Domingo 31 de Julio de 2011

La Herencia Misionera

"¿Qué crimen han cometido esos miserables que se les condena en confiscación de sus bienes propios?”

P. Bernardo Nusdorffer, 1752

“..., debemos también nosotros, como hijos auténticos del gran capitán de Pamplona, San Ignacio, proveer a los reclutas de Cristo con armas religiosas y mundanas, para que puedan luchar contra sus enemigos visibles e invisibles; del mismo modo como los buenos pastores no solamente rezan por sus ovejas, sino que las defienden con la honda contra los lobos.”

P. Antonio Sepp
(1691-1733), Jardín de flores paracuario


Semejante celeridad en un anciano de setenta años, dejará sin duda persuadido a cualquier espíritu libre de pasión, que nada se hizo que no estuviera animado de la más recta intención. ... Procuró fervorosamente el P. Nusdorffer dar cima a la empresa, y para ello señaló a cada uno de los siete pueblos el solar que habría de ocupar y los campos, en los que habrían de apacentar su ganado, y también los que habrían de corresponder a otros pueblos, que no habrían de mudarse, pero que, por el Tratado, perdían sus viejas estancias, por hallarse ellas en territorio portugués. Dispuso además que los pueblos a trasladarse se proveyeran de cincuenta carros cada uno de ellos, y de todas las canoas necesarias para transportar sus ajuares y sus personas.”
Palabras del P. Muriel en defensa del P. Nusdorffer, a quien se acusaba incentivar la rebelión guaraní. Año 1752


'... y si en espacio de un año no se puede transportar todo eso (en referencia a los bienes de los pueblos), ¿qué sucederá? ¿Irán robándolo los portugueses? ¿Es creíble que ese sea el ánimo de Nuestro Rey Católico?, y ¿del Rey fidelísimo?, y ¿qué crimen han cometido esos miserables que se les condena en confiscación de sus bienes propios? Caso sería ese digno de consideración, porque en tal caso ciertamente el indio ciego no miraría, ni por sí, ni por los Padres, ni por ninguno: y llevaría todo a fuerza y violencia de su cólera, perdiéndose a sí mismo y a otros, sin remedio.”

P. Bernardo Nusdorffer, Novena Parte, 1752


Otros Datos

P. Carlos Tux: jesuita de origen alemán, nacido en el año 1700 en Peterswaldau. Se desempeñó como misionero en las reducciones de Itapúa, San Nicolás y Apóstoles.
P. Tadheo Ennis: nacido en Bohemia en el año 1711. Trabajó como misionero entre los guaraníes, desempeñándose como Cura en varias reducciones. Lo sorprendió en su tarea la expulsión de los jesuitas, falleciendo en el Puerto de Santa María en el año 1769.
Don José I: rey de Portugal, sucesor del Rey Juan V. Gobernó desde 1750 hasta 1777, año en que falleció. Durante su reinado el poder estuvo bajo la influencia de su Ministro Pombal.
Caibaté: sitio ubicado en la región de las estancias de los pueblos misioneros, en las puntas del río Ibicuí.
Tacuaruzú: voz guaraní que hace referencia a una especie de tacuara que posee un tallo de gran diámetro. Los guaraníes usaban las cañas de tacuaruzú forradas con cuero para improvisar cañones.
Don Pedro de Ceballos (1716-1778): militar español que se desempeñó como Gobernador de Buenos Aires entre 1756 y 1776, año en que fue nombrado primer Virrey del Río de la Plata.

Carlos III (1716-1778): rey de España, sucesor de Fernando VI. Accedió al trono en 1759. Expulsó a los jesuitas de sus posesiones en el año 1767.


El ánimo de su Majestad Católica no es que se echen estos indios a los desiertos, y se han de mudar, cuando ya tengan chozas hechas en los nuevos puestos y sobre eso se mandó a dos pueblos que hiciesen ranchos para los de Santo Angel y se trabaja en ellos, lo cual para ningún otro pueblo se ha podido ordenar, porque los Nicolaistas se resisten a su mudanza y los Lorenzistas no hallaron aún puesto, los demás pueblos van a tierras distantes adonde, en 30 y 40 leguas, no tendrán pueblo vecino, que los pudiese ayudar en hacer ranchos, y es preciso que ellos mismos, en acabando sus sementeras, se dividan y vayan a hacerlos.”

P. Bernardo Nusdorffer, Novena Parte, 1752

La rebelón guaraní

La tensión que se vivía en los pueblos misioneros era extrema. Se respiraba un clima de desconfianza e incertidumbre. Los curas de los pueblos, que conocían bien la idiosincrasia de los indios, presagiaban temerosos el levantamiento armado. Los indios por su parte, desconfiaban hasta de sus propios Padres. A los comisarios reales no les interesaba otra cosa que concretar lo más rápido posible el traslado de los pueblos y presionaban con todos los medios en dicho sentido. La mecha se encendió a mediados del año 1752 en el pueblo de San Juan Bautista. Mientras el padre Carlos Tux hacía los preparativos para el éxodo, los miembros del Cabildo y los caciques se declararon en rebeldía y tomaron las armas de fuego que se hallaban bajo llave en el Colegio. De allí la rebelión se extendió a San Miguel, donde los indios con las armas en las manos hicieron retroceder a las carretas que ya salían con parte de los bienes del pueblo. Luego siguieron Santo Angel y los demás pueblos. La situación quedó fuera de todo control. Mientras algunos pobladores se trasladaban a la margen occidental del río Uruguay, otros buscaban refugio en los montes de la comarca y otros permanecían en sus pueblos dispuestos a resistir con las armas la entrega de los mismos a los portugueses. Los Padres jesuitas de los siete pueblos, impotentes al haber perdido todo poder, presentaron en mayo de 1753 la renuncia a los curatos de sus pueblos al Gobernador y al Obispo de Buenos Aires, pero éstos no la aceptaron. La rebelión guaraní no fue un hecho circunscripto únicamente a los siete pueblos orientales del Uruguay. Se produjo un movimiento de compromiso espontáneo de los guaraníes occidentales del Uruguay. De ese modo los rebeldes vieron engrosar sus filas con indígenas que provenían de las reducciones de Concepción, San Javier, Santa María la Mayor, Mártires, Apóstoles, San Carlos. El movimiento de resistencia evolucionó y surgió un líder, el Capitán José Sepé Tiarayú, Corregidor y Alférez Real del pueblo de San Miguel. Los jesuitas evidentemente no estaban de acuerdo con el Tratado de permuta, pero tampoco promovieron la rebelión de los guaraníes. De hecho nada pudieron hacer ante el levantamiento, salvo el ser meros espectadores. Sin embargo tanto españoles como portugueses no dudaron en adjudicar a los jesuitas la autoría intelectual de la rebelión, aunque ello nunca quedó demostrado, ni durante ni después del conflicto.

Avance de la comisión demarcadora
El 1 de septiembre de 1752 el representante portugués, Gómez Freire, y el representante español, Marqués de Valdelirios, al frente de las respectivas comisiones demarcadoras se encontraron en Castillos Grandes con el fin de iniciar las tareas en el terreno. El 27 de febrero de 1753 los demarcadores llegaron a la Capilla del puesto de Santa Tecla, perteneciente a la estancia de la reducción de San Miguel. Era la puerta de acceso a los territorios misioneros. En el lugar no estaba ningún jesuita, aunque se había estipulado previamente que el P. Tadheo Ennis debía estar allí como recepcionista de la comisión demarcadora. Sí en cambio estaba presente una guarnición armada guaraní que prohibió el paso de los demarcadores y bajo amenazas los hizo retroceder. Imposibilitados de seguir, los portugueses se retiraron a Colonia y los españoles a Montevideo, desde donde denunciaron el hecho, adjudicando la responsabilidad de lo sucedido a los Padres jesuitas.
En España y Portugal se produjeron cambios políticos que enturbiaron aún más la situación crítica de las misiones. La coronación de Don José I, como nuevo Rey de Portugal, llevó al Ministerio del Interior a Sebastián José de Carvalho e Mello, futuro Marqués de Pombal, un acérrimo enemigo de la Compañía de Jesús. En el año 1754 en España fallecía el Ministro José de Carvajal, quien nunca había aceptado en lo personal el Tratado de 1750. En su reemplazo era designado Ricardo Wall, quien tuvo una influencia decisiva en la destitución del Padre jesuita Rábago como confesor del Rey, designando en su lugar a un Padre Dominico.

Caibaté, la resistencia de los misioneros
En los inicios del año 1754 el Comisario real Valdelirios regresaba a Buenos Aires desde España. Traía una Real Cédula para el Gobernador Andonaegui.


 Curso del río Uruguay.
 Según el tratado de 1750 se constituiría en uno de los nuevos límites entre los
 territorios españoles y portugueses, lo cual destruía la unidad territorial de las
 misiones jesuíticas, pues éstas poseían 7 pueblos y estancias que se
 ubicaban al oriente de dicho río.

En ella se ordenaba que inmediatamente los siete pueblos misioneros fueran tomados por la fuerza de las armas y entregados con la misma celeridad a los portugueses. Españoles y portugueses decidieron emprender la marcha sobre los pueblos en forma independiente. El Gobernador Andonaegui reunió una fuerza de 1.500 hombres en Rincón de las Gallinas en el mes de mayo de l754, poniéndose en marcha hacia la estancia de Yapeyú, donde llegaron en el mes de junio. El mal tiempo y las malas condiciones del terreno hicieron que la tropa perdiera gran parte de la caballada y el avance se hiciera prácticamente imposible. Una partida que fue enviada a solicitar auxilio al Cura del pueblo de Yapeyú, fue atacada en una emboscada por los guaraníes rebeldes. Sólo algunos salvaron sus vidas y pudieron regresar al grueso de las tropas de Andonaegui, el cual junto a sus generales, decidió el 10 de agosto abandonar la campaña iniciada. En la retirada sufrieron continuos ataques de las fuerzas guaraníes, que los siguieron asediando, dirigidos por un cacique del pueblo de Yapeyú llamado Paracatú, hasta que abandonaron el territorio misionero. Sin embargo en uno de los encuentros, Paracatú cayó prisionero y fue llevado a Buenos Aires. Las fuerzas portuguesas no tuvieron mejor suerte. Las continuas lluvias, los terrenos totalmente anegados, el frío intenso y los continuos ataques fugaces de los guaraníes determinaron la retirada y la suspensión de la campaña. Los guaraníes habían hallado en el Capitán José Sepé Tiarayú a un guía y caudillo natural. Él mismo organizaba y dirigía la mayoría de los ataques que se emprendían contra españoles y portugueses. La campaña había resultado un rotundo fracaso. Españoles y portugueses resolvieron en diciembre de 1755 unificar ambas fuerzas para realizar un ataque conjunto, que suponían iba a ser mucho más efectivo. El objetivo era atacar directamente al pueblo de San Miguel, donde aparentemente estaba el núcleo de la resistencia, luego compañías separadas caerían sobre los demás pueblos. Para la campaña militar se había formado un formidable ejército. El Gobernador Andonaegui había recibido desde España un refuerzo de 150 soldados, el Gobernador de Montevideo, Joaquín Viana, tenía acantonados 1.670 hombres, y Gómez Freire contaba con un ejército de 1.200 soldados. Las fuerzas se encontraron en la región de Santa Tecla y en febrero de 1756 ingresaron en el territorio de las misiones. Los guaraníes evadían en todo momento un enfrentamiento directo con las tropas españolas y portuguesas. Se limitaban a realizar ataques fugaces desarrollando una guerra de guerrillas, que terminaba desmoralizando y atemorizando a los lusitanos y españoles. En uno de esos encuentros se enfrentaron una partida armada guaraní contra un destacamento de observación comandado por el General Viana y por el Coronel Luis Osorio. Entre los combatientes guaraníes estaba el Capitán Sepé Tiarayú, que imprevistamente cae de su caballo y es alcanzado por la lanza de uno de los soldados. Mientras estaba herido y caído en el suelo, el General Viana se acerca y con su pistola lo ejecuta de un tiro. La muerte imprevista del Capitán Sepé Tiarayú hizo que los guaraníes perdieran la cohesión que habían tenido hasta aquel momento. La guerra continuó con encuentros aislados, en donde se enfrentaban con las tropas reales grupos de indios que no respondían a un mando unificado. Sin embargo el día 10 de febrero de 1756 los grupos que hasta ese momento habían actuado sin una conducción unificada, se presentaron en formación militar frente a los españoles y portugueses, en la llamada colina de Caibaté. Al frente estaban los principales caciques, entre los que se destacaba Don Nicolás Ñeenguirú, cacique Corregidor del pueblo de Concepción. Inmediatamente el ejército real se organizó en posición de combate, aproximándose hasta los guaraníes hasta que éstos quedaron al alcance de la artillería. Frente a las tropas bien pertrechadas con armas de fuego, quedaban los misioneros armados con arcos y flechas, sables, lanzas, algunas pocas armas de fuego y cañones improvisados de tacuaruzú. El Gobernador Andonaegui trató de arribar a un entendimiento con los guaraníes. Les propuso que abandonaran la resistencia armada y que dieran lugar al cumplimiento de lo estipulado en el Tratado de Permuta. Los caciques que dirigían la tropa respondieron que no tomarían decisión alguna sin previamente consultar con los Cabildos de los pueblos y con los Padres. Andonaegui sospechó que los misioneros pretendían ganar tiempo y como única respuesta les dio una hora de plazo para que se dispersaran del lugar. Cumplido el tiempo, a las dos de la tarde las cajas tocaron en redoble y un disparo de cañón dio el aviso para que las tropas hispano-portuguesas avanzaran sobre los guaraníes, luego de que varias descargas de artillería hicieran estragos entre los misioneros. A las tres y diez minutos de la tarde el combate finalizaba. O con mayor propiedad, finalizaba la “matanza de Caibaté”. Tirados en la colina de Caibaté quedaban 1.511 indios misioneros muertos, mientras 154 caían prisioneros y otros centenares lograban huir. Entre los españoles hubo 3 soldados muertos y 10 heridos, entre los que se encontraba el mismo Andonaegui. Entre los portugueses hubo 1 muerto y 20 heridos, entre ellos el Capitán Luis Osorio. Entre los despojos de los guaraníes se hallaron dos banderas con la cruz de borgoña y otras con imágenes de santos, ocho cañones de tacuaruzú y un gran número de lanzas, arcos y flechas. Las fuerzas hispano-portuguesas entraron de ese modo en las misiones orientales, en dirección al pueblo de San Miguel. El 22 de marzo en Chumiebí se produce otro ataque de las fuerzas guaraníes, los que son dispersados por la artillería y luego perseguidos por la caballería.

Pueblos en llamas
Mientras españoles y portugueses seguían avanzando, grupos aislados de guaraníes los asediaban continuamente desde improvisadas fortificaciones que habían establecido a la vera de los caminos, pero nada lograban, la guerra estaba perdida. Decidieron entonces los misioneros una estrategia de tierra arrasada. A medida que las fuerzas reales avanzaban no hallaban más que sembradíos destruidos, ganado muerto y campos en llamas. Cuando llegan a los pueblos de San Miguel y San Luis, los hallan despoblados y con los principales edificios vacíos de mobiliario y ardiendo en llamas. El pueblo de San Lorenzo logró ser salvado de las llamas, al ser rodeado por las tropas reales, capturada la población, el Cura y el Compañero. La reducción de Santo Angel se convirtió en cuartel de las tropas españolas, mientras de San Juan Bautista lo fue de las tropas portuguesas. Finalizada la resistencia el Gobernador Andonaegui recibió la rendición de los Cabildos de los pueblos, y él mismo comenzó con la tarea de evacuar la población que aún permanecía en los pueblos hacia la margen occidental del río Uruguay. En España y Portugal crecían las acusaciones contra la Compañía de Jesús, señalándola como responsable e instigadora de la resistencia guaraní. El 8 de junio de 1756, sofocadas las últimas resistencias, el Gobernador Andonaegui consideró terminada la guerra y que lo único que restaba era concretar la permuta de los siete pueblos por la Colonia del Sacramento.

La anulación del Tratado de Madrid de 1750
Luego de su campaña a las misiones, Andonaegui abandonaba las costas del Río de la Plata. En su reemplazo venía Don Pedro de Ceballos, con un ejército de 1.000 hombres. Tal era el desconocimiento de los sucesos del Plata en España, que Ceballos, antes de desembarcar en el puerto de Buenos Aires, se preocupó por saber si todavía la ciudad estaba en manos de los portugueses. En realidad tanto españoles como portugueses actuaban de mala fe en la cuestión de la permuta de los siete pueblos por la Colonia del Sacramento. La oposición de los guaraníes ya había sido aniquilada y sin embargo la permuta no se concretaba oficialmente y las excusas interpuestas por ambas parte la dilataban en el tiempo. Mientras los portugueses de hecho iban ocupando las misiones, los españoles reclamaban la entrega de la Colonia, que con diversas excusas no se producía. En agosto de 1759 en España fallecía el Rey Fernando VI y ocupaba el trono Carlos III. Convencido de que el Tratado de Permuta constituía un gran perjuicio para los intereses hispánicos en América del Sur, consiguió firmar en el año 176l un convenio con Portugal dejando sin efecto el “tratado de permuta”. Pese a la anulación de la permuta, los portugueses continuaban ocupando las misiones, Río Grande y la Colonia del Sacramento. En Europa se desató una guerra entre España y Portugal. Don Pedro de Ceballos recibió entonces la orden de recuperar por la fuerza la Colonia del Sacramento. Luego de cumplir con su objetivo siguió avanzando hacia Río Grande y las misiones, derrotando y poniendo en retirada a los portugueses. En 1763 cuando estaba en plena campaña recibió la noticia de que la paz de Fontainebleau había sido firmada y que debía devolver la Colonia a los portugueses. Sin embargo las misiones orientales con sus siete pueblos volvieron al poder de España. Para los guaraníes misioneros que habían emigrado forzados hacia el occidente del río Uruguay comenzaba el momento de regresar a su querido terruño y de empezar a reconstruir sus vidas y sus pueblos arrasados por la guerra. Habían sido las únicas víctimas de la sinrazón de la política de dos estados europeos. Nunca se pudo probar fehacientemente que los Curas de los pueblos hubieran participado en los levantamientos indígenas. Los cargos que se habían levantado contra algunos de los Padres, luego de 1763 fueron dejados sin efecto en su totalidad. Pero en las cortes europeas la cuestión de la Guerra Guaranítica sirvió a los fines de aquellos que comenzaban a tramar la aniquilación de la Compañía, hecho que no tardaría en suceder.

El impacto en las misiones
Las consecuencias del Tratado de Madrid de 1750 fueron nefastas para todos los pueblos misioneros. Si bien el Tratado afectaba directamente a los siete pueblos orientales, sus implicancias golpearon fatalmente a todos los demás. Las estancias ganaderas que se ubicaban en el territorio transferido a Portugal eran las más ricas y productivas de la Provincia jesuítica y de ellas dependía en gran medida el abastecimiento de carne de los pueblos misioneros. También en la zona existían importantes yerbales silvestres y hortenses, los que jugaban un papel clave en la economía misionera. No escapaba al entendimiento de jesuitas y guaraníes que la pérdida de aquella región originaría un efecto perturbador en el delicado equilibrio productivo que con esfuerzo se había logrado entre las reducciones. Los primeros en padecer las trágicas consecuencias fueron sin duda alguna los guaraníes de las misiones orientales. Sus pueblos quedaron totalmente arruinados, las estancias vaciadas del ganado, las sementeras abandonadas e invadidas por la maleza. Había que emprender una profunda tarea de reconstrucción en todos los órdenes. Los pueblos occidentales del Uruguay y los del Paraná tampoco escaparon a los efectos negativos. Desde el inicio del traslado forzoso de los guaraníes orientales, debieron ayudarlos con alimentos, darles hospedaje, colaborar con bienes y mano de obra en la construcción de rancherías para los emigrados. La población se vio disminuida cuantitativamente. La guerra, las enfermedades contagiosas, la hambruna, la huida de un gran número de indios a los montes, provocaron una declinación en la curva demográfica. La noticia de la anulación del Tratado de Permuta generó una satisfactoria sensación de desahogo en los pueblos misioneros. A partir de entonces vislumbraron nuevamente la posibilidad de recuperar los territorios que les habían sido absurdamente arrebatados por el anterior tratado. Las reducciones fueron reconstruidas y las estancias volvieron a ser ejemplo de emprendimientos productivos. Inclusive la población comenzó una etapa de crecimiento sostenido, luego de la abrupta caída sufrida por el conflicto desatado por la ejecución del Tratado de Madrid de 1750.

El hombre primitivo misionero
Los Avá y su modo de vida
América en la visión de los europeos
La ocupación de la región misionera
Hacia las fronteras
Mbororé, gloria de los misioneros y escarmiento de los bandeirantes
Sociedad, producción y consumo en las reducciones
El amabmaé y el tupambaé, dos modos de trabajar y producir
Gobierno y administración de los pueblos jesuíticos
Vivir en una reducción
La Guerra guaranítica
La rebelión guaraní
La expresión de la cultura en las reducciones
El urbanismo jesuítico-guaraní
La edificación de una reducción
Los caminos recorridos por el guaraní
El fin de la obra misional: la expulsión
La decadencia de los pueblos guaraníes posjesuíticos
El Yapeyú de Don Juan de San Martín
De los pueblos misioneros a centros productivos
Se quiebra la unidad
La revolución en las misiones
El reglamento de Belgrano
La revolución se internacionaliza –El avance e luso-brasileño sobre las misiones occidenales-
José Artigas –Teniente Gobernador-
Andrés Artigas, Comandante General de Misiones
Andrés Guaucurí, Artigas, y el intento de recuperación de los siete pueblos
Andrés Artigas, sus últimas campañas
Los sucesores de Andresito en Misiones
Misiones bajo el dominio paraguayo
Misiones, la ruta comercial del Paraguay
La dispersión final
Corrientes ocupa los territorios de las misiones meridionales
Los guaraníes misioneros, un destino de integración social
La herencia secular
Bibliografía
Fuentes documentales

Los Autores
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