Domingo 31 de Julio de 2011

La Herencia Misionera


Facsímil de la portada de la Pragmática Sanción de Expulsión de los Jesuitas de España y de todos sus territorios coloniales. Ordenada por Carlos III en abril de 1767, constituyó la decisión más trascendente tomada en asuntos eclesiásticos en el siglo XVIII. El cumplimiento del extrañamiento en la Provincia del Paraguay fue concretado entre mayo y agosto de 1768, sin oposición.

Marqués de Pombal

Es considerado héroe nacional en Portugal. Este año, al cumplirse el tercer centenario de su nacimiento se han programado en aquel país grandes conmemoraciones. Se lo juzga como el gran innovador de la moderna Portugal y quien elevó a la burguesía a un nivel semejante al de la nobleza. Sus reformas económicas, implementadas durante el reinado de José I, ayudaron a combatir la crisis económica que atravesaba la Corona portuguesa. Fue implacable con los Jesuitas a quienes acusó de actuar en contra de los intereses de Portugal en América del Sur. Su odio hacia la Orden fundada por San Ignacio de Loyola se materializó en métodos brutales como el quemar vivo al Padre Malagrida por haber escrito una apelación ante el Papa por la forma en que los jesuitas eran tratados en el país. Fiel a su ideología racionalista, transformó los planes curriculares de las universidades portuguesas promoviendo el estudio de las ciencias experimentales.


La Expulsión en Moxos y Chiquitos 
A diferencia de lo sucedido entre los naturales guaraníes, los indígenas de las misiones chiquitanas en el oriente boliviano, se resistieron a la expulsión de los sacerdotes de la Compañía, a pesar de la contención de los propios curas. Hubo levantamientos en Santo Corazón, Santiago y San Juan, apaciguados por los sacerdotes.

Francisco de Bucarelli. Gobernador de Buenos Aires desde 1766, el Teniente General Francisco de Bucarelli y Ursúa, proveniente de Sevilla, fue quien efectivizó la expulsión de los jesuitas en territorio rioplatense.


Glosario

Clero regular: clase sacerdotal de la Iglesia que practica los tres votos solemnes de pobreza, obediencia y castidad.

Enciclopedismo: movimiento que planteaba la universalidad de los saberes. Dirigido por Diderot, reunió a los más destacados representantes de la intelectualidad del siglo XVIII: D’Alembert, Montesquieu, Voltaire, Rousseau.

Ilustración: movimiento cultural característico del siglo XVIII. Propugnaba la aplicación de la razón en todos los órdenes de la vida. En el aspecto social, fue la expresión cultural de la burguesía en ascenso. Opuesto al absolutismo y al privilegio de los nobles.

Regalismo: doctrina política defensora de las prerrogativas del rey frente a la Iglesia.

Tobatí-guaraníes: Parcialidad guaraní que habitaba la región del Tobatí, entre Asunción y el Itatim.

Destierros y Regresos

La Compañía de Jesús fue desterrada de España en 1767. Seis años más tarde era disuelta por el Papa Clemente XIV mediante una bula. Sólo en la Rusia blanca y en algunas diócesis de Inglaterra y de los Estados Unidos, donde la bula pontificia no fue promulgada, siguieron los jesuitas viviendo en comunidad y evangelizando pueblos infieles. El 7 de agosto de 1814 el Papa Pío VII reestableció la Compañía en todo el mundo. Al Río de la Plata regresaron recién en agosto de 1835, durante el gobierno de Rosas, respondiendo a la voluntad popular. Refundado el Colegio de San Ignacio, en Buenos Aires, varios hombres ilustres de la política pasaron por sus aulas, como Juan F. Seguí, Guillermo Rawson o José B. Gorostiaga. También fundaron colegios en Córdoba, Mendoza, Entre Ríos, Salta y La Rioja. En 1841, por no ceder ante las presiones políticas de Rosas, decidieron abandonar el país radicándose en Montevideo. Regresaron en 1853.


Convocó el comisionado del gobierno a los jesuitas que estaban en aquella casa, y leído el decreto del rey al Padre Provincial Manuel Vergara qué respuesta daba a lo que en él se contenía. Yo, dijo el padre, en nombre mío y de los misioneros mis súbditos, me sujeto absolutamente a ese precepto del rey, y lo acato y pongo sobre mi cabeza. Detúvose un momento el comisionado, como atónito y luego saltándosele las lágrimas de los ojos, dijo: no esperábamos menos de su Reverencia, Padre Provincial… El segundo paso fue la entrega de las llaves…”

Informe sobre la expulsión de los jesuitas del pueblo de Yapeyú por el P. José Manuel Peramás en su Diario del destierro, 1768

Los Jesuitas y las Ciencias

La gran preparación cultural de los Padres de la Compañía fue admirada en todos los rincones del mundo, y tambien fue motivo de recelos y envidias de muchos. Hubo entre ellos exploradores, colonizadores, geógrafos y cartógrafos, etnógrafos y etnólogos, lingüistas y filólogos, botánicos, zoólogos, cronistas, matemáticos, astrónomos, músicos. Todo ello llevó a afirmar a uno de los más grandes educadores argentinos, don José Manuel Estrada, que los Jesuitas fueron “...viajeros infatigables que abrieron sin cesar a las ciencias campo para sus exploraciones. La geografía, la lingüística, la botánica y la historia les deben en América sus primeros rudimentos, incontrovertible blasón que hace glorioso su nombre en los anales de nuestra civilización”.

José Manuel Estrada, “Fragmentos históricos”, Bs. Aires, 1901

El fin de la obra misional: la expulsión

La Compañía de Jesús, fundada por San Ignacio de Loyola en 1540, constituyó el fenómeno más relevante de la historia eclesiástica de la Edad Moderna. Se distinguía en el clero regular por su organización disciplinada, la férrea voluntad de sus integrantes y su universalismo. Sus concreciones evangelizadoras en los nuevos mundos conocidos y la gran influencia en los círculos culturales y educativos provocaban admiración y respeto por parte de la mayoría de la sociedad. Pero su incondicional obediencia al Papado en épocas de difíciles relaciones entre los poderes temporal y espiritual estimuló los recelos, envidias y enconadas enemistades en los ámbitos ilustrados de la Europa de las Nuevas Ideas.
No obstante, mientras la Compañía era discutida –principalmente en los círculos palaciegos de la Europa latina–, multiplicaba el número de sus integrantes, creaba nuevas universidades, casas y colegios, incrementaba sus bienes patrimoniales destinados al sostenimiento de sus obras y se diseminaba por el mundo en una acción evangelizadora única e irrepetible.
En el siglo XVIII arreciaron los ataques contra la Compañía, fundamentalmente desde las voces de influyentes filósofos enciclopedistas y reyes absolutistas que veían en los Jesuitas los principales opositores en su afán de disputarle el poder al Papa. Los calificaban de “ultramontanos” por su apoyo al Sumo Pontífice contra las tendencias nacionalistas en las Iglesias europeas. Otra causa de resentimiento fue el hecho de que la mayoría de los confesores de los principales monarcas eran sacerdotes jesuitas. Y los confesores ejercían gran influencia en los ambientes palaciegos porque eran una combinación de teólogos, sacerdotes, asesores y administradores eclesiásticos.
Hacia mediados del siglo XVIII la influencia de un gabinete ilustrado incentivó a una fuerte presión de la monarquía española para conseguir del Papado mayores poderes en cuestiones eclesiásticas. Resultado de ello fue el Concordato de 1753, por el cual el Rey de España, Fernando VI había conseguido del Vaticano el ejercicio del patronato universal que permitía la injerencia del monarca en muchas cuestiones que anteriormente eran inherencia exclusiva del Papa. Su sucesor, Carlos III, rey español desde 1759, con una formación marcadamente regalista utilizó ese derecho para expulsar a los Jesuitas de todos los dominios españoles del mundo. El documento legal de la expulsión fue La Pragmática Sanción del 27 de febrero de 1767, cuya aplicación se ejecutó en la Metrópoli el 2 de abril de 1767. Este hecho constituyó la decisión más trascendente tomada acerca de cuestiones eclesiásticas durante el siglo XVIII.

Probables razones de la expulsión de los jesuitas
Los historiadores aún hoy toman diferentes posturas frente a las verdaderas razones que impulsaron a Carlos III a tomar tan drástica decisión. Para colmo, la primera parte del informe que realizó el Consejo Extraordinario de Castilla, consultado para la determinación de la expulsión de los jesuitas, se extravió a principios del siglo XIX, lo que dificulta aún mas el desentrañamiento de las reales intenciones de Carlos III. Pero la mayoría coincide en la influencia sobre el rey español de altos funcionarios enciclopedistas no sólo de la corona española, sino también de las vecinas monarquías francesa y portuguesa. Ilustrados como Sebastiao Jose de Carvalho e Mello, Marqués de Pombal, (este año se celebra el III centenario de su nacimiento) secretario de estado del rey José I de Portugal o el Conde de Aranda e incluso algunos sacerdotes regalistas se propusieron la destrucción de la Compañía de todas las regiones en las que llevaban a cabo sus misiones. Eran épocas en las cuales se alentaba lo racional y científico contra el privilegio y la religiosidad intolerante, adonde se incluía a los seguidores de San Ignacio de Loyola.
Carlos III sólo dio la explicación de su fatal decisión explicando que era necesaria “para mantener el orden público”. Se acusaba a los jesuitas de haber provocado el “motín de Esquilache”, una revuelta ocurrida en Madrid entre marzo y abril de 1766, que nunca se comprobó pero que sirvió como excusa al rey de España.
La decisión del rey borbón fue precedida de similares determinaciones tomadas en Portugal y Francia, lo que sin dudas animó al rey español. 
La Corona portuguesa ya había expulsado a los Jesuitas de todos sus dominios en 1759, con la directa intervención del Marqués de Pombal. Éste inculpaba a los Jesuitas de impedir la prosperidad colonial portuguesa, que había empezado a decaer después de la Guerra guaranítica, consecuencia del Tratado de Límites de 1750. En realidad, la razón de la debacle económica de Portugal a partir de entonces fue la crisis del oro en Brasil causada por el vaciamiento de las principales minas y por el alto costo de producción. Pero los pueblos guaraníticos eran totalmente ajenos a esa situación. También aseguraba este influyente político, que los Jesuitas habían incitado a la rebelión de los guaraníes en los tristes episodios de 1750. Algunos historiadores sostienen incluso que Pombal fue el autor de un famoso panfleto antijesuítico que circuló por Europa en 1757 que acusaba a los jesuitas de tratar a los guaraníes como esclavos y que las misiones se administraban para promover los intereses comerciales de la Orden, no en beneficio de los indios. Los responsabilizaba también de haber formado una república independiente en el Paraguay, sin obediencia al Papa ni a los reyes de España y Portugal y que enseñaban sólo el castellano y a guardar fidelidad sólo al rey de España, en momentos claves de la demarcación de los límites entre España y Portugal.
Otro panfleto anónimo que circuló por Europa en 1756 se titulaba Histoire de Nicolás I: Roy du Paraguay et Empereur des Memelus (Historia de Nicolás I, rey y emperador de los Mamelucos). El mismo narraba el absurdo de la existencia de un ejército de 6000 hombres comandado por un rey jesuita, Nicolás I, entronizado el 27 de julio de 1754. 
Pero estos escritos, por más disparatados que hoy parezcan, tuvieron en aquella época una notoria repercusión en los ambientes más importantes de Europa. Lo cierto es que, por éstas y algunas otras razones, el 3 de septiembre de 1759, a pesar de la negativa del Papa, el rey José I, de Portugal declaró que los Jesuitas habían sido expulsados de Portugal y de su imperio.
En Francia, por otra parte, con quien España había firmado el Pacto de Familia en 1761, se tomó la misma decisión en 1764, precedida de un escándalo financiero promovido contra un sacerdote de la Compañía en las Antillas.
Todos estos monarcas coincidían en sus ideas regalistas, para afirmar sus derechos soberanos en asuntos eclesiásticos, a expensas del Papa, lo que permite considerar que los Jesuitas fueron condenados por constituirse en una férrea milicia papal en defensa de los intereses de la Iglesia. Los soberanos preferían una Iglesia manejable. La expulsión de los Jesuitas fue una advertencia al clero regular para que no se opusieran a los intereses de la Corona.
La Pragmática Sanción de expulsión de la Compañía de Jesús de todos los territorios españoles fue hecha efectiva el 2 de abril de 1767. Unos 6000 religiosos fueron deportados de la península ibérica y 1843 de Hispanoamérica. El Conde de Aranda, con fina ironía, escribió al Papa Clemente XIII que “enviaba de regalo a estos Jesuitas para que los mantuviera en su inmediata y santa obediencia”. De este modo, sin formar causa alguna, los sacerdotes de la Compañía eran erradicados de España. Clemente XIII, considerando una ofensa a su autoridad esta decisión del rey español, decidió no aceptarlos en los Estados Pontificios, por lo que estos 8000 religiosos anduvieron errantes durante más de un año, hasta que el Papa se apiadó de ellos y les abrió las puertas en septiembre de 1768. A partir de allí algunos se instalaron en Bolonia, otros en Milán, Ferrara y otras ciudades de los estados del Papa.
En junio de 1767, el gobernador de Buenos Aires, Francisco de Bucarelli recibió la orden de expulsión de los Padres del territorio rioplatense. En septiembre, 224 sacerdotes de los colegios jesuitas de Córdoba y Buenos Aires fueron extrañados de estas tierras.
Para ejecutar la orden en los pueblos guaraníticos se tomaron muchas precauciones para evitar la repetición de los hechos sucedidos en la Guerra Guaranítica pocos años atrás.

Respuestas de los guaraníes a la expulsión
El Conde de Aranda, ministro de la corte española, fue el encargado de instruir al gobernador de Buenos Aires, Francisco de Bucarelli para la formalización del extrañamiento de los sacerdotes de su jurisdicción. Un año se demoró el cumplimiento de la orden merced a los minuciosos preparativos que se tomaron por temor a la actitud que podrían tomar los guaraníes de las misiones. Otra razón de esta demora fue la dificultad de encontrar sustitutos para los jesuitas. La condición de saber la lengua guaraní limitaba mucho la designación de los reemplazantes. Por ello, la mayoría de los sucesores provenían de localidades donde el guaraní no era extraño, como Asunción y Corrientes. 
Se planificó un fuerte aparato militar con fuerzas bonaerenses y correntinas. Constituían la tropa tres compañías de caballería, sesenta granaderos y doscientos soldados de milicia. Con este ejército Bucarelli fue capturando, sin resistencia alguna los sacerdotes de los treinta pueblos, operación que le llevó cuatro meses de concretar entre mayo y agosto de 1768. En cada pueblo se notificaba a los jesuitas a cargo de la orden real, se verificaban los Inventarios que debían estar preparados con anterioridad y se colocaba a los nuevos sacerdotes y administradores. Los curas, por su parte, debían entregar las llaves de los principales edificios: el templo, la casa de los padres, la biblioteca. Una vez formalizado este acto se los encarcelaba para remitirlos luego junto con los curas de los otros pueblos al Puerto del Salto, desde donde eran embarcados a Buenos Aires.
Al momento de la expulsión habían 77 misioneros en los 30 pueblos: 42 españoles, 13 alemanes, 11 rioplatenses, 8 italianos, 2 húngaros y 1 francés. Todos ellos, salvo el Padre Segismundo Asperger, muy anciano y enfermo, que murió poco después en Apóstoles, fueron enviados sólo con sus pertenencias personales a Buenos Aires, desde donde se los embarcó a los Estados Pontificios, previa estadía en Cádiz. Muchos de ellos se dedicaron desde entonces a escribir sus experiencias en la Provincia del Paraguay, lo que constituye una fuente importantísima de estudio para la historia de la región misionera.
Los sacerdotes jesuitas fueron reemplazados por clérigos dominicos, franciscanos y mercedarios. A pesar de ser una condición requerida, no todos conocían la lengua guaraní, lo que a la postre sería fatal en la nueva relación establecida entre los guaraníes y los recién llegados. En cuanto a los administradores españoles elegidos para la atención política de los pueblos no hay constancia de que conociesen el guaraní, idioma casi único entre la mayoría de los habitantes de los pueblos.
Cuesta entender la docilidad experimentada por el pueblo guaranítico que apenas una quincena atrás había provocado una sangrienta rebeldía a la decisión real de extradición de las reducciones orientales. Se terminaba un proceso evangelizador y civilizador de un siglo y medio. Por lo menos diez generaciones habían pasado bajo la tutela de los jesuitas. Sin dudas hubo un trabajo de convicción muy bien planificado por los religiosos, que querían evitar una nueva sangría en la región.
Un reciente trabajo de la Dra. Bárbara Ganson de la Florida Atlantic University arroja datos muy novedosos de este proceso. Ella argumenta que existió un fino trabajo de persuasión por parte del gobernador Bucarelli hacia los principales caciques de los cabildos de los pueblos guaraníticos, quienes fueron convocados a Buenos Aires en septiembre de 1767. Allí fueron atendidos como nobles, ofreciéndoseles toda clase de agasajos, desde el rezo de una Misa especial para ellos en la Catedral porteña oficiada por el Obispo de Buenos Aires, hasta vestirlos con ropas europeas y obsequiarles presentes hasta entonces desconocidos para ellos. Participaban en esos agasajos las más altas autoridades coloniales de Buenos Aires. En marzo de 1768, pocos meses antes de la extradición de los jesuitas de los pueblos guaraníes, sesenta corregidores y jefes enviaron una nota en guaraní al rey Carlos III, expresando su gratitud por las distinciones de las que fueron objeto y expresando sus deseos “...de tener algunos de sus hijos como sacerdotes en los pueblos...”. Sin dudas, el tono conciliatorio de la nota reflejaba la influencia de los curas jesuitas en su redacción.
El mismo Nicolás Ñeenguirú, jefe de la resistencia guaranítica en Caáibaté fue visitado por Bucarelli en la misión de Trinidad en septiembre de 1768, ya retirados los jesuitas, y tratado con la misma nobleza que los otros caciques y corregidores meses atrás en Buenos Aires. Con ello el gobernador se ganaba la adhesión y fidelidad de los más importantes jefes guaraníes de los pueblos.
Pero los problemas no tardarían en llegar. Apenas un año después de la expulsión, ciertos pueblos mostraban disconformidad con los curas recién llegados. En Santos Mártires, por ejemplo, el corregidor del pueblo manifestaba su resentimiento por los excesos del nuevo sacerdote que los golpeaba y sometía a ciertos abusos. Los pueblos recién fundados de San Joaquín y San Estanislao, con indios tobatí-guaraníes quedaron casi totalmente despoblados en 1769, debido a su poca experiencia reduccional, aprovechando las nuevas circunstancias.
Ya eran claros indicios de las graves consecuencias que para los pueblos misioneros guraníticos traería la expulsión de los jesuitas de la Provincia del Paraguay. Apenas tres décadas después el despoblamiento sería dramático, la miseria generalizada, los pueblos casi olvidados por las autoridades, las estancias comunitarias repartidas entre propietarios particulares y los guaraníes sometidos a su arbitrio.

El hombre primitivo misionero
Los Avá y su modo de vida
América en la visión de los europeos
La ocupación de la región misionera
Hacia las fronteras
Mbororé, gloria de los misioneros y escarmiento de los bandeirantes
Sociedad, producción y consumo en las reducciones
El amabmaé y el tupambaé, dos modos de trabajar y producir
Gobierno y administración de los pueblos jesuíticos
Vivir en una reducción
La Guerra guaranítica
La rebelión guaraní
La expresión de la cultura en las reducciones
El urbanismo jesuítico-guaraní
La edificación de una reducción
Los caminos recorridos por el guaraní
El fin de la obra misional: la expulsión
La decadencia de los pueblos guaraníes posjesuíticos
El Yapeyú de Don Juan de San Martín
De los pueblos misioneros a centros productivos
Se quiebra la unidad
La revolución en las misiones
El reglamento de Belgrano
La revolución se internacionaliza –El avance e luso-brasileño sobre las misiones occidenales-
José Artigas –Teniente Gobernador-
Andrés Artigas, Comandante General de Misiones
Andrés Guaucurí, Artigas, y el intento de recuperación de los siete pueblos
Andrés Artigas, sus últimas campañas
Los sucesores de Andresito en Misiones
Misiones bajo el dominio paraguayo
Misiones, la ruta comercial del Paraguay
La dispersión final
Corrientes ocupa los territorios de las misiones meridionales
Los guaraníes misioneros, un destino de integración social
La herencia secular
Bibliografía
Fuentes documentales

Los Autores
Agradecimientos
Contactenos vía e-mail: webmaster@herenciamisionera.com.ar