Domingo 31 de Julio de 2011

La Herencia Misionera

"Todos los caminos 
están compuestos, y los ríos que lo permiten, con puentes, y los 
que no, con canoas y canoeros para transportar a 
los pasajeros.”

Padre José Cardiel, 
Carta Relación de 1747


Todos los caminos están compuestos, 
y los ríos que lo permiten, con puentes, y los que no, con canoas y canoeros para transportar a los pasajeros. En lo de los españoles, de ciudad en ciudad, ninguno hay compuesto, ni hay río que tenga puentes ni canoas. A cada cinco leguas en las Misiones hay una capilla, con uno o dos aposentos, y una o más casas de indios que la guardan; y sirven los aposentos (que están con cama) de posada para todo pasajero. Ninguna posada hay entre los españoles. Cada uno, si es de conveniencias, se lleva consigo la posada, que es una tienda, que aquí llaman “toldo”, o un carro; si no lo es, va durmiendo en el campo y a la lluvia y graniza. A ninguno (en las posadas de Misiones) se le pide cosa alguna por estas posadas, ni por pasarlos por los ríos. Todo se hace por caridad.”

Padre José Cardiel, Carta Relación de 1747


Glosario

Camino real: denominación que recibían los caminos troncales de la red vial.
Tajea: consiste en una alcantarilla que sirve para dar paso al agua por debajo de los caminos.

Terraplén: elevación artificial del terreno con la finalidad de dar paso a un camino.

Tajamar: terraplén levantado con la finalidad de contener al agua de lluvia entre dos pendientes opuestas, formando con ello una laguna artificial.

Paso: denominación dada al sitio por el cual se cruza un arroyo o río.

San Alonso: paraje ubicado en cercanías de la localidad de Gobernador Virasoro, en la provincia argentina de Corrientes. La denominación proviene del período jesuítico y corresponde a la Capilla y puesto de San Alonso, un establecimiento agrícola y ganadero perteneciente a la jurisdicción de la reducción de Apóstoles.

Tapererepurá: probablemente del vocablo guaraní “tapererecurá”, cuidador de caminos

"Póngase sin falta un Indio Tapererepurá al Arecutay (actual arroyo Tunas), y despáchense con puntualidad las cartas, por pedirlo así la caridad, y el buen gobierno de estos pueblos...”

Memorial para el pueblo de Apóstoles. Año 1714

Los caminos recorridos por el guaraní

Las correderas del Apipé sobre el curso del río Paraná, los rápidos de Salto Grande sobre el río Uruguay, los saltos del Moconá también sobre el curso del Uruguay, los saltos del Guayrá en el curso superior del Paraná y los esteros del Iberá, constituían un conjunto de barreras naturales que contribuían al aislamiento de los pueblos misioneros respecto del resto del mundo colonial hispánico. La presencia inevitable de esos obstáculos naturales favorecía una comunicación con el exterior de las misiones controlada en función de objetivos predeterminados.
Contrasta notablemente lo fluido de las comunicaciones internas del universo reduccional misionero, con los escasos puntos de contacto establecidos con el mundo exterior. Interiormente, la infraestructura de comunicaciones y las posibilidades de movilidad y traslados eran óptimas, cualquiera fuera el sitio al que se quisiera arribar. Sin embargo cuando se trataba de abandonar o ingresar en el territorio de las misiones las vías de comunicación eran muy específicas y sujetas a un control de bienes, personas y trayectos. 
Los vestigios que hoy persisten de aquella infraestructura volcada al logro de una eficiente comunicación en el ámbito de los pueblos misioneros, demuestran la existencia de un plan vial basado en un aprovechamiento racional de los recursos y específicamente de la topografía de la región.

Los caminos transitados en el pueblo
Cada reducción contaba con circuitos de comunicación y tránsito usados cotidianamente por los habitantes. Las calles del pueblo y la plaza constituían las vías de tránsito por excelencia para la circulación de personas, animales, bienes. Pero existían algunas calles y senderos que poseían un especial significado. Los senderos o vías procesionales en algunos pueblos convocaban a los pobladores de la propia reducción y de las reducciones vecinas para la conmemoración de algunos eventos. Un caso era la peregrinación en honor a San Miguel realizada en la reducción de San Javier, a lo largo de una camino bordeado de jardines que partía desde la plaza del pueblo y culminaba unos 1.500 metros al norte en una capilla erigida a San Miguel en la cima de un pequeño promontorio del terreno. En la reducción de Nuestra Señora de Loreto se presentaba también una importante vía procesional. Se trataba de una calle de 1.300 metros de longitud. Comenzaba en la Capilla de la Virgen de Loreto, ubicada en uno de los extremos del pueblo, cruzaba por el sector de viviendas, frente al cementerio, el templo, la residencia y la huerta, culminando en una elevación del terreno donde se ubicaba el Monte del Calvario. Las celebraciones que se realizaban en Semana Santa en este ámbito convocaban a los guaraníes de las vecinas reducciones de Santa Ana, Candelaria, San Ignacio y Corpus Christi.
En la reducción de Apóstoles existía un camino que constituía un magnífico paseo. Partía de la plaza de la reducción y en línea recta, a unos 1.000 metros al norte, culminaba en los estanques del pueblo. Estaba bordeado de naranjos y de ejemplares de ybaró o “arboles del jabón”, llamado así porque sus semillas estrujadas en el agua producían una sustancia jabonosa apropiada para el lavado de la ropa. Un camino semejante se presentaba en la reducción de San Miguel, el cual partiendo desde el pueblo también concluía en unos estanques ubicados en la periferia del mismo.
Existían también otros itinerarios, ubicados en el interior de algunos templos y muy relacionados con la fe. En el templo de la reducción de Concepción el sitio en el que se exhibía la urna con los restos del Padre Roque González de Santa Cruz era el punto terminal de un camino recorrido periódicamente por guaraníes que veneraban aquellos restos. Un caso similar se presentaba en el templo de la reducción de Loreto, donde reposaban en un ataúd parte de los restos del Padre Antonio Ruíz de Montoya, venerados especialmente por los guaraníes de Loreto y de San Ignacio y a cuya intersección se adjudicaban milagrosas curaciones, no sólo por parte de los guaraníes sino también por algunos Padres jesuitas.

Del pueblo a la periferia y hacia otros pueblos


 El “paso de Itapúa” permitía la comunicación de los pueblos
 occidentales   del Paraná con los ubicados al oriente de dicho río y con
 los pueblos uruguayenses.

Cada una de las calles que se originaban en la plaza de la reducción al salir del pueblo se bifurcaba en múltiples direcciones, conformando una red vial que cubría todo el entorno agrícola. Eran los caminos que conducían a los lotes del abambaé y del tupambaé, a las canteras, los yerbales hortenses, los corrales, los percheles, los cementerios del campo y las capillas. Generalmente estos caminos eran ramificaciones del llamado camino real, aquél que intercomunicaba a las diversas reducciones y que cumplía la función de camino troncal.
Cada uno de los caminos que ingresaban en la reducción poseía en sus inmediaciones, a las afueras del pueblo, en un sitio elevado del terreno, una capillita u oratorio. Era el sitio en el que se detenían para orar los viajeros que llegaban o partían en viaje.
El tránsito estaba muy bien administrado por una adecuada red vial que cubría todo el entorno del pueblo.
La comunicación de los pueblos entre sí quedaba establecida por los caminos reales y en algunos casos por la vía fluvial de los ríos Paraná y Uruguay. Todos los pueblos se hallaban intercomunicados por caminos adecuadamente acondicionadas para el tránsito.


 El “paso de Candelaria”, sobre el río Paraná, permitía la comunicación
 entre los pueblos orientales y occidentales a dicho río

Estos aseguraban un rápido y eficiente traslado de personas y productos entre los diversos pueblos guaraníes. Un sistema de postas permitía que en los trayectos que fueran muy largos, el viajero y los animales de tiro pudieran descansar y reponerse antes de continuar el viaje emprendido.


 Planta de la capilla de San Alonso mandada a construir en 1714 como
 posta en el camino que iba de la reducción de Santo Tomé a la de
 Mártires. Se convirtió además en un importante puesto de la estancia de
 la reducción de Apóstoles

Entre algunos pueblos, como los ribereños del Paraná, prevalecía la comunicación fluvial. Lo accidentado del terreno hacía, por ejemplo, que los viajeros que iban de San Ignacio Miní a Santa Ana o a Candelaria, prefirieran hacerlo navegando por el río Paraná, antes que utilizar la vía terrestre. Por este motivo, los pueblos de Candelaria, Santa Ana, Loreto, San Ignacio, Corpus, Itapúa, Trinidad y Jesús, tuvieron cada uno de ellos sus respectivos puertos y el camino que llevaba al mismo desde la reducción adquiría una singular importancia, al punto de convertirse en un eje ordenador de la trama urbana. Esto explica el hecho de que los pueblos paranaenses no hayan desarrollado un sistema vial con el nivel de complejidad con que sí lo hicieron los pueblos uruguayenses.

Las salidas al exterior
Las vías de comunicación hacia fuera del ámbito reduccional fueron escasas. El río Paraná relacionaba a los pueblos misioneros con las ciudades de Corrientes, Santa Fe y Buenos Aires. La comunicación con la ciudad de Corrientes se producía también por una ruta terrestre que unía directamente a dicha ciudad con la reducción de Candelaria. El río Uruguay, combinado con una camino costero, fue un nexo de comunicación con el Río de la Plata y Buenos Aires. La comunicación con la ciudad de Asunción se concretaba a través de dos caminos que cruzaban el límite del Tebicuary y confluían sobre dicha ciudad, desde las reducciones de Santa María de Fe y Jesús.
Hacia el noroeste de las misiones guaraníes, en varias oportunidades se habían emprendido exploraciones con la finalidad abrir una ruta hacia las misiones de Chiquitos. A comienzos del siglo XVIII, la ruta fue lograda y la comunicación quedó establecida. Pero en el año 1717 la Corona prohibió esa ruta, quedando definitivamente abandonada. Sucedía que el nuevo camino acortaba notablemente el trayecto al Altoperú, arruinando con ello a la única ruta y al tráfico comercial vinculado a ella. Dicha ruta tradicional partía desde Santa Fe o Buenos Aires hasta Córdoba, para desde allí ascender hacia el Altoperú.
La ciudad de Córdoba se constituía en un centro hasta donde llegaban los productos misioneros –yerba, tabaco, cueros, maderas– para desde allí tomar el destino de Chile a través de los pasos cordilleranos, o el Altoperú siguiendo por Tucumán, Salta, Jujuy, Potosí, La Paz y Lima.
Otra ruta importante para las misiones de guaraníes era la que desde el puerto de Buenos Aires llevaba al continente europeo. Por esta ruta marítima habían llegado los jesuitas europeos a las misiones y era utilizada periódicamente para las comunicaciones con la jerarquía de la Compañía establecida en la ciudad de Roma.
Para la navegación de los ríos Paraná y Uruguay, los pueblos ribereños contaban con buenos puertos. En el Paraná eran de renombre los puertos de Itapúa, Candelaria, Loreto, Santa Ana, Corpus Christi, mientras en el río Uruguay sobresalía por su importancia comercial el puerto del pueblo de Yapeyú. Desde ellos salían embarcados los excedentes de lo producido en el tupambaé hacia los puertos de Santa Fe o Buenos Aires, principalmente yerba, tabaco, algodón, maderas, cueros, además de gigantescas jangadas de troncos extraídos de la selva misionera que iban río abajo rumbo a los mercaderes que esperaban en Santa Fe o Buenos Aires.

Características de la red vial
Los caminos trazados en las reducciones jesuíticas no eran simples huellas marcadas en el terreno virgen por el continuo tránsito. Existía una ingeniería vial altamente desarrollada, producto de un continuo trabajo de ejecución de obras y de mantenimiento.
Las obras realizadas para acondicionar los caminos eran muy variadas. Por ejemplo, en los accesos a los pueblos cuando existían pendientes pronunciadas, a tal punto que hacían dificultoso el tránsito, se procedía a realizar excavaciones para eliminar o diminuir las pendientes. Si el camino debía atravesar algún fino hilo de agua, se construían tajeas, es decir canalizaciones por debajo del camino. Otro problema común eran las extensas zonas anegadizas por las que necesariamente debían cruzar algunas rutas. Como solución se elevaba el camino sobre un terraplén, excavando a ambos lados dos canales paralelos que cumplían la función de drenar el agua, de modo que durante todo el tiempo el camino fuese transitable. Los tajamares que se creaban aprovechando los terraplenes de los caminos constituían otra interesante obra. Cuando algún camino cruzaba una zona agrícola o ganadera se acondicionaban terraplenes en los bajíos, entre dos pendientes. El terraplén además de facilitar el tránsito, actuaba como una represa que generaba lagunas al retener las aguas de las lluvias.
La construcción de puentes tampoco faltó, cuando eran necesarios para cruzar algunos de los numerosos arroyos que riegan el territorio misionero. Fue notable el construido sobre el arroyo Chimiray, el cual permitía la comunicación de los pueblos de Apóstoles, Concepción, Santa María la Mayor, Mártires y San Javier, con las estancias que poseían en la cuenca del río Aguapey. Sus restos aún persistían a principios del siglo XX, momento en que fueron relevados minuciosamente por Leopoldo Lugones, quedando plasmada la descripción en El Imperio Jesuítico. Otro puente se construyó sobre el arroyo Yachimá mirí (actualmente denominado Cuñamanó), cuyos restos persisten hasta la actualidad. Éste estaba construido en el camino real que conducía desde la reducción de Apóstoles hasta la de Concepción. La madera era el elemento utilizado para la construcción de puentes, mientras que las piedras se usaban para los muros de contención de los terraplenes de acceso. Los puentes en realidad fueron excepcionales, en la mayoría de los casos los arroyos eran cruzados directamente por los lugares menos profundos, previo rebaje de las barrancas para dar curso al camino.
Andar por aquellos caminos traía aparejado ciertos riesgos, más aún para personas que no eran oriundas de la región, como podría ser algún Padre jesuita de un lejano pueblo o el Provincial de la Orden. Las largas distancias, el cruce de los arroyos, los animales salvajes, en algunos sitios la presencia de indios no reducidos de actitud hostil, eran factores de riesgo para los viajeros. Por este motivo en las reducciones existía el indio tapererepurá. Se trataba de un indio cuya tarea era la de controlar el estado de los caminos, llevar la correspondencia epistolar entre los pueblos, y desempeñarse como guía baqueano en el cruce de arroyos caudalosos y zonas de riesgo.
Cuando los puntos terminales de un trayecto eran de escasos kilómetros no se presentaban mayores problemas. Pero en determinados casos el recorrido era de varias decenas de kilómetros hasta llegar a alguna reducción. Esto ocurría por ejemplo cuando era necesario trasladarse desde la reducción de Santo Tomé hasta la de San Carlos o Apóstoles, cruzando en el trayecto por una extensa región de estancias. Para comodidad y seguridad de los viajeros estos caminos poseían capillas y postas atendidas por indios. Allí el exhausto viajante hallaba en la soledad de los campos una habitación amueblada para pernoctar, un cocinero indio listo a preparar un plato reparador, agua en abundancia, un sitio para la oración y el recogimiento, corrales y pasturas para los caballos o los bueyes. En la actualidad las ruinas de la posta y capilla de San Alonso, ubicadas a escasos kilómetros de la localidad correntina de Gobernador Virasoro, son un magnífico testimonio que ejemplifica el caso señalado. Los restos permiten advertir una construcción que poseía las dimensiones de 5 metros por 12 metros, rodeada por una galería perimetral, construida en piedra y techada con tejas.
En la actualidad, gran parte de los restos de la infraestructura vial de las misiones jesuíticas persiste dispersa en todo el territorio de las misiones jesuíticas. Fue tal la racionalidad con que se planificó la red vial que muchas de aquellas rutas se convirtieron en base para la construcción de rutas modernas.

Los “pasos” fluviales
Se podría concluir que los ríos Paraná y Uruguay separaban y aislaban a los pueblos misioneros que se hallaban a una y otra banda de dichos ríos. Sin embargo ello no sucedía, ambos ríos ligaban a los pueblos y no constituían ningún obstáculo para las comunicaciones.
Existían varios puntos por los que se realizaba el cruce de los ríos Paraná y Uruguay que recibían el nombre de pasos. Sobre el río Paraná se destacaban por su importancia en el cruce de personas, bienes y ganados los pasos de Itapúa y de Candelaria. El paso de Itapúa, que comunicaban a la reducción de Encarnación de Itapúa con el puesto y Capilla de San Antonio, establecida en la zona ocupada por la actual ciudad de Posadas, era utilizado fundamentalmente para el cruce del ganado destinado a las reducciones occidentales del Paraná. Precisamente con el fin de contener al ganado que esperaba el cruce en balsas, se había acondicionado una rinconada mediante una combinación de zanjas y cursos de arroyos. Una infraestructura que en el siglo XIX los paraguayos aprovecharían para construir su famosa trinchera.
Sobre el río Uruguay se destacaba el paso San Isidro, que permitía la comunicación con las misiones orientales desde la reducción de Concepción. Otro paso importante era el que comunicaba a Santo Tomé con la reducción de San Borja. Río abajo existían otros pasos frente a las reducciones de La Cruz y Yapeyú, los que llevaban directamente a las estancias misioneras ubicadas en las misiones orientales

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Vivir en una reducción
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Los caminos recorridos por el guaraní
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De los pueblos misioneros a centros productivos
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La dispersión final
Corrientes ocupa los territorios de las misiones meridionales
Los guaraníes misioneros, un destino de integración social
La herencia secular
Bibliografía
Fuentes documentales

Los Autores
Agradecimientos
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