Domingo 31 de Julio de 2011

La Herencia Misionera

" Y en medio, entre las 
dos chozas, erigí una capilla, también de trenzado de  paja y caña de bambú, que me hizo las veces de iglesia parroquial,...”

Padre Antonio Sepp (1691-1733), referencia a la fundación de 
San Juan Bautista

" Por que este pueblo está mal formado, o plantado no tienen ya por donde extenderse bien, si no es a lo largo de suerte que se retiran mucho de la iglesia, y casa del Padre las casas que de nuevo es necesario fabricar, de donde ha de haber mucha incomodidad para asistir con los ministerios prontamente, como se debe, a los enfermos y demás gente que hubiere vivir en lo retirado, y además de eso ocupa lo mejor de la loma, que debiera ocupar el pueblo, o casas de indios, la casa de nuestra vivienda... ”

Memorial para el pueblo de Nuestra Señora de Fe, año 1714

"Póngase empeño en componer las casas de los indios, y en hacer otras casas nuevas para que todo el pueblo pueda vivir en casas de tejas, con esto se librará del riesgo de quemarse las casas de paja, que muchos usan. Los pilares de las casas, que se hicieren serán de piedra como está la que ahora se acaba de hacer...”

Memorial para el pueblo de Loreto, año 1749

Portal interior de uno de los salones de la residencia de la reducción de San Ignacio Miní (Misiones, Argentina). La abertura tallada en arenisca rosada probablemente daba acceso al salón comedor o a la biblioteca. Como en la totalidad de los portales existentes en esa reducción, las columnas y los dinteles que se observan cumplen únicamente una función estética, ya que no actúan como soporte o descarga de las paredes. Esta función es cumplida en todos los casos por horcones y vigas transversales de madera, los cuales se hallan disimulados en la misma edificación.


Glosario

Adobe: era un ladrillo rectangular crudo, secado al sol.

Tapia francesa: con el sistema de tapia francesa las paredes se construían con un trenzado de ramas que eran recubiertas de barro “ñaú”.

Tapia: consistía en tierra seleccionada y convenientemente apisonada en un encofrado, hasta formar una pared o muro. Una vez que la pared quedaba levantada, las puertas y ventanas se abrían a cincel en la tapia.

Ñaú: (del guaraní: “ñaiíu”, barro para losa). Tierra húmeda que se encuentra en los bajíos anegadizos, cuya coloración varía desde el azul hasta el ocre. La de coloración azul era utilizada para paredes o muros, mientras que la ocre para la elaboración de cerámica.

Horcón: todas las edificaciones que no poseían paredes portantes, contaban con “horcones”. Eran columnas de madera o piedra embutidas en las paredes con la función de actuar como soporte de la descarga de la estructura de los techos.
Arenisca, arenisca rosada o asperón rojo: se trata de una roca de origen sedimentario muy dócil al cincel de los artistas. Fue muy utilizada en la construcción de algunos templos, por ejemplo en San Ignacio Miní, Santa Ana, San Miguel, Jesús y Trinidad.

Itacurú: vocablo guaraní: “itá”, piedra, y “curú”, grano. Se trata de una roca ferruginosa, muy abundante en la región misionera. Fue utilizada intensivamente en la construcción de cimientos y paredes de las viviendas.

 

 

La edificación de una reducción

Hemos tratado el tema del ordenamiento urbano de las reducciones. Pero resta explicar cómo se construían los edificios ¿Qué técnicas y qué materiales se utilizaban? ¿Cuánto tiempo, trabajo y esfuerzo exigían a los guaraníes de los pueblos esas monumentales obras? Éstas son algunas de las preguntas que nos surgen al contemplar maravillados los restos arquitectónicos de los impactantes conjuntos jesuíticos en ruinas.
Las antiguas aldeas guaraníes construidas en material vegetal, dieron paso a ciudades de piedra, sólidamente construidas en medio de la selva. Ciudades que podían albergar hasta un máximo de 7.000 habitantes, con sus calles y viviendas reflejando el orden predicado desde el sistema reduccional. Todo en perfecta línea y orden, únicamente el templo, la residencia y las capillas se elevan con su techumbre de tejas por encima del nivel común de los techos de las viviendas. Nada existe fuera de los previsto, ningún edificio, ningún muro, ninguna columna. Todo está administrado: las formas, las líneas, los niveles del terreno... hasta el número de puertas y las ventas que deben tener las casas.
En la historia de la arquitectura de los pueblos misioneros intervinieron un conjunto de factores que confluyeron en esa inédita experiencia de evangelización, dando las características tan peculiares a los componentes edilicios de la reducción. La tradición estética del estilo barroco europeo es uno de esos factores. Pero junto a ese barroquismo de las formas, hay mucho de contenido típicamente americano o más concretamente regional, no sólo en lo que respecta a cierta concepción estética, sino también respecto de los materiales, procedimientos y tecnologías de construcción empleados.

El diseño y la edificación de una reducción
Una de las descripciones más pintorescas acerca del modo en que se fundaba una reducción es la que se refiere a San Juan Bautista. La fundación había sido realizada en el último decenio del siglo XVII por el Padre Antonio Sepp con pobladores de la reducción de San Miguel. Dice el testimonio del propio fundador: “No aprendí, por cierto, con ningún arquitecto cómo hay que trazar un pueblo. Pero he viajado por tantos países y provincias que me di cuenta de cómo muchas aldeas, ciudades y villas europeas han sido construidas casi sin orden por sus fundadores y cómo sus sucesores las han ampliado sin sistema (...) Yo quería evitar éstos y otros errores y trazar mi pueblo metódicamente, según las reglas del urbanismo. La primera condición con la cual debía cumplir fue la medición y el amojonamiento de los terrenos para la construcción de las casas con el cordel del agrimensor (...) En el centro tuve que alinear la plaza, dominada por la iglesia y la casa del párroco. De aquí debían salir todas las calles, siempre equidistantes una de la otra. Una buena distribución en este sentido significaba una ventaja extraordinaria y, al mismo tiempo, el mejor adorno para el pueblo. El cura puede, así, viaticar a sus parroquianos de la manera más rápida y cómoda (...) La plaza era de cuatrocientos pies de ancho y quinientos pies de largo. A ambos lados de la iglesia se elevan, como en un anfiteatro, las casas de los indios, formando filas bien ajustadas (...) De la plaza salen las cuatro calles principales, construidas en forma de cruz, que miden a lo ancho sesenta metros y a lo largo más de mil, y llevan al campo en todas direcciones...”
La descripción que realiza el Padre Sepp de la fundación de San Juan Bautista posee un tono acentuadamente personal, sin que por ello deje de ser real. En la concepción del diseño de la reducción prevalece la idea del orden y de la racionalidad, con un sentido muy concreto, como lo es el de asistir permanentemente a la población en sus necesidades. Pero tampoco está ausente el interés por lo estético, especialmente cuando se trata de una adecuada disposición de las calles.
Pero, ¿cómo se edificaba una reducción? Más allá de las apreciaciones teóricas sobre el diseño y edificación de un pueblo, éste era un hecho que podría traducirse en dos conceptos: esfuerzo y trabajo indígena. Luego de elegirse el terreno apropiado comenzaba la tarea de proyectar el futuro pueblo, tarea que habitualmente estaba a cargo del Padre jesuita y sobre lo cual no había mucho que esforzarse, pues existían normativas precisas al respecto, además del asesoramiento de arquitectos y constructores de la propia Compañía de Jesús.
La descripción del ejemplo mencionado de San Juan Bautista podría ajustarse a cualquiera de los asentamientos provisorios que procedieron a construir su infraestructura definitiva a partir de la segunda mitad del siglo XVII.
El trabajo de construcción del pueblo era una tarea que se emprendía desde el asentamiento provisorio o de un campamento instalado en un sitio cercano. Curiosamente, el primer paso no era construir, sino cultivar los campos y aquerenciar el ganado en el nuevo sitio, pues había que asegurar la alimentación de la población para el momento en que ésta se trasladara a vivir en el nuevo pueblo. Cuando los campos se hallaban labrados y la semilla puesta en el surco, los hombres concurrían a la búsqueda de los materiales necesarios para el inicio de los trabajos. Algunos grupos se dirigían al monte a talar los árboles necesarios para obtener madera para vigas, horcones, tirantes,etcétera. Otros se dirigían a preparar la arcilla necesaria para las tejas a utilizar en los nuevos edificios. Algunos comenzaban con la tarea de tallar las piedras que servirían para las paredes, mientras que otros comenzaban en el sitio elegido levantando las primeras viviendas y la estructura del templo, de la residencia y de los talleres. Ésta era una tarea que demoraba meses o más de un año. Recién cuando las viviendas estaban acabadas y en condiciones de ser habitadas, la población abandonaba el antiguo asentamiento o campamento y se trasladaba masivamente al nuevo, ocupándolo. Lo que restaba se realizaba estando ya en el nuevo pueblo, como por ejemplo terminar la nivelación de la plaza, el muro de la huerta, el techado con tejas de las viviendas en reemplazo de la cubierta vegetal, la ornamentación del templo y todo aquello que tuviera relación con la estética del asentamiento.
Las reducciones eran asentamientos que en su faz edilicia se construían íntegras. No crecían en función de algún núcleo o asentamiento humano inicial primigenio que las diera origen en forma espontánea. Se formaban porque había un plan y una decisión en dicho sentido. Inclusive su crecimiento tenía un límite: las tiras de viviendas se agregaban a medida que la población crecía, pero si ésta llegaba a los 6.000 o 7.000 habitantes, el crecimiento se detenía y la reducción se dividía y daba lugar a un nuevo pueblo o auxiliaba en población a otra que pudiera hallarse atravesando por una caída demográfica.
El orgullo que sentían los guaraníes por sus reducciones, el amor que manifestaban por ellas, nacía en gran medida de la magnífica experiencia de haberlas construido con sus propias manos.

Pueblos de “ñaú” y ramas
Estamos habituados a apreciar la arquitectura de las reducciones partiendo de la imagen ofrecida por las ruinas de San Ignacio Miní, San Miguel, Jesús o Trinidad. Entonces, cuando pensamos en una reducción, nos imaginamos un pueblo construido íntegramente en piedra. Sin embargo, los ejemplos señalados constituyen el punto culminante de una evolución edilicia que no todas las reducciones alcanzaron. La mayoría tenía un aspecto bastante diferente en lo que respecta a los componentes constructivos.
Recién en el año 1714 se recomienda en los memoriales insistentemente que los edificios debían levantar sus cimientos de piedra fuera de la tierra hasta una vara, para continuar luego la construcción como era tradicional en adobe o tapia francesa. Efectivamente, durante el siglo XVII, y en muchos pueblos aún durante el siglo XVIII, las construcciones eran realizadas en adobe, tapia y tapia francesa. El adobe era un ladrillo crudo, la tapia era una pared compuesta por tierra seleccionada y fuertemente apisonada mediante un sistema de encofrado, y la tapia francesa consistía en un muro compuesto por una mezcla de ramas y arcilla. Los pueblos provisorios del siglo XVII eran construidos con estos sistemas, razón por la cual sus ruinas hoy no presentan muros en elevación, pero sí un gran número de montículos de adobe y tapia derruidos. Los vestigios de la reducción de San Miguel (1638-1687), ubicados al norte de Concepción de la Sierra, son un claro ejemplo: allí las piedras son muy raras, ya que el pueblo estaba construido íntegramente en adobe y tapia, compuesta por el ñaú que se obtenía del terreno bajo adyacente al arroyo Pesiguero.
Posteriormente a la primera década del siglo XVIII, los guaraníes de las reducciones comenzaron una intensa tarea de reconstrucción edilicia. Los muros de las viviendas, templos, residencias, talleres, huertas, fueron renovándose incorporando los bloques de piedra como parte integrante de la pared, hasta 0.80 metros en las viviendas y hasta 1.50 metros en los edificios de mayor porte. Luego, por encima de aquella base de piedra, la pared continuaba en adobe o tapia. El nuevo sistema constructivo otorgaba mayor solidez y perdurabilidad a los muros, acentuados aún más con galerías que los resguardaban del agua de las lluvias y del sol. Hoy pueden observarse vestigios de esta tipología constructiva por ejemplo en la totalidad de las ruinas de San José; en Santa María la Mayor, Santa Ana, Corpus Christi, Loreto, principalmente en el sector periférico del área de viviendas.
El sistema constructivo compuesto por la combinación de la piedra, el adobe y la tapia exigía una tarea de mantenimiento continuo de las edificaciones, pues los dos últimos componentes señalados eran muy vulnerables a los efectos del medio ambiente. Aun con los inconvenientes señalados el adobe y la tapia eran los materiales que predominaban en la mayoría de las reducciones. Probablemente porque los yacimientos de ñaú, la materia prima, abundaban en la geografía misionera y los procedimientos para su obtención y elaboración resultaban muy simples. La utilización de esta materia prima cubría un espectro muy amplio de la realidad material de las reducciones. El ñaú no sólo estaba presente en las paredes, también lo estaba en los cántaros, en la vajilla utilizada diariamente, en la cerámica de los pisos, en las tejas de los techos, en algunas imágenes religiosas y objetos de ornato. Era un componente material presente en la cultura guaraní desde la época prehispánica, pero que en el ámbito de las reducciones se vio técnicamente potenciado y perfeccionado en su aspecto funcional.

La piedra o la aspiración a la eternidad
En la década del 40 del siglo XVIII se produce una nueva tendencia constructiva en las reducciones. Se comienza a recomendar en los memoriales que los edificios sean construidos íntegramente en piedra, y que se abandone el uso del adobe y la tapia. La recomendación del uso de la piedra se extendía también a los horcones y a las columnas de las galerías.
La puesta en práctica de este nuevo sistema constructivo exigía un gran esfuerzo humano y técnico. Aunque no escaseaban las canteras de arenisca y de itacurú, explotarlas implicaba una tarea ardua y técnicamente compleja. La renovación edilicia fue un proceso lento que comenzó con los templos, las residencias, talleres y siguió luego con las tiras de viviendas que rodeaban la plaza, para avanzar más tarde sobre las siguientes tiras.
En algunos pueblos, como en San José, la renovación nunca se inició, mientras que en otros, como en San Ignacio Miní, llegó a un alto grado de desarrollo.
La explotación de las canteras fue intensiva durante aquel período. Los bloques de piedra eran extraídos de los yacimientos y sometidos a un rústico tallado en el mismo sitio. Luego se los trasladaba hasta la plaza del pueblo en donde eran perfeccionados en la talla, hasta darles las características necesarias para la obra.
Las ruinas mejor conservadas son precisamente las de aquellos pueblos que renovaron sus edificios en piedra, logrando por ello una mayor persistencia en el tiempo. En cambio aquellos que estaban construidos predominantemente con adobe y tapia, hoy se evidencian bajo la forma de montículos de esos materiales que, aunque no poseen monumentalidad estética, sí constituyen un invalorable testimonio arqueológico.

Los arquitectos jesuitas
La envergadura de las obras arquitectónicas emprendidas en las reducciones necesariamente requerían del diseño de arquitectos, especialmente cuando se trataba de los templos, de la residencia y de los talleres.
La Compañía de Jesús se preocupó constantemente por contar entre sus integrantes con personas capacitadas en el arte de la construcción. Uno de los primeros en actuar en las misiones de guaraníes fue el Hermano Bartolomé Cardenosa, quien aparentemente no era arquitecto, pero tuvo una destacada participación en la construcción de los templos de algunas reducciones, por ejemplo en la Reducción de San Nicolás en 1634.
En el año 1674 se menciona al Hermano Domingo Torres como arquitecto, dirigiendo la construcción de edificios en la reducción de San Carlos. En la misma época se construían los templos de Loreto, Santo Tomé y San Ignacio Miní.
A fines del siglo XVII llegó al Río de la Plata el Hermano Juan Krauss. Junto con el Padre Antonio Sepp diseñó y dirigió la obra del templo de la reducción de San Juan Bautista, dirigiendo además obras en diversos pueblos de las misiones. Fuera de las misiones guaraníes, tuvo una intervención significativa en la construcción del templo de San Ignacio en la ciudad de Buenos Aires, en el colegio de los jesuitas de Córdoba y en el de Buenos Aires. Falleció en 1714.
Luego de la muerte del Hermano Juan Krauss, surge la figura del Hermano Juan Wolff como constructor de iglesias y capillas. Dirigió obras en Buenos Aires, Tucumán, Salta, Tarija, Jujuy.
Contemporáneo de Juan Wolff era el arquitecto Hermano José Brasanelli, quien tuvo una particular actuación profesional en los pueblos misioneros. En el año 1718 se hallaba dirigiendo las obras de construcción de la iglesia de la reducción de Itapúa. Intervino también en los templos de las reducciones de Nuestra Señora de Loreto, de San Borja, San Javier, San Ignacio Miní y otras más. Desarrolló su tarea en los pueblos misioneros entre los años 1715 y 1728, año en que falleció en la reducción de Santa Ana. Su originalidad estuvo dada por la incorporación de las torres campanarios y las cúpulas de media naranja a la estructura de los templos.
En el año 1747 fallecía en la reducción de Candelaria un notable arquitecto, el Hermano Juan Prímoli. Este arquitecto tuvo la iniciativa de transformar la tradicional arquitectura de los pueblos, reemplazando el adobe y la tapia de las construcciones por la piedra. Sus obras más notables son los imponentes templos de las reducciones de San Miguel y de Trinidad. Trabajó también en el pueblo de Concepción, donde refaccionó el templo transformándolo en uno de cinco naves con una magnífica fachada construida íntegramente en piedra y ornamentada con nichos y esculturas. Junto al Hermano Prímoli trabajó el Hermano Andrés Blanqui, quien en el año 1738 comenzó a desempeñarse como arquitecto en las reducciones de las misiones. Algunos años antes, habían realizado conjuntamente el diseño y la dirección de las obras de la Catedral de Córdoba y del Cabildo de la ciudad de Buenos Aires.
Otro notable arquitecto fue el Padre Antonio de Ribera, quien en el año 1767 se hallaba dirigiendo las obras del templo de la reducción de Jesús, proyecto que quedó trunco al concretarse en el año 1768 la expulsión de los jesuitas.
Los constructores señalados fueron los que más influyeron en el diseño y en la arquitectura de los pueblos misioneros. Existieron otros que también intervinieron en las reducciones, pero sobre sus obras sabemos muy poco, debido a la escasa documentación hallada. Quedan sus nombres registrados en la historia, tal el caso del Hermano José Gómez, el Hermano Juan Ondícola, el Hermano Antonio Harls, el Padre Bruno Morales, los Hermanos Dionisio de Fuentes y Francisco Mareca, entre otros más.

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Bibliografía
Fuentes documentales

Los Autores
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