrato de los criollos hacia los guaraníes fue mucho más notorio con la población masculina. La belleza y mansedumbre de la mujer guaraní la hizo, por el contrario, muy codiciada entre los criollos, lo que dio lugar a un rápido proceso de mestización.
La discriminación trajo problemas también en la formación de milicias, pues era imposible organizar unidades militares mixtas, por los permanentes abusos de los criollos hacia los soldados guaraníes.

La dispersión guaraní
El fracaso de las normas impuestas por la nueva administración de los pueblos de guaraníes, trajo como consecuencia inmediata la emigración de familias enteras buscando nuevos rumbos para mejorar la calidad de vida.
Las guerras entre españoles y portugueses en la frontera de la Banda Oriental encontró a muchas de esas familias en las zonas de conflicto. Los fuertes de Santa Teresa y Santa Tecla, en la costa atlántica de la Banda Oriental, que sirvieron como defensas en las mencionadas guerras, fueron fundadas por emigrados guaraníes de los pueblos del departamento de San Miguel. Informes de la época indican que incluso importantes edificaciones de pueblos como Maldonado y Montevideo habían sido construídos por grupos de guaraníes emigrados.
Pero el ámbito más propicio para las deserciones de las familias guaraníes fue la misma provincia de Misiones, el Paraguay y las principales ciudades del litoral argentino.
El desorden existente en los pueblos hacía que muchos que figuraban como prófugos, simplemente se habían afincado temporariamente en los ámbitos rurales de las jurisdicciones para evitar ser forzados a realizar algunos servicios o para eludir los pagos de los cánones obligatorios. Muchos de ellos regresaban luego a sus pueblos. Pero al momento de los censos figuraban como prófugos, por lo que la información demográfica existente no siempre coincide con la real suma de habitantes existentes.
Paraguay, Corrientes y Entre Ríos recibieron enormes cantidades de emigrados de los pueblos de guaraníes. Es también difícil, en este caso, precisar la cantidad exacta de ellos por ser protegidos en su mayoría por sus circunstanciales patrones. Excelentes artesanos, eran codiciados y por ello abrigados por vecinos de Corrientes, Asunción o los pueblos entrerrianos. Del mismo modo, al ser los guaraníes excelentes agricultores y al mismo tiempo muy prácticos en las labores propias de la vida rural, los nuevos hacendados que poblaban las estancias que habían sido despojadas a los guaraníes, hacían todo lo posible para evitar que éstas fuesen devueltas a sus pueblos de origen.
Hasta las mismas praderas bonaerenses llegaron familias de guaraníes. Testimonios de la época relatan hechos como la negativa de algún oficial del sur de la provincia de Buenos Aires de devolver grupos de guaraníes que figuraban como soldados, dada la eficiencia militar de éstos.
La dispersión guaraní cubrió un amplio escenario, hoy conformado por estados como Rio Grande do Sul, Paraguay, el litoral argentino, la Banda Oriental y la provincia bonaerense. Esta emigración provocó la integración, especialmente en las áreas rurales, donde mezclaron con el elemento criollo produciendo un notable mestizaje, raíz de la sociedad actual de estas regiones.

El fin de los bienes comunitarios
Iniciado el nuevo siglo, el XIX, las voces de reclamo sobre la necesidad de soluciones al problema de decadencia de los pueblos misioneros se hacían sentir cada vez con más fuerza en los estrados virreinales. Si bien se reconocía la ineptitud y corrupción de los administradores particulares, se echaban tintas sobre los jesuitas que “...habían malacostumbrado a los indios con su sistema de tutelaje...”. 
Frente a ello, el virrey Avilés decidió mediante un Auto de febrero de 1800 la eximición de trabajos y cargas de comunidad a 323 familias misioneras, pertenecientes a 28 pueblos. Estas fueron seleccionadas entre las más aptas con el objeto de medir luego los resultados y generalizarlo en caso de que el nuevo plan prosperase. A estas familias se les otorgó propiedades y ganados para el inicio de sus empresas. En mayo de 1801, Avilés amplió su decreto liberando a todo el pueblo de Santa María la Mayor y las familias guaraníes del puerto del Salto Chico. Así, sobre una población total de 43.000 naturales, se habían independizado del régimen comunitario unos 6200.
En mayo de 1803, ante un aparente buen resultado del sistema, el rey Carlos IV decidió aprobar lo obrado por el Virrey Avilés y extendió la libertad a todos los indios misioneros. Pero era tal el desorden administrativo y la oposición de las autoridades políticas de los pueblos a esta Cédula Real que todavía en 1810 no se había cumplido en muchos pueblos esta orden. 
Con la Real Cédula de 1803 se les repartía tierras y ganados a las familias de guaraníes, prohibiéndoseles su venta. A los pueblos se les demarcarían ejidos. Cesaban en sus funciones el Administrador General y los administradores particulares de los pueblos. Se prohibía la presencia de españoles en los pueblos, salvo aquellos que estuviesen casados con indias. Estos eran los principales enunciados de la Cédula. 
Si bien el nuevo orden tuvo como fin la solución de los graves problemas de los pueblos de guaraníes, otorgando las totales libertades para su gobierno, sin dudas las medidas no prosperaron.
El Obispo de Buenos Aires, Monseñor Lue y Riega, en visita pastoral a las alicaídas poblaciones, indicaba, en 1810, que la mayoría de las familias liberadas se habían ido de los pueblos y puesto bajo la tutela de patrones españoles, en carácter de peones.
Esta decisión real fue el último eslabón de la larga cadena de medidas erradas tomadas desde las autoridades españolas del Plata para remediar los problemas ocasionados por los jesuitas en sus 150 años de experiencia misional. 
El desconocimiento de la cultura guaranítica y la falta de incentivos para hacerles felices las tareas comunitarias habían deshecho el nuevo proyecto de vida ideado por las autoridades ilustradas virreinales para los pueblos misioneros.
El año 1810 encontrará al conjunto de los pueblos en la total miseria y desolación. Pero aún nuevas fatalidades esperaban a las familias sobrevivientes al período preindependiente.

El hombre primitivo misionero
Los Avá y su modo de vida
América en la visión de los europeos
La ocupación de la región misionera
Hacia las fronteras
Mbororé, gloria de los misioneros y escarmiento de los bandeirantes
Sociedad, producción y consumo en las reducciones
El amabmaé y el tupambaé, dos modos de trabajar y producir
Gobierno y administración de los pueblos jesuíticos
Vivir en una reducción
La Guerra guaranítica
La rebelión guaraní
La expresión de la cultura en las reducciones
El urbanismo jesuítico-guaraní
La edificación de una reducción
Los caminos recorridos por el guaraní
El fin de la obra misional: la expulsión
La decadencia de los pueblos guaraníes posjesuíticos
El Yapeyú de Don Juan de San Martín
De los pueblos misioneros a centros productivos
Se quiebra la unidad
La revolución en las misiones
El reglamento de Belgrano
La revolución se internacionaliza –El avance e luso-brasileño sobre las misiones occidenales-
José Artigas –Teniente Gobernador-
Andrés Artigas, Comandante General de Misiones
Andrés Guaucurí, Artigas, y el intento de recuperación de los siete pueblos
Andrés Artigas, sus últimas campañas
Los sucesores de Andresito en Misiones
Misiones bajo el dominio paraguayo
Misiones, la ruta comercial del Paraguay
La dispersión final
Corrientes ocupa los territorios de las misiones meridionales
Los guaraníes misioneros, un destino de integración social
La herencia secular
Bibliografía
Fuentes documentales

Los Autores
Agradecimientos
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